lunes, 27 de julio de 2026

LA VENTA DE UNA UTOPÍA

Leyendo minuciosamente a Padura estos últimos meses y porque al algoritmo le ha dado por mandarme cada ínfima declaración suya, he creído percibir algunas sutilezas en sus palabras. Desde hace un rato sus declaraciones me están dejando un poco desconcertada; quiero decir que bajo la expectativa de encontrarme a un escritor indoblegablemente crítico con el régimen que tiraniza a Cuba desde hace casi setenta años, me he encontrado con uno que se mueve en una zona gris. Y eso sin encontrar todavía respuestas convincentes a mis inquietudes sobre un escritor que sin parecer adulante sigue viviendo en Cuba y gana en divisas en un sistema no capitalista. Me pregunto si declara al fisco, cuánto le quitara el Estado y si tiene derecho a tener cuentas bancarias en el extranjero, y a disfrutar de sus ingresos en Cuba sin pertenecer al establishment. En fin, dudas así, que sin embargo para mí no desmerecen su talento como escritor. Bueno, sigo: del autor de obras extraordinarias como “Herejes” y “El hombre que amaba a los perros” esperaba denuncias incontestables sobre el origen de la situación por la que atraviesa actualmente Cuba.

Volviendo a “El hombre que amaba a los perros”, la palabra que primero se me viene a la mente es “indirecto”.  La obra en sí es una defensa irrestricta del Principio Universal más preciado para la humanidad: la Libertad, pero esa adhesión se va estableciendo mediante alusiones indirectas. Es cierto que hay párrafos donde se denuncia en un lenguaje claro e indudable, la deriva despótica y criminal del régimen estalinista que en la práctica resultó la negación absoluta de los preceptos establecidos por Marx y Engels en el Manifiesto Comunista.  Para el lector avisado, esos párrafos funcionan como una denuncia indirecta del modelo que años después aplicó Fidel en Cuba y pretendió extender al resto de América Latina. Y que uno comprende, dada la circunstancia del autor que escribe en un país comunista. A ese recurso literario es imposible oponer alguna objeción y no es mi intención hacerlo.

Sin embargo, no he encontrado en ninguno de los libros de Padura una frase donde lo mencione, y antes de recibir la objeción en la que seguramente estarán pensando, aclaro que sí, que yo sé que Padura no es un escritor panfletario. Pero el asunto es otro, y creo que lo estoy empezando a comprender después de haber leído varias de las aventuras de Mario Conde, y en especial el último libro suyo que he podido leer “Como polvo en el viento”, (1) en todos los cuales percibo el intento casi desesperado de Padura por explicarse Cuba y para ello explora todos los recursos de su amplia cultura y su dominio del oficio, bien valiéndose de la infinita gama de obstáculos que debe enfrentar Mario Conde para resolver sus casos, o exponiendo las no menos inconcebibles penurias que deben enfrentar sus amigos para alimentarse, vestirse, desempeñar un oficio y ganarse el sustento, en otras palabras, para sobrevivir.  En cada uno de sus personajes habita una reflexión del propio autor, y todas ellas convergen en la misma pregunta, que no es la que uno (o al menos yo) podría esperar, no es “¿cuándo nos liberaremos de esta tiranía?”  sino otra, para mi gusto sospechosamente teñida de ambigüedad: “¿en qué momento se desvió el proceso?”

Más que investigando en Wikipedia, es a través de sus personajes que mejor se pueden deducir sutilezas que no aparecen en los datos.  Padura hace constantes reflexiones sobre las diversas “crisis” principalmente económicas que han ocurrido en su país, la peor de todas sin duda, la de la década de los 80’s-90’s. Padura reparte su autobiografía en la mayoría de sus personajes. Todos sufrieron ese interminable periodo de carencias cuando ya habían recibido educación, pero sobre todo adoctrinamiento, en sus escuelas, liceos y en institutos pre-universitarios, para no hablar de los centros de re-educación y las granjas de trabajo forzado para los “desviados”.  Y por boca de sus personajes, Padura deja entrever que la dictadura castrista logró -por lo menos durante la etapa en que probablemente él mismo estaba en el pre-universitario o ya en la universidad- ser absolutamente eficaz en la venta de la utopía socialista. En “Como polvo en el viento” nos enteramos por ejemplo de que, del círculo de amigos del “Clan” alrededor del cual se centra la novela, todos han sido ardorosos militantes de las filas de la revolución, y los más destacados entre ellos, han creído y defendido fervientemente sus principios, se han sacrificado y demostrado fehacientemente su fidelidad al proceso, algunos hasta llegando a denunciar a compañeros considerados no lo suficientemente ortodoxos. Y no lo han hecho por miedo o amenazas del régimen. Lo han hecho por convicción y por fe. Ingenua sí, pero fe irreductible de todos modos.

