domingo, 13 de abril de 2025

EL AZAR Y LA RAZÓN

 

Reading Sociology

Si de algo estoy convencida, es de que el azar histórico existe, y lo que tomamos por hechos inevitables son producto de la casualidad, más que de decisiones.

En la Universidad Central dominaba la izquierda en pensamientos, palabras y obras, y la Escuela de Sociología en la que estudié no era la excepción. No podía serlo, eran los años 60’s.  En la escuela se discutían las tesis de los fundadores de la sociología, desde Comte hasta Parsons y las teorías funcionalistas. Esto lo reconozco hoy con admiración. Los profesores que dictaban esas materias se inmolaban cada día ante el tribunal inapelable del materialismo dialectico, pero no puedo negar que la izquierda estudiaba las teorías del “enemigo” para vencerlo en su terreno, y ciertamente no se evadían los debates con “la derecha” ni a la inversa, lo cual habla muy bien de la universitas que imperaba para la época.  Uno de los autores que estudiamos fue la del italiano nacido en Paris, Wilfredo Pareto (1848-1923) y su tesis de la circulación de las élites, que desde que la conocí hasta ahora, me ha parecido sabia.  De hecho, Pareto fue el responsable de introducir el termino élite en el análisis social. Para decirlo en pocas palabras, Pareto había constatado simplemente, lo que la historia nos ponía delante de los ojos: que las élites se alternaban en el poder, que éste les era negado a aquellos a quienes los políticos llamaban “el pueblo”, e incluso a las élites les daba un nombre: los leones constituyen la élite ilustrada, conservadora, idealista y burocrática. Los zorros cuando ejercen el poder, son calculadores, pensadores y materialistas. No es difícil deducir que los leones simbolizan a la “derecha” y los zorros a la “izquierda”. La izquierda negaba de raíz esta connivencia, odiaba cordialmente a Pareto y nadie se atrevía a insinuar que quizás sería mejor si nos gobernaran los que saben, los mejores, los más preparados, fueran leones o zorros. Yo al menos, nunca me atreví a proclamarlo públicamente, pero las tesis de Pareto me habían hecho un guiño que duraría casi que por siempre. Ya en cierta forma, en el país teníamos nuestras versiones autóctonas de sus tesis, las de Vallenilla Lanz, por ejemplo, y su Despotismo Ilustrado encarnado por Guzmán Blanco y el Gendarme Necesario, muy en la onda “leviatana” de Hobbes.

Y hablo del azar y la casualidad, porque releyendo un poco los antecedentes, no puedo llegar a otra conclusión respecto a cómo _por ejemplo_ conseguimos nuestra “independencia”(palabra que hoy no sé si me hace reír o llorar) ante la duda de si se debió a un conocimiento “elitista” o a la simple casualidad que, en la última década del siglo XX, durante los accidentados episodios que precedieron al golpe de estado de Hugo Chávez, hubiéramos tenido durante un cortísimo periodo, un miembro de la “élite ilustrada” al frente del gobierno: el historiador Ramón J. Velázquez, quien presidió un comité de Notables de cuya eficacia técnica y profesional se esperaba un cambio de timón de 180 grados en la conducción de un país que desde su nacimiento y hasta entonces había estado presidido por dictadores militares, con un breve periodo de cuarenta años de democracia representativa.  

Mi duda parte más de una curiosidad por lo casual, que del lastimoso desenlace del gobierno de Velázquez. Me refiero a si el hecho de llamar Notables a este grupo de hombres (contra quienes el país entero se ensañó con una fiereza, encono y desprecio que no se habían merecido antes ni los más desprestigiados miembros de los muy desprestigiados partidos políticos del momento) de si llamarlos así partió, repito, de la casualidad o del conocimiento histórico. Tratándose del Dr. Velázquez no me queda duda de lo último, aunque sí de que él se haya llamado a sí mismo y a su equipo “Notable” pues era conocida su decencia y humildad. Y la casualidad no está solamente en el apelativo, sino en las consecuencias que sobre toda nuestra historia como país tuvieron hechos que solo el azar pudo tejer de esa manera.

Nuestra rebelión independentista contra la corona española tuvo lugar mientras la península se hallaba desgarrada por la guerra contra la invasión napoleónica. Las ideas de la revolución francesa apenas habían podido traspasar los Pirineos, pero sin embargo penetraron y fueron asimiladas por adeptos libertarios, conocidos como los “Ilustrados”.  Bajo el reinado de José Bonaparte, esas mentes esclarecidas, esos Notables se reunieron en Cádiz bajo la forma de un parlamento, conocido por la historia como Las Cortes de Cádiz, para redactar la primera constitución española, que, inspirada en las ideas de la independencia americana y francesa, proclamó que la soberanía de la nación residía en el pueblo. Corría el mes de agosto de 1812. En ese parlamento se encontraban representantes de los territorios antillanos, americanos e incluso de la lejana Filipinas, que no temieron alzar su voz proclamando que sus países eran más vastos y más ricos que España, a la cual aún se encontraban arbitrariamente sometidos. Anunciaban sus próximas independencias y anunciaban, no la muerte de España, sino el nacimiento de nuevas naciones. 

