martes, 23 de abril de 2024

ASESINATOS, S.L

Paul Klee. Magia de los peces


ASESINATOS, S.L 

                                                                                                                Maria E. Sánchez 
                                                                 Limoges, febrero 11, 2024


 “Lo que hay de terrible en la muerte, no es el número, sino la calidad de sus víctimas. La muerte de un Sócrates es un crimen infinitamente más grande contra la Humanidad, que las masacres que cometieron las innumerables y salvajes hordas de Gengis Khan que se desencadenaron en Asia”  
                                                                         Ivan Dragomiloff


 ¿Puede un hombre considerarse inocente de haber cometido no uno, sino múltiples asesinatos, debido a que éstos se ajustan a Principios Morales que él mismo se ha dado? ¿Y si este hombre ha examinado el precepto “No matarás” sobre bases filosóficas más rigurosas que las de la religión, las creencias y los ideales teológicos, y se ha otorgado a sí mismo el papel de Salvador, para liberar a la sociedad de seres considerados, de acuerdo a tales bases, ¿“indeseables”? 

¿Y si, como resultado de esa reflexión, resultara que “filosóficamente” quedáramos exentos del cumplimiento de ese precepto, y, por lo tanto, el asesinato dejara de ser condenable, más bien por el contrario, se justificara sobre las bases de una moral personal que pretende el bien común? ¿Una moralidad que permitiera enjuiciar y perpetrar a la vez? 

He ahí el núcleo sobre el cual se desarrolla la impecable novela “The Assassination Bureau, Ltd” (Jack London, primera edición 1963)

Nada más ni nada menos que una mirada, por añadidura revestida de un fino sentido del humor, a los límites entre lo legal y lo ilegal, entre el “orden social” y la anarquía, entre el libre arbitrio y el pragmatismo social, entre otros. Una empresa cuyo objetivo es asesinar, concebida y dirigida por un filósofo anarquista ruso residente en New York, Serge Constantine, (Ivan Dragomiloff, para efectos criminales y encarnación en una cierta medida, del pensamiento de London, por otra parte) bajo una rígida ética “personal” y un código deontológico que le faculta, entre otras cosas, a “asesinar solo cuando el asesinato esta moralmente justificado para la sociedad” 

Una empresa que despliega sus actividades en la más absoluta ilegalidad pero fundamentada en el honor, y en principios respetados en primer lugar por el propio Dragomiloff, pero también por cada uno de los miembros “reclutados” como asesinos, en razón de cualidades personales previamente definidas y establecidas entre todos. Una “empresa” capitalista, de la cual al comienzo tendemos a comprender, aunque no justifiquemos, sus fines, si nos basamos en sus repercusiones. Se supone que ellos ejecutan una suerte de “profilaxis” social. En palabras de Dragomiloff, se trataría de eliminar (siempre bajo contrato previo del cliente) “un capitán de barco brutal, un usurero, un político corrupto” (lista que Dragominoff utiliza para ejemplificar el tipo de personajes a eliminar como parte de las pruebas “iniciáticas” que deben superar sus miembros para ser contratados). 

El golpe a la conciencia que significa enterarnos de que tal cosa pueda existir, que alguien se haya dado a si mismo los argumentos “morales” para atribuirse el papel de desembarazar a la sociedad, mediante el asesinato, de aquellos que ya han sido enjuiciados y condenados por él, nos sacude y nos deja estupefactos. Aunque todos tendamos, abierta o secretamente, a aprobar acciones punitivas dirigidas a hacer más viable la convivencia social, justificamos las cárceles, y el castigo siempre que se apliquen por los medios legales establecidos. El dilema entre la moral aristotélica y la razón Kantiana se nos abre de forma acuciante, intensificada por la acción  magníficamente tensada por London. 

Pero en el fondo, tal profilaxis no es realmente la que orienta las acciones de Asesinatos, S.L. Es simplemente el interés económico puro y duro, ya que entre sus víctimas hay tanto “culpables” como “inocentes”. La cuestión aquí es otra. Es el debate de los “Principios” de la Oficina de Asesinatos, al que se entregan ardorosamente sus miembros, cada vez más obsesionados por el cumplimiento de sus estrictas normas, en todo momento y bajo cualquier circunstancia, y siempre a la búsqueda de justificaciones filosóficas para sus actos.

En la novela de London, el hecho de que alguien pueda concebir una empresa cuyo objetivo es asesinar, y que encima, lo haga de manera económicamente exitosa, tiene una deriva inesperada donde se entrelazan la intriga, el suspenso y los eruditos debates filosóficos, políticos y sociológicos que surgen entre sus miembros, como si practicaran un continuo examen deontológico de su organización, bajo un delirante fanatismo moral, sin renunciar por ello a sus objetivos pragmáticos. 

Asesinatos, S.L ha reclutado científicos, investigadores, helenistas, hebraístas, ex catedráticos de eminentes universidades, expertos artesanos. Todos poseen un meritorio currículum que han abandonado para entregarse por entero a la organización, pero no solo eso, también son ejemplares padres de familia y miembros de su comunidad. El conflicto entre el cumplimiento de la que sería la última misión de la organización –eliminar a su creador, bajo sus propias ordenes y por encargo de un cliente que, en cierto modo, es la encarnación de los ideales socialistas del propio London- sin destruir por ello a la empresa, queda resuelto por determinación del propio Dragomiloff, al desaparecer él mismo, habiendo eliminado previamente a los demás miembros de la organización encargados de asesinarlo, asegurando con ello la vigencia de su pensamiento y los Principios morales que sirvieron de fundamento a la empresa.

En esta novela que dejó inconclusa, y fue terminada en 1963 por Robert L. Fish, siguiendo las anotaciones dejadas por London, éste logra, con una brillantez regocijante, poner de manifiesto esta contradicción, permitiendo el afloramiento del absurdo, en ocasiones, pero también por momentos, dejándonos asomar a la “nobleza” de los móviles y a la “integridad” personal de los asesinos. Como en un juego de espejos, todo tiene varias caras, y son estas múltiples facetas de lo que consideramos valores eternos o principios irreductibles, lo que London cuestiona sutilmente y nos deja entrever aunque no lo advirtamos, por el ritmo de suspenso e intriga que mantiene la historia a lo largo de todo su desarrollo. Intuimos, sin embargo, la presencia de una especie de materia inefable que permea las fronteras entre lo que concebimos como permitido y como prohibido socialmente, que se desliza entre los cánones que las sociedades se han dado a sí mismas para posibilitar una mínima convivencia entre  “lobos domesticados”, (que es en última instancia, lo que somos) y la imposibilidad aparente de constreñir el sinsentido, la sinrazón de la existencia, bajo la rigidez de unas normas que siempre terminarán por ser arbitrarias e injustas, vengan de donde vengan. Y todo ello hasta el punto de no saber si algo dentro de nosotros nos inclina a rechazar el “fanatismo moral” de Asesinatos, S.L y sus ejecutorias, a considerarlo verdaderamente “una locura” como se refiere a ella el joven Winter Hall, o a experimentar finalmente cierta empatía con su creador, Dragomiloff, el héroe por así decirlo, de la historia, sus ideas y hasta en cierto sentido, los nobles motivos que lo impulsan.

 Una magnfica obra de este autor prematuramente desaparecido, que ha dado origen a múltiples ensayos, estudios y debates filosóficos desde su aparición 

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