No hay
ocasión en que se aborde seriamente el tema del humor, en que éste no conduzca
a filosofar sobre esos sutiles filamentos que lo conectan con nuestra más
profunda interioridad, con nuestra alma y nuestra condición humana. Las reflexiones más sombrías y
descorazonadoras pueden –y de hecho lo hacen- aflorar antes o después de las
situaciones más hilarantes, y coexistir con ellas. Y también se da a la
inversa, que lo que consideramos terminal y trágico, venga sucedido de un
pensamiento cómico irreprimible, que a veces nos coloca en una situación
embarazosa. Una prueba de ello es el humor negro, aunque en realidad si nos
ponemos acuciosos, podríamos comprobar que toda nuestra vida esta signada por
esa dualidad, (la máscara de dos caras) sólo que algunos nacen más dotados para
poner su acento vital sobre la comedia y otros sobre la tragedia. En eso, creo
yo, se basa la diferencia fundamental entre los seres humanos. Tener la
facultad de encontrar el lado risible de cualquier hecho dota a la persona que
la posee, de un arma poderosa para afrontar la misma existencia que desde el
lado de la tragedia, asume como una penitencia y un encadenamiento infinito de
sufrimientos, el que no la posee.
Y aunque el
humor del siglo XXI ha perdido la inocencia y la capacidad de sorprender que
tuvo en la época dorada de Buster Keaton, Charlie Chaplin y los Hermanos Marx,
para solo nombrar a los famosos, cuando uno los observa hoy en día acusa de
inmediato la recepción de una señal imperecedera: algo ha permanecido allí, inmutable
en el tiempo, eternamente conectado a “lo que nos hace reír hasta las lágrimas”,
cuya esencia sigue siendo un enigma, un misterio inexpugnable que ojalá nunca
sea desentrañado, porque pienso que el
hombre de hoy necesita de enigmas y misterios sin descifrar que sirvan de
anclaje, de escudo humano contra el artificio que pretende sustituirnos como
especie. ¿Y qué puede defendernos más eficazmente que atesorar el secreto de la
risa y conservar para nosotros el misterio del mecanismo que activa sus
resortes y su impulso?
Paul Auster establece
esa conexión en sus memorias. Con la eficacia característica de su estilo, nos
abre esa línea paralela entre lo trágico y lo cómico, que le sirve de reflexión
sobre su propia existencia. El punto de apoyo está en la descripción de las
sensaciones que suscitaron en él las películas de Stanley Laurel y Oliver
Hardy, más conocidos como el “Gordo y el Flaco”
Dice Auster:
“Esas
mórbidas cavilaciones constituían una parte de las cosas desagradables que
marcaron esa etapa entre sus seis y ocho años, pero también había cosas
agradables, como ese programa de televisión de cuatro a cinco y media de la
tarde en Canal 11, después de la escuela. 90 minutos (contando la publicidad)
de antiguos films de Laurel y Hardy, que se le revelaron como los mejores, los
más divertidos y agradables que hayan podido filmarse jamás. Se trataba de una
nueva emisión lanzada en el otoño anterior, que Ferguson (es decir, Auster)
encuentra casualmente una tarde de octubre. Él lo ignoraba todo de ese viejo
tándem de cómicos, en la medida en que Laurel y Hardy habían sido ampliamente
olvidados en 1955, sus películas de los años 20 y 30 ya no se exhibían y fue
gracias a la televisión que comenzaron a interesar de nuevo al público joven de
la gran metrópoli (se refiere a Nueva York, donde entonces vivía Auster). ¿Cómo
llego Ferguson a adorar esos dos idiotas, a esos adultos que tenían la mente de
dos niños de seis años desbordantes de entusiasmo y de buena voluntad, siempre peleándose
o mofándose el uno del otro, implicándose en las situaciones más improbables y
peligrosas, sea a punto de ahogarse, o al borde de una explosión, golpeados y
luego aquejados de amnesia, pero logrando a pesar de todo sobrevivir? Pareja
desafortunada, conspiradores lamentables, eternos perdedores que, a pesar de
todos los puñetazos, los pellizcos y las patadas que se propinaban entre sí,
seguían siendo los mejores amigos del mundo, más estrechamente unidos el uno al
otro que cualquier otra pareja del Libro
de la vida terrestre, cada uno de ellos formando la mitad de un solo
organismo humano de dos caras. El Señor Laurel y el Señor Hardy. La idea de que
esos eran los verdaderos nombres de dos personas reales que representabas las
personas imaginarias de Laurel y Hardy en las películas, le encantaba a
Ferguson, ya que Laurel y Hardy seguían siendo Laurel y Hardy en todas las
situaciones en las que se encontraran,
vivieran en América o en cualquier otro país, en el pasado o en el
presente, que sean cargadores en una mudanza, vendedores de pescado o de pinos
de Navidad, marinos, convictos, carpinteros, músicos callejeros, mozos de
cuadra o predicadores en el lejano Oeste, el hecho de que siempre permanecieran
siendo los mismos aun siendo diferentes, los hacia devenir más reales que
ningún otro personaje del cine, ya que si Laurel y Hardy seguían siendo siempre
Laurel y Hardy, se decía Ferguson, eso
significaba que eran eternos.
