jueves, 20 de marzo de 2025

LOS ESTOICOS DEL SIGLO XXI


O, en otras palabras, la llamada “circularidad del tiempo”, que hace que  seamos apenas la metáfora de la serpiente condenada a morderse eternamente la cola. La especie humana se ha caracterizado, desde que ella misma inventó la Historia, por su ambición de cambiar el presente y crear el futuro con sus propias manos, pero ello no ha excluido la soberbia que, del mismo modo, la ha inducido a creer que avanza, descubre e innova, cuando en realidad lo que ha hecho casi siempre es describir círculos sobre su propia andadura. Esto no significa desconocer o negar los prodigiosos descubrimientos de impacto irreversible que han transformado el mundo gracias a la originalidad de unas cuantas mentes extra-ordinarias, imbuidas de genio y visión, sino por el contrario, afirmar que su propia excepcionalidad hace más notorio el contraste con lo banal, lo artificial, lo malintencionado o la simple  ignorancia que nos quiere presentar como invento original, descubrimiento o hallazgo, lo que ya ha sido inventado antes por otros cuya existencia ignorábamos.   Es una historia que se repite sin fin y constantemente. Abundan ejemplos de estos desmentidos (notablemente en el campo de las ciencias físicas, pero también en el de las humanidades) y seguirán abundando mientras salgan a la luz las simetrías y los paralelos históricos, gracias a aquellos que se dedican a rastrear sus huellas y traerlos al presente, sin lo cual, de paso, no existiría eso que llamamos el rigor científico.

Cuando el inefable Pablo de Tarso comienza a predicar su propia versión del cristianismo, anunciando la “novedad” -olvidada desde hacía 50 años- de la Resurrección de un desconocido llamado Jesús de Nazareth, lo hace en una Grecia que atravesaba por un periodo menguado y degradante.  La Grecia de Pericles había dejado de existir. 500 años de dominación romana habían fragilizado una civilización edificada sobre la Filosofía, el culto a un Ideal de Sabiduría y a los dioses de su mitología. Los griegos, bajo el yugo romano, se habían convertido en un pueblo esclavizado, frívolo, angustiado y viudo de ideales, que creía en la magia y en la astrología, lo que explica en parte el relativo éxito inicial del discurso de Pablo y el interés que el pueblo griego comenzó a manifestar por la religión de los judíos, que habían conservado intactas sus prácticas dentro de sus guettos y ejemplificaban el apego a sus raíces y la fortaleza de sus convicciones.

Los filósofos griegos, en plena decadencia, ya no tenían nada que aportar a la conducción del pueblo. Fue entonces cuando se impuso la filosofía estoica, estratégicamente impulsada por Séneca, el poderoso e influyente tribuno oriundo de España que tan eficazmente había logrado asentarse en Roma, y que encarnaba como nadie el conocido lema “haz lo que yo digo, pero no lo que yo hago”, pues era adicto al poder, a las riquezas y a los privilegios que le otorgaba su posición política y económica, ya que era riquísimo.

Los estoicos, con Séneca a la cabeza, invitaban a protegerse del mundo, a hacer de cada quien una isla y a cultivar virtudes negativas: la apatía, (ausencia de sufrimiento) y la ataraxia (ausencia de agitación). Para los estoicos, solo la ausencia de deseos procura la tranquilidad del alma (el budismo no está, por cierto, muy lejos de eso)

Han pasado dos milenios desde entonces y hoy nos encontramos con masivos modelos de comportamiento social que responden rigurosamente a prácticas estoicas, sin que tengamos consciencia de que ellas nos han llegado ya “parametradas” como decimos hoy, por los antiguos filósofos griegos.  Observamos las mismas conductas ante la frustración, que para los antiguos griegos era evidente y para el hombre actual, inconsciente: aislamiento, desinterés por el entorno social y comunitario, búsqueda de la satisfacción inmediata del deseo momentáneo, que al satisfacerse es rápidamente sustituido por un nuevo deseo que a su vez será insatisfactorio y así hasta el infinito.  En comparación a los estoicos griegos, no se trata ya de ausencia total de deseo, pero sí de huida de lo que se percibe como sufrimiento y búsqueda de la inamovilidad. Sobre las manifestaciones de esa conducta abunda Byund-Chul-Han con sus nociones de exhibicionismo y narcisismo, notablemente en sus libros “La sociedad de la transparencia” (2012) e “Infocracia: la digitalización y la crisis de la democracia” (2022). También lo hace Yuk Hui en “Cosmotécnica”

Pero no hay que desencantarse ni arrojarse al foso de la fatalidad. A primera vista todo concuerda y aunque hoy podemos coincidir en la apreciación un poco ligera de que somos “estoicos” sin saberlo, y de que cada ser humano es una “isla” conectada individualmente a un dispositivo electrónico, y en que cada quien lo único que persigue es su propia tranquilidad bajo la condición de no implicarse en los problemas ni en las mortificaciones ajenas, lo cierto es que ante el hecho cumplido de esta especie de esclavizaje consentido o condena placentera que nos impone la era digital, la realización del contacto físico con otros se ha convertido en una necesidad humana perentoria, tan fundamental como el oxígeno que nos mantiene en vida y que no dudo en calificar como “Resistencia”, ya que cada vez que conversamos con otro, estamos rescatando un arte en vía de extinción, enriqueciendo el lenguaje hablado, trayendo a la mesa palabras completas y no las meras interjecciones y signos caligráficos del lenguaje digital. Cada contacto físico e interpersonal nos aleja del aislamiento al mismo tiempo que nos acerca a nosotros mismos y a nuestros semejantes en lo que nos es esencialmente humano: la palabra, la mirada y la risa. Y aunque cada quien se siente cómodo y experimenta una sensación cercana a la felicidad mientras está conectado a su dispositivo -pues a través de él se hace la ilusión de obtener “diversión”, “información” habilidades y conocimientos diversos- ésta no deja de ser momentánea y cuando cesa su efecto, nos percatamos de que lo que verdaderamente necesitamos no está allí, sino donde siempre ha estado: en el mundo físico, en el espacio real que nos rodea, en los objetos queridos, en otros seres humanos, como nosotros. En el fondo se trata de una lucha entre el hombre y la máquina, entre nuestra propia naturaleza y lo artificial impuesto.

No hay comentarios:

Publicar un comentario