domingo, 2 de noviembre de 2025

DIVINIDADES


Las Moiras. Version ilustrada de La Eneida. Univ, de Toronto, 1888


Hay quienes se quedan durante toda su vida con una sola versión para explicar el sentido de nuestra existencia: la monoteísta. De acuerdo con Spinoza, yo prefiero ser panteísta. Si tuviera que creer en algo, (porque no creo en “creencias”) elegiría divinizar la naturaleza, lo único que encuentro realmente omnipotente. 
Los que eligieron la versión católica de las antiguas divinidades griegas, cuyo origen remoto, por lo demás es egipcio y aún más atrás, asirio, eligieron también moralizar la naturaleza. La diferencia entre optar por aceptar la sabiduría de lo natural o, por el contrario intentar humanizar los elementos: agua, tierra, viento y fuego, cargándolos de códigos morales, reside en la instauración, a partir de la entronización de las religiones monoteístas, de la noción de pecado y por ende, de la culpa y su consecuente penalización social, el castigo, sin dejar por fuera el (auto) castigo. Principios de toda una escuela ejemplarizante con la cual se levantó Occidente. 

Somos herederos de los mitos griegos y su moralidad. En el fondo (y en la forma) los mitos griegos, que servían para transmitir patrones ideales de comportamiento, ejercieron eficazmente la función de mantener a las sociedades de la antigüedad en guerra y mostrar a sus líderes como héroes. Una tradición que se ha retroalimentado y actualizado incesantemente hasta hoy como base de sustentación social e individual, hasta el punto que las sociedades occidentales no podrían sobrevivir sin ella. Es el tejido invisible que le da forma a la estructura. 

Si hurgamos un poco nos daremos cuenta que vivimos aun hoy a base de mitos, solo que estos son imperceptibles para las mayorías, dada la velocidad con que circulan y se reproducen. No dejo de pensar en lo que seriamos actualmente si nuestras sociedades se hubieran edificado sobre otras bases filosóficas y espirituales, si los hechos de la historia hubieran ocurrido diferentemente y aquellos hombres venidos de otras tradiciones, al encuentro de otras creencias, no hubieran optado por aniquilarlas y en cambio hubieran entendido que se trataba de cosmogonías diferentes y se hubieran consagrado al entendimiento y la aceptación de otra interpretación del origen de las fuerzas telúricas que nos gobiernan, sin pretender cargarlas de propiedades ejemplarizantes y sancionatorias. 

Qué hubiera sido de nosotros si el poderoso aparato ideológico de la conquista española hubiera asimilado la cosmogonía azteca, por ejemplo, y en lugar de la culpa y la entronización de valores de sumisión, hubiera conservado sus principios originarios, basados en el ritmo natural de los elementos y los cuerpos celestes. No ignoro que esas antiguas civilizaciones estamentarias, también estaban basadas en la jerarquia, la sumisión, el castigo y el sacrificio y que los supuestos designios de los dioses eran interpretados y transmitidos por sus voceros humanos en la tierra con fines de mantener su poder. Pero todo ello para mí no revela más que los puntos en común de una sola humanidad, sólo que asentada en diferentes latitudes. Si se hubiera producido la integración de las diferentes cosmogonías, quizás estaríamos en presencia de una humanidad cuyo decurso se encontrara en armonía con los latidos de la madre tierra; concepto, por cierto, muy tergiversado actualmente, porque los antiguos aztecas no humanizaban la tierra. Para ellos no se trataba de una madre siempre amorosa y comprensiva, sino de una fuerza autónoma, capaz por igual de arropar y ofrecer sustento, como de arrasar con lo existente, obedeciendo a sus ciclos naturales y no a los deseos ni a los ruegos de los hombres. Un planeta tierra del cual reconoceríamos y aceptaríamos su poder para crear, sustentar y destruir, para luego asimilar lo putrefacto, reiniciando así continuamente el ciclo de muerte-renacimiento de todo lo que existe. 

