jueves, 2 de julio de 2026

DESOLACIÓN

Lloro por ti Venezuela

Desde que ocurrieron los terremotos en Venezuela la congoja se ha apoderado de mi alma y el abatimiento no ha dejado espacio para casi ningún otro sentimiento, exceptuando la alegría de compartir un rato con mis hijas y nietas. El extrañamiento se conjuga con el extravío. El no poder compartir el presente con mis compatriotas, mis hermanos, mi familia nacional, me desorienta y debilita.

Las informaciones sobre la sevicia de quienes nos des-gobiernan, enterarme de su capacidad destructora, de su empeño cruel en hacer más y más daño a medida que pasan los días, de echar sal sobre las heridas, de golpear una y otra vez sobre los más débiles, pareciera un deseo perverso de extraerse a si mismos hasta la última gota de toda la maldad que llevan por dentro y esparcirla sobre su propio suelo, el suelo del que alguna vez fue también su país y al que ahora parecen odiar.

No puedo explicarme de otra forma su conducta.  Gobernantes corruptos los ha habido siempre y en todas partes, pero a la hora de imponer justicia se han entregado y su cobardía ha quedado de manifiesto. Pero hasta ahora no conozco ejemplos semejantes de desprecio por sus semejantes equiparable al que han demostrado los jerarcas de este régimen que se ha convertido en una auténtica maldición para nosotros los venezolanos.  No solo darle la espalda a su deber como gobierno, sino lucrar con el dolor de su propio pueblo e impedir con todos los medios a su alcance, que sea salvado, sobrepasa todas las medidas con las que se pueda catalogar la ignominia y la cobardía.

Por el momento atribuyo a mi estado de ánimo lo que me impide imaginar un final luminoso ni siquiera en el mediano plazo, para esta tragedia de proporciones bíblicas que nos azota. 

El presente es desolador: ateniéndome a los hechos, en Venezuela se esperaba, una vez capturado Maduro, que la economía del país se recuperara gracias a un plan de rescate económico liderado por Trump y el gobierno de los Estados Unidos.  No ocurrió así, y no solo en el aspecto económico, no ocurrió así en ningún caso, tampoco en lo social y menos en el político.  De hecho, no existe en el presente tal cosa como una transición hacia la democracia, lo que existe es un régimen cada vez más autoritario y déspota. Las supuestas presiones de Estados Unidos sobre el gobierno “interino”, el establecimiento de condiciones para permanecer temporalmente en el poder mientras se realizaran elecciones libres, o no existieron nunca o no han surtido el menor efecto en la práctica.

Si las arcas estaban quebradas antes del terremoto, el desembolso que habrá que hacer después para recuperar al país, debe al menos doblarlo. Podría y debería hacerse. Si no se hace no es por falta de dinero, es que el dinero está en los bolsillos de Trump y del Rodrigato y sus cómplices.  

Y me pregunto ¿dónde queda la Justicia para Venezuela en este panorama? En un mundo de cómplices y cobardes, donde se ha perdido el significado de la palabra honor, ¿quién la representa?

Estoy consciente de la presencia de Maria Corina Machado como telón de fondo de la escena venezolana, como último refugio mental y símbolo de salvación nacional; pero me llena de temor la certitud de tamaña responsabilidad sobre sus espaldas, que –aunque ella está dispuesta a asumir aun a riesgo de su vida- objetivamente no deja casi ningún margen a la certeza de que lo logre.  Los venezolanos compensamos ese margen con una Fe que todos proclaman sentir, más allá de cualquier indicador de la realidad que –valga la redundancia-indique lo contrario. No me incluyo entre ellos porque soy incapaz de experimentar una Fe ciega sobre algo o alguien, ni de alimentar esperanzas sin fundamento. Mea culpa.

No puedo dejar de pensar que el futuro se presenta tenebroso, sombrío, plagado de incertidumbre y serios peligros, pero para no nadar contra esa corriente indetenible e impenetrable de positivismo que comprendo funciona como el más eficaz mecanismo de auto protección y defensa para casi todos en esta hora aciaga, me acojo a otro tipo de Fe: la que tengo en el Ser venezolano, en nuestra todavía ignota esencia, que nunca hemos logrado penetrar por completo, ¡y menos mal!  porque constituye un perenne desafío, con todo lo bueno y lo malo que sea capaz de encerrar.  

 

A esa Fe me ha conducido – o reconducido más bien-  esta Tonada anónima llamada “Guillermina”, cantada por Simón Díaz, y que data de la época de la dictadura de Juan Vicente Gómez.  Confieso que nunca he podido escucharla sin llorar, y que ese llanto se ha hecho torrente en estos días posteriores al sacudón telúrico que ha sufrido nuestra tierra. Dice así:

 

Pusieron preso a tu marido

Guillermina

Pusieron preso a tu marido

Guillermina

Y se lo llevaron para una fuerte prisión

Y como Guillermina quería tanto a su marido

Fue a la cárcel a cantarle una canción

Fue a la cárcel a cantarle una canción

 

 

Murió mi madre y yo estaba ausente

Murió mi madre y yo estaba ausente

Yo ausente estaba

Yo no la vi

Pero me dijo mi padre que

En su agonía de muerte

Alzó su mano

Y me bendijo a mi

Alzó su mano

Y me bendijo a mí.

 

Niña del campo que cortas flores

Niña del campo que cortas flores

De No me olvides

Y de Azahar

Corta una rosa de dos colores

Para mi amante que esta al llegar

Para mi amante que esta al llegar

 

Niña que bordas la blanca tela

Niña que bordas la blanca tela

Niña que tejes en tu telar

Bórdame el mapa de Venezuela

Y un pañuelito para llorar

 

Y un pañuelito para llorar

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