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| Imagen de la caratula |
https://youtu.be/xGp9QHWmmV0?si=Ewpj3IPh6D8mcwbC
Todos los
conglomerados humanos precisan de símbolos en los que puedan reconocerse y asegurarse
de tener una identidad propia que los diferencie de otros. Se les llama
símbolos patrios o nacionales, entidades abstractas que se concretizan en
imágenes, sonidos y objetos que nos afirman y nos proporcionan un sistema de
defensa interior frente a intrusiones que consideramos como amenazas.
Siempre me pareció
curiosa la expresión “el alma rusa” como si solo los rusos hubieran adquirido
el derecho de poseer una que los particularizara y diferenciara de otros
pueblos. En todo caso para los rusos funcionó eficazmente como defensa,
considerando que siendo una expresión literaria utilizada por Gogol y Tolstoi,
fue empleada con fines propagandísticos por el comunismo soviético como
“prueba” de la superioridad de los rusos frente al “desalmado occidente”.
Pero no, al
contrario de lo que pretenden los rusos, todos los pueblos poseemos un
alma. La nuestra también está compuesta
de símbolos “patrios” que, como en el caso de los rusos, han sido manipulados
desde el poder de diversas formas, algunas mas sutiles que otras. Los que nos educamos en tiempos de Pérez Jiménez, recordamos
que en la escuela nos obligaban a desfilar en la “Semana de la Patria”
consagrada en apariencia a honrar los símbolos patrios: el himno, la bandera y
el escudo nacional y en realidad a agasajar al dictador. En términos
propagandísticos nada ha cambiado desde entonces. De aquella dictadura a la
actual, el recurso sigue siendo el mismo.
Una vez
derrotada la dictadura, la democracia trajo consigo la irrupción avasallante de
la cultura popular norteamericana que tuvo como efecto colateral un fenómeno
netamente urbano como lo fue un nada disimulado menosprecio por la nuestra, que
instantáneamente fue asimilada a lo atrasado. Yo estaba muy pequeña entonces,
pero recuerdo que durante la dictadura de Pérez Jiménez lo único que veíamos y
escuchábamos por radio y televisión, era nuestra música y nuestros artistas. Todo
aquello fue barrido por el rock, el twist y otros ritmos en boga en Norteamérica,
relegando la música nacional al desván de lo vergonzoso. Cabalgando la ola
proveniente del Norte, el citadino venezolano miraba con desdén todo lo relacionado
con lo “rural” o “folclórico”: las alpargatas, el liqui-liqui, el joropo, el
arpa, el cuatro y las maracas. Por aquellos años en que la modernidad foránea nos
invadió, el dicho más común era “Caracas es Caracas, lo demás es monte y
culebra”
Con los años se fue haciendo evidente que las modas son pasajeras y que la raíz de nuestra “alma” (¡llanera!) permanecía intacta y viva en ese “monte” tan ostentosamente despreciado por el ciudadano y en la misma urbe, aunque un poco contrabandeada. No es que la onda moderna se abandonara, al contrario, existía la firme creencia de que en la medida en que imitáramos al Norte en todos los aspectos, estaríamos escapando del atraso y alcanzando el tan anhelado status de país desarrollado. Lo que ocurría era que la fuerza de lo que somos ha sido una raíz difícil de erradicar, valga la redundancia y los intentos de negarla han corrido parejo a los esfuerzos (algunos logrados, la mayoría fallidos) por intentar comprendernos a nosotros mismos. Después de Gallegos nadie ha alcanzado en la misma medida, creo yo, la cima de ese esfuerzo. Gallegos fue y sigue siendo el traductor de la esencia del ser venezolano al lenguaje universal, y la extrajo precisamente del llano.
Volviendo a los ejemplos. Basta observar la
cotidianidad de hoy, para comprobar que el venezolano imagina nuestra esencia principalmente vinculada a la música llanera. La cultiva y la atesora más
o menos secretamente, porque quizás la considera el vehículo ideal de expresión
de su amor por el país. En ese sentido la música adquiere una dimensión
simbólica extraordinaria, de una importancia capital en cuanto a nuestra
auto-afirmación. Sigo manteniendo que este es un fenómeno esencialmente urbano.
