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| Lamedores de placenta. Carlos Contramaestre 1962 |
COMUNICAR LA
LIBERTAD
Para nosotros
los latinos, definir nuestra identidad ha sido un rompecabezas que nos ha
ocupado y preocupado desde que tenemos conciencia colectiva y un dilema que ha
venido a disolverse, no a resolverse, con la globalización. En el rompecabezas siguen
faltando piezas y el retrato permanece desdibujado y amorfo. O peor aún,
engañoso. Por añadidura, es un asunto
que ha pasado de moda en el medio digital donde las señales de identidad de cualquier
pueblo en particular, se confunden entre sí o se reducen a clichés.
En mi época de estudiante, definirnos era un asunto capital. Era indispensable re-conocernos y para ello, le historia era una herramienta fundamental. Había que conocerla para luego desmontarla y reconstruirla derribando prejuicios y mitos, a la luz de nuevos conceptos que surgían mientras se elaboraba un marco teórico que pudiera abarcarnos. La sociología adquiría una importancia fundamental en esa reconstrucción, que pretendía alcanzar el más alto nivel de compromiso social a través de la ciencia y el conocimiento. No tengo que añadir que esa era la preocupación de la izquierda ilustrada de entonces, cuya visión del mundo predominaba en las universidades venezolanas. Al desafío de conocernos, se añadía el examen de los modelos de desarrollo social que hasta ese momento se nos habían impuesto, para adoptar el que nos serviría de inspiración, no para copiarlo, sino para forjarnos una identidad propia. Por supuesto. la izquierda que en ese momento, al tiempo que teorizaba en las escuelas de humanidades y ciencias sociales, peleaba en el monte imitando a los revolucionarios cubanos en su intento de derrocar al gobierno, atribuía tajantemente todas las cualidades al modelo socialista y ninguna al capitalista. Cierto es que se discutía y mucho, porque era inevitable reconocer los hechos: ya Krouchtchev había denunciado los crímenes estalinistas, ya había ocurrido la “Primavera de Praga” y el libro de Teodoro Petkoff incendiaba el fuego de la polémica. El modelo socialista se tambaleaba y nosotros seguíamos sin poder definir nuestra “identidad”. Muchos otros afluentes, sin embargo, seguían alimentando ese caudal, y entre ellos no podían faltar el folklore, las artes y la cultura en general. Proliferaron las expresiones artísticas que intentaban resaltar nuestros “auténticos” valores, y junto al verdadero “boom” que en nuestro país fue no solo literario, sino que también tuvo alta resonancia en las artes plásticas, se hizo notorio el “arte de denuncia” que alineado a la izquierda política, exponía y denunciaba, recursos plásticos mediante, la represión a la cual eran sometidos los “alzados” contra el gobierno.
Fueron buenos,
incluso magníficos y loables intentos que sin embargo, no lograron completar el
mapa de nuestra identidad, aunque reflejara fragmentariamente algunos aspectos
de lo que somos, pero apartando el hecho de que para algunos artistas esa no era su preocupacion y se contentaban con seguir las corrientes del arte contemporaneo en boga, la mayoría se adscribia a esa búsqueda. Aun hoy en día, mirando hacia atrás ese proceso tan multi abarcante,
me sigue pareciendo una tarea titánica y a estas alturas, una batalla (por no
decir una guerra) perdida.
En la ocasión
del Quinto Centenario del Descubrimiento de América, en España, la polémica estaba
servida. No solamente nosotros: toda América Latina, incluida Europa y por
supuesto, España, estaba inmersa en ella. Establecer bajo qué concepto se nos definiría
de allí en adelante, demostraba claramente la vigencia de un problema no
resuelto y evidenciaba hasta qué punto necesitábamos una identidad propia. Si
no estaba claro ni para nosotros ni para el mundo, “qué” y “quienes” éramos,
¿cómo íbamos a ser reconocidos e incluidos en el acontecer mundial?
La polémica se
tranzó, aunque no terminó, cuando se adoptó el lema “Encuentro de Dos Mundos”
que zanjó momentáneamente el ardiente escozor que para los anticolonialistas producía el término “Descubrimiento”.
Muchas décadas
después, advenimiento de la era digital incluido, la cuestión identitaria sigue
vigente. Y es que lo que somos en América
del Sur y el Caribe, a veces parece incompatible con la esencia del ser
europeo, por muy “modelo” que haya sido y siga siendo Europa, a cuya sombra nos
hemos educado y con cuyos valores culturales hemos crecido, escudándonos todavía
en ellos ante los embates del declive y la destrucción que los amenaza tanto a ellos como a nosotros -o como diria un sociologo de mi epoca- tanto al centro como a la periferia.
