martes, 28 de octubre de 2025

LLUVIAS, PANTANOS Y LODO


Dorothea Tanning. El océano blanco 

Hijo de Mittelhouse, mártir anarquista francés famoso por haber puesto fin a sus días abriéndose las venas con el mango de una pequeña cuchara cuando fue hecho prisionero por la inteligencia enemiga durante la Gran Guerra, Joseph Mittel es un joven de 22 años que se siente fuera de lugar en el mundo.  Sin haberlo conocido, ha heredado de su padre la leyenda que lo persigue como un lastre. Su enigmática historia y su turbio final poseen una fascinación que se acrecienta con los años en el medio de los revolucionarios anarquistas franceses del periodo de entre guerras. Para Joseph es una celda que lo mantiene preso de una herencia que no desea portar sobre sus hombros pero que sin embargo controla su vida y determina su acontecer. 

Joseph se ha unido a Charlotte, una joven de su misma edad, militante anarquista con quien mantiene desde hace dos años una relación, cuando súbitamente, un encadenamiento de hechos lo arroja a las calderas de un carguero que se dirige a Panamá y a América del Sur, con un cargamento clandestino de armas cuya venta ya su capitán ha negociado con los revolucionarios que planean un golpe de estado en Ecuador.

Pareciera que la herencia no deseada de Joseph actúa como el origen invisible que determina el curso de las acciones que se suceden unas a otras sin control. Charlotte se ha involucrado a fondo en el movimiento anarquista. Para obtener fondos que le permitan al diario Libertaire (1923) sostenerse por un año, ha decidido pedirle 30 mil francos al gerente del mercado de Les Halles de Paris, para quien trabaja como doméstica y amante y a quien ha amenazado con denunciar ante su esposa si no le pagaba un apartamento propio y mil francos al mes. Ante la negativa de Monsieur Martin, a Charlotte no le queda otra salida que dispararle, dándole la muerte. Todo deviene en tragedia, el crimen es denunciado inmediatamente, Charlotte arrastra a Joseph en su huida y lo conduce al embarcadero donde rápidamente convence al capitán de La Cruz del Norte, de embarcarlos a bordo, cosa que el capitán acepta de inmediato, (Charlotte ya ha obtenido información sobre las armas y se vale de ella para “negociar”) pero el azar interviene de nuevo.  Desde que el capitán conoce a Charlotte, se inicia un curioso y sutil triángulo amoroso, donde los sentimientos de los dos hombres permanecen soterrados o disimulados, sin expresarse abiertamente; como la protección y el afecto que el capitán siente por Joseph, quien podría ser su hijo, confundiéndolo y paralizándolo; sin por ello dejar de sentir agradecimiento e incluso admiración y respeto por éste. Los hilos del verdadero poder parecen tejidos por Charlotte, la única que parece estar en control de sí misma, abandonada al ocio y a la protección que le ofrece el capitán. Dócil, encantadora e impasible, los desconcierta, los ata a su suerte y los mantiene alerta, como si ambos presintieran en ella el origen remoto de desconocidos peligros.

Pero la verdadera tragedia está por venir. Como en “El corazón de las tinieblas”, de Conrad, en esta novela, “Long Cours (Gallimard, 1923, 2002) Georges Simenon nos sumerge en la pesadilla de la selva tropical suramericana y su omnipresencia oprobiosa y temible.  Tras numerosos acontecimientos y reveses, a los cuales Joseph sobrevive sin darse cuenta en manos de designios incontrolables para él, el carguero arriba al canal de Panamá, donde las autoridades francesas ya han dado la alerta y emitido la orden de arresto de Charlotte. Para ese momento ya los rebeldes ecuatorianos que habían encargado las armas a Mopps, el capitán, han sido vencidos por el ejército ecuatoriano y su líder ha sido asesinado. Para Mopps eso significa la ruina de su empresa, su barco y su vida. Sin embargo, logra negociar en el puerto con un rico empresario árabe el pago de la multa que le ha impuesto la French Line para atravesar el canal y salir de Panamá, pero debe cambiar de rumbo y de planes. Decide entonces dejar a Joseph y a Charlotte en el puerto de Buenaventura, Colombia, con pasaportes falsos y con empleo para Joseph en la compañía de un traficante de oro, para el momento el hombre más rico de Colombia.

