
Jesus Soto. Penetrable
¿Qué es el
arte? O más precisamente, ¿a qué llamamos una obra de arte y cuál es su relación
con lo real y el contexto? ¿Cómo se establece la relación del espectador con
ella? ¿la finalidad del objeto artístico
es solo el embellecimiento de la realidad? ¿o es una ficción, una distracción
un engaño, un fraude? ¿Una Ilusión? ¿cómo
y cuánto han cambiado en relación al pasado siglo, las interrogantes que se
plantean los artistas contemporáneos en relación al arte?
Hace un siglo
se afirmaba que la abstracción era la culminación del incesante afán del hombre
por encontrar una respuesta a esas preguntas, y quizás se puede concordar en que es así en el caso de los artistas que asumieron la abstracción
como un desafío que sobrepasaba al arte en sí mismo y lindaba como ninguna otra
exploración, la filosofía, la ciencia y como veremos en cuanto a Jesús Soto, incluso
el misticismo.
Hace unos años
celebramos los cien años del nacimiento de Jesús Soto, quien es indudablemente,
sino el único, uno de los artistas abstractos más constantes, seguros y
reflexivos que Venezuela ha dado al mundo, el que siguió con más fidelidad y
conocimiento la ruta que lo llevaría a su objetivo como artista, que no era
otro que alcanzar la abstracción pura, persiguiendo la ruptura de la forma y
con ella, la desaparición del límite que separa la obra de quien la
contempla. La seguridad y el
conocimiento a los que aludo al principio, en Soto son el resultado de una
amplia y penetrante comprensión del arte de su tiempo, _en realidad, del arte
en sí mismo_ como manifestación intelectual y espiritual del hombre. Soto se
propuso desde los inicios de su carrera, liberarse de la dictadura de la forma
y en esa obsesión basa toda la producción artística de sus comienzos y primeras
etapas. En su empeño llegaría más lejos
que muchos de sus contemporáneos americanos y europeos, incluido el propio
Mondrian. Buscando las fuentes, indagó en la obra de los artistas abstractos y
geométricos de la época, aquellos que experimentaban con la ruptura del
espacio, la representación y los soportes convencionales. Malevitch y Mondrian
fueron inevitables, y su severa apreciación, recién llegado a Paris, de lo que
hacían los artistas abstractos representados en el Salon des Realites Nouvelles
que lo llevaron a afirmar “para mí eso no era la abstracción, sino la
simplificación de la figuración”, confirman la seguridad inquebrantable que tenía
en lo que quería lograr. Pero lo que quería
lograr Soto, en definitiva, -y allí coloco su singularidad- no era su
consagración como artista, ni nada de lo que está asociado a ella: la fama, el prestigio
o la admiración. Lo que quería lograr Soto era la desmaterialización de la obra
misma, la desintegración de la materia, en una palabra: que el objeto creado
alcanzara un grado tal de transparencia y diafanidad, que fuera capaz de
transmitir la espiritualidad como una instancia sentida, superior a nosotros,
que nos envuelve, que no vemos, pero que no por ello deja de ser real. Soto
supo desde los inicios y no solo intuitiva, sino conscientemente, que la
abstracción era la única manera de lograr que lo invisible, lo inmaterial, se
abriera camino en la sensibilidad del espectador a través de una obra que lo
involucrara. Pero para ello era imprescindible que tal obra hubiese roto previamente con la
forma, que alterara su concepción del espacio y el tiempo, que incorporara el
movimiento, que se desmaterializara,
no solo “frente” al espectador, sino “con” él[m1] . Si comprendemos eso, podemos comprender mejor
su seriedad, su constancia, la amplitud de sus conocimientos, la profundidad de
sus reflexiones, su acercamiento a la ciencia física como ámbito de
conocimiento e investigación, donde insertar su objetivo artístico. Lo demás es
descubrimiento, azares, revelaciones, semejanzas, paralelismos, coincidencias
no tan casuales entre artistas y grupos que labran el mismo terreno.
Ya lo ha afirmado Soto con anterioridad, desde sus primeros años en Paris: “todo arte no es más que ilusión” En la construcción de esa ilusión, es decisivo el conocimiento de la obra de Laszlo Moholy-Naghy y sus experimentos con el movimiento, el espacio y la luz, incorporando materiales como el plástico y el plexiglás, que para Soto será capital para el desarrollo posterior de los “Penetrables” y posteriormente el contacto con el grupo Zero (Dusseldorf, Alemania) para quienes el concepto de ‘Vibración” está en el centro mismo de su interés. También para Soto la vibración permite contrarrestar la aparición de toda forma sobre la superficie de la obra y de sustituir la antigua concepción del cuadro como composición interna de elementos estáticos. La obra entonces se transforma en un campo de energía activado por el color y la luz.
