Leyendo
minuciosamente a Padura estos últimos meses y porque al algoritmo le ha dado
por mandarme cada ínfima declaración suya, he creído percibir algunas sutilezas
en sus palabras. Desde hace un rato sus declaraciones me están dejando un poco desconcertada;
quiero decir que bajo la expectativa de encontrarme a un escritor
indoblegablemente crítico con el régimen que tiraniza a Cuba desde hace casi setenta años, me he encontrado con uno que se mueve en una zona gris. Y eso sin
encontrar todavía respuestas convincentes a mis inquietudes sobre un escritor
que sin parecer adulante sigue viviendo en Cuba y gana en divisas en un sistema
no capitalista. Me pregunto si declara al fisco, cuánto le quitara el Estado y
si tiene derecho a tener cuentas bancarias en el extranjero, y a disfrutar de
sus ingresos en Cuba sin pertenecer al establishment.
En fin, dudas así, que sin embargo para mí no desmerecen su talento como
escritor. Bueno, sigo: del autor de obras extraordinarias como “Herejes” y “El
hombre que amaba a los perros” esperaba denuncias incontestables sobre el
origen de la situación por la que atraviesa actualmente Cuba.
Volviendo a “El
hombre que amaba a los perros”, la palabra que primero se me viene a la mente es
“indirecto”. La obra en sí es una defensa
irrestricta del Principio Universal más preciado para la humanidad: la Libertad,
pero esa adhesión se va estableciendo mediante alusiones indirectas. Es cierto
que hay párrafos donde se denuncia en un lenguaje claro e indudable, la deriva despótica
y criminal del régimen estalinista que en la práctica resultó la negación absoluta
de los preceptos establecidos por Marx y Engels en el Manifiesto Comunista. Para el lector avisado, esos párrafos funcionan
como una denuncia indirecta del modelo que años después aplicó Fidel en Cuba y pretendió
extender al resto de América Latina. Y que uno comprende, dada la circunstancia
del autor que escribe en un país comunista. A ese recurso literario es
imposible oponer alguna objeción y no es mi intención hacerlo.
Sin embargo,
no he encontrado en ninguno de los libros de Padura una frase donde lo mencione,
y antes de recibir la objeción en la que seguramente estarán pensando, aclaro
que sí, que yo sé que Padura no es un escritor panfletario. Pero el asunto es
otro, y creo que lo estoy empezando a comprender después de haber leído varias
de las aventuras de Mario Conde, y en especial el último libro suyo que he
podido leer “Como polvo en el viento”, (1) en todos los cuales percibo el
intento casi desesperado de Padura por explicarse Cuba y para ello explora
todos los recursos de su amplia cultura y su dominio del oficio, bien valiéndose
de la infinita gama de obstáculos que debe enfrentar Mario Conde para resolver sus
casos, o exponiendo las no menos inconcebibles penurias que deben enfrentar sus
amigos para alimentarse, vestirse, desempeñar un oficio y ganarse el sustento,
en otras palabras, para sobrevivir. En
cada uno de sus personajes habita una reflexión del propio autor, y todas ellas
convergen en la misma pregunta, que no es la que uno (o al menos yo) podría esperar,
no es “¿cuándo nos liberaremos de esta tiranía?” sino otra, para mi gusto sospechosamente teñida
de ambigüedad: “¿en qué momento se desvió el proceso?”
Más que investigando
en Wikipedia, es a través de sus personajes que mejor se pueden deducir
sutilezas que no aparecen en los datos. Padura hace constantes reflexiones sobre las
diversas “crisis” principalmente económicas que han ocurrido en su país, la
peor de todas sin duda, la de la década de los 80’s-90’s. Padura reparte su autobiografía
en la mayoría de sus personajes. Todos sufrieron ese interminable periodo de
carencias cuando ya habían recibido educación, pero sobre todo adoctrinamiento,
en sus escuelas, liceos y en institutos pre-universitarios, para no hablar de los
centros de re-educación y las granjas de trabajo forzado para los “desviados”. Y por boca de sus personajes, Padura deja
entrever que la dictadura castrista logró
-por lo menos durante la etapa en que probablemente él mismo estaba en el
pre-universitario o ya en la universidad- ser
absolutamente eficaz en la venta de la utopía socialista. En “Como polvo en
el viento” nos enteramos por ejemplo de que, del círculo de amigos del “Clan”
alrededor del cual se centra la novela, todos han sido ardorosos militantes de las
filas de la revolución, y los más destacados entre ellos, han creído y
defendido fervientemente sus principios, se han sacrificado y demostrado fehacientemente
su fidelidad al proceso, algunos hasta llegando a denunciar a compañeros considerados
no lo suficientemente ortodoxos. Y no lo han hecho por miedo o amenazas del régimen.
Lo han hecho por convicción y por fe. Ingenua sí, pero fe irreductible de todos
modos.
Y esto es
algo que me ha hecho reflexionar enormemente, porque ¿quién tiene derecho a
juzgar a quienes abrigaron esperanzas de un futuro mejor para su país, a
quienes sintieron que estaban forjando la historia, bajo el influjo del discurso
eficaz de un líder carismático que apuntaló el orgullo patriótico y el
sentimiento de estar jugando un papel en el devenir de la humanidad entera? ¿Tienen
ellos acaso la culpa de haber sido engañados y manipulados?
