Esa mañana como de costumbre, dio una ojeada a las primeras planas de los diarios desplegados ante él para leerse una vez más a sí mismo, citado o referido por otros, tarea que habitualmente le llevaba una hora o máximo dos, cuando le asaltó una sensación extraña: “algo” difuso, no inmediatamente percibido, pero indudablemente presente, flotaba en la primera página de ese diario. Sacudió la cabeza algo incrédulo, pero el instinto de conservación (del poder) lo hizo buscar los otros diarios que permanecían apilados debajo del primero. A la primera rápida lectura, aquella sensación se hizo más fuerte, aunque todavía imprecisa y borrosa, como un pensamiento que no ha llegado a tomar forma. Presintió que era una jugarreta de su mente, algo abotagada todavía por el somnífero que lo había ayudado a conciliar el sueño la noche anterior, pero ese presentimiento en vez de aliviarlo, lo perturbó un poco más. Trató de tranquilizarse y volvió a revisar con mayor detenimiento la primera plana del primer diario que había escogido. (Se los colocaban en orden de importancia; en dos columnas: una de la prensa de oposición, otra con la prensa pagada por ellos). Por años había desechado la primera columna, a veces ni siquiera le echaba un vistazo; pero recurría con auténtico frenesí a la segunda, donde le esperaba la lectura de sus propias palabras, pronunciadas en cuanto foro se hubiera dispuesto para él en cualquier parte del mundo; y para mayor ventaja, sin las deformaciones de sentido que le imponía la prensa de oposición, para la cual todo cuanto a él le parecía justísimo y del carajo, eran “imprecaciones” “insultos” “amenazas” “mentiras” “manipulaciones”; o “chantajes”. “Pendejos”, -se decía-, “lo que los tengo es locos”. Pero cuando acudía a su prensa pagada sus ocurrencias, impresas sobre el papel, adquirían como un halo de eternidad y trascendencia, (al menos así le parecía a él) y le producían un regocijo casi orgásmico ¡cómo se celebraba a sí mismo cada vez que se leía! Era una delicia incomparable el solaz que le producía verse y releerse en sus folletines pagados. Aquello no tenía comparación con ningún otro alivio momentáneo, de ninguna otra naturaleza.
En fin, cuando revisó lo más concienzudamente que pudo el diario escogido, lo que había presentido se le hizo ya evidente: no se le nombraba. Ni una sola vez. Le comenzó un preocupante dolorcito de barriga, primeros indicios de una sensaciòn ya experimentada en "corridas" anteriores, pero se aguantó lo mejor que pudo. Para seguir espantando fantasmas del pasado, abrió el diario sólo para constatar en sus páginas interiores, la verdad que ahora tenía ante sus ojos. Ni una sola vez se le mencionaba, bajo ninguna circunstancia o pretexto, ni siquiera de forma indirecta o bajo un pseudónimo. Lo mismo ocurrió con el resto de los diarios esparcidos por todo el despacho. En cuanto a la columna de los diarios pagados por él, naturalmente (¿o sería mejor decir: anti-naturalmente?); continuaban plagados de loas y alabanzas a su persona y a cada uno de sus actos. Pero ni eso pudo atenuar los retorcijones de tripas que cada vez eran más "sonoros"
Para ahuyentar malos presentimientos, encendió el televisor, que siempre estaba sintonizado en alguno de sus canales oficiales. Su imagen apareció de inmediato, y permaneció allí casi toda la mañana, reproducida no sólo en sus declaraciones del día anterior, sino en micros repetidos y alternados cada 20-30 minutos, que machacaban su ya larga trayectoria verborreica, donde podía contemplarse y escucharse a sí mismo en intervenciones públicas en las cuales irrespetaba, insultaba, amenazaba y mentía en un esfuerzo no comprendido por algunos y mal interpretado por la oposición, por liberar al país de las garras de sus enemigos externos e internos. En esas alocuciones podìa verse soñando despierto, que no otra cosa habían sido sus proyectos que exponía sin ruborizarse: obras futuristas de dimensiones tan descomunales que la pequeñez mental de quienes le escuchaban no alcanzaba ni a vislumbrar. Narcisista y resentido a la vez, obsesionado por conservar el poder (pero solo para encaminar a su pueblo, que por cierto, era él mismo, todo en un ser indivisible, hacia la suprema felicidad), o lo que es lo mismo, hacia un estado donde las posesiones materiales serían objeto de desprecio y donde, a cambio de ese supuesto sacrificio, las penurias y la pobreza lo conducirían al umbral de la santidad, todo gracias a Él, el único capaz de concebir tan glorioso estado de dicha para todos, sin discriminaciones.
