Hay veces en que lo que has imaginado se hace tangible. De joven adulta, empecé a idealizar cómo y dónde quería pasar mi vejez, y ocurrió que una vez, en Margarita, el hermano de Luis nos llevó a comer pescado frito en playa Manzanillo, donde nos presentó un pescador amigo suyo, que tenía su casa y su lancha al borde mismo del mar. Entiéndase: su casa no estaba en el pueblo, junto a las de los otros pescadores, ni su lancha junto a las demás lanchas, no. Su casa, de una sola pieza, estaba aislada de las otras, y se componía de un fogón, una mesa, varios chinchorros, algunos bancos y sillas extensibles, fotografías de playas en las paredes y una primorosa y amplia ventana que daba al horizonte, donde flambeaba una también primorosa cortina, delatando la intervención de una mano femenina en algún momento del proceso decorativo. A la hora del encuentro, el sol se ponía sobre la playa y el mar atravesaba por uno de esos momentos indescriptibles con palabras, porque ¿qué palabras existen para dar siquiera una somera idea de los colores de un atardecer en una playa margariteña? ¡Simplemente no existen!
El caso es
que mi entusiasmo por la vida de ese pescador, que luego entendí que era un
“navegao”, como llaman los isleños a los caraqueños que se han ido a vivir a
Margarita, un caraqueño o en todo caso, uno de tierra firme que lo había dejado
todo (no quise ni enterarme para no romper el hechizo, y preferí imaginar que
había sido un empleo, un carro, una quinta o un apartamento en alguna ciudad (y
también un tráfico, un estrés, una polución y un ruido horroroso) por aquella
casita, aquella playa y aquel pescado que pescaba él mismo, freía e invitaba a
otros a degustar con yuca o tostones, y cerveza. Mi entusiasmo fue tal que Luis se puso celoso, y los días
subsiguientes, por mucho que insistí, con la complicidad de Alfredo, para que
volviéramos a playa Manzanillo a comer pescado frito y a tomar cerveza helada, más
nunca volvimos. Lo que Luis no entendía es que ese señor no me interesaba en lo
más mínimo, lo que me entusiasmaba era el personaje. Es que él, un ser real,
encarnaba todo lo que yo había idealizado y discutido tantas veces con mis
amigas del trabajo, cuando nos echábamos unos palitos y nos poníamos ocurrentes
y soñadoras.
Hoy terminé
de leer uno de los relatos compilados en la antología dedicada a Georges Simenon
y su personaje estrella, le Commissaire
Maigret, donde me fue difícil elegir
cual me gusto más, porque soy apasionada del roman policier, y especialmente de Simenon. Y no sé si éste al cual
me voy a referir es el mejor, pero sí que encuadra con mis ideas. Se trata de
un caso que Maigret investiga, acuciado por un lema que lo obsesiona y que
puede traducirse un poco como “nunca asesines a quien no tiene nada” o “a
alguien sin importancia”. Es el crimen de un ser perfectamente anodino, un ser
gris y lastimosamente banal, de quien nadie pudiera imaginarse que un día fuera
asesinado premeditadamente. Maigret termina descubriendo al final que ese ser
tan oscuro e insignificante, gerenciaba admirablemente, sin levantar la más
mínima sospecha, cuatro vidas diferentes: en una era un empleado menor y
correcto, que vivía y mantenía a su familia con un salario mínimo, en otra, era
un amante y coleccionista de canarios, en otra era un pescador silencioso y en
otra tenía una amante tan insoportable como su propia esposa. El impepinable olfato de Maigret lo lleva a
desentrañar el misterio, como suele suceder con él, gracias a una frase
pronunciada al azar por su viuda “él no soportaba el ruido”
Huir del
ruido fue el impulso que movió todos sus pasos, el rector de toda su estrategia
de vida, porque la ilusión de pasar sus días pescando en solitario en el Sena, mientras
su familia lo suponía detrás de su escritorio en una oficina a la que no
asistía desde hacía siete años, para regresar a su refugio secreto donde lo
único que se escuchaba era el trinar de sus canarios, sentarse en un banco del
parque en compañía de su amante, a la que nunca invitó a bailar o a cenar,
regalar un par de costosos zarcillos de oro y granate a su hija mayor, o
comprarse los curiosos objetos que adornaban su escueta casa, como una
colección de novelas de aventuras lujosamente
encuadernada o una taza de colección,
esa vida, repito, que se regaló en secreto y en solitario, tuvo un solo
motivo y una sola razón de ser: el culto al silencio y el solaz de su propia
compañía, lejos del ruido. El epilogo
del relato no puede ser más fascinante y no por intuido, más inesperado: este
ser aparentemente inocuo y desapercibido, se había ganado tres millones de
francos hacia siete años en la lotería, que la policía descubrió enterrados en
su propia casa varios años después de su asesinato, que de paso, había sido
cometido por un ser tan banal como él y por un motivo tan fútil como el
despecho: quería vengarse de que su amigo había dejado de invitarlo a pescar
con él en el Sena, ni quería pagarle más sus tragos.