La constitución de Cádiz representa un fino ejercicio de alta política, un ejemplo de lo que puede lograr la razón humana bajo los preceptos del honor y el respeto a las leyes, y constituyó sin duda alguna en aquel momento, la posibilidad para las colonias españolas de obtener su independencia civilizadamente. Pero los franceses fueron expulsados de España, y el pueblo, diezmado y exhausto del caos y de la guerra, ansioso de paz y orden, aclamó el regreso de Fernando VII, un personaje torvo, neurótico, malvado, obtuso y vengativo que durante su exilio en Francia se dedicó a quemar los libros de Voltaire y Rousseau. Cuando recuperó el trono, una de sus primeras decisiones fue abolir la Constitución de Cádiz y todos los “Ilustrados” y “notables” fueron apresados, junto a actores, periodistas, abogados e incluso aristócratas.  Muerte a las ideas. Viva la Muerte.

¿Qué habría ocurrido con nosotros y con nuestra historia, si en lugar del aberrante Fernando VII se hubieran impuesto las ideas de la Ilustración francesa, se hubiera ejecutado la Constitución de Cádiz, y los notables españoles se hubieran alternado en el poder no por su posición partidista sino para el bien del pueblo, como lo anunciaría Pareto 50 años después?  Probablemente nuestra sangrienta, interminable y absurda guerra de independencia, inútil como todas las guerras, o casi todas, no habría tenido lugar, Simón Bolívar hubiera podido dedicarse a viajar y a disfrutar de los placeres de su posición y su fortuna, y 200 años después,  habríamos alcanzado un grado de convivencia civilizada a través de la educación, habríamos valorado a nuestros Notables y no habríamos sido víctimas de un nuevo alzamiento militar que pretendió y lo pretende aun, retroceder la historia para cometer crímenes de lesa patria invocando su nombre.

jueves, 3 de abril de 2025

LOS SUEÑOS DE LA SIN RAZÓN

Francisco de Goya, De la serie Los Caprichos Asta su abuelo

Cada vez que tenía la ocasión, Carlos contaba que su influencia más fuerte como pintor, había sido y seguía siendo Goya. A su regreso a Venezuela, cuando comienza a investigar para su libro “La Mudanza del Encanto” las imágenes de Goya lo orientan y presiden. En la introducción del libro, afirma que los demonios no han abandonado al mundo, que su libro no se trata sólo de episodios de brujería y hechicería ocurridos en el siglo XVI ni de la quema de herejes, ni de los Autos de Fe de la Inquisición en América, sino de reconocer que los demonios siguen acechando al mundo bajo otras formas. Y hoy, 300 años después de Goya y 500 después de la Inquisición, cada vez que veo el mundo que tengo ante mis ojos, recuerdo esos párrafos. El parangón me parece indudable. 

Jamás he olvidado una escena precisa de la película “Goya, el herético”, dirigida por Konrad Wolf en 1971, y que gracias al bendito azar pudimos ver Carlos y yo, en un cine merideño. Es una escena en la que Goya penetra en una iglesia en Cádiz, mientras una gitana canta una saeta. Quizás fue lo último que en verdad escuchó, pues fue ahí precisamente, en Cádiz, donde fue atacado y vencido irremisiblemente por la sordera. Lo que brotó de la garganta de aquella mujer en aquel lugar inconcebible fue sublime y desgarrado, una flecha lanzada al centro mismo del alma de quien no podía permanecer insensible a tan tremenda revelación. Es la España que el artista, a quien la sordera ha privado de comunicación con los otros, encuentra en sus “visiones”. Los conocedores de su obra piensan incluso que su sordera la ayudó a crecer, impulsándolo a buscar en el fondo de sí mismo, en el silencio, imágenes que nadie antes que él, había visto. Su gloria crecía mientras, al mismo tiempo que ejecutaba los retratos que le encargaban, perseguía una búsqueda más personal y secreta en sus grabados y en pinturas que prefería no mostrar a nadie y que en lo esencial, no fueron conocidas sino mucho después de su muerte. Ya en 1799 Goya ha publicado “Los Caprichos” una serie de 80 grabados donde, como él mismo proclama “El sueño de la razón engendra monstruos”. Se ha representado a sí mismo a sus 53 años, el labio inferior grueso, la mirada cansada, los cabellos grises, el mentón doble, lleva un grueso sombrero negro y todo ello posee un aire descuidado e indiferente que parece decir “éste soy yo, así es como luzco y este es el mundo que veo”. En ese mundo se encuentran criaturas graciosas, las “majas”, chicas elegantes y fáciles, finamente calzadas que muestran algo de sus calzones con sus piernas ligeramente abiertas como signo indiscutible de prostitución, “dueñas”, divididas en cuatro, monjes deformados como criaturas coquetas, brujas, gallinas humanas desplumadas, espectros empestando el aire, machos cabríos gigantes, tribunales infames, muertos saliendo de sus tumbas. La razón dormida da lugar a los caprichos. Las imágenes recuerdan a la poderosa Inquisición de años atrás, sorprenden y hasta escandalizan. Los espíritus religiosos no encuentran allí ni la menor traza de piedad, al contrario: curas y monjes no muestran sino el rostro del horror. Toda la España del siglo XVIII se encontraba en “Los Caprichos”: una naturaleza inexorable, un cielo oscuro, sin esperanza, donde la gente sin embargo, no podía renunciar a rezar, una opresión antigua e inaceptable pero constantemente renovada como si renaciera de ella misma, una resignación reprimida y furiosa a la vez, una rareza normal, y siempre, siempre, la presencia de la muerte como miembro de la familia; la certeza tranquilizadora de que la razón no conduce al mundo e incluso, de que la Verdad Suprema es seguramente ella misma, irracional. Los demonios acechan en un rincón, en el pasaje repentino de una sonrisa de mujer a los más negros sueños. Toda la España e incluso mucho más. 