Y esto es algo que me ha hecho reflexionar enormemente, porque ¿quién tiene derecho a juzgar a quienes abrigaron esperanzas de un futuro mejor para su país, a quienes sintieron que estaban forjando la historia, bajo el influjo del discurso eficaz de un líder carismático que apuntaló el orgullo patriótico y el sentimiento de estar jugando un papel en el devenir de la humanidad entera? ¿Tienen ellos acaso la culpa de haber sido engañados y manipulados?

En muchas de las novelas de Padura, pero especialmente en “Como polvo en el viento”, los personajes dan vueltas en torno a sentimientos complejos y contradictorios. Los atormenta el presente e indudablemente el futuro, pero sobre todo el pasado, “su” pasado de creyentes que entregaron candorosamente lo mejor de sí mismos a la causa de una revolución que los estafó, y que en el presente sólo les está ofreciendo persecución y miserias, y que, no pudiendo influir en sus sueños, sólo les deja como alternativa la esperanza de escapar, aun a costa de asumir por anticipado su condición de extranjeros donde quiera que vayan,  de no volver a pertenecer nunca jamás a ningún lugar y del desgarro de saberse los expatriados del futuro. Pero sobre todo, de saber que no hay retorno posible, porque aun pudiendo regresar, serán parias en su propio país.  Lo inquietante es que en lugar de preguntarse si el sistema bajo el que viven no se ha convertido en una monstruosidad y en cómo salir, cómo acabar con eso, lo que se pregunta Padura es ¿qué nos pasó? ¿en qué momento se desvió el proceso?

Pienso que (o quiero creer, estoy especulando) en el propio Padura, el sello que en su juventud le impuso esa entrega incondicional a la construcción de un futuro luminoso para su país bajo el modelo socialista, ha sido indeleble, y por eso mi desconcierto al leer los artículos que publica en El País de España, o las entrevistas que concede.  En sus breves recuentos de la historia reciente de Cuba, cuando atribuye la causa de todos sus males actuales al bloqueo norteamericano de 1960 sobre la isla, percibo las huellas del discurso fidelista, el recurso maniqueo tan socorrido del Imperio enemigo, que tan eficaz le ha sido al régimen cubano durante más de seis décadas.  Y no lo puedo creer, porque a estas alturas ya deberíamos tener claro que al menos el primer bloqueo fue la consecuencia y no la causa de un juego geopolítico entre los dos bloques que para el momento dominaban la política mundial.  Y que fue Fidel, y sólo Fidel, quien aplicando al pie de la letra el modelo estalinista, afilió Cuba al bloque comunista. No puedo creer que aun queden dudas de que el origen de todos los males de la Isla proviene de esa decisión tomada por el déspota que siempre fue Fidel.  Que en el desarrollo de los acontecimientos posteriores hayan intervenido otras variables, es innegable, pero que ese es el origen de todo lo que ha sucedido desde entonces, también lo es.  Por supuesto que no podemos comparar a Kennedy con Trump, que es la muestra fehaciente de cuánto ha degenerado el escenario mundial, pero yo estoy convencida que el régimen cubano ha degenerado internamente, por su condición propia, inherente a su origen, ha involucionado (¿o evolucionado para peor?) sobre sí mismo hasta llegar al estado de postración en que se encuentra actualmente, y que la causa es el comunismo, no los Estados Unidos. No deja de ser curioso que el propio Padura atribuya a la caída del muro de Berlin y a la era Gorbachov y el desplome del comunismo en Rusia, la  mecha detonante de una de las peores crisis por las que ha atravesado la Isla, sin manifestar extrañeza de que el régimen castrista se haya mantenido en pie (sabemos que a punta de represión, dosis extraordinarias de manipulación ideológica, adoctrinamiento y sacrificios de la población) ni de que no se haya concertado hasta hoy ninguna acción internacional conjunta para acabar con él, exceptuando las amenazas de Trump que siguen sin concretarse.  Padura afirma que el bloqueo comercial de Trump es lo que está estrangulando a la isla, y que la verdadera amenaza es una intervención de Estados Unidos en Cuba, similar a la de Venezuela, con la extracción de Maduro.  No puedo dejar de encontrar ambiguas esas declaraciones de Padura, porque ¿en qué quedamos?  Los cubanos, primeramente, pero también todos nosotros los latinoamericanos ¿no queremos que se termine, que finalice, que se acabe de una vez por todas el ignominioso y oprobioso régimen cubano?  Y si la primera potencia del mundo occidental puede posibilitarlo, ¿por qué no acoger esa posibilidad?  No dejo de estar consciente de que Trump es un loco impredecible, megalómano, egocéntrico, y más bien una amenaza para el resto del mundo, pero dejemos de ser ingenuos.  La extracción de Maduro para Venezuela ha sido peor que la enfermedad, y la liberación de Cuba del comunismo tampoco será un gesto de amor y desprendimiento de parte suya.  Consecuencias habrá, pero siempre las hay para un país que está en terapia intensiva y necesita oxigeno de urgencia. Y yo quiero seguir creyendo que si alguien ayuda a extirpar el tumor, lo principal está hecho.  Infortunadamente ya no podemos soñar con una reedición del Plan Marshall de reconstrucción para nosotros, pero ante el abismo en que se encuentra Cuba actualmente, me parece que atacar a Estados Unidos en la persona de Trump, es insistir en el suicidio.  Y por otra parte, en Cuba los intereses de Trump no son los mismos que en Venezuela, porque en Cuba no hay petróleo ni una estructura criminal organizada en quien apoyarse para perpetuar la dictadura, como está pasando ahora mismo en Venezuela. Es posible que, aunque para Trump todo son negocios, en Cuba los intereses sean más de estrategia política hacia el interior de los Estados Unidos con miras a las próximas elecciones, que económicos.  En cualquier caso, toda esperanza parece radicar en el acabose -por el medio que sea- de un modelo que bastante nos ha jodido a todos.