Todo aquello acentuaba la angustia, que nunca había dejado de perseguir a Joseph, sobre su lugar en el mundo, un mundo donde siempre surgía algo que le impedía actuar según sus deseos, dejándolo en la mitad de situaciones falsas; donde sentía que nunca había sido “él”. No teniendo ningún punto en común con el partido anarquista, era simplemente el hijo de un admirado mártir desconocido para él; tampoco lo tenía con los feroces libertaires que rondaban la librería de la calle Montmartre, ni con los antiguos amigos anarquistas de su padre que se habían vuelto ricos, y mucho menos con los marineros y estibadores del barco que los había conducido hasta Buenaventura.  Pero tampoco tenía tiempo para detenerse en sus cavilaciones, porque enseguida fue conducido junto a Charlotte a los pantanos de la selva colombiana, equipado con botas de caucho, pantalones de kaki, un casco y alojado (o más bien arrojado) a un bungalow donde estaría bajo las ordenes de un geólogo belga, comisionado por la Compagnie Miniére Anglo-Colombienne para dirigir las operaciones de extracción del oro de los pantanos, lo que realizaban los indígenas y negros en condiciones infrahumanas.  Y muy pronto aquel pantano, que ya había conducido a la locura al geólogo belga, se presentó ante Joseph como la materialización de su infortunio y de todas las incongruencias de su vida. En plena estación lluviosa, durante meses él y Charlotte no contemplaron más que su choza enlodada y húmeda donde crecían champiñones encima de su ropa, maletas y enseres, soportaban una temperatura constante de 40 grados, miraban y le temían a un rio pantanoso, plagado de cocodrilos y todo el tiempo una lluvia interminable e insidiosa caía de un techo bajo de nubes grises estacionado sobre sus cabezas.  Y así día tras día. Acosados por nubes de mosquitos, arañas venenosas y ratas (había días en que Joseph debía matar hasta quince antes de poder dormir), aquellos pantanos se habían convertido en un infierno donde todos agonizaban esperando un final que nunca llegaba. Dependían de un solo hombre que los aprovisionaba una vez al mes y no tenían a nadie con quien hablar porque el geólogo belga había tomado a Joseph por un espía de la compañía enviado para asesinarlo y no les hablaba.

El relato continúa: “Los hombres que trabajaban en los pantanos buscando oro eran seres indolentes y resignados, producto de una mezcla de razas degeneradas que no tenían ni siquiera el instinto de independencia.   Obedecían como bestias, se protegían la cara con los brazos como niños cuando veían a un blanco encolerizado, eran feos y casi todos tenían tuberculosis”.

El delirio persecutorio de Plumier, el geólogo belga, lo conduce finalmente al suicidio, cuando ya las cartas que ha hecho llegar a la compañía han atestiguado los horrores de la explotación minera que se supone ha estado bajo su dirección. Charlotte queda embarazada y a los pocos meses contrae una enfermedad tropical; su vida y la del niño corren peligro y ese hecho determina lo que se convierte en una obsesión para Joseph: escapar.

“Mittel levanta la mirada hacia la grisura de la montaña, semejante a una nube. A lo lejos, otras montañas, y valles, y ríos. Un continente inmenso con solo aquí y allá, separados por barreras, pequeños puñados de humanos: blancos venidos de Europa, negros traídos de África.  ¡Y era allí, en una de esas minúsculas madrigueras que él, Joseph, que poco tiempo atrás aún estaba en Paris, iba a tener un hijo!”