Goya se encontraba en Madrid cuando el 1 de mayo de 1808 el pueblo ataca a los mamelucos de Murat y lo paga caro al día siguiente. Sin embargo, no pinta sus famosos “Dos de Mayo” y “Tres de Mayo” sino seis años después de los hechos. Al elevar el acontecimiento por encima de sí mismo, lo inscribía para siempre en todas las memorias, a pesar de rechazar en el momento, mostrarlas al público. 
Casi toda España quería permanecer fiel a su monarquía, a la excepción de unos pocos “ilustrados” que acogían los ideales libertarios de la Revolución Francesa con entusiasmo. Pero eran muy pocos, sin capacidad para luchar contra siglos de aislamiento y atraso e impedir que semejantes cambios les fueran impuestos por la fuerza, que era lo que pretendía Napoleón. A pesar de lo ocurrido en Madrid y al contrario de lo que se le informaba a Napoleón, España no había sido conquistada por los franceses. El pueblo español se opuso con fiereza y coraje a los invasores, sin darles tregua, por todo el territorio, de Madrid hasta las Baleares, calle por calle, casa por casa, en todo lugar y a toda hora. Todo había explotado en Zaragoza, bajo el comando del duque de Palafox y su lema “guerra y cuchillo” que inaugura la guerra de guerrillas. Goya visita su ciudad natal tras los acontecimientos y horrorizado por lo que ve, comienza a esbozar lo que después seria “Los Desastres de la Guerra” hoy en día el catálogo más crudo y exacto jamás concebido por un hombre, sobre la atrocidad que nos habita. 
Solo en ocasiones comentaba que los fantasmas lo acompañaban y se hacían presentes en sus pinturas: “los fantasmas son insistentes -decía- “tenaces y más inflexibles cuando no podemos verlos” … “no sé de donde vienen ni quiénes son, pero mis manos los ven. De pronto están allí, bajo mis dedos y no puedo atraparlos. Nada puedo hacer, es como si sus rostros demoniacos o sus caras angelicales se escondieran en mis manos, de donde saldrán de tiempo en tiempo” 
Decía que pintaba miradas. Una de ellas era la de la Duquesa de Alba: “su mirada era la más fuerte, te traspasaba sin perdonarte nada, pero al mismo tiempo te comprendía y te ayudaba, venia desde encima de ti y se detenía a tu nivel. Era como una gracia. Una de las más bellas miradas que he encontrado” “Nadie se imagina cómo las miradas pueden ayudar a un pintor, pero no solo las de las duquesas. Hay veces en que un mendigo me mira fijamente en la calle, entonces entro a mi casa y la dibujo tratando de reencontrar el brillo que he percibido en sus ojos, pero también en sus manos enfermas, sus dientes podridos, su cuerpo encorvado. Lo mismo puede ocurrirme con un perro”. “Cuando pintaba al rey, al Borbón, no encontraba nada, solo un vacío. Una mirada como de agua sucia, de cabra muerta. Nadie se imagina cuánto padecí”. 
Goya, genio iluminado, atacado por los caprichos del azar, convencido de la existencia de fantasmas y guiado por la certitud de sus visiones, fiel reproductor de su propia imaginación y sin embargo capaz de copiar la realidad y ennoblecerla incluso dentro de la fealdad y el horror, capaz de la tarea imposible de embellecer a la Reina Maria Luisa y de hacer crecer al Conde de Floridablanca. Sordo como Beethoven, guiados ambos en las tinieblas del silencio por la magia de una divinidad ignota. Genio inmortal.