A propósito
del extraordinario film «The Brutalist” que acabo de ver, y releyendo mis
propios textos sobre la obra del escritor norteamericano Eddy L. Harris, que publiqué
el año pasado, encuentro algunas confluencias con la critica que ha recibido la
película. Una de ellas nos dirige a un punto que me pareció una magistral síntesis
dramática de la historia: el hecho de que el arquitecto húngaro László Toth, el
personaje central, exorciza en la realización de su obra de estilo brutalista que un tiempo después de su
llegada a Estados Unidos le encomienda el riquísimo empresario Harrison Van
Buren (el diseño y construcción de un gigantesco centro cultural) el trauma
vivido durante su permanencia en el campo de concentración de Buchenwald,
convirtiendo su propio infierno en una exaltación al poder y la fuerza del espíritu
humano, para sobreponerse a sus demonios, de lo cual él mismo es un ejemplo. Poner el acento de la crítica (o al menos uno
de ellos) en este hecho, me conduce inevitablemente a la ”narrativa” de Eddy L.
Harris, porque encuentro un paralelo entre ambas experiencias, -aunque László
Toth es un personaje de ficción y Eddy Harris cuenta su propia historia- lo
cierto es que ambos se enfrentan al mismo monstruo. En el caso de László, su
obra arquitectónica sobrevive al oprobio de su sujeción forzada al poder económico
de Van Buren, entre quienes se ha establecido una relación de amo-esclavo, de
dominante-dominado, no forzosamente debido a sus propias voluntades, (por
momentos parecen tenerse un afecto sincero) sino más bien arrastrados ambos por
la situación imperante, es decir, por la propia Norteamérica de la época “máquina
de moler que se nutre de una inmigración que ella exprime hasta la medula antes
de arrojarla como un deshecho”. La
fuerza de su sujeción se acrecienta hasta convertir a László en la oveja
sacrificada de una farsa trágica, ya que Van Buren ha construido su fortuna
sobre el acero utilizado para el material de guerra enviado a Europa.
En el caso de
Eddy Harris, su victoria final es una acumulación de pequeñas victorias sucesivas
y en escalada, acumuladas con tesón y consciencia de la importancia de defender
y mantener la integridad de su ser. Hechos como asistir a una función de ópera,
tomarse un café en la terraza de un restaurant, escalar una montaña, jugar al
tenis, practicar el Kayak en el rio Mississippi, pero sobre todo y
fundamentalmente, convertirse en escritor, considerados como logros para un
negro norteamericano, son los mismos que para un europeo sería inconcebible
considerar como triunfos. Porque Eddy
Harris, siendo negro, fue venciendo uno a uno obstáculos y prejuicios que, desde
una óptica externa, son vergonzosos para cualquier país, pero cuando se trata
de la primera nación del mundo, se convierten en un crimen de lesa humanidad,
un oprobio, una mancha imposible de borrar en su historia. En ambos casos, para László y para Harris, (uno
judío, el otro negro) discriminados y perseguidos por la historia hasta
pretender su exterminio total, se trata de pelear desde dentro de las entrañas
mismas del monstruo, y vencerlo con sus propias armas. Porque el monstruo es
ambivalente: ofrece la oportunidad en una mano y la posible auto-destrucción en
la otra, y frente a la “posibilidad” de triunfar, es válida cualquier apuesta,
cualquier sacrificio, cualquier inmolación. Esa es la verdadera realidad que
esconde la gran nación en su más profundo interior. Para László y todos los
emigrados judíos al finalizar la guerra, Norteamérica representaba no solo la nación
que al frente de las fuerzas aliadas les había devuelto su libertad, sino la
Libertad misma. László y todos ellos iban al encuentro, a verle el rostro, a
conocer en persona de qué estaba hecho el sueño
americano. Más tarde para László las ilusiones se han traducido en una
frase “América no tiene nada que ver con el cuerno de la abundancia. Uno la
tolera, simplemente”
Harris lo
cuestiona todo: desde el origen de la
historia que Norteamérica se ha contado a sí misma, “una nación sin historia ni
tradiciones propias”, hasta la posibilidad misma de que sea capaz de superar su
peor tara: el racismo que impregna la sociedad transversal y longitudinalmente,
profundamente arraigada en su naturaleza y en sus raíces como nación.
“The
Brutalist” ha sido saludado, además de todos sus otros indudables méritos, por
su oportunidad. Por aparecer en un momento “bisagra” signado por dos
importantes turbulencias, a saber: la segunda administración Trump, con su
carga de promesas improbables e imprevisibles, que intentan imponer al mundo
sus valores personales neoliberales y la de la propia industria cinematográfica
norteamericana, que atraviesa por una frágil convalecencia, que algunos
atribuyen al efecto triple post-Covid, la hegemonía de los blackbusters y el desistimiento de los espectadores.
Aunque todo
lo anterior puede ser constatable, no soy de la misma opinión, quizás porque
para mí (y espero que también para una buena parte de la población mundial) es
inconcebible la existencia sin la magia del cine.


Muy acertado, querida. Yo tampoco podría vivir sin cine, por cierto.
ResponderEliminarAbsolutamente.. coincido contigo. Sin embargo hay gente que si puede y confieso que no lo comprendo...
EliminarEl cine es la pantalla de los sueños
ResponderEliminarAsi es, Bea. No por nada a Hollywood lo llamaban "la fábrica de sueños" . Afortunadamente esa fábrica se ha expandido por el mundo entero
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