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| Reading Sociology |
Si de algo
estoy convencida, es de que el azar histórico existe, y lo que tomamos por
hechos inevitables son producto de la casualidad, más que de decisiones.
En la Universidad
Central dominaba la izquierda en pensamientos, palabras y obras, y la Escuela
de Sociología en la que estudié no era la excepción. No podía serlo, eran los años
60’s. En la escuela se discutían las
tesis de los fundadores de la sociología, desde Comte hasta Parsons y las
teorías funcionalistas. Esto lo reconozco hoy con admiración. Los profesores
que dictaban esas materias se inmolaban cada día ante el tribunal inapelable
del materialismo dialectico, pero no puedo negar que la izquierda estudiaba las
teorías del “enemigo” para vencerlo en su terreno, y ciertamente no se evadían
los debates con “la derecha” ni a la inversa, lo cual habla muy bien de la universitas que imperaba para la época. Uno de los autores que estudiamos fue la del
italiano nacido en Paris, Wilfredo Pareto (1848-1923) y su tesis de la circulación de las élites, que desde
que la conocí hasta ahora, me ha parecido sabia. De hecho, Pareto fue el responsable de
introducir el termino élite en el
análisis social. Para decirlo en pocas palabras, Pareto había constatado simplemente,
lo que la historia nos ponía delante de los ojos: que las élites se alternaban
en el poder, que éste les era negado a aquellos a quienes los políticos llamaban
“el pueblo”, e incluso a las élites les daba un nombre: los leones constituyen la élite ilustrada,
conservadora, idealista y burocrática. Los zorros
cuando ejercen el poder, son calculadores, pensadores y materialistas. No es difícil
deducir que los leones simbolizan a la “derecha” y los zorros a la “izquierda”.
La izquierda negaba de raíz esta connivencia, odiaba cordialmente a Pareto y
nadie se atrevía a insinuar que quizás sería mejor si nos gobernaran los que
saben, los mejores, los más preparados, fueran leones o zorros. Yo al menos,
nunca me atreví a proclamarlo públicamente, pero las tesis de Pareto me habían
hecho un guiño que duraría casi que por siempre. Ya en cierta forma, en el país
teníamos nuestras versiones autóctonas de sus tesis, las de Vallenilla Lanz,
por ejemplo, y su Despotismo Ilustrado
encarnado por Guzmán Blanco y el Gendarme
Necesario, muy en la onda “leviatana” de Hobbes.
Y hablo del
azar y la casualidad, porque releyendo un poco los antecedentes, no puedo
llegar a otra conclusión respecto a cómo _por ejemplo_ conseguimos nuestra
“independencia”(palabra que hoy no sé si me hace reír o llorar) ante la duda de
si se debió a un conocimiento “elitista” o a la simple casualidad que, en la
última década del siglo XX, durante los accidentados episodios que precedieron
al golpe de estado de Hugo Chávez, hubiéramos tenido durante un cortísimo
periodo, un miembro de la “élite ilustrada” al frente del gobierno: el
historiador Ramón J. Velázquez, quien presidió un comité de Notables de cuya eficacia técnica y
profesional se esperaba un cambio de timón de 180 grados en la conducción de un
país que desde su nacimiento y hasta entonces había estado presidido por
dictadores militares, con un breve periodo de cuarenta años de democracia
representativa.
Mi duda parte
más de una curiosidad por lo casual, que del lastimoso desenlace del gobierno
de Velázquez. Me refiero a si el hecho de llamar Notables a este grupo de hombres
(contra quienes el país entero se ensañó con una fiereza, encono y
desprecio que no se habían merecido antes ni los más desprestigiados miembros
de los muy desprestigiados partidos políticos del momento) de si llamarlos así partió,
repito, de la casualidad o del conocimiento histórico. Tratándose del Dr.
Velázquez no me queda duda de lo último, aunque sí de que él se haya llamado a
sí mismo y a su equipo “Notable” pues era conocida su decencia y humildad. Y la
casualidad no está solamente en el apelativo, sino en las consecuencias que
sobre toda nuestra historia como país tuvieron hechos que solo el azar pudo
tejer de esa manera.
Nuestra
rebelión independentista contra la corona española tuvo lugar mientras la
península se hallaba desgarrada por la guerra contra la invasión napoleónica.
Las ideas de la revolución francesa apenas habían podido traspasar los
Pirineos, pero sin embargo penetraron y fueron asimiladas por adeptos
libertarios, conocidos como los “Ilustrados”.
Bajo el reinado de José Bonaparte, esas mentes esclarecidas, esos Notables se reunieron en Cádiz bajo la
forma de un parlamento, conocido por la historia como Las Cortes de Cádiz, para redactar la primera constitución
española, que, inspirada en las ideas de la independencia americana y francesa,
proclamó que la soberanía de la nación residía en el pueblo. Corría el mes de
agosto de 1812. En ese parlamento se encontraban representantes de los
territorios antillanos, americanos e incluso de la lejana Filipinas, que no
temieron alzar su voz proclamando que sus países eran más vastos y más ricos
que España, a la cual aún se encontraban arbitrariamente sometidos. Anunciaban
sus próximas independencias y anunciaban, no la muerte de España, sino el
nacimiento de nuevas naciones.
La
constitución de Cádiz representa un fino ejercicio de alta política, un ejemplo
de lo que puede lograr la razón humana bajo los preceptos del honor y el respeto
a las leyes, y constituyó sin duda alguna en aquel momento, la posibilidad para
las colonias españolas de obtener su independencia civilizadamente. Pero los
franceses fueron expulsados de España, y el pueblo, diezmado y exhausto del
caos y de la guerra, ansioso de paz y orden, aclamó el regreso de Fernando VII,
un personaje torvo, neurótico, malvado, obtuso y vengativo que durante su
exilio en Francia se dedicó a quemar los libros de Voltaire y Rousseau. Cuando recuperó
el trono, una de sus primeras decisiones fue abolir la Constitución de Cádiz y
todos los “Ilustrados” y “notables” fueron apresados, junto a actores,
periodistas, abogados e incluso aristócratas.
Muerte a las ideas. Viva la Muerte.
¿Qué habría
ocurrido con nosotros y con nuestra historia, si en lugar del aberrante
Fernando VII se hubieran impuesto las ideas de la Ilustración francesa, se
hubiera ejecutado la Constitución de Cádiz, y los notables españoles se
hubieran alternado en el poder no por su posición partidista sino para el bien
del pueblo, como lo anunciaría Pareto 50 años después? Probablemente nuestra sangrienta,
interminable y absurda guerra de independencia, inútil como todas las guerras,
o casi todas, no habría tenido lugar, Simón Bolívar hubiera podido dedicarse a
viajar y a disfrutar de los placeres de su posición y su fortuna, y 200 años
después, habríamos alcanzado un grado de
convivencia civilizada a través de la educación, habríamos valorado a nuestros Notables y no habríamos sido víctimas de
un nuevo alzamiento militar que pretendió y lo pretende aun, retroceder la
historia para cometer crímenes de lesa patria invocando su nombre.


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