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| Mario Abreu. Objeto mágico |
«Me lo puse porque
tenía frio» son las palabras que pronuncia Wladislaw Szpilman, pianista judío polaco,
como explicación del uniforme alemán que lleva puesto cuando la resistencia
polaca lo encuentra, después de haber estado durante un año escondido en un
edificio del barrio alemán de Varsovia.
Antes de ese ‘final
feliz” llevaba ya varios años huyendo junto a su familia, y después de
perderla, sólo, en los innumerables albergues donde pudo refugiarse. Más de
tres años escondido, huyendo, más de siete soportando ultrajes y vejaciones, más
de cuatro de haber perdido a toda su familia en Treblinka.
La frase “porque
tenía frio” es la condensación perfecta de una historia de locura e injusticia:
la historia de la segunda guerra mundial, en este caso aislada del relato
escueto de los hechos, y llevada a la historia personal de quien la vivió y sobrevivió
en carne y hueso. Su simplicidad, su desnudez, su prístina verdad, nos conmueven profundamente por algo que, por su obviedad, no nos detenemos a pensar, y es “porque
son pronunciadas”. Porque para decirlas, había sido preciso conservar la vida, permanecer
entero, poseer la necesaria integridad físico-corpórea que albergara la mente y
el alma de quien tan solo meses antes de ser descubierto y salvado por la resistencia
polaca, había sido salvado por Chopin.
En la película
“El pianista” de Román Polansky, la Ballade
N° 1 en Gm. Op. 23, que el pianista se ve conminado a interpretar en el
desvencijado y polvoriento piano de la habitación, luego de ser descubierto en
su escondite por un oficial alemán de alto rango, la música, como un elemento
puro de la naturaleza, se transmuta en verdadera presencia, una presencia que, paulatina e inexorablemente, penetra
la sensibilidad del oficial alemán, sepultada y aparentemente perdida bajo el
peso de años de perpetración del horror, y lo humaniza.
Lo humaniza hasta
el punto de perdonarle la vida y apaciguar su hambre y su frio, regalándole su
propio abrigo. El mismo abrigo que lleva puesto al momento de la liberación de
Varsovia, cuando, sin percatarse de que lo lleva puesto, sale al encuentro de
sus partisanos, queriendo abrazarlos.
La música.
Solo eso: la música pura y diáfana tal como debió existir en el instante mismo
de la creación, como debe existir aun en
el Reino de lo Indecible, en ese Reino al que solo almas como la de Chopin tienen acceso para traducirla al lamentable, mísero y pequeño mundo de los ignaros, el
que habitamos; esa música, expresión del misterio y de la magia en sí mismos, traspasó
los oídos del oficial alemán, salió por la ventana del edificio en ruinas donde
se encontraban el pianista y él, quizás buscando rozar los muros derruidos de
la ciudad destrozada, con su fulgor y su materia inasible, y su presencia, invisible
pero todopoderosa. En la película, la música desciende hasta la calle, envuelve
la calzada (o lo que queda de ella) donde se ha detenido el automóvil del
oficial alemán y el chofer, que lo espera, también la escucha. Nosotros, que lo
observamos, “sabemos” que la escucha. Lo atrapamos en el gesto fugaz y detenido
de desconcierto, en ese infinitesimal re-encuentro con su propia alma. La música es
el inaudito recuerdo de que hubo una vez inspiración, que esa inspiración está esperándonos,
alta, en otras esferas, y que es posible para nosotros los humanos, alcanzarla.
La música nos recuerda que más allá de la miseria queda un rescoldo de
esperanza en el lado noble de la humanidad.
Pienso que la
imagen puede trasponerse a lo que nos espera a los venezolanos ante la renovada
esperanza que envuelve hoy, en este mismo instante, (15 de julio de 2024), al país.
Lo digo porque,
aunque en Venezuela no hemos sido víctimas de un invasor extranjero y
enloquecido que se ha propuesto exterminarnos por motivos raciales, nos han querido
exterminar de todos modos, real y figuradamente, a causa de una ideología mal
entendida y peor aplicada: la ideología comunista, sobre la que no me voy a
detener porque sus consecuencias son de sobra conocidas en todos los países donde
se ha impuesto o pretendido imponer. En nuestro caso, la agresión nos la han
infligido nuestros propios compatriotas, que se apropiaron del Poder para su propio
beneficio y se han mantenido en él hace más de 20 años, repartiendo las migajas
de lo que no les pertenece, (porque la riqueza del país le pertenece a la nación
y no a quienes poseen cargos en el gobierno) a un pueblo totalmente indefenso.
Indefenso sobre todo de utensilios y herramientas históricas, de educación y auto-determinación, un pueblo que nunca antes se había forjado en
el sufrimiento, ni adquirido la fortaleza que otorga la consciencia de su papel
y sus posibilidades, mas allá de depositar todas sus esperanzas en distintos “Mesías”
que, cada uno en su momento, llenaba las expectativas de milagrosa salvación que
el pueblo esperaba de ellos, y que, como era de esperarse, fueron fugaces y la
Historia, con sus leyes inflexibles, los sobrepasó y los condenó al olvido.
Porque la Historia, para cumplirse como los pueblos la esperan, requiere la acumulación
de experiencias, del aprendizaje, y de la consciencia de ella misma: de la
Historia y de lo que ella significa.
Ahora, en estos
momentos, Venezuela esta imbuida en una ola espiritual. Más allá del análisis de
los “datos objetivos de la realidad” que, de atenerse a ellos, harían la
empresa de liberar al país de la pandilla de gánsteres que la gobierna, (por la via de elecciones democráticas, me refiero) prácticamente
irrealizable, el pueblo venezolano ha decidido obviar esos “datos” y se ha
volcado por entero a la esperanza milagrosa, adoptando un lema por decir lo
menos, inhabitual en el mundo de la política: “Mano, tengo Fe”
Y el candidato
que el régimen aceptó como contendor, proclama su adhesión a lo sobrenatural y
deposita en esa instancia toda su FE, en la confianza de que desde allá vendrá,
no solo la liberación sino la solución de los ingentes problemas que existen en
el país y los que por añadidura le esperan al nuevo gobierno, si el Milagro
esperado se produce.
Pero los móviles
que encienden en un pueblo la llama de la esperanza, llámese a ello inspiración,
o ese ‘algo” indefinible, albergue de lo imposible, pertenecen al Universo de la
Magia. Es allí, en ese Reino, el mismo de donde extraen su inspiración los
creadores, los artistas, los músicos, los poetas, donde el sufrido pueblo
venezolano ha ido a buscar su llama de esperanza.
Y nadie
provisto de “lógica histórica’, “racionalidad científica” o métodos cartesianos
de análisis, ha podido nunca, ni podrá jamás, penetrar los misterios de esa conexión
con lo mágico que se Esperanza. produce cuando un pueblo ha decidido apostarlo
todo al Reino de la Esperanza.


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