domingo, 28 de septiembre de 2025

CUANDO TU NOMBRE NO ES TU IDENTIDAD

Apellidos de ascendencia sefardi

En el prefacio que Marianne Kohn Baker dedica al libro de Arlette Machado “El judaísmo: una épica del anti-héroe”. (Caracas, Editorial Grijalbo, 1994) aparecido en el último Papel Literario de “El Nacional” (Caracas, septiembre 14-2025) encontramos desmenuzado el propósito del libro y la ruta analítica que lo guía. En esta ruta se examinan las dos vertientes que condujeron a la autora a definir la esencia de lo que ella califica como judeidad, la vertiente histórica y la vertiente doctrinaria. Valiéndose de ellas establece entre distintos creadores y escritores latinoamericanos, su concepto de judeidad como rasgo común que, por encima de su originalidad como creadores, delata su pertenencia a un mismo tronco. 

 Mucha agua ha corrido bajo el puente de la historia judía desde 1994 y la contemporaneidad ofrece hoy un panorama totalmente distinto. No obstante, el aspecto que me interesa señalar aquí enlaza con las persecuciones, el éxodo y la forzosa adaptación del pueblo judío a los distintos países donde se estableció a lo largo de su historia. Aunque hoy no tiene incidencia alguna ni la menor capacidad de modificar los acontecimientos, es una curiosidad para traer al presente, cuando se ha alcanzado la “Tierra Prometida” y de acuerdo a las Escrituras, el pueblo judío ha dado cumplimiento a su Misión, ya que desde hace 77 años, los judíos poseen un Estado y un territorio. 

Me intereso concretamente en la adopción forzosa de nombres ajenos, extraños a su tradición, su historia y sus costumbres, que al comienzo de las persecuciones los judíos debieron realizar, bien voluntariamente o por imposición, para ocultar su origen y por ende, su identidad y conservar así la vida. 

En un principio en España, las primeras comunidades judías convivieron con los romanos, hebreos, visigodos, musulmanes y cristianos, convivencia durante la cual los judíos hicieron aportaciones en medicina, matemáticas y léxico. Mencionaré solo algunas: La Cábala, por ejemplo, nace en Sefarad, de la palabra call (sendero, estrecho) como se emplea actualmente en Cataluña (Call de Barcelona). Los judíos adoptan patronímicos de origen hebreo: Nafmanides (hijo de Ides), Astruc, de origen hebreo-arameo que significa estrella, Alpico, de origen provenzal. Más tarde durante el dominio musulmán que duró 800 años, muchos apellidos sefardíes comenzaron a expresarse en árabe. En 1391 fueron destruidos los templos judíos y en 1492 se produce su expulsión del Reino de España. En esta época sus Kinumas (apellidos) son sustituidos por nombres como Abreu (hebreo), Sábato (sefardí), Pérez, que significa hijo de Pedro, típicamente español. 

 Más tarde aparece la ashkenazion, formada por antiguos miembros del Sacro Imperio Romano-Germánico (Austria, Prusia, varios países de Europa central: polacos, serbios, croatas, rusos). En 1796 Rusia se anexa Polonia y se forma la Mancomunidad Polaco-lituana. Dos millones de judíos que conservaban sus nombres en hebreo se vieron obligados a cambiarlos. En 1804 el Zar de Rusia Alejandro I obliga a los judíos a adoptar un apellido de familia heredado de su fe, o un sobrenombre en alguno de los idiomas regionales, traduciendo sus nombres originales al ruso, polaco o alemán, de ahí que muchos apellidos judíos adoptaran el sufijo “bog “(o boh) de pertenencia eslava, “ov” o “ich”, de ascendencia rusa. Nombres como Kaplan y Singer también de procedencia sajona. 

 En 1808 mediante el Decreto de Bayona, Napoleón Bonaparte reunió en un gran Sanedrín a los principales líderes del judaísmo francés, les devolvió todos sus derechos civiles y religiosos y les permitió reabrir sus sinagogas. Los súbditos debieron adoptar sus nombres al oficializar sus Kinumas. El 80% de los judíos franceses que hasta entonces se llamaban Levy o Neftalí, emigraron a Alsacia y adoptaron nombres o sufijos como Epstein, Mayer, Vaill, Villard, Shauss, Kohn, -trier, (sufijo) Neftalí, Dreyfus, (este último proviene del vocablo Drey fuss que significa tres pies) 

