lunes, 17 de junio de 2024

LO IMMUTABLE


Man Ray. Máscara, 1926 


En esa pequeña Obra Maestra que es el film «Good Bye Lenin» del realizador alemán Wolfgang Becker, (2003) su protagonista, Alex Kerner mistifica en un desvencijado aparato de TV de la antigua República Democrática Alemana, la Utopía en la que todos hemos soñado, para presentarle a su madre hechos y circunstancias que enmascaran una realidad que nadie quiere ver. O, para ser más precisos, una realidad que su madre ha enmascarado bajo ropajes que ella ha asumido como mampara, aunque su conciencia le conmine sin piedad, a abrir los ojos y “ver” lo que ella se ha negado a ver, obnubilada por su pertenencia al Partido Socialista Obrero alemán y presa del terror, imperceptible pero real, del régimen comunista. La paradoja de la historia está magistralmente tejida, con una sutileza plena de ternura, de amor incondicional y del más elevado sentido del humor. Durante el colapso de su país, su madre ha caído en coma profundo, sin llegar a enterarse de los hechos, y en su condición extremadamente delicada, ha sido preciso ocultarle la verdad, a riesgo de una fatal recaída. Alex fabrica entonces, solo por amor filial, una mentira “visual” para que su madre pueda seguir viviendo en la mentira. Una mentira se superpone a otra, pero no solo en la artificiosidad de los juegos de imágenes y montajes ficticios que Alex y su amigo fabrican con aparatos que caducaron tecnológicamente, a minutos apenas de la caída del muro de Berlin, sino en la realidad, pero significan más que eso: Las falsas imágenes del pasado, del “ayer” que Alex fabrica sobre el presente (“su” presente y el “hoy” de su país) nos llevan a interrogarnos continuamente sobre dónde ha estado alojada la “mentira” y dónde la “verdad”. ¿Acaso en el “Oeste”? ¿En la cuna del capitalismo puro y duro, con su culto al individualismo, al consumismo alienante, al poder económico de unos pocos y su desprecio a los más desfavorecidos?  ¿O acaso en el “Este” con su vigilancia, su policía política, su burocracia de partido, su manipuladora ideología del “Bien Común” administrado por una elite burocrática, de inspiración totalitaria?

Los montajes que Alex y su amigo van confeccionando adquieren con el tiempo, niveles de excelencia, si no tecnológica, si en el manejo de los recursos y en la transmisión efectiva del mensaje. El propio Alex lo reconoce cuando, después de una de esas trasmisiones (que por otra parte no han engañado nunca a su madre) reflexiona sobre lo que ha hecho: “Poco a poco he convertido a mi país (Alemania del Este) en lo que yo siempre soñé” Si, porque (y esta es una de las genialidades de su realizador Wolfang Berger) en la ficción de Alex, son los del Oeste los que añoran pasar al Este, y no al contrario. Son esos seres humanos, (más allá de que sean sus compatriotas) hastiados del consumismo egoísta y de su condición alienada, quienes añoran regresar a una vida sencilla, más humanitaria y solidaria. Alex ha logrado nada más y nada menos, que transcribir en esa pequeña pantalla de un televisor antiguo destinado a “engañar” a su madre, la misma, la inmutable, la eterna Utopía perseguida por el Hombre desde sus inicios, eternamente soñada e inalcanzable.

Por otra parte, Alex vive a plenitud la nueva era que se abre ante sus ojos y ante todos sus sentidos (sabores, olores, colores) en su nuevo país reunificado: experimenta por primera vez su sexualidad y su avidez de vida se ve plenamente compensada por el renacer, el despertar explosivo de su país ante las libertades recientes, tan duramente conquistadas. En un momento, abrumado, maravillado y retado por el vértigo de los cambios, se dice (palabras más, palabras menos): “el porvenir era al mismo tiempo incierto y fascinante. Mi país ocupaba el centro del mundo, el lugar donde todo podía ser posible. Y yo estaba ahí y quería pertenecer a eso”

La historia general se entremezcla con la pequeña historia del héroe infantil de Alex:  el único cosmonauta alemán de la carrera espacial de los años 70’s. integrante de la tripulación de la nave espacial rusa Sojuz13. Alex lo pierde de vista a raíz de la separación de las dos Alemanias y cree reencontrarlo después en el país reunificado, aunque solo es un chofer de taxi que se le parece. No obstante, Alex le pide su colaboración para el montaje final con el que pretende mantener el engaño que con tanto esmero y devoción ha fabricado para su madre. Es éste uno de los momentos más conmovedores de la película, porque su madre ya ha visto la estatua de Lenin volar por el cielo transportada por un helicóptero, como diciéndole Good Bye, y ha sido advertida por la novia de Alex de todo lo ocurrido en su país mientras ella estuvo en coma.   Pero ocurre que, en el discurso del falso astronauta, que no es otro que el chofer de taxi que encarna al héroe de la infancia de Alex, atrapado en un tiempo sin tiempo frente a la pantalla, su madre reconoce a Alex y toma consciencia de los abnegados esfuerzos de su hijo para mantenerla en vida mediante el recurso de la ficción y en el fondo, de la poesía. Porque, en palabras de Alex, nuestro cosmonauta afirma (palabras más palabras menos): “Abogo por nuestra reunificación como hermanos que somos de un mismo pueblo, porque no hay Este ni Oeste, ni Norte ni Sur. Desde el espacio he visto la inmensidad de nuestro planeta, y en él, somos un pequeño punto que apenas se distingue. No dejemos que nuestras pequeñeces nos separen más”

Han transcurrido más de 20 años de la realización de este film extraordinario, que he vuelto a ver regocijada, como si fuera por primera vez.  Sí, porque me recuerda que hoy, más que nunca, es necesario rescatar las antiguas Utopías. Ese compendio de sueños sin el cual la Humanidad no habría podido sobrevivir y que, en su esencia, permanece Inmutable.

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