lunes, 15 de julio de 2024

PORQUE TENIA FRÍO

 


Mario Abreu. Objeto mágico 


«Me lo puse porque tenía frio» son las palabras que pronuncia Wladislaw Szpilman, pianista judío polaco, como explicación del uniforme alemán que lleva puesto cuando la resistencia polaca lo encuentra, después de haber estado durante un año escondido en un edificio del barrio alemán de Varsovia.

Antes de ese ‘final feliz” llevaba ya varios años huyendo junto a su familia, y después de perderla, sólo, en los innumerables albergues donde pudo refugiarse. Más de tres años escondido, huyendo, más de siete soportando ultrajes y vejaciones, más de cuatro de haber perdido a toda su familia en Treblinka.

La frase “porque tenía frio” es la condensación perfecta de una historia de locura e injusticia: la historia de la segunda guerra mundial, en este caso aislada del relato escueto de los hechos, y llevada a la historia personal de quien la vivió y sobrevivió en carne y hueso. Su simplicidad, su desnudez, su prístina verdad, nos conmueven profundamente por algo que, por su obviedad, no nos detenemos a pensar, y es “porque son pronunciadas”. Porque para decirlas, había sido preciso conservar la vida, permanecer entero, poseer la necesaria integridad físico-corpórea que albergara la mente y el alma de quien tan solo meses antes de ser descubierto y salvado por la resistencia polaca, había sido salvado por Chopin.  

En la película “El pianista” de Román Polansky, la Ballade N° 1 en Gm. Op. 23, que el pianista se ve conminado a interpretar en el desvencijado y polvoriento piano de la habitación, luego de ser descubierto en su escondite por un oficial alemán de alto rango, la música, como un elemento puro de la naturaleza, se transmuta en verdadera presencia, una presencia que, paulatina e inexorablemente, penetra la sensibilidad del oficial alemán, sepultada y aparentemente perdida bajo el peso de años de perpetración del horror, y lo humaniza.

Lo humaniza hasta el punto de perdonarle la vida y apaciguar su hambre y su frio, regalándole su propio abrigo. El mismo abrigo que lleva puesto al momento de la liberación de Varsovia, cuando, sin percatarse de que lo lleva puesto, sale al encuentro de sus partisanos, queriendo abrazarlos.

La música. Solo eso: la música pura y diáfana tal como debió existir en el instante mismo de la creación, como debe existir aun  en el Reino de lo Indecible, en ese Reino al que solo almas como la de Chopin tienen acceso para traducirla al lamentable, mísero y pequeño mundo de los ignaros, el que habitamos; esa música, expresión del misterio y de la magia en sí mismos, traspasó los oídos del oficial alemán, salió por la ventana del edificio en ruinas donde se encontraban el pianista y él, quizás buscando rozar los muros derruidos de la ciudad destrozada, con su fulgor y su materia inasible, y su presencia, invisible pero todopoderosa. En la película, la música desciende hasta la calle, envuelve la calzada (o lo que queda de ella) donde se ha detenido el automóvil del oficial alemán y el chofer, que lo espera, también la escucha. Nosotros, que lo observamos, “sabemos” que la escucha. Lo atrapamos en el gesto fugaz y detenido de desconcierto, en ese infinitesimal re-encuentro con su propia alma. La música es el inaudito recuerdo de que hubo una vez inspiración, que esa inspiración está esperándonos, alta, en otras esferas, y que es posible para nosotros los humanos, alcanzarla. La música nos recuerda que más allá de la miseria queda un rescoldo de esperanza en el lado noble de la humanidad.

Pienso que la imagen puede trasponerse a lo que nos espera a los venezolanos ante la renovada esperanza que envuelve hoy, en este mismo instante, (15 de julio de 2024), al país.

Lo digo porque, aunque en Venezuela no hemos sido víctimas de un invasor extranjero y enloquecido que se ha propuesto exterminarnos por motivos raciales, nos han querido exterminar de todos modos, real y figuradamente, a causa de una ideología mal entendida y peor aplicada: la ideología comunista, sobre la que no me voy a detener porque sus consecuencias son de sobra conocidas en todos los países donde se ha impuesto o pretendido imponer. En nuestro caso, la agresión nos la han infligido nuestros propios compatriotas, que se apropiaron del Poder para su propio beneficio y se han mantenido en él hace más de 20 años, repartiendo las migajas de lo que no les pertenece, (porque la riqueza del país le pertenece a la nación y no a quienes poseen cargos en el gobierno) a un pueblo totalmente indefenso. Indefenso sobre todo de utensilios y herramientas históricas, de educación y  auto-determinación,  un pueblo que nunca antes se había forjado en el sufrimiento, ni adquirido la fortaleza que otorga la consciencia de su papel y sus posibilidades, mas allá de depositar todas sus esperanzas en distintos “Mesías” que, cada uno en su momento, llenaba las expectativas de milagrosa salvación que el pueblo esperaba de ellos, y que, como era de esperarse, fueron fugaces y la Historia, con sus leyes inflexibles, los sobrepasó y los condenó al olvido. Porque la Historia, para cumplirse como los pueblos la esperan, requiere la acumulación de experiencias, del aprendizaje, y de la consciencia de ella misma: de la Historia y de lo que ella significa.

Ahora, en estos momentos, Venezuela esta imbuida en una ola espiritual. Más allá del análisis de los “datos objetivos de la realidad” que, de atenerse a ellos, harían la empresa de liberar al país de la pandilla de gánsteres que la gobierna, (por la via de elecciones democráticas, me refiero) prácticamente irrealizable, el pueblo venezolano ha decidido obviar esos “datos” y se ha volcado por entero a la esperanza milagrosa, adoptando un lema por decir lo menos, inhabitual en el mundo de la política: “Mano, tengo Fe”

Y el candidato que el régimen aceptó como contendor, proclama su adhesión a lo sobrenatural y deposita en esa instancia toda su FE, en la confianza de que desde allá vendrá, no solo la liberación sino la solución de los ingentes problemas que existen en el país y los que por añadidura le esperan al nuevo gobierno, si el Milagro esperado se produce.

Pero los móviles que encienden en un pueblo la llama de la esperanza, llámese a ello inspiración, o ese ‘algo” indefinible, albergue de lo imposible, pertenecen al Universo de la Magia. Es allí, en ese Reino, el mismo de donde extraen su inspiración los creadores, los artistas, los músicos, los poetas, donde el sufrido pueblo venezolano ha ido a buscar su llama de esperanza.

Y nadie provisto de “lógica histórica’, “racionalidad científica” o métodos cartesianos de análisis, ha podido nunca, ni podrá jamás, penetrar los misterios de esa conexión con lo mágico que se Esperanza. produce cuando un pueblo ha decidido apostarlo todo al Reino de la Esperanza.

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