Karl Marx y
Federico Engels afirmaron en el siglo XIX, en la primera frase del “Manifiesto Comunista”: que “un fantasma recorre el mundo” refiriéndose a la inevitabilidad de la llegada
del comunismo.
Doscientos y
tantos años después, ese fantasma se ha transformado
en un velo, en un turbante, en una media luna. En fin, en todos los símbolos
que identifican al islam.
Ya ha cubierto
más de la mitad del mundo y no viene solo, integra la alianza más estrambótica del
mas inconcebible pacto de intereses que hace apenas medio siglo hubiéramos considerado
“contra-natura”. Es como si todas las fuerzas del Mal hubieran al fin
encontrado una estrategia común, ya que todas por separado coinciden en el
mismo objetivo: destruir la humanidad. Solo les faltaba un método compatible y “unitario”
y la era informática se los sirvió en bandeja de oro. El fin justifica los medios y he ahí que tanto
la llamada Izquierda Radical, como las fuerzas más reaccionarias de la
ultra-derecha se equiparan en sus prácticas de odio y aniquilación de sus
enemigos y en eso coinciden con los ejércitos del islam radical (*) y con todos
los grupúsculos extremistas que azotan al Oriente Próximo con sus continuas
guerras que parecen destinadas a revivir la consigna bíblica de “no dejar
piedra sobre piedra”. Entre estos dos
extremos prolifera una gama compleja e intrincada de movimientos más o menos
visibles o abiertamente clandestinos operando en la oscuridad, pero con
ingentes recursos económicos y materiales, al servicio de quienes ofrecen públicamente
al mundo la “cara” del poder, aunque no lo detecten por completo. Solo lo hacen para el público de galería.
Como
Trump, por ejemplo, quien avanza a toda velocidad hacia el totalitarismo y el
desencadenamiento de una guerra civil en su propio país, sin poder evitar que se sospeche que sus acciones erráticas y contradictorias obedecen en realidad a conflictos más o
menos graves entre quienes lo manejan como marioneta y sus propios caprichos
personales.
La argamasa que une este espectro
aparentemente contradictorio de intereses de poder la ofrece la era numérica
en la que vivimos, destinada a avanzar ininterrumpidamente en su objetivo de
dominar por completo el cerebro humano hasta convertirlo en el apéndice de una máquina.
O, mejor dicho, de “La Máquina” que totalmente autónoma, habiéndose independizado
del control humano, se gobernará a sí misma y solo obedecerá a sus propios
deseos y decisiones.
Ese futuro ya
nos alcanzó, pero nunca deja de valer la pena seguir las pistas del pasado y
buscar allí el origen de lo que el “Mal” se empeña en destruir, para al menos
comenzar a entender su plan y su propósito.
La humanidad
hasta ahora ha venido avanzando apoyada en su pasado, aunque se diga de ella que
no termina de aprender sus lecciones y se sigue tropezando continuamente con la
misma piedra. A pesar de ello, no puede negarse que allí, en el pasado, se
encuentran las raíces de lo que llamamos propiamente “humano” y de que esas raíces
ancestrales continúan poseyendo una poderosa fuerza aglutinante y salvadora para
numerosos contingentes humanos. La humanidad en masa necesita regresar a sus
fuentes consideradas sagradas e inclinarse ante ellas. Todas las culturas del
planeta poseen ese punto en común. Pero para transmitir el Saber y alcanzar la Luz es necesario que desde dentro de la masa humana surjan líderes espirituales,
Seres Superiores destinados a iluminar las consciencias de sus semejantes, no salvándolos,
pero si ayudándolos a salvarse a si mismos.
No es necesario citarlos ya que ellos están ahora mismo en las mentes de
todos nosotros. Pero el Mal no cesa de
perseguir su objetivo.
Al pretender destruir
el culto a los ancestros, al intentar romper la unión entre el cielo y la
tierra, al tratar de imponer la locura de los humanos en detrimento de la
coherencia de los dioses, los monoteístas terminaron creando un engendro alimentado
de fanatismo, en nombre de la paz y del amor. Los verdaderos grandes hombres,
los constructores de las pirámides en Guiza, Teotihuacán, Chichén-Itzá y otros
monumentos sagrados esparcidos por el mundo, los Hacedores de Luz, han desaparecido.
No restan
sino pocos hombres, pequeños seres imbuidos
de poderes gigantescos, a la vez manipuladores y manipulados. Y la explosión demográfica,
cáncer de la humanidad, los aprovisiona de un numero exponencial de clientes,
idiotizados por tecnologías sofisticadas que no excluyen a nadie.
Los
desaparecidos Seres Superiores encarnaron otra visión de la vida y tomaron
caminos prohibidos. Ya no queda ninguno.
Y con su desaparición se ha cerrado una página de la historia de la humanidad.
La idea de progreso infinito reemplazará al Gran Espíritu y las generaciones
sucesivas no podrán cambiar nada. La Máquina dictará sus órdenes a millardos de seres incapaces de rebelarse.
La tradición trasmitida
durante cinco milenios por los Seres Superiores se fundamenta en la Verdad
contenida en el Secreto Alquímico, la Ciencia
Gaya, que permite obtener la Piedra Filosofal, la Gran Obra destinada a
re-ligar la materia con su origen divino.
Hacia 1439, Guido de
Pietro, mejor conocido como Fray Angélico “el hermano angelical” y guía espiritual
de una pequeña comunidad de frailes dominicos, creó en el Convento de San
Marcos en Florencia, un taller de arte donde sus discípulos aprendían dibujo y
pintura. Los manuscritos iluminados, obras perfectas, ocupan hoy el claustro,
el refectorio, el hospicio y las celdas de los monjes. Todos los espacios de este
convento tan particular están cubiertos de pinturas. Temas religiosos, ciertamente, pero tratados
de una manera sorprendente, tal como “Cristo deriso” (Cristo insultado) donde Jesús
aparece con los ojos vendados, como un adepto de los Misterios Ancestrales,
antes de recibir la Iniciación a la Luz. Y en medio de todo, ese oro brillando
en todos los frescos y pinturas, ese oro de las pinturas de Fray Angélico realizadas
con oro alquímico.
Hago alusión a
este hecho aparentemente lejano al tema, no porque me haga ilusiones. Estoy
persuadida de que esta humanidad va camino a su destrucción y que las fuerzas
del Mal pueden anotarse este tanto; pero sigo igualmente convencida de que la
eternidad existe. Aunque Einstein afirmara que entre dos cosas infinitas: la
estupidez humana y el Universo, no estaba tan seguro de esta última, quiero
creer en la eternidad inconmensurable de la Unidad que este planeta comparte con
el Universo y que el Misterio del origen le fue revelado a los antiguos sabios
y sabias de la Antigüedad, y que a la cabeza de todos ellos se encontraban los
Maestros de la Ciencia Gaya, o la Gaya Ciencia. La Alquimia. Fray Angélico entre ellos.
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(*) Mi hija
Cristina opina que no hay tal diferencia entre un islamismo moderado y uno radical
(en el sentido de intolerancia y fanatismo) ya que todo el islam es radical
desde su raíz. Considero que tiene absoluta razón, en tanto religión monoteísta.