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| Blanca Nieves de Walt Disney |
2016: Diecisiete objetivos generales, divididos en
160 metas, a un costo de 4000 millardos de dólares por año durante 15 años, tal
fue el informe titulado “Desarrollo Sustentable” presentado por altos
funcionarios ante las Naciones Unidas representando a la “comunidad internacional”,
para erradicar la pobreza y salvar el mundo, conciliando finalmente lo social y
lo ambiental. Nadie lo creyó, pero lo
importante era garantizar el flujo financiero y repartirlo correctamente: 90%
para los países admisibles, las multinacionales y las ONG calificadas, 10% para
los pobres.
Varios
proyectos fueron lanzados, a condición de controlar las patentes y el circuito
industrial. Entre ellos, el lanzamiento de un láser para fabricar nubes y producir lluvia. Otro, la explotacion de una nueva mina de
oro a escala planetaria: la arena. Con el cáncer demográfico y el delirio de la
construcción, las edificaciones modernas requerirían al menos quince millardos
de toneladas al año. La mejor de las arenas, la del
desierto, comenzaría a escasear. Se dragarían las playas del planeta. De ellas,
las tres cuartas partes estarían destinadas a desaparecer hacia 2100. No quedarían
rastros de esas operaciones. El negocio, como tantos otros, se efectúa en negro.
Matemáticos, técnicos
informáticos e industriales abrazan el planeta y lo proyectan. La nueva medida
de Internet es la zettaoctet, a
saber, mil millardos de gigaoctets; y
aún dos tercios de la población mundial sigue sin estar conectada. De ahí la
necesidad de producir dispositivos a bajo costo, a fin de conectar a los
desfavorecidos.
2016 no fue más
que una etapa. El Singularity Institute, cofundado por Ray Kurtzweil e implantado en
San Francisco y Berkeley, ha marcado el rumbo:
en 2045, la inteligencia de las máquinas sobrepasará a la de los hombres
y todos los “datos” antiguos habrán sido anulados. Se habrá instaurado un
gobierno mundial y se entenderá que la Singularidad
consistirá en confiar ese gobierno a la informática y a los robots, como ya es el
caso en ciertos sectores de las finanzas y de la industria.
Actualmente,
y con el fin de acelerar ese inevitable progreso, se han penetrado los medios políticos
y moldeado la nueva mentalidad de los “decisores”. El TPUK (Partido Trans-humanista
del Reino Unido) acaba de fundarse bajo la premisa de “formar al nuevo ser humano
mejorado, hiperactivo e inmortal”. Otras entidades similares no tardaran en
arribar a lo mismo, bajo la insignia de Humanity
plus.
El lobby dispone de un brazo armado nada despreciable:
Google. Google, deformación de googol, término utilizado en 1940 por el
matemático Edward Kasner para designar un numero compuesto de un digito seguido
de cien ceros. Pero no es solo eso lo
que Google ha tomado del pasado. También está la elección de su símbolo, una
manzana mordida. Lo explica el fin, en 1945, de Alan Turing, el padre de la informática,
quien había descriptado el código Enigma de
los nazis y había sido juzgado y condenado por homosexual. Declarado oficialmente como un suicidio, junto a su cadáver se
encontró una manzana mordida, envenenada con cianuro. Exactamente igual a la que mordió Blanca
Nieves en la película de Walt Disney.
En la
actualidad las actividades de Google se han multiplicado: biotecnología,
gestión de datos, fibra óptica, domótica, automóviles autónomos, Google se ha
transformado en Alphabet y es el
encargado de enseñar a leer y a escribir a la nueva humanidad, capturando sus
peces gracias al mejor de los anzuelos: la salud. Tres divisiones de Alphabet: Google
Ventures, Life Sciences, y Calico abarcan el espectro total de la salud humana, desde la curación de todas
las enfermedades hasta el reemplazo de órganos usados. ¿Los bienhechores de la
humanidad no dominarán los gobiernos sobrepasados por la mundialización? La antigua divisa de Google Don’t be evil, ha cedido su lugar a la
de Alphabet: Do the right thing
Así, un
objetivo podrá alcanzarse en el futuro: conectar el cerebro humano a un
ordenador que le dictará su comportamiento y le transmitirá la “buena” información.
Y esto no es ciencia-ficción. El Instituto Max Planc en Alemania y la Escuela Politécnica
federal de Zúrich ya han logrado establecer la conexión entre células nerviosas
de individuos vivos y un semi-conductor.
El descriptaje del lenguaje de las neuronas avanza a pasos agigantados y
no está lejano el día en que se podrán utilizar neuroprótesis electrónicas para
controlar ciertas zonas del cerebro. Fundados en perfiles estadísticos y
alimentados por un número infinito de datos, los algoritmos permitirán tomar
decisiones y gerenciar el conjunto de nuestro campo vital con el asentimiento
de humanos persuadidos de haber obtenido la inmortalidad.
Inteligencia
Artificial: dos términos en adelante indisolubles.
Este terrorífico
recuento, sin embargo, no logra desanimarme. Desde el origen de los tiempos, el
mundo ha asistido al combate entre el Bien y el Mal. Es su génesis, su marca de
nacimiento y lo ha acompañado durante toda su historia y aún antes de ella. Y persistirá
hasta el Fin del Universo. Y como ha sucedido siempre, triunfará el Bien.
Las
religiones monoteístas han servido a los fines de la dominación de los
incautos. En cambio, la espiritualidad arcaica, la preconización de la libertad
de pensamiento, el rechazo a la esclavitud impuesta por los tiempos,
obstaculiza el triunfo del Mal, y puede posponerlo indefinidamente. Para las
mentes libres, todo se dirime en la esfera de la conciencia y el estado de
alerta. Mientras el hombre persista en su búsqueda de los orígenes de su energía
vital, sin caer en la trampa del dominio tecnológico que impone “La Máquina”,
mientras comprenda su verdadero significado y no le tema a la muerte y no
aspire a la inmortalidad; el Bien triunfará sobre el Mal.


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