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| Man Ray. Máscara, 1926 |
En esa pequeña
Obra Maestra que es el film «Good Bye Lenin» del realizador alemán Wolfgang
Becker, (2003) su protagonista, Alex Kerner mistifica en un desvencijado aparato de TV
de la antigua República Democrática Alemana, la Utopía en la que todos hemos soñado,
para presentarle a su madre hechos y circunstancias que enmascaran una realidad
que nadie quiere ver. O, para ser más precisos, una realidad que su madre ha
enmascarado bajo ropajes que ella ha asumido como mampara, aunque su conciencia
le conmine sin piedad, a abrir los ojos y “ver” lo que ella se ha negado a ver,
obnubilada por su pertenencia al Partido Socialista Obrero alemán y presa del
terror, imperceptible pero real, del régimen comunista. La paradoja de la
historia está magistralmente tejida, con una sutileza plena de ternura, de amor
incondicional y del más elevado sentido del humor. Durante el colapso de su país,
su madre ha caído en coma profundo, sin llegar a enterarse de los hechos, y en
su condición extremadamente delicada, ha sido preciso ocultarle la verdad, a
riesgo de una fatal recaída. Alex fabrica entonces, solo por amor filial, una
mentira “visual” para que su madre pueda seguir viviendo en la mentira. Una
mentira se superpone a otra, pero no solo en la artificiosidad de los juegos de
imágenes y montajes ficticios que Alex y su amigo fabrican con aparatos que
caducaron tecnológicamente, a minutos apenas de la caída del muro de Berlin,
sino en la realidad, pero significan más que eso: Las falsas imágenes del pasado,
del “ayer” que Alex fabrica sobre el presente (“su” presente y el “hoy” de su país)
nos llevan a interrogarnos continuamente sobre dónde ha estado alojada la “mentira”
y dónde la “verdad”. ¿Acaso en el “Oeste”? ¿En la cuna del capitalismo puro y
duro, con su culto al individualismo, al consumismo alienante, al poder económico
de unos pocos y su desprecio a los más desfavorecidos? ¿O acaso en el “Este” con su vigilancia, su policía
política, su burocracia de partido, su manipuladora ideología del “Bien Común” administrado
por una elite burocrática, de inspiración totalitaria?
Los montajes
que Alex y su amigo van confeccionando adquieren con el tiempo, niveles de
excelencia, si no tecnológica, si en el manejo de los recursos y en la transmisión
efectiva del mensaje. El propio Alex lo reconoce cuando, después de una de esas
trasmisiones (que por otra parte no han engañado nunca a su madre) reflexiona
sobre lo que ha hecho: “Poco a poco he convertido a mi país (Alemania del Este)
en lo que yo siempre soñé” Si, porque (y esta es una de las genialidades de su
realizador Wolfang Berger) en la ficción de Alex, son los del Oeste los que añoran
pasar al Este, y no al contrario. Son esos seres humanos, (más allá de que sean
sus compatriotas) hastiados del consumismo egoísta y de su condición alienada,
quienes añoran regresar a una vida sencilla, más humanitaria y solidaria. Alex
ha logrado nada más y nada menos, que transcribir en esa pequeña pantalla de un
televisor antiguo destinado a “engañar” a su madre, la misma, la inmutable, la
eterna Utopía perseguida por el Hombre desde sus inicios, eternamente soñada e
inalcanzable.
Por otra
parte, Alex vive a plenitud la nueva era que se abre ante sus ojos y ante todos
sus sentidos (sabores, olores, colores) en su nuevo país reunificado:
experimenta por primera vez su sexualidad y su avidez de vida se ve plenamente
compensada por el renacer, el despertar explosivo de su país ante las
libertades recientes, tan duramente conquistadas. En un momento, abrumado,
maravillado y retado por el vértigo de los cambios, se dice (palabras más,
palabras menos): “el porvenir era al mismo tiempo incierto y fascinante. Mi país
ocupaba el centro del mundo, el lugar donde todo podía ser posible. Y yo estaba
ahí y quería pertenecer a eso”
La historia
general se entremezcla con la pequeña historia del héroe infantil de Alex: el único cosmonauta alemán de la carrera
espacial de los años 70’s. integrante de la tripulación de la nave espacial rusa
Sojuz13. Alex lo pierde de vista a raíz de la separación de las dos Alemanias y
cree reencontrarlo después en el país reunificado, aunque solo es un chofer de
taxi que se le parece. No obstante, Alex le pide su colaboración para el
montaje final con el que pretende mantener el engaño que con tanto esmero y devoción
ha fabricado para su madre. Es éste uno de los momentos más conmovedores de la película,
porque su madre ya ha visto la estatua de Lenin volar por el cielo transportada
por un helicóptero, como diciéndole Good
Bye, y ha sido advertida por la novia de Alex de todo lo ocurrido en su país
mientras ella estuvo en coma. Pero ocurre que, en el discurso del falso astronauta,
que no es otro que el chofer de taxi que encarna al héroe de la infancia de
Alex, atrapado en un tiempo sin tiempo frente a la pantalla, su madre reconoce
a Alex y toma consciencia de los abnegados esfuerzos de su hijo para mantenerla
en vida mediante el recurso de la ficción y en el fondo, de la poesía. Porque,
en palabras de Alex, nuestro cosmonauta afirma (palabras más palabras menos): “Abogo
por nuestra reunificación como hermanos que somos de un mismo pueblo, porque no
hay Este ni Oeste, ni Norte ni Sur. Desde el espacio he visto la inmensidad de
nuestro planeta, y en él, somos un pequeño punto que apenas se distingue. No
dejemos que nuestras pequeñeces nos separen más”
Han
transcurrido más de 20 años de la realización de este film extraordinario, que
he vuelto a ver regocijada, como si fuera por primera vez. Sí, porque me recuerda que hoy, más que nunca,
es necesario rescatar las antiguas Utopías. Ese compendio de sueños sin el cual
la Humanidad no habría podido sobrevivir y que, en su esencia, permanece
Inmutable.


