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| Lloro por ti Venezuela |
Desde que ocurrieron los terremotos en Venezuela la congoja se ha apoderado de mi alma y el abatimiento no ha dejado espacio para casi ningún otro sentimiento, exceptuando la alegría de compartir un rato con mis hijas y nietas. El extrañamiento se conjuga con el extravío. El no poder compartir el presente con mis compatriotas, mis hermanos, mi familia nacional, me desorienta y debilita.
Las informaciones
sobre la sevicia de quienes nos des-gobiernan, enterarme de su capacidad
destructora, de su empeño cruel en hacer más y más daño a medida que pasan los días,
de echar sal sobre las heridas, de golpear una y otra vez sobre los más débiles,
pareciera un deseo perverso de extraerse a si mismos hasta la última gota de
toda la maldad que llevan por dentro y esparcirla sobre su propio suelo, el
suelo del que alguna vez fue también su país y al que ahora parecen odiar.
No puedo explicarme
de otra forma su conducta. Gobernantes
corruptos los ha habido siempre y en todas partes, pero a la hora de imponer
justicia se han entregado y su cobardía ha quedado de manifiesto. Pero hasta
ahora no conozco ejemplos semejantes de desprecio por sus semejantes
equiparable al que han demostrado los jerarcas de este régimen que se ha
convertido en una auténtica maldición para nosotros los venezolanos. No solo darle la espalda a su deber como gobierno,
sino lucrar con el dolor de su propio pueblo e impedir con todos los medios a
su alcance, que sea salvado, sobrepasa todas las medidas con las que se pueda
catalogar la ignominia y la cobardía.
Por el
momento atribuyo a mi estado de ánimo lo que me impide imaginar un final
luminoso ni siquiera en el mediano plazo, para esta tragedia de proporciones bíblicas
que nos azota.
El presente
es desolador: ateniéndome a los hechos, en Venezuela se esperaba, una vez
capturado Maduro, que la economía del país se recuperara gracias a un plan de
rescate económico liderado por Trump y el gobierno de los Estados Unidos. No ocurrió así, y no solo en el aspecto económico,
no ocurrió así en ningún caso, tampoco en lo social y menos en el político. De hecho, no existe en el presente tal cosa
como una transición hacia la democracia, lo que existe es un régimen cada vez más
autoritario y déspota. Las supuestas presiones de Estados Unidos sobre el
gobierno “interino”, el establecimiento de condiciones para permanecer temporalmente
en el poder mientras se realizaran elecciones libres, o no existieron nunca o
no han surtido el menor efecto en la práctica.
Si las arcas
estaban quebradas antes del terremoto, el desembolso que habrá que hacer después
para recuperar al país, debe al menos doblarlo. Podría y debería hacerse. Si no
se hace no es por falta de dinero, es que el dinero está en los bolsillos de Trump
y del Rodrigato y sus cómplices.
Y me pregunto
¿dónde queda la Justicia para Venezuela en este panorama? En un mundo de cómplices
y cobardes, donde se ha perdido el significado de la palabra honor, ¿quién la
representa?
Estoy
consciente de la presencia de Maria Corina Machado como telón de fondo de la
escena venezolana, como último refugio mental y símbolo de salvación nacional;
pero me llena de temor la certitud de tamaña responsabilidad sobre sus espaldas,
que –aunque ella está dispuesta a asumir aun a riesgo de su vida- objetivamente
no deja casi ningún margen a la certeza de que lo logre. Los venezolanos compensamos ese margen con
una Fe que todos proclaman sentir, más allá de cualquier indicador de la
realidad que –valga la redundancia-indique lo contrario. No me incluyo entre
ellos porque soy incapaz de experimentar una Fe ciega sobre algo o alguien, ni
de alimentar esperanzas sin fundamento. Mea
culpa.
No puedo
dejar de pensar que el futuro se presenta tenebroso, sombrío, plagado de
incertidumbre y serios peligros, pero para no nadar contra esa corriente indetenible
e impenetrable de positivismo que comprendo funciona como el más eficaz
mecanismo de auto protección y defensa para casi todos en esta hora aciaga, me
acojo a otro tipo de Fe: la que tengo en el Ser venezolano, en nuestra todavía ignota
esencia, que nunca hemos logrado penetrar por completo, ¡y menos mal! porque constituye un perenne desafío, con todo
lo bueno y lo malo que sea capaz de encerrar.
A esa Fe me
ha conducido – o reconducido más bien- esta
Tonada anónima llamada “Guillermina”, cantada por Simón Díaz, y que data de la época
de la dictadura de Juan Vicente Gómez.
Confieso que nunca he podido escucharla sin llorar, y que ese llanto se
ha hecho torrente en estos días posteriores al sacudón telúrico que ha sufrido
nuestra tierra. Dice así:
Pusieron
preso a tu marido
Guillermina
Pusieron
preso a tu marido
Guillermina
Y se lo
llevaron para una fuerte prisión
Y como
Guillermina quería tanto a su marido
Fue a la cárcel
a cantarle una canción
Fue a la cárcel
a cantarle una canción
Murió mi
madre y yo estaba ausente
Murió mi
madre y yo estaba ausente
Yo ausente estaba
Yo no la vi
Pero me dijo
mi padre que
En su agonía de
muerte
Alzó su mano
Y me bendijo
a mi
Alzó su mano
Y me bendijo
a mí.
Niña del
campo que cortas flores
Niña del
campo que cortas flores
De No me
olvides
Y de Azahar
Corta una
rosa de dos colores
Para mi amante
que esta al llegar
Para mi
amante que esta al llegar
Niña que
bordas la blanca tela
Niña que
bordas la blanca tela
Niña que
tejes en tu telar
Bórdame el
mapa de Venezuela
Y un pañuelito
para llorar
Y un pañuelito
para llorar


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