Ellos fueron
sus mejores y más fieles acompañantes durante todo ese año y buena parte del
siguiente (….) Stanley y Oliver, alias
Stan y Ollie, el gordo y el flaco, el estúpido inocente y el tonto imbuido de sí
mismo, que en definitiva no era menos estúpido que el otro. (..) “Lo que amaba
Ferguson por encima de todo, eran los elementos fundamentales que no cambiaban
en nada de una película a otra, para comenzar, la canción sincopada que anunciaba
el regreso de los dos tipos, listos para una nueva aventura… ¿qué iban a hacer esta vez? La mímica ya
familiar de la cual Ferguson no se cansaba jamás: Ollie ajustando su corbata y
lanzando miradas exasperadas a la cámara, los guiños de ojo desconcertados de
Stanley, los sombreros aplastados y los sombreros quemados, los sombreros hundidos
hasta las orejas y los sombreros pateados. Ferguson amaba su propensión a caer
por las alcantarillas, a meter los pies en el fango, a hundirse hasta el cuello
en el mar, su ineptitud para poner en marcha un automóvil, o servirse de una escalera
, hacer funcionar un horno a gas, o un artefacto eléctrico; el refinamiento
fanfarrón de Ollie cuando se dirigía a un extranjero “He aquí mi amigo, el
Señor Laurel” , el absurdo talento de Stan para hacer fuego con su pulgar y de
extraer humo de una pipa imaginaria, sus crisis incontrolables de risa, su
manía de lanzarse a dar pasos de baile improvisados (pero siempre ágiles) y
sobre todo, el perfecto entendimiento que surgía entre ambos en cuanto se
trataba de atacar un adversario, toda disputa y toda discordia olvidada cuando
unían sus fuerzas para saquear la casa de un enemigo o demoler su automóvil,
pero también las variaciones de sus personalidades y la manera como a veces sus
identidades se desbordaban (se salían de sí mismas) e incluso cambiaban
completamente, como en un episodio donde Ollie masajea el pie de Stan pensando
que es el suyo y suspira de alivio y de placer,
y esa manera ingeniosa que ambos tenían de multiplicarse, como cuando
Stan y Ollie adultos, se ocupan de sus bebés,
el pequeño Stan y el pequeño Ollie que eran réplicas en miniatura de sus
padres, porque Stanley y Hardy actuaban ellos mismos todos los roles; o la vez
cuando Stan está casado con una versión femenina de Ollie y Ollie casado con
una versión femenina de Stan, o la vez que encontraron a sus hermanos gemelos
perdidos de vista desde hacía mucho tiempo y que se llamaban, naturalmente,
Laurel y Hardy, o el mejor de todos los
gags, cuando hubo un problema con una transfusión sanguínea y al final de la
película Stan se encuentra con que tiene el bigote y la voz de Ollie y Hardy
encontrando que tenía la cara lampiña, se ponía a dar alaridos como Laurel.
Y aquí Auster
introduce la otra cara de la máscara, la que acentúa la importancia del lado
opuesto, sin la cual ni la una ni la otra serian comprensibles. Dice Auster:
“Pero más que
sus payasadas, lo que Ferguson admiraba en ellos era su perseverancia, porque
en ese aspecto se reconocía en ellos. Los combates de Laurel y Hardy no eran
muy diferentes a los suyos; ellos también erraban de un plan mal concebido a otro,
fracasaban continuamente y cuando, hartos de tanta mala suerte llegaban al
punto de ruptura, la cólera de Hardy se volvía la suya y la estupefacción de
Stanley también, y lo mejor era que en esa sucesión de fracasos que era su vida,
Stanley y Hardy eran aún más incompetentes que él, más estúpidos, más tontos, más
indefensos, pero era precisamente eso lo más gracioso, tan gracioso que lo
hacia reír sin parar, aun cuando se compadecía de ellos, los consideraba sus
hermanos, almas hermanas continuamente derrotados por la vida, sin dejar por
ello no obstante, de levantarse para intentarlo nuevamente y armar otra
estratagema tan desquiciada como las anteriores, que no tardaría en arrojarlos
por tierra una vez más”.


Hola Mariu , enjundioso tu escrito sobre el humor que todos nos ha acompañado en la vida con sus distintos humoristas o cómicos No puedo dejar de pensar en el humor político ha predominado también y ahora no se sé si con más fuerza en la caricatura política . Por cierto de niña disfrute mucho del gordo Yelp flaco , Laurel y Hardy . Ya en los 80 disfrute también del británico Mr Bean con su fijo humor mudo . También nuestros cómicos locales que no por hacer nuestro humor criollo dejan de ser geniales . Una vez saque 20 en literatura con un ensayo sobre el nocturno y la arepa de Aquiles Naxos . No recuerdo que escribí entonces ! Jaja
ResponderEliminarHola Ale, gracias por tus comentarios tan pertinentes, es cierto, el humor abarca todo lo humano y que seria de nosotros sin él, no puedo imaginarme la existencia experimentando solo un lado de ella, el tenebroso. En nuestros paises tuvimos y tenemos muy buenos humoristas, incluidos los que se han dedicado al humor politico, que comparten con sus companeros de oficio regados por el mundo un sutil lenguaje comun, cargado de finura e ironia, sin lo cual no seria humor, solo simple comicidad.. !honor a ellos!
EliminarAle, no conozco ese texto de Aquiles Nazoa "El nocturno y la arepa" dónde está ? me refiero a en qué libro, en Humor y Amor?
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