ELOGIO DEL OCIO
Maria Eugenia Sánchez
Marzo 2024
Nombré "Hallazgos del ocio" a este Cajón de Sastre donde
dejo caer mis ocurrencias, porque en aquel momento recordé
la famosa frase de Baudelaire, sobre la imaginación y “el ocio creativo”. Pero
entonces no recordé que hace poco tiempo, gracias a una revista digital
española: “El Vuelo de la lechuza” descubrí a un ser fascinante: Nicolás Gómez
Dávila (Bogotá, 1913-1994) uno de los filósofos colombianos más reputados del
S. XX, en su país y en el exterior, traducido a varias lenguas.
Gómez Dávila
dedicó su vida “a un pensar febril” y sin duda, su mente fue capaz de decantar
un pensamiento propio, de resonancias profundamente humanistas y de dejar aportaciones
singulares a la corriente filosófica universal.
Fue un firme
defensor del ocio. Lo consideraba indispensable para la maduración de los
frutos del intelecto. Y nadie mejor que él para afirmarlo, debido a que llevaba
una existencia “ociosa”. O, mejor dicho, “ociosamente productiva” Decía, por
ejemplo: “La creación es un atributo Divino que justifica al creador, pero que
solo puede emerger del ocio. Para crear es preciso contemplar, meditar,
reflexionar”
Esta defensa
del ocio no puede interpretarse como una invitación a tomar la vida como un
perpetuo vagar, en espera de que la simple “desocupación” nos aporte la
inspiración para crear una obra artística o intelectual. Al contrario, concibe
y propone el ejercicio del ocio como un valor que opone a la sociedad de
comienzos de siglo, que observa, analiza y critica duramente: “En la dinámica capitalista
actual, en el desenfreno técnico que llamamos “progreso” no es concebible el
ocio creativo. En su lugar lo que existe es una falsa válvula para la sociedad
de consumo que nos empuja al trabajo diario, que concede unos pocos días de
descanso, y luego se reinicia la labor a la manera de Sísifo. El ocio creativo
ha sido sustituido por el entretenimiento”
En este
sentido, afirma que “el hombre (actual) no debe su experiencia vital al tipo de
vida que lleva diariamente, sino a las horas de ocio que ésta le deja”
Desarrolló y
defendió ardorosamente la idea de que solo el ejercicio del ocio permitía alcanzar
el esplendor de la inteligencia: “la inteligencia es una Patria. La mente es
una catedral, y su luz es la inteligencia.
El disfrute
consciente del ocio permite el florecimiento de la inteligencia, pero siempre
que esté ligada al disfrute de nuestra sensualidad, entendida ésta no como la búsqueda
de placeres superficiales y efímeros, sino de abrir nuestros sentidos para que
el mundo sensorial nos penetre.
“La ociosidad
como tal, no es la madre de ningún vicio, al contrario, se trata de una vida
ciertamente Divina”
“La inteligencia
actúa por reflejos. Necesita disparadores, vida, pulsiones. “La inteligencia brilla
allí donde la realidad abre una herida”
Penetrando profundamente
en el verdadero sentido del placer, y negando de lo que comúnmente entendemos
por él, afirma: “La sensualidad sin inteligencia queda inconclusa, trunca,
ciega” Haciéndonos ver que todo lo que nos penetra a través de los sentidos, será
vano, superfluo, y no dejará huellas en nosotros, a menos que lo incorporemos a
nuestro ser a través de la inteligencia.