 

(1)           Padura, Leonardo “Como polvo en el viento” TusQuets Editores. Colección Andanzas. 2ª. Edición. Barcelona. Sept. 2020

viernes, 10 de julio de 2026

PERO EL CRIMEN NO PAGA

El avaro. Aguafuerte. SXV

AL FINAL EL CRIMEN NO PAGA

Hacer notar la incongruencia de ver sentados en la misma mesa a los buscados por la Justicia y a sus perseguidores, no estableciendo las reglas de su rendición, sino como socios, cómplices en trance de repartirse el botín, es a estas alturas llover sobre mojado.  En Venezuela y en el mundo, escritores, periodistas, analistas políticos e influencers se jalan los pelos intentando darle un sentido racional a esa grosería exhibicionista, a esa bofetada universal a la decencia, a la moral y a la lógica más elemental. 

Dentro del marco de la vileza, la cobardía y la ignominia de este régimen, uno puede explicarse la contentura del Odiado Cabello y de los hermanos Rodríguez de saberse convidados al festín, codeándose con los representantes actualmente más importantes del hasta hace poco odiado “Imperio” y tuteándose con ellos en medio de sonrisas de complicidad.   A eso uno puede darle contexto.

A lo que uno no puede llegar ejercitando la razón y la lógica, es a comprender las motivaciones de Trump, a menos que las transfiera al campo de la psiquiatría, propuesta que por otra parte ya está bien avanzada en los Estados Unidos según tengo entendido.  El hecho cumplido sigue siendo inexplicable: que los supuestamente encargados de ejecutar la orden de arresto, tuvieron frente a ellos a los criminales y los dejaron en libertad por orden de la misma persona que la emitió, pero a la inversa.

Sin embargo, no hay que olvidar que este hecho también tiene su marco: las declaraciones de Trump confirmando que sí, que su único interés fue y sigue siendo el petróleo de Venezuela, y no su gente, ni su destino ni mucho menos su futuro político.  Confirmando que la comercialización de nuestro petróleo lo ha hecho (a él, no a USA) uno de los hombres más ricos del mundo.  En cuanto a los presentes en la mesa de conversaciones, al mismo tiempo que John Garret y el Jefe del Comando Sur están representando a Trump, también están mostrando impúdicamente una imbecilidad, una doblez y una inmoralidad que ninguna tarifa justifica a estas alturas, porque la mesa donde están sentados tiene sus cuatro patas afincadas sobre los escombros y los cadáveres de venezolanos aplastados por el terremoto.  Solo eso convierte esa negociación en algo aborrecible, vil, y moralmente execrable.  Cuando esto escribo no tengo información de otras consecuencias de esas “conversaciones”, (que alomejor no sabremos sino cuando otra “sorpresa” irrumpa en la escena) aparte  del aumento visible de las tropas norteamericanas en la capital y el control de mando en el aeropuerto de Maiquetía y otras zonas de desastre.