Hoy hace ya
por lo menos cuatro años que tengo plena consciencia de haber realizado mi
sueño, sólo que no como lo había imaginado, porque en el fondo, como el
personaje de Simenon, lo que he buscado siempre y he encontrado, ha sido una
cierta paz, un silencio acentuado por ciertos sonidos, como pudiera ser el
canto de unos canarios, valga la comparación. No estoy en una casita frente al mar, pero
estoy en un lugar que considero como mío. Tengo a la mano mis libros, mis
materiales de pintura, mis telas, mis cuadernos, mis objetos encontrados. Tengo
ropa adecuada para el invierno y para el resto de las estaciones, porque me
encuentro a salvo de la tiranía de la moda. Aprovecho lo aprovechable de la
tecnología para consultar a la ‘medio sé, medio no sé” como llama Héctor Abad Faciolince a
Wikipedia, para ver lo poco que me
interesa verdaderamente de Netflix, o cualquiera de ellas, tengo a la mano una biblioteca real, que me
acoge amigablemente y donde me puedo sentar a leer, pensar, imaginar y disfrutar
casi voluptuosamente de libros reales y tangibles, tengo una pequeña ciudad al
alcance de unos cuantos pasos, abastos donde nunca falta lo que deseo o
necesito, un cine-arte a donde puedo ir
caminando, que me ofrece una buena selección de los mejores films, pequeños
cafés y bistrós en los que a veces me detengo a tomar un café y hojear un
periódico o el libro que llevo conmigo, tengo bellas conversaciones con mis
hermanas y mis amigos (as); tengo a mis hijas menos lejos de mí de lo que
estaban antes, que era un océano de por medio. Y en fin no por ultimo menos importante,
tengo una suficiente provisión de buen vino y sublimes chocolates que me colman
de un placer que no me veo obligada a disfrutar en secreto, lejos de todos,
como el personaje de Simenon, sino mirando cara abierta al cielo que entra
generosamente cada día por mi ventana.


Bello. Asi llegamos a la tranquilidad y la paz que siempre quisimos. Me encantó. Abrazo
ResponderEliminarGracias, anónimo ! me encanta tu comentario y tambien me encantaria saber quien eres! puedes contactarme por messenger, si quieres. Abrazos
EliminarGenial tú escrito . La excusa perfecta para contar que estás feliz con la vida . Pero
ResponderEliminarMe quede pegada del señor de Margarita , cómo termina ? Abrazo
Gracias otra vez! Diste en el clavo, era lo que queria contar, jejeje.. lo feliz que estoy con mi presente, el mejor de los posibles. Y el final de la historia del "navegao" no la sé, muérete.. queda abierto a la imaginacion del lector....
EliminarHola. he leido tu Retiro tres veces y me has hecho viajar contigo y acompañarte un rato en tu rincon con tus libros y una copa de Merlot.
ResponderEliminarConozco esa sensacion maravillosa de la simplicidad de una casa cuadrada, un fogon, pescado fresco frito en cantidad y el que tenga hambre va comiendo del bandejon , una cerveza fria, una hamaca, el olor y el ruido de las olas a pocos pasos...
Confio plenemente en HUIR DEL RUIDO que cotidianamente me atormenta en esta ciudad y terminar frente al mar.
Ay hermana, pero si seré pendeja! no me habia dado cuenta que eras tú ! pero por qué te metiste a anónima si tambien me apareces con tu propio nombre?
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