miércoles, 12 de noviembre de 2025

DE LAGOS Y CIMAS

 

Lago Leman. Ginebra

Suiza es un país excepcional desde todos los puntos de vista. A su lado, Francia, que es un país organizado, parece un caos. Suiza es ejemplar en muchos sentidos. La Confederación helvética es un modelo de convivencia y civilización. Junto con Suecia, fue respetada por Hitler.  Su geografía es generosa, se despliega en lo que yo llamo infinitas variaciones sobre un mismo tema: lagos, valles y montañas de tarjeta postal, donde se puede disfrutar del sol y la nieve por igual durante todo el año. Gente orgullosa de su historia y su cultura, consciente de que la mejor educación sigue siendo el primer indicador de competitividad global y probando que la suya alcanza la excelencia a todos los niveles, desde la escuela maternal hasta sus universidades, que se cuentan entre las más prestigiosas del mundo. La cautivante ciudad de Montreaux, que enamora a sus visitantes, muchos de ellos reincidentes, celebra uno de los festivales de Jazz más prestigiosos del mundo. Sus ciudadanos son consultados continuamente en todos los aspectos; y es uno de los pocos países que rechazó en un referéndum reciente, la presencia de minaretes en su paisaje urbano. Produce los relojes más reputados del mundo, quesos que compiten exitosamente con los mejores quesos italianos y franceses, y además de la sopa que tanto odiaba Mafalda, posee una cultura vinícola tan asentada como desafortunadamente desconocida. Orgullosos de ser trabajadores incansables, ellos mismos se ríen del dicho que dice “los suizos se levantan temprano y se despiertan tarde”.

En la campiña vaudoise, rodeado de viñedos, en un terreno que alberga un menhir, acondicionado para la conservación del ambiente natural, una geo-bióloga egresada de la universidad de Laussanne realiza proyectos de salvación de los árboles más antiguos del país, que ella considera seres vivos tan importantes como los humanos. Construido en los terrenos de un silo desafectado, el jardín ha sido trazado en función de las ondas telúricas que emanan de las fuentes de energía de la tierra, que la geo bióloga ha detectado, sirviéndose de ellas para captar las emanaciones positivas de la tierra y desechar las negativas, recuperando una ciencia olvidada proveniente del fondo de las eras.

Los excelentes vinos “fendants” de Sion o los no menos exquisitos “humagne” de Valais, por nombrar solo dos, son prácticamente desconocidos en el mundo. Producidos por pequeños propietarios, su producción se agota dentro del país, y sin exportación, es difícil alcanzar resonancia internacional.

Lausanne es una ciudad en plena expansión. Campeona mundial en cuanto a desplazamiento en tren, la eficacia y seguridad de su red de transporte colectivo es vigilada rigurosamente por la ciudad. El respeto a los horarios ha sido y continúa siendo imperativo, y la ausencia de huelgas, contrariamente a lo que les ocurre a sus belicosos vecinos franceses, es altamente apreciada por los usuarios.

Suiza también produce elaboradas distopías, fruto intelectual de un grupo de genios reunidos en un solo lugar. O al menos eso es lo que imagina el escritor francés Christian Jacq, en su libro “Crime sur le Lac Leman”. Una de ellas, la más delirante, tiene lugar precisamente en Lausanne.

La High Altitude Physiology Alpine Research Station Jungfraujoch ubicada a tres mil seiscientos metros en Los Alpes Suizos, en realidad es un centro de investigación dedicado a estudio fisiológico de la reproducción de especies biológicas de las montañas altas, con miras a su protección y conservación; que debe su nombre no solo a su especialización y ubicación geográfica, sino a sus logros espectaculares.  Sin el confort propio de las mejores universidades del mundo, la altitud parece tener un efecto directo sobre la producción neuronal de los científicos que allí trabajan. Y aquí viene la ficción distópica: Jacq imagina que en el observatorio de Sphink, (que en realidad existe) científicos brillantes identifican la “basura” que contamina nuestra atmosfera y elaborar “test” para probar la resistencia de los materiales del futuro.

En uno de los más delirantes proyectos salidos de la mente de un especialista anglo-suizo en alta tecnología, tras cinco meses de pasantía por la Station Jungfraujoch:   propone el diseño de trajes para los cosmonautas de futuras estaciones espaciales donde los humanos irán a vivir cuando la tierra se haya vuelto inhabitable.  La ropa “inteligente” equipada de sensores casi invisibles y cada vez más performants permiten medir el ritmo cardiaco, la frecuencia respiratoria, el nivel de oxígeno en la sangre, la temperatura corporal. ¡Y ello no es sino un tímido comienzo!  Nuestro genio nos anuncia que “en poco tiempo estaremos produciendo fibras textiles capaces de analizar el funcionamiento de todos nuestros órganos y proporcionar un balance de nuestra salud en directo, cada segundo.  Al menor problema, intervención y tratamiento”.

No puedo (ni quiero) imaginarme una vida futura donde las personas al vestirse, estarán siendo monitoreadas y “sapeadas” por su propia ropa, ante un gran cerebro universal que al menor síntoma, las recluirá en una prisión con apariencia de clínica y carceleros con apariencia de enfermeros, vestidos con trajes espaciales, los "sanarán". ¡Horror de horrores!  

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