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| Cours de Temple. Limoges. Fotografia mía |
El emblema de la
muy recomendable serie «Da Vinci’s Demons” es: “La historia es una mentira”.
Lema provocativo como ninguno, me ha hecho pensar y tratar de indagar un poco
más a fondo en el significado -más allá
del recuento bélico- de la historia de la segunda guerra mundial. Lo encontré
en varios documentales que actualmente se exhiben en Netflix. Uno de ellos es
“Turning Point”. Magnifico, muy bien documentado y sostenido recuento de los
entresijos del poder mundial durante la Gran Guerra, la Segunda Guerra Mundial,
la Guerra Fría y la actual guerra en Ucrania. El otro es “1939-1945: La
Humanidad en guerra”. A través de ellos, la Historia (¿Verdad o Mentira? ¿o lo
más probable, un poco de ambas?) se me ha revelado lamentablemente viva y todavía
sangrante por sus numerosas heridas aún abiertas, (basta recordar Gaza, Israel
y Palestina al día de hoy) aunque la “banalidad del mal” se haya ocultado tras
el ropaje de positividad y narcicismo avasallante que tanto nos marea en la
actualidad.
En la
invasión a Rusia, un joven soldado alemán recibe la orden de disparar a
quemarropa sobre un soldado ruso. Tras conducirlo por un paraje apartado, el
soldado alemán le confía al soldado ruso “yo nunca he matado a un ser humano, y
no lo voy a hacer ahora”. El joven ruso
escapa. El hecho pasa a la Historia. A la pequeña quizás, pero a la historia,
en fin.
Cuando las
tropas aliadas conquistan Sicilia y continúan avanzando hacia Roma, la
resistencia italiana pasa a la ofensiva y el pueblo se rebela contra Mussolini.
Tras su deposición y posterior aniquilación, los italianos con ayuda de los
aliados, recuperan la ciudad y los prisioneros de guerra alemanes son llevados
a Roma. Al desfilar por la ciudad, recibiendo insultos y golpes de la
población, un soldado alemán distingue entre la muchedumbre a una niña que
corre hacia él. La niña le ofrece un melocotón. El soldado alemán lo toma y se
lo lleva a la boca. Años después confiesa que el sabor de la fruta y el momento
quedaron grabados en su memoria para siempre. La guerra continuó, y el hecho
–también- pasó a la historia, junto con todo lo demás.
Cuando los
americanos liberan las islas del Pacifico del Imperio Japonés, en la guerra de
Iwo Jima, la isla fue bombardeada y asediada por tanques y metralla durante tres
meses. Bajo una cima volcánica, sesenta combatientes nipones continuaban
resistiendo, aun sabiéndose perdidos. A través de un intérprete, las tropas
americanas les solicitan su rendición, les garantizan seguridad y les ofrecen
socorro médico y alimentación. Cuando los japoneses comienzan a salir con las
manos en alto, un soldado americano comenta “no tiene importancia si estás del
lado bueno o del malo. Ellos combaten por su patria con coraje. Yo en su lugar
haría lo mismo”
En apariencia
el poder lo tienen las armas. Pero realmente el Poder lo tienen las ideas. La
“Idea” encandila. Fue lo que hizo Hitler con el pueblo alemán, lo que logró
Stalin sobre el pueblo ruso. La idea lanzada por un líder carismático sobre las
masas cuando éstas se sienten “interpretadas” por él, las fanatiza y enceguece,
o más exactamente: la idea coloca un velo sobre la realidad y la distorsiona.
Pero en el combate sobre el terreno, donde los hombres luchan contra sus
semejantes por su vida, puede haber ocasiones en las que el velo se descorre y entonces
el hombre que está dentro del uniforme logra “ver” al otro que se oculta
también bajo su uniforme y es entonces cuando la “idea” que lo ha llevado hasta
allí se desencarna, se despoja de su ropaje, adquiere toda su naturaleza. O se
hace a un lado frente a la realidad, o la confirma.
La guerra es
un contrasentido, un absurdo. Es destrucción, avasallamiento, vileza, miseria.
Pero también coraje, heroísmo, amor, nobleza. Lo demostró el soldado alemán al
dejar escapar al soldado ruso, la niña italiana ante el prisionero alemán, la
empatía del soldado americano con el soldado japonés. Cuando Hitler ordena
invadir Rusia, la orden es exterminio total, no solo de la fuerza armada, sino
del pueblo ruso. El ejército alemán
avanza dentro del territorio ruso con la orden de no dejar a nadie con vida, y
eso pasaba por incendiar casas y granjas, incluidas personas y animales.
La reacción del pueblo ruso fue de odio y furia vengativa contra los alemanes, que se cristaliza años después cuando la Armada Rusa entra en territorio alemán a finales de 1944. En confesión de un soldado ruso que formó parte del ataque, los alemanes habían asesinado a toda su familia en 1940; y su único pensamiento desde entonces había sido la venganza. Y lo logró. Tras un ataque despiadado y sin tregua sobre la ciudad y sus habitantes, ese mismo soldado logró clavar la bandera rusa sobre el Reichstag, tras la victoria definitiva sobre los alemanes. No sabemos si su versión es la verdad. Pero lo que simboliza se encuentra mas allá de la Historia y la supera.
Para este
soldado la idea que Stalin había clavado en su mente se volvía carne en el
combate, se volvía “real” al liquidar a todo alemán que se cruzase en su
camino. Era el mismo tipo de odio que sentían los alemanes hacia los rusos.