Pero hablando de tarifas, otro dato que quizás nunca tendremos, es la cifra cierta de a cuánto ascienden las fortunas de los jerarcas militares del régimen, de los Rodríguez, de Odiado Cabello y otros más, y lo más tenebroso: dónde lo tienen escondido: lingotes de oro, piedras preciosas, dinero en líquido, dinero en paraísos fiscales, etc. ¿Dónde está almacenado todo eso?  Seguramente periodistas e investigadores de estos asuntos tendrán la respuesta, que tampoco me parece tan importante. Al fin y al cabo, mi pregunta es  ¿y todo ese inmenso caudal de riqueza de qué les sirve? ¿O, mejor dicho, de qué les ha servido aparte de haber podido hasta ahora escapar de la justicia, comprando su libertad a otros tan corruptos como ellos? Me dirán que no es poco, pero sigo pensando que en el balance han perdido más de lo que han ganado.  A la final el crimen no paga.

Si han cometido y siguen cometiendo tantos, si han traicionado a su país, si tarifaron los principios que alomejor alguna vez llegaron a tener, si le vendieron su alma al diablo por dinero y poder, si están señalados como delincuentes en los países donde merece la pena vivir,  pero pueden pedir asilo en los otros donde ellos no quieren ni ir, si no pueden salir del país sino esposados, si incluso dentro de Venezuela no pueden salir de sus bunkers, si no les queda otra opción que atragantarse ahí mismo de comida, bebida y de (no es  difícil presumir) otros “estimulantes”,   si no pueden dormir en paz y tienen unas vidas tan miserables, carcomidos por el odio y el miedo, entonces.. ¿de qué les ha valido y les vale haber acumulado toda esa inmensa fortuna material? En todo caso han pagado un precio muy alto a costa de perder lo más importante si es que alguna vez la tuvieron y no lo han olvidado: la paz de sus conciencias.

Lo más irónico del caso es que –aunque no me consta- la única de todas esas fortunas que eventualmente podría ser auditable, es la de Trump.

miércoles, 8 de julio de 2026

ES GENÉTICO

ES GENéTICO

Acabo de leer un texto donde se afirma que lo que pasó en Venezuela con la irrupción de Trump en la escena y la captura de Maduro, puede equiparase a lo que hicieron los griegos cuando introdujeron su famoso Caballo en Troya.  Como si el triunvirato Rodríguez-Cabello-Padrino estuviera constituido por cándidos personajes, tan ingenuos como los troyanos, y se hubieran dejado engañar con la promesa de un perdón a sus crímenes como contra-oferta a la entrega de Maduro, Para nuestra sorpresa (la de los verdaderamente ingenuos) lo que ocurrió fue la consumación de una alianza entre dos regímenes despóticos, enemigos genéticos de la democracia.

No puedo explicarme sino a nivel biológico, semejante alianza. El texto que alude al Caballo de Troya atribuye toda la perversidad a Trump, que bien logró engañar al régimen cuando lo que perseguía en realidad era “nuestro petróleo”. Como si los gringos nunca antes de Trump le hubieran puesto la mano a nuestro petróleo. Como si el petróleo hubiera sido una riqueza bien administrada por la dictadura en provecho del pueblo venezolano, que solo a partir de la irrupción de Trump estuviera en peligro. Parece el típico discurso de la izquierda global, solapada y tramposa.  

Pero lo inexplicable persiste y hasta ahora no he encontrado ningún razonamiento, ningún análisis político ni psicológico que lo aclare, por lo que me veo forzada a acudir a lo genético. Forzosamente tiene que haber una tendencia natural al despotismo, que haga que el presidente (supuestamente electo) de la nación más poderosa del mundo, por añadidura un empresario voraz, que el único lenguaje que utiliza y entiende es el del arrebato, le haya puesto el ojo a nuestro petróleo en particular, habiendo tanto en el Mar del Norte a su disposición, e inclusive en otros países igualmente abiertos al negocio, como la misma Colombia, tan cercana.  

