
Edward Hooper. Sun in a empty room, 1963
LA INVENCION DE LA SOLEDAD
De los que he
leído, “La Invención de la Soledad” (su primer libro) es uno de los de Paul
Auster que más me ha conmovido. Me ha parecido el más honesto, descarnado e
íntimo. Más allá de los recursos literarios usualmente identificables en sus
novelas, he encontrado en ésta una lucha más encarnizada en la valerosa tarea
de llegar al fondo de sí mismo.
Es en la
segunda parte del libro donde se entrega a fondo a esa tarea, y para ello se
apoya en la construcción de los “Libros de memoria”. Para desentrañar (literalmente, para extraer
de sus más profundas entrañas) sus vivencias y explotar su memoria hasta
vaciarla, Auster utiliza un símbolo altamente eficaz: la habitación. Comienza por una cita de Pascal: “Todo el
infortunio de los hombres se origina en una sola cosa: desconocer como
permanecer en reposo dentro de una habitación”. La habitación elegida como ámbito de reclusión voluntaria, sintetiza y
simboliza la essentia de esta
obra: la soledad. Auster lo ejemplifica
en significativas manifestaciones de lo que el mismo llama la “conciencia
solitaria”:
El vientre de
la ballena que alojó a Jonás.
Crusoe en su
Isla
La habitación
donde Anna Frank escribió su diario
Las
anotaciones de San Agustín sobre la memoria
La habitación
de la torre donde vivió Hölderlin durante treinta y seis años tras haber
“perdido la razón”
La habitación
de Van Gogh en Ámsterdam
Como una
estrella de varias puntas, donde cada una de ellas simboliza una cara de la
soledad, la habitación ocupa una de esas puntas, otra está representada por el
azar, la otra por la memoria.
El azar y la
memoria se conjugan en tiempo pasado y presente. A raíz de la muerte de su
padre, y queriendo atrapar una memoria inasible, Auster, aislado voluntariamente
del mundo exterior, se enfrenta a la inevitable hoja en blanco. Entonces recuerda la habitación en la cual vivió
durante varios años en Paris, y, tras hojear en los papeles de su padre, el
azar le revela que tanto él como su padre vivieron en la misma habitación, con
una diferencia de treinta y cuatro años entre ambas estadías. Y esa revelación
le ocurre estando él mismo penando su soledad en una habitación en Nueva
York. Entonces se da cuenta de que el
acto de atrapar la memoria (su memoria) debe comenzar necesariamente por
reconstruir el papel de la habitación como refugio, alojamiento, o escogencia.
Otra
manifestación del azar y la memoria: Recordando su pasada visita a la casa de
Anna Frank en Ámsterdam, Auster se da cuenta de que ella y su hijo nacieron el
mismo día, y anota: “La memoria: espacio dentro del cual un evento se produce
por una segunda vez”. En un encuentro con un amigo, descubre que ambos son
originarios del mismo país europeo y que un tío de su amigo llevaba el mismo
nombre que su propio hijo. Errando por las calles de Ámsterdam reconoce con
clarividencia que las calles circulares de la ciudad representaban (¿debido al
azar?) los círculos del infierno, que quizás el mapa de la ciudad había sido
concebido como una imagen del Reino de los Muertos, sobre la base de alguna
representación clásica. “Y si Ámsterdam era el infierno, el infierno de la
memoria, ello tenia quizás un sentido, aunque él se perdiera en sus calles” (…)
“cortada toda relación con lo que le era familiar, incapaz de percibir el más
mínimo punto de referencia, veía sus propios pasos que no lo conducían a
ninguna parte, llevarlo hacia sí mismo. “Era dentro de sí mismo que erraba y se
perdía” (..) “Y lejos de preocuparlo, esa ausencia de referencias devenía una
fuente de dicha, de exaltación”
El azar
detrás del hecho de que el constructor de la torre que habitó Hölderlin durante
una buena mitad de su vida, se llamase Zimmer,
que en alemán significa “habitación”
El azar
también se convoca a sí mismo en su ejercicio de memoria y se manifiesta en el
vínculo inextricable entre padres e hijos, reinsertándolo por así decirlo, en
el misterio y la potencia del amor filial:
Su relación
con su propio padre
La relación
entre Titus y Rembrandt, su padre, quien lo retrató a lo largo de su vida,
desde 1650 hasta la última tela que se conserva, de 1660, pocos años antes de
su desaparición (Titus precedió a su padre en la muerte)
Sir Walter
Raleigh y su hijo, Wat, quien perdió la vida junto a su padre en las selvas de
Guyana: “Hasta ahora –le escribe Raleigh a su esposa – yo ignoraba el
significado del dolor”
Hölderlin y
la pérdida de su hija Suzette, quien murió antes del confinamiento de su padre
Mallarmé y su
hijo Anatole…
“La memoria:
una habitación, un cráneo, un cráneo que encierra la habitación donde se
asienta un cuerpo”
La habitación
es también el destino elegido por el propio Auster tras la debacle de su
matrimonio luego de la desaparición de su padre.
No obstante
la búsqueda casi obsesiva de la memoria y el deseo de reconstruir su vida a
fuerza de continuas incursiones en el pasado, el presente en forma de “momento”
vivido, toma la delantera y se impone con fuerza arrolladora
“Encuentra
extraordinario, aun dentro de lo ordinario de su existencia cotidiana, sentir
el suelo bajo sus pies, el movimiento de sus pulmones que se expanden y se
contraen en cada respiración, saber que puede, colocando un pie delante del
otro, andar desde donde se encuentra hasta donde quiere ir. Le parece
extraordinario que, en las mañanas, después de despertar, cuando se inclina
para atar los cordones de sus zapatos, le invada una bocanada de felicidad tan
intensa, tan en armonía con el universo, que toma consciencia de estar vivo en
el presente, y ese presente lo envuelve, lo penetra y lo invade súbitamente, sumergiéndolo
en la consciencia de estar vivo. Y la
felicidad que descubre en su interior en ese instante es extraordinaria. Que lo
sea o no, el encuentra esa felicidad extraordinaria”
Como Auster, también encuentro extraordinaria la transcripción de este complejo de sentires, que sintetiza la vida en toda su complejidad, en toda su grandeza y en toda su elementalidad, cuando nos alcanza la súbita consciencia de estar vivos.

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