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| Lago Leman. Ginebra |
Suiza es un
país excepcional desde todos los puntos de vista. A su lado, Francia, que es un
país organizado, parece un caos. Suiza es ejemplar en muchos sentidos. La Confederación
helvética es un modelo de convivencia y civilización. Junto con Suecia, fue
respetada por Hitler. Su geografía es generosa,
se despliega en lo que yo llamo infinitas variaciones sobre un mismo tema:
lagos, valles y montañas de tarjeta postal, donde se puede disfrutar del sol y
la nieve por igual durante todo el año. Gente orgullosa de su historia y su
cultura, consciente de que la mejor educación sigue siendo el primer indicador
de competitividad global y probando que la suya alcanza la excelencia a todos
los niveles, desde la escuela maternal hasta sus universidades, que se cuentan entre
las más prestigiosas del mundo. La cautivante ciudad de Montreaux, que enamora
a sus visitantes, muchos de ellos reincidentes, celebra uno de los festivales de
Jazz más prestigiosos del mundo. Sus ciudadanos son consultados continuamente
en todos los aspectos; y es uno de los pocos países que rechazó en un referéndum
reciente, la presencia de minaretes en su paisaje urbano. Produce los relojes más
reputados del mundo, quesos que compiten exitosamente con los mejores quesos
italianos y franceses, y además de la sopa que tanto odiaba Mafalda, posee una
cultura vinícola tan asentada como desafortunadamente desconocida. Orgullosos
de ser trabajadores incansables, ellos mismos se ríen del dicho que dice “los
suizos se levantan temprano y se despiertan tarde”.
En la campiña
vaudoise, rodeado de viñedos, en un terreno que alberga un menhir, acondicionado
para la conservación del ambiente natural, una geo-bióloga egresada de la
universidad de Laussanne realiza proyectos de salvación de los árboles más
antiguos del país, que ella considera seres vivos tan importantes como los
humanos. Construido en los terrenos de un silo desafectado, el jardín ha sido
trazado en función de las ondas telúricas que emanan de las fuentes de energía de
la tierra, que la geo bióloga ha detectado, sirviéndose de ellas para captar
las emanaciones positivas de la tierra y desechar las negativas, recuperando
una ciencia olvidada proveniente del fondo de las eras.
Los
excelentes vinos “fendants” de Sion o los no menos exquisitos “humagne” de
Valais, por nombrar solo dos, son prácticamente desconocidos en el mundo.
Producidos por pequeños propietarios, su producción se agota dentro del país, y
sin exportación, es difícil alcanzar resonancia internacional.
Lausanne es
una ciudad en plena expansión. Campeona mundial en cuanto a desplazamiento en
tren, la eficacia y seguridad de su red de transporte colectivo es vigilada
rigurosamente por la ciudad. El respeto a los horarios ha sido y continúa
siendo imperativo, y la ausencia de huelgas, contrariamente a lo que les ocurre
a sus belicosos vecinos franceses, es altamente apreciada por los usuarios.
Suiza también
produce elaboradas distopías, fruto intelectual de un grupo de genios reunidos
en un solo lugar. O al menos eso es lo que imagina el escritor francés Christian
Jacq, en su libro “Crime sur le Lac Leman”. Una de ellas, la más delirante,
tiene lugar precisamente en Lausanne.
La High Altitude Physiology Alpine Research
Station Jungfraujoch ubicada a tres mil seiscientos metros en Los Alpes
Suizos, en realidad es un centro de investigación dedicado a estudio
fisiológico de la reproducción de especies biológicas de las montañas altas,
con miras a su protección y conservación; que debe su nombre no solo a su especialización
y ubicación geográfica, sino a sus logros espectaculares. Sin el confort propio de las mejores
universidades del mundo, la altitud parece tener un efecto directo sobre la
producción neuronal de los científicos que allí trabajan. Y aquí viene la
ficción distópica: Jacq imagina que en el observatorio de Sphink, (que en realidad
existe) científicos brillantes identifican la “basura” que contamina
nuestra atmosfera y elaborar “test” para probar la resistencia de los
materiales del futuro.
En uno de los más delirantes proyectos salidos de la mente de un
especialista anglo-suizo en alta tecnología, tras cinco meses de pasantía por
la Station Jungfraujoch: propone el diseño de trajes para los cosmonautas de
futuras estaciones espaciales donde los humanos irán a vivir cuando la tierra
se haya vuelto inhabitable. La ropa
“inteligente” equipada de sensores casi invisibles y cada vez más performants permiten medir el ritmo
cardiaco, la frecuencia respiratoria, el nivel de oxígeno en la sangre, la
temperatura corporal. ¡Y ello no es sino un tímido comienzo! Nuestro genio nos anuncia que “en poco tiempo
estaremos produciendo fibras textiles capaces de analizar el funcionamiento de
todos nuestros órganos y proporcionar un balance de nuestra salud en directo,
cada segundo. Al menor problema,
intervención y tratamiento”.
No puedo (ni
quiero) imaginarme una vida futura donde las personas al vestirse, estarán siendo
monitoreadas y “sapeadas” por su propia ropa, ante un gran cerebro universal
que al menor síntoma, las recluirá en una prisión con apariencia de clínica y carceleros con apariencia de enfermeros, vestidos con trajes espaciales, los "sanarán". ¡Horror
de horrores!


¡Me encantó! Genial todo lo que nos cuentas
ResponderEliminarGracias por la fidelidad!
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