lunes, 3 de marzo de 2025

AMÉRICA Y LOS OTROS

 



A propósito del extraordinario film «The Brutalist” que acabo de ver, y releyendo mis propios textos sobre la obra del escritor norteamericano Eddy L. Harris, que publiqué el año pasado, encuentro algunas confluencias con la critica que ha recibido la película. Una de ellas nos dirige a un punto que me pareció una magistral síntesis dramática de la historia: el hecho de que el arquitecto húngaro László Toth, el personaje central, exorciza en la realización de su obra de estilo brutalista que un tiempo después de su llegada a Estados Unidos le encomienda el riquísimo empresario Harrison Van Buren (el diseño y construcción de un gigantesco centro cultural) el trauma vivido durante su permanencia en el campo de concentración de Buchenwald, convirtiendo su propio infierno en una exaltación al poder y la fuerza del espíritu humano, para sobreponerse a sus demonios, de lo cual él mismo es un ejemplo.   Poner el acento de la crítica (o al menos uno de ellos) en este hecho, me conduce inevitablemente a la ”narrativa” de Eddy L. Harris, porque encuentro un paralelo entre ambas experiencias, -aunque László Toth es un personaje de ficción y Eddy Harris cuenta su propia historia- lo cierto es que ambos se enfrentan al mismo monstruo. En el caso de László, su obra arquitectónica sobrevive al oprobio de su sujeción forzada al poder económico de Van Buren, entre quienes se ha establecido una relación de amo-esclavo, de dominante-dominado, no forzosamente debido a sus propias voluntades, (por momentos parecen tenerse un afecto sincero) sino más bien arrastrados ambos por la situación imperante, es decir, por la propia Norteamérica de la época “máquina de moler que se nutre de una inmigración que ella exprime hasta la medula antes de arrojarla como un deshecho”.  La fuerza de su sujeción se acrecienta hasta convertir a László en la oveja sacrificada de una farsa trágica, ya que Van Buren ha construido su fortuna sobre el acero utilizado para el material de guerra enviado a Europa.

En el caso de Eddy Harris, su victoria final es una acumulación de pequeñas victorias sucesivas y en escalada, acumuladas con tesón y consciencia de la importancia de defender y mantener la integridad de su ser.  Hechos como asistir a una función de ópera, tomarse un café en la terraza de un restaurant, escalar una montaña, jugar al tenis, practicar el Kayak en el rio Mississippi, pero sobre todo y fundamentalmente, convertirse en escritor, considerados como logros para un negro norteamericano, son los mismos que para un europeo sería inconcebible considerar como triunfos.  Porque Eddy Harris, siendo negro, fue venciendo uno a uno obstáculos y prejuicios que, desde una óptica externa, son vergonzosos para cualquier país, pero cuando se trata de la primera nación del mundo, se convierten en un crimen de lesa humanidad, un oprobio, una mancha imposible de borrar en su historia.  En ambos casos, para László y para Harris, (uno judío, el otro negro) discriminados y perseguidos por la historia hasta pretender su exterminio total, se trata de pelear desde dentro de las entrañas mismas del monstruo, y vencerlo con sus propias armas. Porque el monstruo es ambivalente: ofrece la oportunidad en una mano y la posible auto-destrucción en la otra, y frente a la “posibilidad” de triunfar, es válida cualquier apuesta, cualquier sacrificio, cualquier inmolación. Esa es la verdadera realidad que esconde la gran nación en su más profundo interior. Para László y todos los emigrados judíos al finalizar la guerra, Norteamérica representaba no solo la nación que al frente de las fuerzas aliadas les había devuelto su libertad, sino la Libertad misma. László y todos ellos iban al encuentro, a verle el rostro, a conocer en persona de qué estaba hecho el sueño americano. Más tarde para László las ilusiones se han traducido en una frase “América no tiene nada que ver con el cuerno de la abundancia. Uno la tolera, simplemente”

Harris lo cuestiona todo:  desde el origen de la historia que Norteamérica se ha contado a sí misma, “una nación sin historia ni tradiciones propias”, hasta la posibilidad misma de que sea capaz de superar su peor tara: el racismo que impregna la sociedad transversal y longitudinalmente, profundamente arraigada en su naturaleza y en sus raíces como nación.

“The Brutalist” ha sido saludado, además de todos sus otros indudables méritos, por su oportunidad. Por aparecer en un momento “bisagra” signado por dos importantes turbulencias, a saber: la segunda administración Trump, con su carga de promesas improbables e imprevisibles, que intentan imponer al mundo sus valores personales neoliberales y la de la propia industria cinematográfica norteamericana, que atraviesa por una frágil convalecencia, que algunos atribuyen al efecto triple post-Covid, la hegemonía de los blackbusters y el desistimiento de los espectadores.

Aunque todo lo anterior puede ser constatable, no soy de la misma opinión, quizás porque para mí (y espero que también para una buena parte de la población mundial) es inconcebible la existencia sin la magia del cine.

4 comentarios:

  1. Muy acertado, querida. Yo tampoco podría vivir sin cine, por cierto.

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    1. Absolutamente.. coincido contigo. Sin embargo hay gente que si puede y confieso que no lo comprendo...

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  2. El cine es la pantalla de los sueños

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    1. Asi es, Bea. No por nada a Hollywood lo llamaban "la fábrica de sueños" . Afortunadamente esa fábrica se ha expandido por el mundo entero

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