En el campo esa contradicción no existe. No hay necesidad de
esconder una pasión que todos comparten y expresan públicamente. Por poner algunos ejemplos: no hay evento
artístico, social y ni siquiera académico en Caracas y otras capitales del
país, que no termine con el “Alma Llanera”. Es la canción de despedida de toda
reunión que se respete. Casi todos los hogares citadinos albergan una llamativa
colección de discos de música llanera. Porque,
en definitiva, eso es lo que somos: llaneros de corazón, y a eso es a lo que le
hemos dado la espalda -o lo hemos pretendido al menos- y hemos pagado bien caro
las consecuencias. Pero esa ya es otra derivación del tema.
Lo que ocasionó esta larga digresión
fue lo que ahora llamo la vivencia de una
conmoción musical, prácticamente una des-velación o una segunda revelación,
porque como yo, no creo que haya un venezolano que no lo haya escuchado al menos
una vez en su vida: se trata del joropo “Florentino y el Diablo”. Grabada por primera vez por el sello
venezolano Velvet, con las voces de los copleros Juan de los Santos Contreras “El
Carrao de Palmarito” en la voz del Diablo y José Romero Bello en la voz de
Florentino, relata la historia de Florentino, el que cantó con el Diablo en un contrapunteo que se hizo Leyenda del
Llano. Este magnífico joropo le pone música
al poema de Alberto Arvelo Torrealba del mismo título, escrito en 1940 y
revisado por el poeta en 1957, siendo esta última la que se popularizó en
Venezuela. Pero no es sólo eso lo que me
maravilla ahora más que antes, es la existencia misma del contrapunteo como forma de expresión del alma del llanero, basada
en la agilidad mental, en el talento musical y en la capacidad de los copleros para la improvisación verbal en
armonía con la música. El contrapunteo
es un verdadero fenómeno musical que yo postularía al Patrimonio Cultural
Inmaterial de la Humanidad. Es una porfía que sintetiza y casi hace visible en
la voz, en la gracia y en la velocidad de retruque del improvisador, todo un
modo de vida en una región del país. Porque los temas del contrapunteo: el
paisaje, las faenas, los ríos, las costumbres, el cortejo, la rivalidad, la sátira,
los juegos de palabras, la burla amistosa, son de una riqueza invalorable,
plena de referencias culturales merecedores de estudios antropológicos e
investigaciones que seguramente existen en abundancia, pero permanecen aún por
difundir más abundantemente.
No me atrevo a asegurar que el contrapunteo se mantiene con vida y buena salud en la actualidad. Aunque hace muchos años que no lo visito, no es difícil suponer que la inseguridad y las penurias que padece el llano venezolano en estos momentos le permita a los copleros desplazarse de pueblo en pueblo en bongo o en caballo, atravesando el Arauca o el Cunaviche, para asistir a un duelo musical a medianoche con otro improvisador de su mismo o mayor talento. Lloro la ausencia de ese rasgo fundamental de nuestra cultura popular, que doy por perdida, o peor aun, manipulada al servicio de la ideologia de quienes detentan el poder. El momento actual del país no garantiza ni siquiera la manutención de sus habitantes, qué se puede esperar de la capacidad de sobrevivencia de una forma de expresión cultural antigua y auténtica. Nadie esta ahi para asumir su defensa contra una vision totalitaria de la cultura. En su afán revisionista, el poder pretende ajustar toda expresion cultural popular anterior al régimen, a sus esquemas doctrinarios . De ahi que la expresión oral y musical del joropo haya cedido el campo a formas devaluadas que muy poco o nada tienen que ver con la obra de nuestro insigne poeta Alberto Arvelo Torrealba.
No obstante, debo consignar que su poema se convirtió en referencia para
obras en otros formatos, como “La Cantata Criolla” de Antonio Estévez, y el
largometraje “Florentino y El Diablo” de Michael New, en 2000. En 1997 la Bit-blioteca y la Editorial Letralia (1) la publicaron en formato
digital con la versión de 1950 del poema, haciendo así un aporte fundamental al
conocimiento de esta obra magna de la literatura venezolana.
(1)https://letralia.com/ed_let/pdf/diablo.pdf







