O, en otras
palabras, la llamada “circularidad del tiempo”, que hace que seamos
apenas la metáfora de la serpiente condenada a morderse eternamente la cola. La
especie humana se ha caracterizado, desde que ella misma inventó la Historia, por
su ambición de cambiar el presente y crear el futuro con sus propias manos,
pero ello no ha excluido la soberbia que, del mismo modo, la ha inducido a creer
que avanza, descubre e innova, cuando en realidad lo que ha hecho casi siempre es
describir círculos sobre su propia andadura. Esto no significa desconocer o
negar los prodigiosos descubrimientos de impacto irreversible que han transformado
el mundo gracias a la originalidad de unas cuantas mentes extra-ordinarias, imbuidas
de genio y visión, sino por el contrario, afirmar que su propia excepcionalidad
hace más notorio el contraste con lo banal, lo artificial, lo malintencionado o
la simple ignorancia que nos quiere
presentar como invento original, descubrimiento o hallazgo, lo que ya ha sido
inventado antes por otros cuya existencia ignorábamos. Es una
historia que se repite sin fin y constantemente. Abundan ejemplos de estos
desmentidos (notablemente en el campo de las ciencias físicas, pero también en
el de las humanidades) y seguirán abundando mientras salgan a la luz las simetrías
y los paralelos históricos, gracias a aquellos que se dedican a rastrear sus huellas
y traerlos al presente, sin lo cual, de paso, no existiría eso que llamamos el rigor científico.
Cuando el
inefable Pablo de Tarso comienza a predicar su propia versión del cristianismo,
anunciando la “novedad” -olvidada desde hacía 50 años- de la Resurrección de un
desconocido llamado Jesús de Nazareth, lo hace en una Grecia que atravesaba por
un periodo menguado y degradante. La
Grecia de Pericles había dejado de existir. 500 años de dominación romana
habían fragilizado una civilización edificada sobre la Filosofía, el culto a un
Ideal de Sabiduría y a los dioses de su mitología. Los griegos, bajo el yugo romano, se habían convertido en un
pueblo esclavizado, frívolo, angustiado y viudo de ideales, que creía en la
magia y en la astrología, lo que explica en parte el relativo éxito inicial del
discurso de Pablo y el interés que el pueblo griego comenzó a manifestar por la
religión de los judíos, que habían conservado intactas sus prácticas dentro de
sus guettos y ejemplificaban el apego
a sus raíces y la fortaleza de sus convicciones.
Los filósofos
griegos, en plena decadencia, ya no tenían nada que aportar a la conducción del
pueblo. Fue entonces cuando se impuso la filosofía estoica, estratégicamente
impulsada por Séneca, el poderoso e influyente tribuno oriundo de España que
tan eficazmente había logrado asentarse en Roma, y que encarnaba como nadie el
conocido lema “haz lo que yo digo, pero no lo que yo hago”, pues era adicto al
poder, a las riquezas y a los privilegios que le otorgaba su posición política
y económica, ya que era riquísimo.
Los estoicos,
con Séneca a la cabeza, invitaban a protegerse del mundo, a hacer de cada quien
una isla y a cultivar virtudes negativas: la apatía, (ausencia de sufrimiento) y la ataraxia (ausencia de agitación). Para los estoicos, solo la
ausencia de deseos procura la tranquilidad del alma (el budismo no está, por
cierto, muy lejos de eso)
Han pasado
dos milenios desde entonces y hoy nos encontramos con masivos modelos de
comportamiento social que responden rigurosamente a prácticas estoicas, sin que
tengamos consciencia de que ellas nos han llegado ya “parametradas” como
decimos hoy, por los antiguos filósofos griegos. Observamos las mismas conductas ante la frustración,
que para los antiguos griegos era evidente y para el hombre actual,
inconsciente: aislamiento, desinterés por el entorno social y comunitario, búsqueda
de la satisfacción inmediata del deseo momentáneo, que al satisfacerse es rápidamente
sustituido por un nuevo deseo que a su vez será insatisfactorio y así hasta el
infinito. En comparación a los estoicos
griegos, no se trata ya de ausencia total de deseo, pero sí de huida de lo que
se percibe como sufrimiento y búsqueda de la inamovilidad. Sobre las
manifestaciones de esa conducta abunda Byund-Chul-Han con sus nociones de
exhibicionismo y narcisismo, notablemente en sus libros “La sociedad de la transparencia”
(2012) e “Infocracia: la digitalización y la crisis de la democracia” (2022). También
lo hace Yuk Hui en “Cosmotécnica”
Pero no hay
que desencantarse ni arrojarse al foso de la fatalidad. A primera vista todo
concuerda y aunque hoy podemos coincidir en la apreciación un poco ligera de
que somos “estoicos” sin saberlo, y de que cada ser humano es una “isla”
conectada individualmente a un dispositivo electrónico, y en que cada quien lo
único que persigue es su propia tranquilidad bajo la condición de no implicarse
en los problemas ni en las mortificaciones ajenas, lo cierto es que ante el
hecho cumplido de esta especie de esclavizaje consentido o condena placentera
que nos impone la era digital, la realización del contacto físico con otros se
ha convertido en una necesidad humana perentoria, tan fundamental como el oxígeno
que nos mantiene en vida y que no dudo en calificar como “Resistencia”, ya que
cada vez que conversamos con otro, estamos
rescatando un arte en vía de extinción, enriqueciendo el lenguaje hablado, trayendo
a la mesa palabras completas y no las meras interjecciones y signos caligráficos
del lenguaje digital. Cada contacto físico e interpersonal nos aleja del
aislamiento al mismo tiempo que nos acerca a nosotros mismos y a nuestros
semejantes en lo que nos es esencialmente humano: la palabra, la mirada y la
risa. Y aunque cada quien se siente cómodo y experimenta una sensación cercana
a la felicidad mientras está conectado a su dispositivo -pues a través de él se
hace la ilusión de obtener “diversión”, “información” habilidades y
conocimientos diversos- ésta no deja de ser momentánea y cuando cesa su efecto,
nos percatamos de que lo que verdaderamente necesitamos no está allí, sino
donde siempre ha estado: en el mundo físico, en el espacio real que nos rodea, en
los objetos queridos, en otros seres humanos, como nosotros. En el fondo se
trata de una lucha entre el hombre y la máquina, entre nuestra propia
naturaleza y lo artificial impuesto.


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