viernes, 1 de mayo de 2026

ESTACIONES

 

Gustav Caillebotte (1848-1894)
Boulevard vu d'en haute

Desde octubre hasta enero el farol de mi calle se enciende a las seis pm. Cuando las noches se alargan y el frio se intensifica, lo encienden a las cinco y media. A esa hora, a veces, el crepúsculo se insinúa con tonos leves y ocasionales destellos refulgentes, apenas perceptibles, como si por momentos se atrevieran a descorrer la cortina de nubes que cubre el cielo.  Desde mi ventana intuyo su azul invisible y recóndito, detrás de la reluciente bombilla del farol.  Lo Imagino lejano y ausente, pero al mismo tiempo presente y protector, lo que me recuerda a Peter Bowles y su libro -del que también se produjo un film- y que tanto me encantó: “El cielo protector”

Mi calle brilla en los pequeños pozos que se forman aquí y allá cuando el farol se enciende y ha llovido. Mi calle está poblada de árboles.  Árboles resignados y nobles, que se desvisten en otoño y tapizan mi calle con su alfombra de hojas amarillas, ocres, verdes y rojas, que adoro pisar y remover con la punta del zapato.

Árboles donde se posan las palomas y emiten sonidos intrigantes. Árboles que resisten estoicamente la sierra que siega sus ramas, los mutila y los abandona a la intemperie, a sabiendas de que sabrán adaptarse a ella.

Árboles que sin embargo no olvidan hacerse adultos, ni florecer en primavera, ni engalanarse de nuevos brotes de verde en verano y de rojo en otoño, ni acoger sabiamente a los hombres que vienen a acomodarlos, a imponerles el sentido en que deben crecer, hasta dónde y cómo, para que mi calle se vea bonita, regular, acogedora. Para que el paseante pueda recorrerla de prisa o lentamente, como quiera. Y llevar y traer sus quehaceres, sus rutinas, sus afanes. Su día.

De diciembre a febrero mi ventana se nubla. El invierno se detiene en su frontera de cristal y la empaña con su aliento helado. Yo la contemplo desde mi nicho cálido, arropada, bebiendo un té caliente, o una copa de vino. Y pienso cuánto me gusta mi calle. Notaria del tiempo, albergue de estaciones detenidas y fugaces que pasan por ella e imprimen un recuerdo: un mensaje cifrado, un guiño consentido, sabiendo que el año próximo volverán y se posarán sobre sus árboles, cubrirán sus ramas de nieve y flores que atestiguarán su crecimiento, verán caer las hojas mustias a sus pies y estarán allí para ver cómo se oscurece su tronco y envejece y se cubre de arrugas y cicatrices de una vida respirada al mismo ritmo de nuestro corazón , para luego, como ahora en verano, regalarnos la frescura de sus hojas recién nacidas, revelarnos el orgullo de su nuevo vestido  verde, tierno y brillante, que apenas comienzan a estrenar. Y así será hasta que los vientos fríos del otoño reclamen sus hojas, ya para entonces amarillentas o rojas, y el ciclo recomience, como las emociones, como los sentimientos, como la vida.

Mi calle crece con sus árboles, con ellos refleja y se apropia de sus estaciones, es un organismo vivo, en ella respiramos, nos alimentamos, suspiramos y soñamos, para devolverle en parte su sombra acogedora, la benevolencia con que despide a quienes se van o recibe a los que llegan y les abre sus rutinas, sus secretos, sus promesas.

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