Habría que ver en qué medida, la violencia y el desgarro que significó entonces para cada judío la renuncia a su individualidad y la abjuración de sus raíces para poder continuar existiendo bajo una identidad artificial e impuesta, ha quedado grabada en su ADN como huella indeleble hasta hoy y explicaría algunas de sus conductas vindicativas individuales o colectivas presentes. Yo pienso que algo así supera con creces los destrozos causados por las persecuciones, los continuos éxodos y finalmente, el exterminio del que fueron víctimas, porque cuando se padece como colectivo, el sufrimiento aporta una suerte de consuelo, pero el despojo de una herencia cultural, no por intangible menos poderosa va dirigida al centro mismo del ser. Es más oprobioso sobrevivir como renegado oculto. Preferible es morir como víctima identificada o anti-héroe con tu propio nombre. Por eso resulta casi inconcebible que hayan podido subsistir dignamente a una agresión semejante. Pero lo lograron, atravesando épocas y desafíos. Si pudiera hablar con Arlette Machado hoy, le preguntaría si no es posible aplicar el calificativo de “Épico” a esa sobrevivencia prodigiosa, bajo nombres sin raíces ni significado alguno, que se llevan encima como vergüenza y solo como certificado de vida. Pienso que quizás la única explicación a tal tipo de sobrevivencia para los judíos, la da su creencia en un compromiso místico con su Dios y una responsabilidad moral con su propio pueblo. 

 No desconozco ni niego que el actual exterminio perpetrado en Gaza por el Estado de Israel parece contradecir el significado espiritual que los judíos de han adjudicado a sí mismos como pueblo, en gran parte producto del aislamiento y la incomprensión en la que han vivido por siglos. Pero en este punto me parece casi obvio considerar la diferencia entre lo que se ha convertido en el Estado militarista y belicista de Israel y el pueblo judío. El uno no representa necesariamente al otro. En todo caso, este tema amerita una discusión mucho más profunda

domingo, 21 de septiembre de 2025

NUESTRO MAR

 

Playa de Morrocoy. Venezuela


Por pura casualidad comencé a leer un libro del escritor martiniqués Raphael Confiant (1951), titulado "
Adéle et la Pacotilleuse” (Mercvre de France, 2005) en momentos nuevamente históricos para el Caribe, cuando una flota de ocho barcos de guerra, treinta helicópteros y alrededor de cuatro mil marines en total, pertenecientes a las fuerzas armadas norteamericanas, se despliega frente a las costas de Venezuela, con el propósito (al menos el declarado) de combatir por medios bélicos el narcotráfico en la zona e impedir su arribo a las costas estadounidenses.

La novela de Confiant relata las peripecias que le ocurren en pleno siglo XVI, al detective privado Henry de Montaige durante su investigación del paradero de la hija de Víctor Hugo, encargo que le ha sido confiado nada menos que por el mismísimo poeta en persona; y que se desarrolla en un periplo que comienza en Canadá, prosigue por Carolina del Sur y tiene su punto culminante en las islas del Caribe, entre Granada, Barbados y Martinica, mientras la señorita Adéle Hugo, presa de su pasión amorosa  y sin sospechar que su padre la busca, persigue a su vez al teniente de la Armada Británica Albert Pinson, de quien se ha enamorado y con quien según ella, se ha esposado; aunque en su aventura muchos llegan a considerarla una impostora y a creer que ha perdido la razón. Es precisamente en uno de los tantos infortunados episodios que le ocurren, que es rescatada de un intento de violación en el puerto de Barbados, por la pacotilleuse Céline Álvarez Baa, orgullosa descendiente de padre guineano, abuela andaluza y madre cubana.  A partir de ese momento, la suerte de Adéle Hugo y la de Céline se imbrican en lo que parece ser un dictado sometido a la voluntad de las potencias espirituales tainas, caribes e incluso hindúes y africanas que componen el abigarrado mosaico de culturas y creencias que pueblan nuestro mar interno, su geografía y su historia.

La pacotilleuse (vendedora ambulante de mercancía que se desplaza entre las  islas de las Antillas menores en frágiles pero veloces embarcaciones) nos previene del error de imaginar que el Caribe se reduce solo al archipiélago que se abre a medida que nos aproximamos al Golfo de México, dibujando la ruta de los “Hurakanes” (nombre otorgado a la cólera del antiguo Dios caribe “Hurakan” hoy en día olvidado) No, pues el Caribe abarca un vasto tramo de tierra firme que va desde Cayena, remonta hasta el Lago de Maracaibo, pasando por Georgetown antes de alcanzar Cartagena de Indias. En el siglo XVI, en que las potencias coloniales europeas se disputaban la posesión de las riquezas que Cristóbal Colón había descrito a los Reyes Católicos, el Mar Caribe o Mar de las Antillas, era el escenario de batallas navales entre bandidos, filibusteros, buscadores de esmeraldas, réprobos y convictos en fuga, escenario frente al cual la saga «Piratas del Caribe” (que, por cierto, me encanta) no es más que una graciosa anécdota. En aquel entonces las pacotilleuses preferían evitar tales riesgos y abordar Panamá tomando la ruta de la Florida, continuar hasta Nueva Orleans y descender hasta Yucatán desde donde podían alcanzar el canal que había construido Ferdinand de Lesseps. Para ellas, como para todo el comercio antillano, el tiempo era una entidad carente de sentido, “algo” sometido al humor de los vientos, al estado de las embarcaciones, a la llegada de la mercancía de Europa y de Estados Unidos y muy raramente, del Levante o de la Extrema Asia. La ciencia política no se había inventado y la geopolítica la dictaba el poder económico y militar de las potencias europeas, pero aun ellas estaban sometidas en ultima instancia, a los designios ignotos de los dioses tainos, africanos y caribes de poderes insospechados, que habitaban los espíritus de sus habitantes. En todo caso, el mapa dibujado por las pacotilleuses, construido sobre la urgencia del día a día y la ausencia de una certitud del mañana, se batía en el mismo combate de poderes, en un espacio donde el telón de fondo es la aventura y el riesgo renovado de perderlo todo en un instante.

