domingo, 28 de septiembre de 2025
CUANDO TU NOMBRE NO ES TU IDENTIDAD
domingo, 21 de septiembre de 2025
NUESTRO MAR
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| Playa de Morrocoy. Venezuela |
Por pura casualidad comencé a leer un libro del escritor martiniqués Raphael Confiant (1951), titulado "Adéle et la Pacotilleuse” (Mercvre de France, 2005) en momentos nuevamente históricos para el Caribe, cuando una flota de ocho barcos de guerra, treinta helicópteros y alrededor de cuatro mil marines en total, pertenecientes a las fuerzas armadas norteamericanas, se despliega frente a las costas de Venezuela, con el propósito (al menos el declarado) de combatir por medios bélicos el narcotráfico en la zona e impedir su arribo a las costas estadounidenses.
La novela de Confiant
relata las peripecias que le ocurren en pleno siglo XVI, al detective privado
Henry de Montaige durante su investigación del paradero de la hija de Víctor
Hugo, encargo que le ha sido confiado nada menos que por el mismísimo poeta en
persona; y que se desarrolla en un periplo que comienza en Canadá, prosigue por
Carolina del Sur y tiene su punto culminante en las islas del Caribe, entre Granada,
Barbados y Martinica, mientras la señorita Adéle Hugo, presa de su pasión amorosa y sin sospechar que su padre la busca, persigue
a su vez al teniente de la Armada Británica Albert Pinson, de quien se ha
enamorado y con quien según ella, se ha esposado; aunque en su aventura muchos
llegan a considerarla una impostora y a creer que ha perdido la razón. Es
precisamente en uno de los tantos infortunados episodios que le ocurren, que es
rescatada de un intento de violación en el puerto de Barbados, por la pacotilleuse Céline Álvarez Baa,
orgullosa descendiente de padre guineano, abuela andaluza y madre cubana. A partir de ese momento, la suerte de Adéle Hugo
y la de Céline se imbrican en lo que parece ser un dictado sometido a la
voluntad de las potencias espirituales tainas, caribes e incluso hindúes y
africanas que componen el abigarrado mosaico de culturas y creencias que
pueblan nuestro mar interno, su geografía y su historia.
La pacotilleuse (vendedora ambulante de mercancía
que se desplaza entre las islas de las
Antillas menores en frágiles pero veloces embarcaciones) nos previene del error
de imaginar que el Caribe se reduce solo al archipiélago que se abre a medida
que nos aproximamos al Golfo de México, dibujando la ruta de los “Hurakanes”
(nombre otorgado a la cólera del antiguo Dios caribe “Hurakan” hoy en día
olvidado) No, pues el Caribe abarca un vasto tramo de tierra firme que va desde
Cayena, remonta hasta el Lago de Maracaibo, pasando por Georgetown antes de
alcanzar Cartagena de Indias. En el siglo XVI, en que las potencias coloniales
europeas se disputaban la posesión de las riquezas que Cristóbal Colón había
descrito a los Reyes Católicos, el Mar Caribe o Mar de las Antillas, era el
escenario de batallas navales entre bandidos, filibusteros, buscadores de
esmeraldas, réprobos y convictos en fuga, escenario frente al cual la saga
«Piratas del Caribe” (que, por cierto, me encanta) no es más que una graciosa anécdota.
En aquel entonces las pacotilleuses preferían
evitar tales riesgos y abordar Panamá tomando la ruta de la Florida, continuar
hasta Nueva Orleans y descender hasta Yucatán desde donde podían alcanzar el
canal que había construido Ferdinand de Lesseps. Para ellas, como para todo el
comercio antillano, el tiempo era una entidad carente de sentido, “algo” sometido
al humor de los vientos, al estado de las embarcaciones, a la llegada de la mercancía
de Europa y de Estados Unidos y muy raramente, del Levante o de la Extrema
Asia. La ciencia política no se había inventado y la geopolítica la dictaba el
poder económico y militar de las potencias europeas, pero aun ellas estaban
sometidas en ultima instancia, a los designios ignotos de los dioses tainos, africanos y caribes de
poderes insospechados, que habitaban los espíritus de sus habitantes. En todo
caso, el mapa dibujado por las pacotilleuses,
construido sobre la urgencia del día a día y la ausencia de una certitud del mañana,
se batía en el mismo combate de poderes, en un espacio donde el telón de fondo
es la aventura y el riesgo renovado de perderlo todo en un instante.