Supo que permaneció allí, en la pantalla del televisor, toda la mañana, porque entre interrupciones, mensajes, órdenes y llamadas telefónicas, se volvía de tanto en tanto a constatarse, atento al primer resbalón del canal, no fuera a sumarse a la primera pedida, a la conspiración que intuía pero no acababa de confirmarle ninguno de sus ineptos servicios de ique inteligencia. Por supuesto, antes de que la sospecha se transformara en terror irresistible, se cuidó de sintonizar todos los canales de TV y radio que aún transmitían de forma supuestamente independiente. La situación se repetía idénticamente exacta: en ninguno de ellos se mencionaba ni por descuido, su nombre, ni eran citadas sus palabras, ni se mencionaba remota, directa ni indirectamente, nada de lo “obrado” por él. El pánico ya comenzaba a manifestarse de modo incontrolable, por lo que tuvo que acudir a sus estancias privadas para deshacerse de la incomodidad, aunque la sensaciòn indescriptible de estar -ahora sí- al borde del precipicio, no se calmaba con nada.
La reacción tardó en llegar, pero fue como el arribo de una gigantesca ola que se ha avistado desde lejos, desde temprano y desde arriba, es decir: arrolladora e imponente. Era, más que real, verdadero. Estaba hecho. Al fin la población había logrado conjurar la raíz del mal, bajo un axioma simplísimo: Si lo que no se nombra no existe, mejor todavía: Si se debe nombrar las cosas para que las cosas sean, luego para eliminar simbólicamente su "estar" en el mundo, bastaba con dejar de nombrarlo.
Lo más impresionante fue la rapidez con que la población toda entendió la seña: no fue necesario explicar la estratagema: a partir de ese día las conversaciones, los diálogos y en fin, la comunicación entre unos y otros se enriqueció con fórmulas imaginativas, ocurrencias instantáneas, demostraciones de ingenio y velocidad mental que facilitaron la que al principio pareció cíclopea tarea de no pronunciar su nombre ni aludir a sus “obras”. Más pronto que tarde consiguieron llegar a la indiferencia, y un grado después, al olvido. Y de ahí a la desintegración de la imagen y de la figura, no hubo sino que esperar el desenlace inevitable de los acontecimientos.
En cuanto al personaje de carne y hueso y sus ejecutorias, el terror lo confinó a sus aposentos, de los que casi nunca se atrevía a salir. En su ausencia los que no huyeron, sus ministros y aplaudidores muy bien pagados, se encargaron de la represión, persecución y cárcel a los autores del complot; practicaron a sus anchas más violaciones a la ley, más expropiaciones, confiscaciones, prohibiciones, ejecuciones “sumarias”, amedrentamiento y todo lo que suele hacerse en estos casos. Pero nada pudo evitar lo que venía. Lenta y silenciosamente, hasta sus aliados más insobornables y sumisos sintieron los efectos del prodigio que estaba ocurriendo, un milagro que maravillaba al mundo entero cuando todas las esperanzas se creían perdidas. Fue como si, en un acuerdo tácito, la tecla Delete de un ordenador imaginario, presionada colectiva y nacionalmente, rectificara poco a poco los errores cometidos por muy gigantescos que hubieran sido.
Poco a poco todos notaron que su imagen, reproducida miles de millones de veces por todos los medios, se iba destiñendo, perdiendo contornos y tornándose cada día más amarillenta y borrosa. Al tiempo que esto ocurría, se producía la gran estampida; El primero enechá a corré fue por supuesto, Él, pero fue atajado a tiempo y enjuiciado justamente;los que no alcanzaron a huir fueron entregados a una nueva justicia,pero la gran mayoría fue sustituida por técnicos y gerentes. La conducción del país quedó en manos de un equipo ejecutivo y la figura presidencial fue despojada de todo privilegio, preponderancia y pompa. Las decisiones eran tomadas en forma conjunta y sólo se consultaba ocasionalmente a los asesores más calificados. Los demás poderes constituidos ejercían sin cortapisas sus funciones y eran consultados solo en caso de extrema importancia nacional. Comenzó a desaparecer la especie conocida como político y ese vocablo por mucho tiempo se pronunció como mala palabra, hasta que con el correr de los siglos recuperó su prestigio.
jueves, 28 de enero de 2010
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Ojala esa fantasia se convirtiese en realidad... Me gusta la idea de borrar al malhechor con silencio e indiferencia. Un pais entero que ignora al todopoderoso que arruina sus vidas a diario, hasta hacerlo desaparecer. Deberias enviarle tu "fantasia en un solo acto" a todos los venezolanos del mundo, para ver si la idea funciona.
ResponderEliminarQué buena tu historia mama! Me gusto mucho!
Chamita, digo lo mismo que Natalia...Gracias a dios soñar es gratis. Te quedó buenísimo. Marian
ResponderEliminarGracias, me alegra que les haya gustado, pareciera posible para alguien cuyo alimento basico es el "EGO" ...quizas habria que inventar algo que no sea un golpe de Estado, ni mediatico, ni "institucional" _como decimos en Vzla_; sino "golpes al Ego Mayor"?
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