Eso en el caso de Trump, porque en el nuestro, las dictaduras son cosa de todos los días, propias y consustanciales a nuestra historia. La dictadura venezolana ya estaba cómodamente instalada en el poder desde hace casi tres décadas y se encontraba en un momento político donde internamente no tenía nada que temer.  Se había deshecho de Maria Corina y había comprado (barato) al resto de los líderes de la oposición, todos enchufados.  Y podía dedicarse cómodamente a su negocio favorito, el narco (y el oro) tráfico. Todo bajo control.

Y entonces, ocho millones de venezolanos emigrados después y encontrándonos más huérfanos que nunca, apareció Trump. Nuestro Salvador ( que algunos llegaron a llamar y a dibujar como el nuevo Libertador) y adquirió nueva vida la leyenda que nos hizo creer a los ingenuos que la Gran Nación del Norte, ejemplo de Democracia y Escudo Defensor del Mundo Libre,  al intervenir en Venezuela iba a poner los puntos sobre las ies,  arrestar a los criminales a cuyas cabezas él mismo les habían puesto precio ( en $$$) e iba a implantar las medidas necesarias para una transición y el retorno a la democracia y a la libertad.

El resto ya es historia conocida, la que estamos sufriendo actualmente. Trump y la dictadura de los Rodríguez establecieron una alianza entre los enemigos acérrimos de la democracia que son, y firmaron el contrato más jugoso que puede concebirse: impunidad para los jerarcas del régimen. Bolsillos repletos para Trump.

A la sorpresa de comprobar que pasaban los días y los meses y la dictadura no solo seguía sin cumplir casi ninguna de las supuestas “condiciones” exigidas por Estados Unidos para permanecer en el poder, sino que parecía más a sus anchas que antes, se sumó la consternacion de comprobar la abierta animadversión de Trump hacia Maria Corina Machado, manifestada reiteradamente, sin tapujos, como es su estilo habitual, lo que levantó severas preocupaciones y sospechas.

Solo la posesión de un gen profundamente totalitario, de origen instintivo y primario en Trump y en los criminales que nos oprimen, explica al menos a ese nivel, por qué Trump prefirió hacer negocios con el régimen dictatorial, antes que apoyar a Maria Corina,  apresar a los culpables y llevarlos a juicio, limpiar de mafias criminales al país, ayudar al restablecimiento de la democracia, y entonces, si,  comercializar todo el petróleo que le hubiera dado la gana, bajo las reglas del negocio y pagando impuestos al fisco nacional, porque Maria Corina se lo había ofrecido abiertamente, a cambio de su apoyo para ser la próxima presidente de Venezuela. Nada se lo hubiera impedido y de paso, hubiera podido adecentar su mala imagen y colocar de nuevo a su país como líder democrático de las naciones occidentales, en un momento de la historia en que el planeta lo necesita más que nunca.

Pero nada es definitivo y esta historia continuará…

jueves, 2 de julio de 2026

DESOLACIÓN

Lloro por ti Venezuela

Desde que ocurrieron los terremotos en Venezuela la congoja se ha apoderado de mi alma y el abatimiento no ha dejado espacio para casi ningún otro sentimiento, exceptuando la alegría de compartir un rato con mis hijas y nietas. El extrañamiento se conjuga con el extravío. El no poder compartir el presente con mis compatriotas, mis hermanos, mi familia nacional, me desorienta y debilita.

Las informaciones sobre la sevicia de quienes nos des-gobiernan, enterarme de su capacidad destructora, de su empeño cruel en hacer más y más daño a medida que pasan los días, de echar sal sobre las heridas, de golpear una y otra vez sobre los más débiles, pareciera un deseo perverso de extraerse a si mismos hasta la última gota de toda la maldad que llevan por dentro y esparcirla sobre su propio suelo, el suelo del que alguna vez fue también su país y al que ahora parecen odiar.

No puedo explicarme de otra forma su conducta.  Gobernantes corruptos los ha habido siempre y en todas partes, pero a la hora de imponer justicia se han entregado y su cobardía ha quedado de manifiesto. Pero hasta ahora no conozco ejemplos semejantes de desprecio por sus semejantes equiparable al que han demostrado los jerarcas de este régimen que se ha convertido en una auténtica maldición para nosotros los venezolanos.  No solo darle la espalda a su deber como gobierno, sino lucrar con el dolor de su propio pueblo e impedir con todos los medios a su alcance, que sea salvado, sobrepasa todas las medidas con las que se pueda catalogar la ignominia y la cobardía.

