lunes, 27 de julio de 2026

LA VENTA DE UNA UTOPÍA

Leyendo minuciosamente a Padura estos últimos meses y porque al algoritmo le ha dado por mandarme cada ínfima declaración suya, he creído percibir algunas sutilezas en sus palabras. Desde hace un rato sus declaraciones me están dejando un poco desconcertada; quiero decir que bajo la expectativa de encontrarme a un escritor indoblegablemente crítico con el régimen que tiraniza a Cuba desde hace casi setenta años, me he encontrado con uno que se mueve en una zona gris. Y eso sin encontrar todavía respuestas convincentes a mis inquietudes sobre un escritor que sin parecer adulante sigue viviendo en Cuba y gana en divisas en un sistema no capitalista. Me pregunto si declara al fisco, cuánto le quitara el Estado y si tiene derecho a tener cuentas bancarias en el extranjero, y a disfrutar de sus ingresos en Cuba sin pertenecer al establishment. En fin, dudas así, que sin embargo para mí no desmerecen su talento como escritor. Bueno, sigo: del autor de obras extraordinarias como “Herejes” y “El hombre que amaba a los perros” esperaba denuncias incontestables sobre el origen de la situación por la que atraviesa actualmente Cuba.

Volviendo a “El hombre que amaba a los perros”, la palabra que primero se me viene a la mente es “indirecto”.  La obra en sí es una defensa irrestricta del Principio Universal más preciado para la humanidad: la Libertad, pero esa adhesión se va estableciendo mediante alusiones indirectas. Es cierto que hay párrafos donde se denuncia en un lenguaje claro e indudable, la deriva despótica y criminal del régimen estalinista que en la práctica resultó la negación absoluta de los preceptos establecidos por Marx y Engels en el Manifiesto Comunista.  Para el lector avisado, esos párrafos funcionan como una denuncia indirecta del modelo que años después aplicó Fidel en Cuba y pretendió extender al resto de América Latina. Y que uno comprende, dada la circunstancia del autor que escribe en un país comunista. A ese recurso literario es imposible oponer alguna objeción y no es mi intención hacerlo.

Sin embargo, no he encontrado en ninguno de los libros de Padura una frase donde lo mencione, y antes de recibir la objeción en la que seguramente estarán pensando, aclaro que sí, que yo sé que Padura no es un escritor panfletario. Pero el asunto es otro, y creo que lo estoy empezando a comprender después de haber leído varias de las aventuras de Mario Conde, y en especial el último libro suyo que he podido leer “Como polvo en el viento”, (1) en todos los cuales percibo el intento casi desesperado de Padura por explicarse Cuba y para ello explora todos los recursos de su amplia cultura y su dominio del oficio, bien valiéndose de la infinita gama de obstáculos que debe enfrentar Mario Conde para resolver sus casos, o exponiendo las no menos inconcebibles penurias que deben enfrentar sus amigos para alimentarse, vestirse, desempeñar un oficio y ganarse el sustento, en otras palabras, para sobrevivir.  En cada uno de sus personajes habita una reflexión del propio autor, y todas ellas convergen en la misma pregunta, que no es la que uno (o al menos yo) podría esperar, no es “¿cuándo nos liberaremos de esta tiranía?”  sino otra, para mi gusto sospechosamente teñida de ambigüedad: “¿en qué momento se desvió el proceso?”

Más que investigando en Wikipedia, es a través de sus personajes que mejor se pueden deducir sutilezas que no aparecen en los datos.  Padura hace constantes reflexiones sobre las diversas “crisis” principalmente económicas que han ocurrido en su país, la peor de todas sin duda, la de la década de los 80’s-90’s. Padura reparte su autobiografía en la mayoría de sus personajes. Todos sufrieron ese interminable periodo de carencias cuando ya habían recibido educación, pero sobre todo adoctrinamiento, en sus escuelas, liceos y en institutos pre-universitarios, para no hablar de los centros de re-educación y las granjas de trabajo forzado para los “desviados”.  Y por boca de sus personajes, Padura deja entrever que la dictadura castrista logró -por lo menos durante la etapa en que probablemente él mismo estaba en el pre-universitario o ya en la universidad- ser absolutamente eficaz en la venta de la utopía socialista. En “Como polvo en el viento” nos enteramos por ejemplo de que, del círculo de amigos del “Clan” alrededor del cual se centra la novela, todos han sido ardorosos militantes de las filas de la revolución, y los más destacados entre ellos, han creído y defendido fervientemente sus principios, se han sacrificado y demostrado fehacientemente su fidelidad al proceso, algunos hasta llegando a denunciar a compañeros considerados no lo suficientemente ortodoxos. Y no lo han hecho por miedo o amenazas del régimen. Lo han hecho por convicción y por fe. Ingenua sí, pero fe irreductible de todos modos.

Y esto es algo que me ha hecho reflexionar enormemente, porque ¿quién tiene derecho a juzgar a quienes abrigaron esperanzas de un futuro mejor para su país, a quienes sintieron que estaban forjando la historia, bajo el influjo del discurso eficaz de un líder carismático que apuntaló el orgullo patriótico y el sentimiento de estar jugando un papel en el devenir de la humanidad entera? ¿Tienen ellos acaso la culpa de haber sido engañados y manipulados?

