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| Obra de Peter Blake |
En la década
de los sesenta’s, desde la óptica del socialismo, se hablaba de alienación, para referirse a quienes nos
hallábamos “sometidos” al sistema capitalista. El término era muy socorrido por
quienes se definían a sí mismos como “antisistema”. El capitalismo era
concebido como una maquinaria que funciona por sí misma (inhumana) que devora a
sus miembros y cuyo único objetivo es la ganancia económica. Dentro del sistema
capitalista, todos somos mercancía y por lo tanto, intercambiables de acuerdo a
las leyes de la oferta y la demanda. Los humanos somos apenas una pieza de un
engranaje que una vez creado, se ha independizado de la voluntad humana y
aplica implacable y autónomamente el principio que lo rige, es decir el lucro. Y
el fin justifica los medios.
Para
contrarrestar la inequidad social y económica, la injusticia legal y
restablecer las sociedades sobre principios humanistas, estaba el comunismo
bajo su faceta más amable, el socialismo.
Hablo en pasado, obviamente, y “estaba” es la palabra adecuada. No me
voy a detener en el recuento de la debacle del ideal comunista y su estrepitoso
fracaso en la realidad, prefiero centrarme en aquel entonces, cuando ese ideal encerraba
sueños colectivos y apelaba a lo mejor de cada uno, porque ¿quién que no tomara conciencia del funcionamiento de la economía capitalista, podía no adscribirse al socialismo, que
predicaba la igualdad de todos y nos devolvía la esperanza en la humanidad? Y aquí viene el término “alienación” a
ofrecernos la explicación y la respuesta: el
“alienado” no ha adquirido esa conciencia, y la maquinaria invisible
trabaja para que no la adquiera nunca, para que viva “enajenado”, es decir “fuera
de sí mismo” y en función del mantenimiento del sistema. El alienado se percibe
falsamente feliz dentro de una sociedad que incita al consumo como único leit motiv de la existencia humana. El
alienado pacta con el sistema, se encuentra inserto en él sin saberlo y sin
sentirse infeliz por eso, al contrario.
La prédica socialista nos advertía sagazmente contra las estratagemas del
capitalismo para someternos voluntariamente. La más eficaz era –y evidentemente
sigue siendo bajo otras apariencias y potenciada un millón de veces gracias a
Internet- el acondicionamiento, es
decir, la influencia sobre nuestras mentes a través de mensajes “subliminales”
utilizando los Mass Media y la
publicidad como transmisores de mensajes al consumidor de un sistema de
producción orientado al lucro, que a cambio le ofrece la “libertad” de adquirir
lo que quiera y, por ende, la “felicidad”.
No hay que olvidar que, por esos años los análisis de los llamados “Mass
media” conocieron su mayor auge: ahí están La
aldea global, “el medio es el mensaje”,
de Mc Luhan; “Apocalípticos e Integrados” de Umberto Eco, “El hombre
unidimensional” de Herbert Marcuse _haciendo la honrosa salvedad de que Marcuse
también acusó al sistema comunista de alienar a sus individuos_ como prueba de la importancia de un tema que
ha trascendido décadas y que emplaza profundamente los fundamentos éticos de la
sociedad occidental.
La película
“L’arrangement” (‘El arreglo”) escrita y dirigida por Elia Kazan, en 1969, que
recién he vuelto a ver, me retrocedió mentalmente a esos años de polémicas
fructíferas. Después de 56 años, pareciera
que las preguntas siguen siendo las mismas. El sistema y sus peligros siguen estando ahí, aunque debo reconocer que la
“conciencia” también, a la espera de que vayamos a su encuentro, y exigiendo
hoy más valor que nunca para afrontar el brillo de su iluminación, que nos empuja
a actuar. Más valor, sin duda, del que
tuvo Eddie Arness (Kirk Douglas en el film), quien quiso “romper” con el
sistema _primero en un fallido intento de suicidio y después tratando de
destruirlo desde adentro__ para terminar siendo víctima él mismo de sus propias
indecisiones, al adoptar conductas erráticas y contradictorias que solo
consiguieron unir a todos los “adaptados” en su contra y sellar vergonzosamente
su fracaso. La “sociedad” actuando como un ente amorfo de mil cabezas aullando
por su sobrevivencia, acaba triunfando y su ensañamiento es tan cruel que por
momentos se hace insoportable; sobre todo porque la historia tiene como
trasfondo la expresión más extrema del sistema capitalista: Norteamérica. Con
el agravante de que Eddie, hasta el instante mismo anterior a su “toma de
conciencia”, encarna a una estrella fulgurante del Universo de la Publicidad,
lo que no es un dato casual.
Para mí el
instante más demoledor, de hecho, el que precede a la debacle final, es el
dialogo entre Eddie y su esposa Florence
(magistralmente encarnada por Deborah Kerr) cuando ella intenta hacerlo
“comprender”, le ofrece su “ayuda” y le pregunta que es lo que verdaderamente
quiere “hacer”. Él le responde que no quiere “hacer” nada. Solo tirarse en la hierba de cara al
sol. Solo quiere “ser”
A
continuación, ella le pregunta, ¿pero... “ser qué”?
-Nada, sólo
“ser”
-Pero ser qué
cosa, insiste ella...
-Nada, solo
“ser” yo mismo
-Pero ¡tú qué
eres! Solo eres publicista... ¿y
mientras tanto de qué vamos a vivir?


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