Por el momento atribuyo a mi estado de ánimo lo que me impide imaginar un final luminoso ni siquiera en el mediano plazo, para esta tragedia de proporciones bíblicas que nos azota. 

El presente es desolador: ateniéndome a los hechos, en Venezuela se esperaba, una vez capturado Maduro, que la economía del país se recuperara gracias a un plan de rescate económico liderado por Trump y el gobierno de los Estados Unidos.  No ocurrió así, y no solo en el aspecto económico, no ocurrió así en ningún caso, tampoco en lo social y menos en el político.  De hecho, no existe en el presente tal cosa como una transición hacia la democracia, lo que existe es un régimen cada vez más autoritario y déspota. Las supuestas presiones de Estados Unidos sobre el gobierno “interino”, el establecimiento de condiciones para permanecer temporalmente en el poder mientras se realizaran elecciones libres, o no existieron nunca o no han surtido el menor efecto en la práctica.

Si las arcas estaban quebradas antes del terremoto, el desembolso que habrá que hacer después para recuperar al país, debe al menos doblarlo. Podría y debería hacerse. Si no se hace no es por falta de dinero, es que el dinero está en los bolsillos de Trump y del Rodrigato y sus cómplices.  

Y me pregunto ¿dónde queda la Justicia para Venezuela en este panorama? En un mundo de cómplices y cobardes, donde se ha perdido el significado de la palabra honor, ¿quién la representa?

Estoy consciente de la presencia de Maria Corina Machado como telón de fondo de la escena venezolana, como último refugio mental y símbolo de salvación nacional; pero me llena de temor la certitud de tamaña responsabilidad sobre sus espaldas, que –aunque ella está dispuesta a asumir aun a riesgo de su vida- objetivamente no deja casi ningún margen a la certeza de que lo logre.  Los venezolanos compensamos ese margen con una Fe que todos proclaman sentir, más allá de cualquier indicador de la realidad que –valga la redundancia-indique lo contrario. No me incluyo entre ellos porque soy incapaz de experimentar una Fe ciega sobre algo o alguien, ni de alimentar esperanzas sin fundamento. Mea culpa.

No puedo dejar de pensar que el futuro se presenta tenebroso, sombrío, plagado de incertidumbre y serios peligros, pero para no nadar contra esa corriente indetenible e impenetrable de positivismo que comprendo funciona como el más eficaz mecanismo de auto protección y defensa para casi todos en esta hora aciaga, me acojo a otro tipo de Fe: la que tengo en el Ser venezolano, en nuestra todavía ignota esencia, que nunca hemos logrado penetrar por completo, ¡y menos mal!  porque constituye un perenne desafío, con todo lo bueno y lo malo que sea capaz de encerrar.  

 

A esa Fe me ha conducido – o reconducido más bien-  esta Tonada anónima llamada “Guillermina”, cantada por Simón Díaz, y que data de la época de la dictadura de Juan Vicente Gómez.  Confieso que nunca he podido escucharla sin llorar, y que ese llanto se ha hecho torrente en estos días posteriores al sacudón telúrico que ha sufrido nuestra tierra. Dice así:

 

Pusieron preso a tu marido

Guillermina

Pusieron preso a tu marido

Guillermina

Y se lo llevaron para una fuerte prisión

Y como Guillermina quería tanto a su marido

Fue a la cárcel a cantarle una canción

Fue a la cárcel a cantarle una canción

 

 

Murió mi madre y yo estaba ausente

Murió mi madre y yo estaba ausente

Yo ausente estaba

Yo no la vi

Pero me dijo mi padre que

En su agonía de muerte

Alzó su mano

Y me bendijo a mi

Alzó su mano

Y me bendijo a mí.

 

Niña del campo que cortas flores

Niña del campo que cortas flores

De No me olvides

Y de Azahar

Corta una rosa de dos colores

Para mi amante que esta al llegar

Para mi amante que esta al llegar

 

Niña que bordas la blanca tela

Niña que bordas la blanca tela

Niña que tejes en tu telar

Bórdame el mapa de Venezuela

Y un pañuelito para llorar

 

Y un pañuelito para llorar