La idea de
defender la Patria es la más poderosa de todas y cualquier hecho, por
abominable que sea, la justifica. Fue el mismo Churchill quien decidió “acabar
con los civiles alemanes” bajo la premisa de “desalentar el apoyo que le
prestaban a Hitler”, y fue bajo esa premisa que se produjo el bombardeo aliado
sobre Hamburgo, en 1940, que destruyó prácticamente toda la ciudad. Tras el
bombardeo, los espías británicos informaron, sin embargo, que una gran cantidad
de soldados alemanes aún se encontraban escondidos en una Abadía. Roosevelt
había prohibido expresamente bombardear objetivos de importancia histórica o
religiosa y la Abadía no había sido tocada.
Hasta entonces. Pues, aunque luego se comprobó que la información era
falsa y que, en realidad los que se hallaban en la Abadía eran civiles, el
comando aliado decidió bombardearla de todos modos. El fin justificaba los
medios, una vez más. Uno de los pilotos confesó después lo que sintió en aquel
momento, cuando que se vio obligado a hacerlo: “un acto así no se comete en
nombre de la Patria, algo así es solo carnicería”
Las ciudades
alemanas fueron devastadas por los rusos y luego por las tropas aliadas. Cuando
estos últimos entran a Berlin para acabar con la poca defensa alemana que
quedaba, sus obuses, sus tanques y sus metralletas solo añaden más ruinas a las
ruinas, más dolor al dolor, más tragedia a la tragedia.
El pueblo
alemán sufrió pérdidas, destrucción y miseria como los otros pueblos de Europa,
pero ninguno sufrió más que el polaco.
No solo Polonia fue el primer país europeo en ser invadido por Hitler,
sino que además de los campos de concentración y la infamia del Gueto de
Varsovia, tuvo que soportar hasta el final el encarnizamiento personal de
Hitler y el abandono de la Armada Rusa, que los condeno a defenderse solos, y a
tener que llamar a las filas de su resistencia a mujeres, ancianos, escolares y
niños de 13 y 15 años. Dudo que ningún otro pueblo como el polaco haya dado
mayores muestras de valor y coraje ante el tormento.
Ciertamente,
nada comparable al que sufrieron los franceses, cuya capitulación y
colaboración con el nazismo bajo el gobierno de Pétain en Vichy es difícilmente
justificable, aun considerando el heroísmo de Pétain en la Gran Guerra, y viéndolo
bajo la óptica benevolente con que se mira la “Resistencia” francesa y al
General De Gaulle. Basta ver las imágenes de las tropas aliadas entrando en
Berlin, en Hamburgo, en Colonia, para quedar pasmado ante el nivel de
destrucción causado por la guerra dentro del mismo país de Hitler. Basta ver
las imágenes de esas mismas tropas entrando en Paris, para ver la ciudad
esplendente, con sus calles intactas, flores en los balcones y chicas bellas,
bien vestidas y peinadas besando a los soldados. Y algo curioso: el documental
no menciona al gobierno colaboracionista de Vichy, como tampoco el pacto germano-sovietico! ..
Pero, en
definitiva, la guerra asoló al mundo por igual. Entre los rostros de libios,
marroquíes o egipcios, y los rostros de los prisioneros rusos o italianos, de
los ingleses tras los bombardeos, de los japoneses que se rinden ante las
tropas americanas, de las víctimas de las bombas de Hiroshima y Nagasaki, de
los soldados americanos en Pearl Harbor, no hay diferencia en la expresión,
aunque sean de distintas razas. Todos componen uno solo y el mismo rostro: el
de una humanidad librada al desvarío, “no importa de qué lado esté”, al
sometimiento, a la enajenación de si misma. E innegablemente víctima del
sufrimiento, del dolor indecible que surge del desconocimiento de la causa
originaria que –tal vez- justificaría su dolor y su tragedia personal. Su
mirada humillada, a merced del flujo de circunstancias ajenas y lejanas que lo
avasallaron, -aun tratándose de los “vencedores”- nos deja estupefactos y
consternados.
El mundo
sigue en sus vueltas y la Historia con ella. A la Segunda Gran Guerra le
siguieron las guerras “Santas” o la Yihad
Islámica, el ataque a las Torres Gemelas, las epidemias virales, reales o
inventadas, la guerra actual en Ucrania, el ataque de Gaza y el genocidio que
se comete actualmente en Palestina, la Inteligenica Artificial....
También en
las guerras y conflictos actuales se confirma esta apreciación de que las Ideas –o
más propiamente dicho, las ideologías- han fungido y fungen aun, como motor de la Historia. Y como las
ideologías son un velo sobre los ojos, es por eso –creo yo- que en “Da Vinci’s
Demons” se dice que la Historia es una Mentira. Esa y cualquier otra historia.
Como ejemplo vemos que nada mueve con más eficacia el aparato del terror
islámico que la Idea fanática de la supremacía del islam sobre las otras
creencias o religiones. Y que nada mueve con más eficacia a las tropas rusas
que la Idea de Putin de revivir el antiguo Imperio Ruso. Y a partir de
cómo se interpreten los hechos que dan expresión a esas ideas y las concretan,
la Historia –así con mayúsculas- podría ser Verdad o Mentira.
Pareciera que
la Humanidad no termina de aprender a vivir con ella misma.


Buenísimo Mariu
ResponderEliminarMagnifico
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