martes, 20 de agosto de 2024

ERASE UN PAIS DENTRO DE UN RÍO





Norteamérica es un desafío permanente a la imaginación y al pensamiento. Mezcla de realidad y símbolo, de presencia indeseada y de ausencia añorada, es “algo” así como una especie de entidad, que el mundo admira y detesta por igual. La divisa norteamericana inscrita en todos sus símbolos patrios, es E Pluribus Unum (La unión en la diversidad) emblema que intenta reflejar el ideal sobre el que se construyó un país que el mundo en una época consideró una tierra de acogida, un “El Dorado” donde las rutas no estaban pavimentadas de oro, sino de libertad, equidad y oportunidades. 

 Dice Eddy L. Harris: (1)

 “Más que cualquier otro país del mundo, América es una idea. Como un rio donde sus dimensiones, su fuerza, su amplitud y su importancia viene de los numerosos afluentes que vierten sus aguas en él, ella no impone ninguna restricción a aquellos que pueden integrarse y mezclarse. En eso consiste “el sueño americano” 


 Eddy Harris recorre en dos oportunidades, el Mississippi en canoa y con su propio sueño, deseoso de confrontarlo con la realidad y verificar si el alma del rio ha permanecido tan inalterable como la del país, a pesar de sus fragmentaciones, y si como el rio que, tercamente, venciendo represas, diques y desvíos arbitrarios, encuentra su cauce original, Norteamérica llegará alguna vez a llenar de sentido su divisa: Unión en la diversidad. 

 Esta afirmación parecerá extraña y fuera de lugar para todos los que han encontrado en los Estados Unidos su hogar. Pero Harris, fiel al objetivo de su viaje, no cesa de confrontar el rio como elemento natural, con toda su fuerza, su poder y su presencia dominante, con la historia de su país. Y sus reflexiones, suaves como las calmadas aguas, discretas como los momentos de paz inenarrable que encuentra en él, llegan sin embargo a ser demoledoras, como también pueden serlo las aguas del Mississippi en sus crecidas o desvíos sorpresivos de consecuencias a veces devastadoras. Y también como el rio, lento e inexorable, Harris logra demoler el edificio sobre el que está basado, no el país como territorio geográfico, sino la “idea” del país, como tan certeramente lo señala él. Lo cual nos lleva al principio de este recuento: por qué admiramos a Norteamérica. Y veremos que, fuera de la respuesta obvia que salta a los ojos: ¡Cómo no admirarla! Es la primera potencia económica, militar y tecnológica del planeta. Gracias a su apoyo o a la falta de él, el resto del planeta se ha salvado, o no, y continúa salvándose o no, de la opresión y el atraso desde hace más de cien años. Estados Unidos es el fiel de la balanza del mundo, el garante de la Libertad de las Naciones. ¡Por favor! ¡Que pregunta más necia! 

 Pero fuera de esta reacción previsible, decía, encontramos el razonamiento sólido, calmado y profundo de Harris, que, como siguiendo el ritmo del trayecto fluvial, nos ilumina zonas oscuras de nuestros propios pensamientos, nos aleja de la atadura de los prejuicios y puede que, sin ser historiadores, nos acerque a la verdad histórica. 

 Lo primero que se pregunta Harris es sobre qué bases está construida la Historia de Norteamérica, de qué esta compuesto el edificio ideado, idealizado o más precisamente, mítico, que su país se ha forjado como historia, cuento o narración y que él coloca bajo su ojo critico, pero no despiadado, realista pero no exento de profundo amor a su país. Dice:

 “A pesar de mis lentes color de rosa, yo sé que el racismo existe. Con o sin un Presidente negro en la Casa Blanca, la América post-racial no existe aún en la realidad. Los viejos demonios y la desconfianza persisten. Los estereotipos, los fantasmas, los malentendidos, provocan actos que arrastran reacciones de efecto perdurable, que pueden sumergirnos en un estado de duda y aprehensión permanente, de pesimismo y miedo” 