De las novelas de Simenon, que disto aun de haber leído todas, sin duda “Long Cours” debe ser una de las más logradas. Dentro de los cánones de la tragedia clásica griega, la novela moderna y el género “noir”, moviéndose cómodamente entre ellas, nos regala un relato sostenido que no decae ni un instante, lleno de matices, sugerencias estimulantes, intriga, sorpresa, afirmación. Un relato dentro del cual –para no abandonar el tema marítimo- navegamos con confianza y el placer indescriptible de sabernos sumergidos en una fascinante travesía.

jueves, 23 de octubre de 2025

LO GOURMAND NO QUITA LO VALIENTE

In vino veritas, Foto mía 

 
Christian Jacq, (Paris, 1847) es mundialmente conocido por sus novelas sobre el antiguo Egipto, que tienen un enorme éxito de popularidad y ventas, y un poco menos por sus ensayos, notablemente entre ellos, “Ces femmes qu’ont fait l’Egypte” y “L’Egypte de grands pharaons” (coronado por la Academia Francesa), entre otros muchos.  Pero Jacq no se detuvo allí, incursionó en la tradición de la novela polar inglesa y su máxima encarnación, Agatha Christie, y respetando maravillosamente los cánones del género, basados en la resolución de casos sin deber nada a las nuevas tecnologías y todo a la sagacidad del investigador, creó la saga conocida como ‘Las investigaciones del Inspector Higgins”.  Aquí se trata de un muy aristocrático inspector que, en detrimento de sus títulos de nobleza, es un reputado miembro de Scotland Yard, conocido por sus exitosas investigaciones de casos particularmente “sensibles”

Después de leer algunas de sus aventuras (no puedo negar que me fascinan las novelas policiales y este personaje es uno de mis preferidos) he terminado por concluir que quizás el secreto de su irreprochable carrera se encuentre en su lado gourmet, -que presumo como una hábil estratagema de Jacq para honrar la reputada gastronomía francesa en Inglaterra, el país de Higgins, cuya gastronomía es, salvo prueba en contrario, no muy digna de mención particular.

En una de las entregas de la saga, Higgins, antes de abordar un caso particularmente difícil, no desdeña sin embargo el placer de una excelente comida, que saborea en su propia residencia, no sin antes ducharse, afeitarse y vestirse con esmero.  La prisa, recordemos, es plebeya y un menú como el que se dispone a rendir honores, amerita una ceremonia pulcra, elegante y respetuosa de los buenos modales. Es una norma que el inspector respeta por encima de cualquier urgencia y que aplica igualmente a los casos que investiga. De ahí que obtenga mejores resultados con su hablar pausado y elegante, pero convincente, en lugar de emplear los desplantes o amenazas que caracterizan su oficio y que, por otra parte, son absolutamente contrarios a su naturaleza y a su educación.  Pero volvamos al menú:  

Entrada: carpaccio de trucha ártica con perifollo. La preparación ha ameritado 24 horas de preparación. La trucha ha sido cortada en lonchas muy finas, marinada con ralladura de limón, melaza, sal marina de primera calidad, pomelo rosado, pimienta auténtica, vainilla, crema de leche de oveja y perifollo de la huerta, finamente deshojado.

Acompaña la entrada con una copa de Bourgogne blanco fresco.

 Plato principal: Ossobuco a las hierbas aromáticas con predominio del romero y la mejorana, acompañada de papas y remolachas finamente cortadas y aderezadas.

Acompaña con un Bourgogne tinto.

Postre: assortiment de dulces consistente en macarons de pistacho, lonjas de naranja confitada, vainilla y panecillos de especias.

Finaliza con café y una copa de cognac.

Una vez dilucidado el caso, identificados los culpables y debidamente entregados a la Justicia después de varios días de trabajo incansable y noches en blanco, el Inspector Higgins se regala el siguiente menú, en el mejor restaurante italiano de Piccadilly Circus:

Entrada: Antipasto de jamón crudo, salami, vegetales al grill, ensalada verde aderezada con aceite de oliva, queso parmesano, aceitunas negras, palitos de pan.

Acompaña con Bitter Campari con hielo.

Primer plato; Rissotto de hinojo con almejas, filetes de anchoa, cebolla dorada y rallada finamente, manojo de perejil, diente de ajo machacado y ralladura de limón.

Acompaña de vino proveniente de los viñedos al pie del Vesubio.

Plato principal: Rotti de ternera con berros y limón, regado con salsa cremosa y papas doradas.

Acompaña con vino del Vesubio.

Postre: Copa de helados de sabor a pistacho, chocolate y frambuesa, adornado con merengue y vino flambeado.