En muchas de
las novelas de Padura, pero especialmente en “Como polvo en el viento”, los
personajes dan vueltas en torno a sentimientos complejos y contradictorios. Los
atormenta el presente e indudablemente el futuro, pero sobre todo el pasado, “su”
pasado de creyentes que entregaron candorosamente lo mejor de sí mismos a la
causa de una revolución que los estafó, y que en el presente sólo les está
ofreciendo persecución y miserias, y que, no pudiendo influir en sus sueños, sólo
les deja como alternativa la esperanza de escapar, aun a costa de asumir por
anticipado su condición de extranjeros donde quiera que vayan, de no volver a pertenecer nunca jamás a ningún
lugar y del desgarro de saberse los expatriados del futuro. Pero sobre todo, de
saber que no hay retorno posible, porque aun pudiendo regresar, serán parias en
su propio país. Lo inquietante es que en
lugar de preguntarse si el sistema bajo el que viven no se ha convertido en una
monstruosidad y en cómo salir, cómo acabar con eso, lo que se pregunta Padura es
¿qué nos pasó? ¿en qué momento se desvió el proceso?
Pienso que (o
quiero creer, estoy especulando) en el propio Padura, el sello que en su
juventud le impuso esa entrega incondicional a la construcción de un futuro
luminoso para su país bajo el modelo socialista, ha sido indeleble, y por eso
mi desconcierto al leer los artículos que publica en El País de España, o las entrevistas que concede. En sus breves recuentos de la historia reciente
de Cuba, cuando atribuye la causa de todos sus males actuales al bloqueo norteamericano
de 1960 sobre la isla, percibo las huellas del discurso fidelista, el recurso
maniqueo tan socorrido del Imperio enemigo, que tan eficaz le ha sido al régimen
cubano durante más de seis décadas. Y no
lo puedo creer, porque a estas alturas ya deberíamos tener claro que al menos
el primer bloqueo fue la consecuencia y no la causa de un juego geopolítico entre
los dos bloques que para el momento dominaban la política mundial. Y que fue Fidel, y sólo Fidel, quien aplicando
al pie de la letra el modelo estalinista, afilió Cuba al bloque comunista. No
puedo creer que aun queden dudas de que el origen de todos los males de la Isla
proviene de esa decisión tomada por el déspota que siempre fue Fidel. Que en el desarrollo de los acontecimientos posteriores
hayan intervenido otras variables, es innegable, pero que ese es el origen de
todo lo que ha sucedido desde entonces, también lo es. Por supuesto que no podemos comparar a
Kennedy con Trump, que es la muestra fehaciente de cuánto ha degenerado el
escenario mundial, pero yo estoy convencida que el régimen cubano ha degenerado
internamente, por su condición propia, inherente a su origen, ha involucionado (¿o
evolucionado para peor?) sobre sí mismo hasta llegar al estado de postración en
que se encuentra actualmente, y que la causa es el comunismo, no los Estados
Unidos. No deja de ser curioso que el propio Padura atribuya a la caída del muro
de Berlin y a la era Gorbachov y el desplome del comunismo en Rusia, la mecha detonante de una de las peores crisis por las que ha atravesado la Isla, sin
manifestar extrañeza de que el régimen castrista se haya mantenido en pie (sabemos que a
punta de represión, dosis extraordinarias de manipulación ideológica,
adoctrinamiento y sacrificios de la población) ni de que no se haya concertado
hasta hoy ninguna acción internacional conjunta para acabar con él, exceptuando
las amenazas de Trump que siguen sin concretarse. Padura afirma que el bloqueo comercial de
Trump es lo que está estrangulando a la isla, y que la verdadera amenaza es una
intervención de Estados Unidos en Cuba, similar a la de Venezuela, con la extracción
de Maduro. No puedo dejar de encontrar
ambiguas esas declaraciones de Padura, porque ¿en qué quedamos? Los cubanos, primeramente, pero también todos
nosotros los latinoamericanos ¿no queremos que se termine, que finalice, que se
acabe de una vez por todas el ignominioso y oprobioso régimen cubano? Y si la primera potencia del mundo occidental
puede posibilitarlo, ¿por qué no acoger esa posibilidad? No dejo de estar consciente de que Trump es un
loco impredecible, megalómano, egocéntrico, y más bien una amenaza para el
resto del mundo, pero dejemos de ser ingenuos.
La extracción de Maduro para Venezuela ha sido peor que la enfermedad, y
la liberación de Cuba del comunismo tampoco será un gesto de amor y
desprendimiento de parte suya. Consecuencias
habrá, pero siempre las hay para un país que está en terapia intensiva y
necesita oxigeno de urgencia. Y yo quiero seguir creyendo que si alguien ayuda
a extirpar el tumor, lo principal está hecho. Infortunadamente ya no podemos soñar con una reedición
del Plan Marshall de reconstrucción para nosotros, pero ante el abismo en que
se encuentra Cuba actualmente, me parece que atacar a Estados Unidos en la
persona de Trump, es insistir en el suicidio. Y por otra parte, en Cuba los intereses de
Trump no son los mismos que en Venezuela, porque en Cuba no hay petróleo ni una
estructura criminal organizada en quien apoyarse para perpetuar la dictadura,
como está pasando ahora mismo en Venezuela. Es posible que, aunque para Trump
todo son negocios, en Cuba los intereses sean más de estrategia política hacia
el interior de los Estados Unidos con miras a las próximas elecciones, que económicos.
En cualquier caso, toda esperanza parece radicar en el
acabose -por el medio que sea- de un modelo que bastante nos ha jodido a todos.
(1)
Padura, Leonardo “Como polvo en el
viento” TusQuets Editores. Colección Andanzas. 2ª. Edición. Barcelona. Sept.
2020