La vida misma
es la primera fuente de placer y para vivirla a plenitud es necesario estar
consciente de ella
“Imposible me
sería vivir sin lucidez”
“Cuando la
inteligencia y la sensualidad coinciden, se da un equilibrio donde el placer
perfecto no es más que el conocimiento perfecto” El desarrollo de este pensamiento
lo lleva a esta atrevida sentencia:
“La fórmula filosófica
perfecta no puede ser otra que una “metafísica sensual”
Gómez Dávila dedicó
su vida, como ya he mencionado, a “pensar” pero publicó poco, apenas cinco ensayos
(1). Mientras más profundizaba en su pensamiento, más se convencía de que la expresión
de la esencia humana no necesitaba de grandes establecimientos, declaraciones,
principios ni doctrinas. Parecía que, paradójicamente, mientras más pensaba, más
reparos le hacía al pensamiento tal
como ha sido configurado y transmitido para el conocimiento de la humanidad. Esto lo conduce a una “sana desconfianza
frente a las grandes construcciones intelectuales”
Se le critica
a Gómez Dávila su pensamiento aristocrático, de derechas, por ser un firme
defensor de la tradición (en el sentido de herencia socio-cultural) como factor
de equilibrio para la convivencia humana. En realidad, su pensamiento va mucho más
allá de esa clasificación. Estudió y reflexionó sobre el legado del pensamiento
filosófico en todas las etapas de la humanidad, y formula criticas profundas a
la sociedad occidental, diciendo que la humanidad nunca ha alcanzado realmente
la civilización, y menos en la actualidad, pues el desarrollo económico,
industrial y tecnológico capitalista está lejos de constituir una civilización.
De las etapas históricas de la humanidad concluye que “la Edad Media fue el último
exponente de una realidad equilibrada y estable”
“Después de
la Revolución Industrial, no ha existido ninguna civilización. El clasicismo
griego y la tradición occidental ocupan el pasado”
Refiriéndose
a la sociedad de su tiempo, considera que la pérdida de la tradición es nefasta
para la convivencia humana: “cuando el respeto a la tradición perece, la
sociedad, en su incesante afán de renovarse, se consume frenéticamente a sí
misma”
En cuanto al
Socialismo, afirmaba simplemente “El Socialismo es la filosofía de la
culpabilidad ajena”
De las
Revoluciones decía: “Al estallar una revolución, los apetitos se ponen al
servicio de Ideales. Al triunfar la revolución, los ideales se ponen al
servicio de los apetitos”
“Nuestros
odios son la medida de nuestro rango”
Llevando al
extremo su desconfianza en el futuro que le espera a una humanidad
descontrolada y sin asideros morales, propone “Solo una cosmovisión parece
salvarse: La aristocracia liberal” (la cual, dicho sea de paso, va de la mano
de la “Metafísica sensual”) en esta especie de Republica Gómezdaviliana, donde
las bajas pasiones del hombre en un sentido individual y social, han quedado
dominadas por el ejercicio inteligente del ocio.
En realidad, más
que a pensar, Gómez Dávila se dedicó a “perseguir interrogantes existenciales”
Su instrumento fue el escolio -una suerte de aforismo- y precisamente, es el título
que lleva uno de sus libros “Escolios a un texto implícito” (1977)
Estaba
convencido de que el exceso de palabras perjudica la expresión del pensamiento,
y buscaba obsesivamente esa depuración, ese “fragmento” que fuera capaz de
sintetizarlo todo.
Enemistado
con el “Principio de autoridad aristotélica” desconfiaba de las condensaciones
de saber acumulado:
“en filosofía,
lo que no es fragmento es una estafa”
Su deseo era
otro: “mi ambición es decir en diez frases lo que otros dicen en un libro”
porque “carezco de opiniones. Solo tengo buenas ideas, transitorias y fugaces”
Lo que Gómez Dávila
llama “unas pocas ideas” son en realidad, el fruto decantado de una vida
dedicada a la lectura y a la reflexión sobre lo leído:
“La lectura,
bien entendida, compromete, o no es lectura”
Sin la filosofía,
la vida sería inconcebible:
“La filosofía
es el pilar fundamental que permite al hombre soportar esa realidad
incongruente y por momentos, mortífera”
Sin embargo,
la dedicación al pensamiento no viene exenta de la angustia y el tormento que
se desprenden del simple hecho de vivir lúcidamente, y ser testigo de los
abismos que circundan a una humanidad desorientada.
“Qué hacer de
todo lo que me seduce”
“¿Cómo vivir
entregado a la sola tarea de vivir”?
“La lucha del
espíritu crítico es con el mundo, con lo prosaico del existir constantemente.
Porque lo terrible no es existir, sino
existir constantemente”
“Toda la
habilidad del Mal esta en transformarse en ese dios doméstico y discreto, cuya
presencia ya no inquieta”
(1)
Nicolás Gómez Dávila: “Notas” (1954. “Textos
I” (1959) “Escolios a un texto implícito” (1977). “Nuevos” (1986) “Sucesivos”
(1992)


Muy interesante, no lo conocia!
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