En lugar de ajustar nuestras vidas a leyes surgidas de la voluntad de dioses inventados por el hombre, pero que le han sido atribuidas al Universo, quizás también asistiríamos a una inversión de los valores que hoy preconizan el predominio de la fuerza bruta y en su lugar estaríamos en presencia de una mayor comprensión y respeto por el poder femenino. Nuestra cosmogonía estaría asentada entonces sobe una génesis matrilineal, donde esas fuerzas fungirían como agentes cósmicos de la creación, manteniéndonos en una línea de armonía con el planeta y con todos los seres vivos que lo habitan.

martes, 28 de octubre de 2025

LLUVIAS, PANTANOS Y LODO


Dorothea Tanning. El océano blanco 

Hijo de Mittelhouse, mártir anarquista francés famoso por haber puesto fin a sus días abriéndose las venas con el mango de una pequeña cuchara cuando fue hecho prisionero por la inteligencia enemiga durante la Gran Guerra, Joseph Mittel es un joven de 22 años que se siente fuera de lugar en el mundo.  Sin haberlo conocido, ha heredado de su padre la leyenda que lo persigue como un lastre. Su enigmática historia y su turbio final poseen una fascinación que se acrecienta con los años en el medio de los revolucionarios anarquistas franceses del periodo de entre guerras. Para Joseph es una celda que lo mantiene preso de una herencia que no desea portar sobre sus hombros pero que sin embargo controla su vida y determina su acontecer. 

Joseph se ha unido a Charlotte, una joven de su misma edad, militante anarquista con quien mantiene desde hace dos años una relación, cuando súbitamente, un encadenamiento de hechos lo arroja a las calderas de un carguero que se dirige a Panamá y a América del Sur, con un cargamento clandestino de armas cuya venta ya su capitán ha negociado con los revolucionarios que planean un golpe de estado en Ecuador.

Pareciera que la herencia no deseada de Joseph actúa como el origen invisible que determina el curso de las acciones que se suceden unas a otras sin control. Charlotte se ha involucrado a fondo en el movimiento anarquista. Para obtener fondos que le permitan al diario Libertaire (1923) sostenerse por un año, ha decidido pedirle 30 mil francos al gerente del mercado de Les Halles de Paris, para quien trabaja como doméstica y amante y a quien ha amenazado con denunciar ante su esposa si no le pagaba un apartamento propio y mil francos al mes. Ante la negativa de Monsieur Martin, a Charlotte no le queda otra salida que dispararle, dándole la muerte. Todo deviene en tragedia, el crimen es denunciado inmediatamente, Charlotte arrastra a Joseph en su huida y lo conduce al embarcadero donde rápidamente convence al capitán de La Cruz del Norte, de embarcarlos a bordo, cosa que el capitán acepta de inmediato, (Charlotte ya ha obtenido información sobre las armas y se vale de ella para “negociar”) pero el azar interviene de nuevo.  Desde que el capitán conoce a Charlotte, se inicia un curioso y sutil triángulo amoroso, donde los sentimientos de los dos hombres permanecen soterrados o disimulados, sin expresarse abiertamente; como la protección y el afecto que el capitán siente por Joseph, quien podría ser su hijo, confundiéndolo y paralizándolo; sin por ello dejar de sentir agradecimiento e incluso admiración y respeto por éste. Los hilos del verdadero poder parecen tejidos por Charlotte, la única que parece estar en control de sí misma, abandonada al ocio y a la protección que le ofrece el capitán. Dócil, encantadora e impasible, los desconcierta, los ata a su suerte y los mantiene alerta, como si ambos presintieran en ella el origen remoto de desconocidos peligros.

Pero la verdadera tragedia está por venir. Como en “El corazón de las tinieblas”, de Conrad, en esta novela, “Long Cours (Gallimard, 1923, 2002) Georges Simenon nos sumerge en la pesadilla de la selva tropical suramericana y su omnipresencia oprobiosa y temible.  Tras numerosos acontecimientos y reveses, a los cuales Joseph sobrevive sin darse cuenta en manos de designios incontrolables para él, el carguero arriba al canal de Panamá, donde las autoridades francesas ya han dado la alerta y emitido la orden de arresto de Charlotte. Para ese momento ya los rebeldes ecuatorianos que habían encargado las armas a Mopps, el capitán, han sido vencidos por el ejército ecuatoriano y su líder ha sido asesinado. Para Mopps eso significa la ruina de su empresa, su barco y su vida. Sin embargo, logra negociar en el puerto con un rico empresario árabe el pago de la multa que le ha impuesto la French Line para atravesar el canal y salir de Panamá, pero debe cambiar de rumbo y de planes. Decide entonces dejar a Joseph y a Charlotte en el puerto de Buenaventura, Colombia, con pasaportes falsos y con empleo para Joseph en la compañía de un traficante de oro, para el momento el hombre más rico de Colombia.

