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| Gustav Caillebotte (1848-1894) Boulevard vu d'en haute |
Desde octubre hasta enero el farol de mi calle se enciende a las seis pm. Cuando las noches se alargan y el frio se intensifica, lo encienden a las cinco y media. A esa hora, a veces, el crepúsculo se insinúa con tonos leves y ocasionales destellos refulgentes, apenas perceptibles, como si por momentos se atrevieran a descorrer la cortina de nubes que cubre el cielo. Desde mi ventana intuyo su azul invisible y recóndito, detrás de la reluciente bombilla del farol. Lo Imagino lejano y ausente, pero al mismo tiempo presente y protector, lo que me recuerda a Peter Bowles y su libro -del que también se produjo un film- y que tanto me encantó: “El cielo protector”
Mi calle
brilla en los pequeños pozos que se forman aquí y allá cuando el farol se enciende
y ha llovido. Mi calle está poblada de árboles. Árboles resignados y nobles, que se desvisten en
otoño y tapizan mi calle con su alfombra de hojas amarillas, ocres, verdes y
rojas, que adoro pisar y remover con la punta del zapato.
Árboles donde
se posan las palomas y emiten sonidos intrigantes. Árboles que resisten
estoicamente la sierra que siega sus ramas, los mutila y los abandona a la
intemperie, a sabiendas de que sabrán adaptarse a ella.
Árboles que
sin embargo no olvidan hacerse adultos, ni florecer en primavera, ni
engalanarse de nuevos brotes de verde en verano y de rojo en otoño, ni acoger
sabiamente a los hombres que vienen a acomodarlos, a imponerles el sentido en
que deben crecer, hasta dónde y cómo, para que mi calle se vea bonita, regular,
acogedora. Para que el paseante pueda recorrerla de prisa o lentamente, como
quiera. Y llevar y traer sus quehaceres, sus rutinas, sus afanes. Su día.
De diciembre a
febrero mi ventana se nubla. El invierno se detiene en su frontera de cristal y
la empaña con su aliento helado. Yo la contemplo desde mi nicho cálido, arropada,
bebiendo un té caliente, o una copa de vino. Y pienso cuánto me gusta mi calle.
Notaria del tiempo, albergue de estaciones detenidas y fugaces que pasan por
ella e imprimen un recuerdo: un mensaje cifrado, un guiño consentido, sabiendo
que el año próximo volverán y se posarán sobre sus árboles, cubrirán sus ramas
de nieve y flores que atestiguarán su crecimiento, verán caer las hojas mustias
a sus pies y estarán allí para ver cómo se oscurece su tronco y envejece y se
cubre de arrugas y cicatrices de una vida respirada al mismo ritmo de nuestro corazón
, para luego, como ahora en verano, regalarnos la frescura de sus hojas recién nacidas,
revelarnos el orgullo de su nuevo vestido verde, tierno y brillante, que apenas
comienzan a estrenar. Y así será hasta que los vientos fríos del otoño reclamen
sus hojas, ya para entonces amarillentas o rojas, y el ciclo recomience, como
las emociones, como los sentimientos, como la vida.
Mi calle
crece con sus árboles, con ellos refleja y se apropia de sus estaciones, es un organismo vivo, en
ella respiramos, nos alimentamos, suspiramos y soñamos, para devolverle en
parte su sombra acogedora, la benevolencia con que despide a quienes se van o
recibe a los que llegan y les abre sus rutinas, sus secretos, sus promesas.


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