Hay algo que
para mí sigue siendo indefinible y que no sé si viene de su historia y su cultura, que al paso de los siglos se ha hecho esencia en el europeo, o si es
algo que atañe simplemente a lo telúrico en el latino, si se debe a la inclinación
de los rayos del sol, a la consistencia del polvo, al verde de las hojas o al
color de las aguas. Pero es allí donde coloco la diferencia. ¿No será quizás
que la tierra modela las intuiciones, la imaginación, el trato con lo inefable
y a partir de allí modela al hombre y a la sociedad que ha construido? En el Caribe, de donde somos, ¿no será diferente
el polvo de los caminos, no serán diferentes las hierbas, las espinas y los
cardos? Indudablemente, tener una
historia milenaria hace una gran diferencia, ha habido más tiempo para
construir una civilización, y para superar lo que los antropólogos denominan etapas
evolutivas. Con toda la polémica que en la ciencia antropológica suscitó ese concepto,
¿quién dice que no es posible que los europeos ya hayan pasado por las etapas
en que nosotros, en nuestro trepidante universo caribeño, nos encontramos ahora?
Bajo esa visión de las cosas, solo nos faltaría
esperar para alcanzar niveles más altos de civilización, pero entonces, ¿qué
hacemos con el sol y la lujuria de nuestros paisajes? ¿Qué hacemos con nuestro
desorden y nuestra improvisación vital continua?
Hace días murió
el fotógrafo venezolano Nelson Garrido, un emblema del artista cuestionador,
del molesto entrometido que siempre estuvo señalando la mancha en el traje, un
auto-elegido marginal del arte oficial, un rebelde que sin embargo siempre se cuidó
de convertirse en un denunciador de oficio. Aunque él mismo no se consideraba artista, para mí lo era en tanto creador y pienso que artistas así mueren, pero
no desaparecen nunca. La gente les desea que descansen en paz, ¿pero será eso
lo que verdaderamente necesita el alma de Nelson y muchos otros como él? ¿Y si mientras duró su paso por este mundo no
hubo nadie que estuviera más en paz consigo mismo que él porque siempre hizo lo
que su talento y su conciencia le dictaron, sin concesiones? Lo conocí, no llegué
a tratarlo, pero lo intuyo por sus actos, sus exposiciones, sus entrevistas que
eran bofetadas de honestidad. ¿Para qué
necesita más paz ahora que físicamente ya no está, si su imaginación y su
talento nunca descansaron? Al contrario, pienso que su alma debe estar
preparando los incordios de su próxima reencarnación.
De todas las imágenes
que a raíz de su muerte he repasado de sus exposiciones, la que más retengo es
la serie del perro, porque me ha servido para redondear la idea de la
incompatibilidad entre la realidad que vivimos del otro lado del océano, y la
realidad que han fabricado los europeos en torno a sí mismos. Nelson
compuso (o más bien, des-compuso) a través de una serie de fotografías, la imagen
del cadáver de un perro atropellado en la Autopista del Este de Caracas. En secuencias progresivas, vemos cómo el
cuerpo del animal se va desintegrando hasta convertirse en piel y finalmente,
en polvo. Apartando las metáforas más o menos obvias y relacionando esta obra
con el resto de su producción, -lo que los entendidos llaman su lenguaje- lo primero que se me viene a
la mente es la palabra “libertad”. No la percibo sólo en el ojo acucioso del fotógrafo
para elaborar un relato a partir del despojo de un perro, ni tampoco en un afán
de denuncia banal, lo veo más bien como una declaración de libertad. La
libertad de comunicar la realidad que nos define. Porque quizás no hay nada que
refleje mejor al ser caribeño, que el hecho de que un perro pueda ser
atropellado en una autopista. Sin necesidad de recurrir a conceptos ontológicos,
antropológicos o sociológicos, el hecho habla por si solo. No sé si Nelson
expuso su serie del perro fuera de Venezuela, pero apartando la opinión quizás culta
y especializada que la contemplación de esas fotografías pudo suscitar en un europeo,
me imagino su desconcierto: es sencillamente inconcebible que un perro pueda
ser atropellado en una autopista europea, y más imposible aun que ese hecho
pueda ser transformado en un lenguaje plástico y comunicable, porque
sencillamente tal cosa, aunque para un latino forme parte de su cotidianeidad,
no cabe en la realidad de un europeo. Y he allí por qué el proclamado Encuentro de Dos Mundos sigue siendo irrealizable. No porque ese encuentro no se
produzca constantemente, sino porque los vasos comunicantes entre ambos están
imbuidos, no de una incomprensión histórica ni científica ni racional, sino de
otra, la sensible, la intuitiva, porque las realidades que nutren la imaginación
y la magia en cada mundo forman líneas paralelas y esencialmente incompatibles.
Y quizás finalmente
en su obra, la denuncia está allí, en ese acto de libertad con la cual Nelson
comunica la realidad que nos define.

