domingo, 21 de septiembre de 2025

NUESTRO MAR

 

Playa de Morrocoy. Venezuela


Por pura casualidad comencé a leer un libro del escritor martiniqués Raphael Confiant (1951), titulado "
Adéle et la Pacotilleuse” (Mercvre de France, 2005) en momentos nuevamente históricos para el Caribe, cuando una flota de ocho barcos de guerra, treinta helicópteros y alrededor de cuatro mil marines en total, pertenecientes a las fuerzas armadas norteamericanas, se despliega frente a las costas de Venezuela, con el propósito (al menos el declarado) de combatir por medios bélicos el narcotráfico en la zona e impedir su arribo a las costas estadounidenses.

La novela de Confiant relata las peripecias que le ocurren en pleno siglo XVI, al detective privado Henry de Montaige durante su investigación del paradero de la hija de Víctor Hugo, encargo que le ha sido confiado nada menos que por el mismísimo poeta en persona; y que se desarrolla en un periplo que comienza en Canadá, prosigue por Carolina del Sur y tiene su punto culminante en las islas del Caribe, entre Granada, Barbados y Martinica, mientras la señorita Adéle Hugo, presa de su pasión amorosa  y sin sospechar que su padre la busca, persigue a su vez al teniente de la Armada Británica Albert Pinson, de quien se ha enamorado y con quien según ella, se ha esposado; aunque en su aventura muchos llegan a considerarla una impostora y a creer que ha perdido la razón. Es precisamente en uno de los tantos infortunados episodios que le ocurren, que es rescatada de un intento de violación en el puerto de Barbados, por la pacotilleuse Céline Álvarez Baa, orgullosa descendiente de padre guineano, abuela andaluza y madre cubana.  A partir de ese momento, la suerte de Adéle Hugo y la de Céline se imbrican en lo que parece ser un dictado sometido a la voluntad de las potencias espirituales tainas, caribes e incluso hindúes y africanas que componen el abigarrado mosaico de culturas y creencias que pueblan nuestro mar interno, su geografía y su historia.

La pacotilleuse (vendedora ambulante de mercancía que se desplaza entre las  islas de las Antillas menores en frágiles pero veloces embarcaciones) nos previene del error de imaginar que el Caribe se reduce solo al archipiélago que se abre a medida que nos aproximamos al Golfo de México, dibujando la ruta de los “Hurakanes” (nombre otorgado a la cólera del antiguo Dios caribe “Hurakan” hoy en día olvidado) No, pues el Caribe abarca un vasto tramo de tierra firme que va desde Cayena, remonta hasta el Lago de Maracaibo, pasando por Georgetown antes de alcanzar Cartagena de Indias. En el siglo XVI, en que las potencias coloniales europeas se disputaban la posesión de las riquezas que Cristóbal Colón había descrito a los Reyes Católicos, el Mar Caribe o Mar de las Antillas, era el escenario de batallas navales entre bandidos, filibusteros, buscadores de esmeraldas, réprobos y convictos en fuga, escenario frente al cual la saga «Piratas del Caribe” (que, por cierto, me encanta) no es más que una graciosa anécdota. En aquel entonces las pacotilleuses preferían evitar tales riesgos y abordar Panamá tomando la ruta de la Florida, continuar hasta Nueva Orleans y descender hasta Yucatán desde donde podían alcanzar el canal que había construido Ferdinand de Lesseps. Para ellas, como para todo el comercio antillano, el tiempo era una entidad carente de sentido, “algo” sometido al humor de los vientos, al estado de las embarcaciones, a la llegada de la mercancía de Europa y de Estados Unidos y muy raramente, del Levante o de la Extrema Asia. La ciencia política no se había inventado y la geopolítica la dictaba el poder económico y militar de las potencias europeas, pero aun ellas estaban sometidas en ultima instancia, a los designios ignotos de los dioses tainos, africanos y caribes de poderes insospechados, que habitaban los espíritus de sus habitantes. En todo caso, el mapa dibujado por las pacotilleuses, construido sobre la urgencia del día a día y la ausencia de una certitud del mañana, se batía en el mismo combate de poderes, en un espacio donde el telón de fondo es la aventura y el riesgo renovado de perderlo todo en un instante.

Han pasado cuatro siglos desde que España perdiera su control sobre el Caribe y Francia, Inglaterra y Holanda tomaran posesión de ese archipiélago que convive y comparte su suerte con la bomba de tiempo en la que se ha convertido Venezuela desde hace unos días. Guadalupe y Martinica, territorios de ultramar franceses, están siendo patrullados en apoyo a las operaciones militares de vigilancia del tráfico de drogas en la zona, y otros países, desde Trinidad y Guyana hasta Puerto Rico, han declarado su intención de participar en las operaciones. Cuando escribo esto, hace unas horas se acaba de producir un nuevo bombardeo de una embarcación sospechosa de transportar droga. La ciencia política ha avanzado, pero más allá del secreto, lo imponderable sigue reinando sobre los cálculos. Quizás el dios Hurakan este aguardando el momento de desatar su cólera telúrica y cambiar el curso de los acontecimientos.

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