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| Jesús Soto. Cubo penetrable 1996 |
En su relato «La
Ciudad de los Inmortales» (El Aleph); Borges narra, por boca del legionario
romano Flamino Rubio, el conocimiento que éste tuvo de «La Ciudad de los Inmortales»
y de Homero, a quien Rubio, confunde en un principio, con un «troglodita». Luego de extraviarse y casi perecer en los
laberintos de la ciudad, el narrador (Borges-Rubio) comprende que «la
desatinada ciudad» por él recorrida «es una suerte de reverso o parodia y también
«templo de los dioses irracionales que manejan el mundo»
«En un plazo
infinito le ocurren a todo hombre todas las cosas»
Una vez que
Flamino Rubio comprende que quien lo ha acompañado en su recorrido ha sido el
propio Homero, comprende el significado de la Inmortalidad. «La muerte (o su
alusión) hace preciosos y patéticos a los hombres. Éstos conmueven por su
condición de fantasmas: cada acto que ejecutan puede ser el último. No hay
rostro que no esté por desdibujarse, como el rostro de un sueño»
«Lo divino, lo terrible, lo incomprensible, es
saberse inmortal»
Por eso, los
Inmortales construyeron una Ciudad cuando comprendieron que toda empresa es
vana, y determinaron vivir en el pensamiento, en la pura especulación. Absortos, casi no percibían el mundo físico, para
ellos no importaba sino el pensamiento; «el cuerpo era un sumiso animal doméstico»,
y solo salían de la quietud ante un acontecimiento extraordinario.
«No hay cosa que no esté compensada por otra»
Empleando la
Inmortalidad como metáfora, Borges afirma su Universo: el laberinto y el
minotauro, la circularidad del tiempo, las enseñanzas herméticas (como es
arriba es abajo), el equilibrio, el infinito, los espejos. Dice Borges a través de los Inmortales: «éstos
profesaron el concepto del mundo como un sistema de precisas compensaciones (obrar
el mal para que resultara el bien en el futuro o hubiera resultado en el pretérito;
el ingenio producirá estolidez…y a la inversa) hasta el punto en que todos
nuestros actos son justos, pero a la vez pueden ser indiferentes, todos se
anulan y se corrigen, todo tiende al equilibrio»
Para terminar, una frase definitoriamente borgiana en
boca de Homero, el inmortal «No hay placer más complejo que el pensamiento, y a
él nos entregábamos»


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