Han pasado cuatro siglos desde que España perdiera su control sobre el Caribe y Francia, Inglaterra y Holanda tomaran posesión de ese archipiélago que convive y comparte su suerte con la bomba de tiempo en la que se ha convertido Venezuela desde hace unos días. Guadalupe y Martinica, territorios de ultramar franceses, están siendo patrullados en apoyo a las operaciones militares de vigilancia del tráfico de drogas en la zona, y otros países, desde Trinidad y Guyana hasta Puerto Rico, han declarado su intención de participar en las operaciones. Cuando escribo esto, hace unas horas se acaba de producir un nuevo bombardeo de una embarcación sospechosa de transportar droga. La ciencia política ha avanzado, pero más allá del secreto, lo imponderable sigue reinando sobre los cálculos. Quizás el dios Hurakan este aguardando el momento de desatar su cólera telúrica y cambiar el curso de los acontecimientos.

martes, 2 de septiembre de 2025

ALEGORÍA DEL MIEDO

 

René Magritte. Le faux miroir. 1929

En su novela «Ensayo sobre la ceguera», al interior del asilo de alienados donde han confinado en cuarentena a los ciegos, Saramago (1) pone en boca de un anciano que solo cuenta con un ojo, las siguientes palabras:

Lo último que vi fue un cuadro. Un cuadro -repite el anciano de la banda negra- y dónde estaba. Yo había ido al museo, y había un campo de trigo y había cuervos y cipreses y un sol que parecía formado con partes de otros soles. Debe haber sido pintado por un holandés. Creo que sí, pero había también un perro que se hundía, el pobre ya estaba medio enterrado. En cuanto a éste, no pudo haber sido pintado sino por un español, nadie antes que él había pintado un perro como ese y nadie después de él se ha aventurado tanto. Probablemente, y había una carreta cargada de heno tirada por caballos que atravesaban un rio. Con una casa a la izquierda. Si, entonces es de un inglés. Podría ser, pero no lo creo, pues había también una mujer con un niño en brazos. Mujeres con niños no faltan en la pintura. Es verdad, ya lo había notado. Lo que no comprendo es como pintores tan diferentes y pinturas tan diferentes podrían encontrarse en un solo cuadro. Había hombres que comían. Hay tantos comensales en la historia del arte que es imposible saber con esa sola indicación, quien comía. Los hombres eran trece. Ah, entonces es fácil, continúe. Había también una mujer desnuda de rubia cabellera dentro de una concha que flotaba en el mar y muchas flores alrededor. Italiano, sin duda. Y una batalla. Es como las comidas y las mujeres con niños en brazos, no basta para saber quién es el pintor. Con los muertos y los heridos. Es natural, tarde o temprano todos los niños mueren y los soldados también. Y un caballo aterrorizado. Con ojos que se salían de sus órbitas. Exactamente. Los caballos son así. Y cuales otros cuadros había dentro de su cuadro. No tuve tiempo de descubrirlo. Me volví ciego precisamente en el instante en que miraba al caballo.

En esta novela exhaustivamente celebrada y analizada, el extraordinario acontecimiento que se cierne sobre los habitantes de un país anónimo, la sirve de pretexto a Saramago para elaborar una profunda alegoría sobre el miedo, una alegoría que puede abrirse a otros caminos y uno de ellos es la dimensión del tiempo. En este caso es una epidemia de ceguera, pero podría ser cualquier otra plaga cuyas constantes se reproduzcan en otro tiempo histórico, la que confine a los hombres dentro de sus más recónditos terrores atávicos y se convierta en una amenaza que los hombres no quieren “ver” y menos reconocer. En su confinamiento, los aquejados del “mal blanco” deben aprender a vivir sin tiempo, porque éste ha perdido toda significación para ellos. Ha sido así con todos los flagelos que han aterrorizado al hombre a lo largo de su historia. Lo leímos en el recuento terrible de Camus en “La Peste”, lo hemos leído en los relatos de la llamada gripe española, lo vivimos en la última pandemia decretada, de un origen tan oscuro como el de la ceguera colectiva de la novela de Saramago. La lección es la misma: El miedo nos enceguece; pero “ya estábamos ciegos antes que nos atacara la ceguera” como dice uno de los confinados. “Y el miedo hará que continuemos ciegos después”


(1)   José Saramago:  L’aveuglement” . Editions du Seuil. Fev. 1997