El mito como narracion, se encuentra en el origen de la historia que cada país se fabrica a sí mismo, y Norteamérica no es la excepción. Las fabulas narradas alrededor del fuego por cazadores y granjeros se convirtieron en leyendas, y héroes populares más fuertes y poderosos que la naturaleza, hicieron su aparición: John Henry, Pecos Bill, Paul Bunyan. Incluso más tarde George Washington, y más tarde aún, Hollywood, a través de cuya “fábrica de sueños” (en este caso, pesadillas con consecuencias reales) Norteamérica puso en marcha el proceso sistemático mas frío, despiadado e inhumano de enmascaramiento y tergiversación de la realidad y sus representaciones, borrando la presencia de los negros y presentando una imagen del indio como invariablemente malvado, miembro de grupos desorganizados y nómadas, salvajes compitiendo con los bisontes por el alimento y como no, enemigo del cow boy blanco y bueno. No está de más añadir aquí, que esta intensa campaña ideológica sirvió para sostener la masacre real realizada contra el pueblo indígena norteamericano, precedida por el despojo de sus tierras y el aniquilamiento de su memoria y su herencia cultural y que solo sirvió para alimentar el molino de la mentira sobre la que al parecer se basa la historia norteamericana, mentira que pocos se han atrevido a encarar. 

 En fin, las leyendas crecieron sin que nada se les opusiera, fueron rápidamente adoptadas y transmitidas, acunaron a los bebés como relatos edificantes que hablaban del coraje y la bravura de George Washington (que en realidad era esclavista), Paul Revere, David Crockett, y perduraron hasta después que la época de los pioneros, de los vaqueros y de las fogatas se hubo extinguido. Sin embargo:

 “Nuestros mitos y leyendas nunca han sido verdaderamente colectivos. Porque nuestro país es joven, nacido de la segregación, la violencia y la inequidad, porque nuestra Historia es demasiado reciente para que alguien pueda reivindicarla orgullosamente o relegarla a la vergüenza compartida, porque no poseemos tradiciones universales sólidamente ancladas, ni folklore que nos defina, que nos una o al que adherirnos, salvo al texto fundamental pleno de debilidades y de un conjunto de principios que a duras penas llegamos a conocer, excepto cuando una contingencia exterior nos exige una demostración de patriotismo” 

¿Entonces, tiene o no vigencia la divisa “Unión dentro de la diversidad”? Dice Harris:

 “Hemos llegado hace demasiado poco tiempo, de demasiado numerosos países. No tenemos ya una visión colectiva del mundo, si es que alguna vez la tuvimos. Nuestra historia nos es cada vez menos común. Es difícil compartir algo si antes no nos lo hemos apropiado juntos, si no lo hemos interpretado juntos. Para lo mejor o para lo peor, ya no existe garantía de la fidelidad ni de la integridad de la cultura que creemos común. Es posible que nunca la haya habido. Puede ser que lo que pensábamos, no existía”

 Al terminar de leer el relato de Harris y su empresa de filtrar los sedimentos de su país sumergidos en el fondo de las aguas del Mississippi, lo que surge a la superficie tiene visos de ficción más que de realidad, y nos cuesta creer que una Nación (¿lo es, en realidad?) que fue fundada sobre el exterminio de las culturas indígenas originarias, la segregación de los negros y la negación de su verdadera historia, (o más precisamente, la sustitución de verdades por mentiras) haya llegado a ser la potencia mundial que fue y sigue siendo aún, a pesar de sus fisuras internas. 

Harris responde a este cuestionamiento con una constatación irrefutable. 

 “Cuando los velos se corren sobre la verdad, lo que queda en el núcleo permanece incuestionable. En la periferia los ingredientes pueden mezclarse. Al centro, las ideas e identidades, como las riquezas y los privilegios, deben permanecer reservados y protegidos. En un mundo menos simple donde las verdades se dicen finalmente, no es forzosamente preferible elegir nuestras propias verdades, leyendas, historias o fabulas, puesto que al hacerlo nos alejamos de la comunidad. Perdemos perspectiva, tomando lo que puede ser verdadero en un momento dado, por una verdad general. La falta de una verdad universal, de una Historia común, nos hace más difícil afirmar qué clase de comunidad formamos realmente. La imagen que nos hacemos de nosotros mismos flagela bajo el peso de la imagen de lo que no somos, y que, para ser totalmente honestos, no lo fuimos nunca. Y henos aquí, como huérfanos, buscando desvelar el misterio de nuestra propia identidad”

 (1) Eddy L. Harris « Le Mississippi dans la peau » Edit. Liana Levi, France, 2020.

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