Han pasado
cuatro siglos desde que España perdiera su control sobre el Caribe y Francia,
Inglaterra y Holanda tomaran posesión de ese archipiélago que convive y
comparte su suerte con la bomba de tiempo en la que se ha convertido Venezuela
desde hace unos días. Guadalupe y Martinica, territorios de ultramar franceses,
están siendo patrullados en apoyo a las operaciones militares de vigilancia del
tráfico de drogas en la zona, y otros países, desde Trinidad y Guyana hasta
Puerto Rico, han declarado su intención de participar en las operaciones.
Cuando escribo esto, hace unas horas se acaba de producir un nuevo bombardeo de
una embarcación sospechosa de transportar droga. La ciencia política ha avanzado,
pero más allá del secreto, lo imponderable sigue reinando sobre los cálculos. Quizás
el dios Hurakan este aguardando el momento de desatar su cólera telúrica y
cambiar el curso de los acontecimientos.
martes, 2 de septiembre de 2025
ALEGORÍA DEL MIEDO
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| René Magritte. Le faux miroir. 1929 |
En su novela «Ensayo
sobre la ceguera», al interior del asilo de alienados donde han confinado en
cuarentena a los ciegos, Saramago (1) pone en boca de un anciano que solo cuenta
con un ojo, las siguientes palabras:
Lo último que vi fue un cuadro. Un cuadro -repite el anciano de la banda
negra- y dónde estaba. Yo había ido al museo, y había un campo de trigo y había
cuervos y cipreses y un sol que parecía formado con partes de otros soles. Debe
haber sido pintado por un holandés. Creo que sí, pero había también un perro
que se hundía, el pobre ya estaba medio enterrado. En cuanto a éste, no pudo
haber sido pintado sino por un español, nadie antes que él había pintado un
perro como ese y nadie después de él se ha aventurado tanto. Probablemente, y había
una carreta cargada de heno tirada por caballos que atravesaban un rio. Con una
casa a la izquierda. Si, entonces es de un inglés. Podría ser, pero no lo creo,
pues había también una mujer con un niño en brazos. Mujeres con niños no faltan
en la pintura. Es verdad, ya lo había notado. Lo que no comprendo es como
pintores tan diferentes y pinturas tan diferentes podrían encontrarse en un
solo cuadro. Había hombres que comían. Hay tantos comensales en la historia del
arte que es imposible saber con esa sola indicación, quien comía. Los hombres
eran trece. Ah, entonces es fácil, continúe. Había también una mujer desnuda de
rubia cabellera dentro de una concha que flotaba en el mar y muchas flores
alrededor. Italiano, sin duda. Y una batalla. Es como las comidas y las mujeres
con niños en brazos, no basta para saber quién es el pintor. Con los muertos y
los heridos. Es natural, tarde o temprano todos los niños mueren y los soldados
también. Y un caballo aterrorizado. Con ojos que se salían de sus órbitas. Exactamente.
Los caballos son así. Y cuales otros cuadros había dentro de su cuadro. No tuve
tiempo de descubrirlo. Me volví ciego precisamente en el instante en que miraba
al caballo.
En esta
novela exhaustivamente celebrada y analizada, el extraordinario acontecimiento que
se cierne sobre los habitantes de un país anónimo, la sirve de pretexto a
Saramago para elaborar una profunda alegoría sobre el miedo, una alegoría que
puede abrirse a otros caminos y uno de ellos es la dimensión del tiempo. En
este caso es una epidemia de ceguera, pero podría ser cualquier otra plaga
cuyas constantes se reproduzcan en otro tiempo histórico, la que confine a los
hombres dentro de sus más recónditos terrores atávicos y se convierta en una amenaza
que los hombres no quieren “ver” y menos reconocer. En su confinamiento, los
aquejados del “mal blanco” deben aprender a vivir sin tiempo, porque éste ha
perdido toda significación para ellos. Ha sido así con todos los flagelos que
han aterrorizado al hombre a lo largo de su historia. Lo leímos en el recuento
terrible de Camus en “La Peste”, lo hemos leído en los relatos de la llamada gripe
española, lo vivimos en la última pandemia decretada, de un origen tan oscuro
como el de la ceguera colectiva de la novela de Saramago. La lección es la
misma: El miedo nos enceguece; pero “ya estábamos ciegos antes que nos atacara
la ceguera” como dice uno de los confinados. “Y el miedo hará que continuemos
ciegos después”
(1) José
Saramago: L’aveuglement” . Editions du Seuil.
Fev. 1997