En muchas de las novelas de Padura, pero especialmente en “Como polvo en el viento”, los personajes dan vueltas en torno a sentimientos complejos y contradictorios. Los atormenta el presente e indudablemente el futuro, pero sobre todo el pasado, “su” pasado de creyentes que entregaron candorosamente lo mejor de sí mismos a la causa de una revolución que los estafó, y que en el presente sólo les está ofreciendo persecución y miserias, y que, no pudiendo influir en sus sueños, sólo les deja como alternativa la esperanza de escapar, aun a costa de asumir por anticipado su condición de extranjeros donde quiera que vayan,  de no volver a pertenecer nunca jamás a ningún lugar y del desgarro de saberse los expatriados del futuro. Pero sobre todo, de saber que no hay retorno posible, porque aun pudiendo regresar, serán parias en su propio país.  Lo inquietante es que en lugar de preguntarse si el sistema bajo el que viven no se ha convertido en una monstruosidad y en cómo salir, cómo acabar con eso, lo que se pregunta Padura es ¿qué nos pasó? ¿en qué momento se desvió el proceso?

Pienso que (o quiero creer, estoy especulando) en el propio Padura, el sello que en su juventud le impuso esa entrega incondicional a la construcción de un futuro luminoso para su país bajo el modelo socialista, ha sido indeleble, y por eso mi desconcierto al leer los artículos que publica en El País de España, o las entrevistas que concede.  En sus breves recuentos de la historia reciente de Cuba, cuando atribuye la causa de todos sus males actuales al bloqueo norteamericano de 1960 sobre la isla, percibo las huellas del discurso fidelista, el recurso maniqueo tan socorrido del Imperio enemigo, que tan eficaz le ha sido al régimen cubano durante más de seis décadas.  Y no lo puedo creer, porque a estas alturas ya deberíamos tener claro que al menos el primer bloqueo fue la consecuencia y no la causa de un juego geopolítico entre los dos bloques que para el momento dominaban la política mundial.  Y que fue Fidel, y sólo Fidel, quien aplicando al pie de la letra el modelo estalinista, afilió Cuba al bloque comunista. No puedo creer que aun queden dudas de que el origen de todos los males de la Isla proviene de esa decisión tomada por el déspota que siempre fue Fidel.  Que en el desarrollo de los acontecimientos posteriores hayan intervenido otras variables, es innegable, pero que ese es el origen de todo lo que ha sucedido desde entonces, también lo es.  Por supuesto que no podemos comparar a Kennedy con Trump, que es la muestra fehaciente de cuánto ha degenerado el escenario mundial, pero yo estoy convencida que el régimen cubano ha degenerado internamente, por su condición propia, inherente a su origen, ha involucionado (¿o evolucionado para peor?) sobre sí mismo hasta llegar al estado de postración en que se encuentra actualmente, y que la causa es el comunismo, no los Estados Unidos. No deja de ser curioso que el propio Padura atribuya a la caída del muro de Berlin y a la era Gorbachov y el desplome del comunismo en Rusia, la  mecha detonante de una de las peores crisis por las que ha atravesado la Isla, sin manifestar extrañeza de que el régimen castrista se haya mantenido en pie (sabemos que a punta de represión, dosis extraordinarias de manipulación ideológica, adoctrinamiento y sacrificios de la población) ni de que no se haya concertado hasta hoy ninguna acción internacional conjunta para acabar con él, exceptuando las amenazas de Trump que siguen sin concretarse.  Padura afirma que el bloqueo comercial de Trump es lo que está estrangulando a la isla, y que la verdadera amenaza es una intervención de Estados Unidos en Cuba, similar a la de Venezuela, con la extracción de Maduro.  No puedo dejar de encontrar ambiguas esas declaraciones de Padura, porque ¿en qué quedamos?  Los cubanos, primeramente, pero también todos nosotros los latinoamericanos ¿no queremos que se termine, que finalice, que se acabe de una vez por todas el ignominioso y oprobioso régimen cubano?  Y si la primera potencia del mundo occidental puede posibilitarlo, ¿por qué no acoger esa posibilidad?  No dejo de estar consciente de que Trump es un loco impredecible, megalómano, egocéntrico, y más bien una amenaza para el resto del mundo, pero dejemos de ser ingenuos.  La extracción de Maduro para Venezuela ha sido peor que la enfermedad, y la liberación de Cuba del comunismo tampoco será un gesto de amor y desprendimiento de parte suya.  Consecuencias habrá, pero siempre las hay para un país que está en terapia intensiva y necesita oxigeno de urgencia. Y yo quiero seguir creyendo que si alguien ayuda a extirpar el tumor, lo principal está hecho.  Infortunadamente ya no podemos soñar con una reedición del Plan Marshall de reconstrucción para nosotros, pero ante el abismo en que se encuentra Cuba actualmente, me parece que atacar a Estados Unidos en la persona de Trump, es insistir en el suicidio.  Y por otra parte, en Cuba los intereses de Trump no son los mismos que en Venezuela, porque en Cuba no hay petróleo ni una estructura criminal organizada en quien apoyarse para perpetuar la dictadura, como está pasando ahora mismo en Venezuela. Es posible que, aunque para Trump todo son negocios, en Cuba los intereses sean más de estrategia política hacia el interior de los Estados Unidos con miras a las próximas elecciones, que económicos.  En cualquier caso, toda esperanza parece radicar en el acabose -por el medio que sea- de un modelo que bastante nos ha jodido a todos.

 

(1)           Padura, Leonardo “Como polvo en el viento” TusQuets Editores. Colección Andanzas. 2ª. Edición. Barcelona. Sept. 2020

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