Vibración/energía/luz/movimiento/color, devienen elementos clave,
reveladores de secretos, que fungen como medios transmisores, en definitiva, de
lo inefable. Porque movimiento, luz, color y energía, perteneciendo al campo de
la física, no dejan sin embargo de oponer desafíos al conocimiento, al igual
que los que propone el arte. Soto y
otros artistas cinéticos buscan el movimiento y la vibración a través de la
repetición de un elemento: el punto, el cubo, el cilindro, el cuadrado,
buscando su efectividad a través del juego cromático. Soto emplea la línea:
filamentos de metal en el fondo de la obra, frente a los cuales todo objeto por
sólido que sea, queda despojado de su forma; “Lo que me interesa es la
transformación de la materia” declara Soto en 1966: “tomar un elemento, una
línea, un pedazo de madera, de hierro, y transformarlos en pura luz,
transformarlos en vibración” “volver aérea una materia sólida, es mi
preocupación actual, de manera que no es solo el movimiento, sino la
transformación de los elementos”.
Indefectiblemente,
al profundizar la investigación, la reflexión conlleva a preguntas sobre el
origen de los fenómenos físicos que el artista manipula para producir su obra. Su amistad con Ives Klein, cuyas
investigaciones han atraído tanto al Nouveau
Réalisme
Francais (al que adhiere Soto) como al grupo Zero, lo reafirma en su interés por encontrar “la propia naturaleza
de lo artístico” mediante “la
explotación de lo inmaterial, la puesta al día de la energía sensible del Universo”
A partir de
allí Soto se vuelca hacia el aspecto espiritual, casi místico, de esa noción, y
afloran signos de lo que podríamos llamar una “ensoñación cósmica”, como lo
deja entrever en una de sus declaraciones más citadas: “Lo inmaterial es la
realidad sensible del Universo. El arte es el conocimiento sensible de lo
inmaterial. Tomar conciencia de lo inmaterial en el estado de estructura pura,
es franquear la última etapa hacia lo absoluto”. La evocación de “lo absoluto”
parece por momentos alejar a Soto de sus estrechas relaciones con la ciencia;
pero es que una gran parte de las nociones empleadas por Soto en esa época, da
lugar a diversas lecturas: vibración, fuerza, energía, son términos que
designan estatus ambiguos, tanto materiales como inmateriales, que
desconciertan tanto como los conceptos místicos y esotéricos que designan en
otros contextos. Pero no fue Soto el primero en plantearse estas cuestiones, ya
lo habían hecho los primeros futuristas y pioneros de la abstracción, cuyos
trabajos no descartan un fondo místico expandido a través de algunas doctrinas
herméticas, como la teosofía y otros textos ocultos, para quienes la vibración
es el origen de la materia, que no es otra cosa que “la manifestación de la
vida”. Años más tarde, Soto se mostrará
impresionado por un pensamiento al que alinea, no obstante, del lado de la
ciencia: “nociones como la de que la materia se forma cuando la vibración
pierde su velocidad, podrían conducir a la idea de que la vibración se sitúa en
el origen de la forma; y esto puede traducirse al lenguaje plástico: construir
un mundo de pura abstracción”
Es entonces
cuando los Penetrables dan forma a
esa aspiración.
Los Penetrables constituyen la conquista de
la “ilusión” que, para Soto, es la esencia del arte. Cuando el espectador se
sumerge en uno de ellos, duda. Duda de sus sentidos al fundirse en un espacio
tiempo ilusorio, duda sobre el orden inmutable de las cosas. Aunque la obra
parta de lo “real”, para Soto “la ilusión es constitutiva de lo real, es su
corazón y en cierto modo, la verdadera naturaleza del mundo. El espectáculo de
la materia desmaterializándose, tornándose luz, energía y vibración, que el
artista deja que se produzca en sus obras, pertenece al dominio de la más pura
ilusión.
Con los Penetrables Soto construyó un mundo de
pura abstracción, como se lo había propuesto. Si el término “abstracción” no
admitiera otro sinónimo más que “elevación”, estaríamos comprobándolo. Soto no
solo logró liberar la forma, volver ilimitado el espacio-tiempo, jugar con las
leyes de la física, desmaterializar su obra, sino que, haciéndolo, nos abría
una ventana por donde asomarnos a lo inconmensurable, a lo indescriptible. A lo
absoluto.

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