Finaliza con café y Grappa

viernes, 3 de octubre de 2025

LABERINTO



Leonora Carrington. Y entonces vimos a la hija
del Minotauro

Buscaba regresar a mi casa, que tampoco era mi casa realmente, sino una habitación de hotel o una residencia. Daba vueltas sin encontrarla, bajaba y subía escaleras. Cada puerta me parecía la mía, pero cuando me acercaba veía que no. Descendí varios pisos y llegué a una recepción. Había varias personas esperando. Un hombre estaba a mi lado hablando con un recepcionista y una mujer estaba a mi espalda. Llegó una señorita y pasando la vista y el cuello por sobre mi hombro, le preguntó a la mujer detrás de mí, que qué quería. Entonces yo le dije: “Ah, y yo, estoy pintada en la pared” La señorita se puso a reír y me miró con amabilidad. Me pregunto que qué me pasaba. En ese momento recordé quien era yo y lo que hacia allí. Era una persona mayor y desvalida y me encontraba en una residencia de ancianos. Me sentí aliviada por haberlo recordado. Sabiendo que iba a ser comprendida, le dije a la señorita que no recordaba cual era mi apartamento. Entonces una puerta se abrió detrás de ella y apareció mi amiga Alejandra. Llevaba un manojo de llaves en la mano. Caminamos juntas hacia un ascensor, pero ella no me miraba ni me sonreía. Actuaba como una empleada más. Nos bajamos en un piso y lo recorrimos. A cada puerta que aparecía, yo le decía “éste no es”. Nos dirigimos a otro piso, y seguíamos buscando, pero ahora podíamos ver dentro de los apartamentos. En uno de ellos había un hombre que nos sonreía. No era viejo. En otro había solo bebés recién nacidos, cada uno en una cama pequeña. Noté que cada bebé tenía la cara de un sabio. Uno era Unamuno, el otro, Gandhi. Lo reconocí por el color de su piel su forma de mirar. Yo sabía que todos los demás bebés eran también sabios, pero no podía identificarlos. Comencé a angustiarme. Estaban callados y no parecían felices, pero si bien alimentados. Eran gordos. Se miraban el uno al otro. De pronto, de una de las camitas saltó una gata (yo supe que era una gata) enorme y marrón. Me fijé que había dejado caca en la camita. Alejandra y yo seguimos buscando, pero ahora también nos acompañaba otra persona con actitud amistosa. Yo les dije, “ya sé dónde es, y no es aquí, hay que seguir subiendo”. Nos dirigimos nuevamente al ascensor, pero ahora no lo encontrábamos. Creo que subimos por las escaleras. Aparecieron otras puertas, cada una me parecía la mía, pero todas eran iguales, y me confundían. Yo sabía que sabía identificarla si la viera, pero no podía. Mi angustia creció enormemente. Sentía que me trasladaba por los aires, que las paredes se movían y me envolvían. Sentía ojos mirándome con lastima. Mis amigas seguían acompañándome, pero al mismo tiempo se alejaban, se difuminaban poco a poco en el aire y yo me quedaba cada vez más sola. Todo se volvió luminoso, pero de una claridad amenazante. Al final vi una puerta pintada de azul claro, pero, aunque todas las otras puertas también eran azul claro, ésta me pareció inconfundible y pensé, “aquí vivo, aquí he vivido siempre, todo esto es mío”. Pero en la puerta había señales de descuido, rayas y sucio. Cuando se abrió, vi una cama y algunos peluches en el piso y pensé: “éste es el peluche preferido de la gata”. Y de pronto apareció una gata amarilla. Era enorme y tenía rayas marrones. Se abalanzó sobre el peluche, pero inmediatamente lo rechazó con asco y horror, y se tiró en la cama como a llorar. Yo sabía que lloraba y me coloqué a su lado. Volví a sentir angustia porque no estaba segura de haber encontrado verdaderamente mi lugar. Seguí recorriendo el edificio alucinante, cada vez más brillante y movedizo, pero ahora estaba sola. Mis acompañantes habían desaparecido. Abrí una puerta y en una habitación había una estantería con ídolos cabeza abajo, marrones y verdes que parecían de jade. Fue lo último que vi.