Todo aquello acentuaba la angustia, que nunca había dejado de perseguir a Joseph, sobre su lugar en el mundo, un mundo donde siempre surgía algo que le impedía actuar según sus deseos, dejándolo en la mitad de situaciones falsas; donde sentía que nunca había sido “él”. No teniendo ningún punto en común con el partido anarquista, era simplemente el hijo de un admirado mártir desconocido para él; tampoco lo tenía con los feroces libertaires que rondaban la librería de la calle Montmartre, ni con los antiguos amigos anarquistas de su padre que se habían vuelto ricos, y mucho menos con los marineros y estibadores del barco que los había conducido hasta Buenaventura.  Pero tampoco tenía tiempo para detenerse en sus cavilaciones, porque enseguida fue conducido junto a Charlotte a los pantanos de la selva colombiana, equipado con botas de caucho, pantalones de kaki, un casco y alojado (o más bien arrojado) a un bungalow donde estaría bajo las ordenes de un geólogo belga, comisionado por la Compagnie Miniére Anglo-Colombienne para dirigir las operaciones de extracción del oro de los pantanos, lo que realizaban los indígenas y negros en condiciones infrahumanas.  Y muy pronto aquel pantano, que ya había conducido a la locura al geólogo belga, se presentó ante Joseph como la materialización de su infortunio y de todas las incongruencias de su vida. En plena estación lluviosa, durante meses él y Charlotte no contemplaron más que su choza enlodada y húmeda donde crecían champiñones encima de su ropa, maletas y enseres, soportaban una temperatura constante de 40 grados, miraban y le temían a un rio pantanoso, plagado de cocodrilos y todo el tiempo una lluvia interminable e insidiosa caía de un techo bajo de nubes grises estacionado sobre sus cabezas.  Y así día tras día. Acosados por nubes de mosquitos, arañas venenosas y ratas (había días en que Joseph debía matar hasta quince antes de poder dormir), aquellos pantanos se habían convertido en un infierno donde todos agonizaban esperando un final que nunca llegaba. Dependían de un solo hombre que los aprovisionaba una vez al mes y no tenían a nadie con quien hablar porque el geólogo belga había tomado a Joseph por un espía de la compañía enviado para asesinarlo y no les hablaba.

El relato continúa: “Los hombres que trabajaban en los pantanos buscando oro eran seres indolentes y resignados, producto de una mezcla de razas degeneradas que no tenían ni siquiera el instinto de independencia.   Obedecían como bestias, se protegían la cara con los brazos como niños cuando veían a un blanco encolerizado, eran feos y casi todos tenían tuberculosis”.

El delirio persecutorio de Plumier, el geólogo belga, lo conduce finalmente al suicidio, cuando ya las cartas que ha hecho llegar a la compañía han atestiguado los horrores de la explotación minera que se supone ha estado bajo su dirección. Charlotte queda embarazada y a los pocos meses contrae una enfermedad tropical; su vida y la del niño corren peligro y ese hecho determina lo que se convierte en una obsesión para Joseph: escapar.

“Mittel levanta la mirada hacia la grisura de la montaña, semejante a una nube. A lo lejos, otras montañas, y valles, y ríos. Un continente inmenso con solo aquí y allá, separados por barreras, pequeños puñados de humanos: blancos venidos de Europa, negros traídos de África.  ¡Y era allí, en una de esas minúsculas madrigueras que él, Joseph, que poco tiempo atrás aún estaba en Paris, iba a tener un hijo!”

De las novelas de Simenon, que disto aun de haber leído todas, sin duda “Long Cours” debe ser una de las más logradas. Dentro de los cánones de la tragedia clásica griega, la novela moderna y el género “noir”, moviéndose cómodamente entre ellas, nos regala un relato sostenido que no decae ni un instante, lleno de matices, sugerencias estimulantes, intriga, sorpresa, afirmación. Un relato dentro del cual –para no abandonar el tema marítimo- navegamos con confianza y el placer indescriptible de sabernos sumergidos en una fascinante travesía.

jueves, 23 de octubre de 2025

LO GOURMAND NO QUITA LO VALIENTE

In vino veritas, Foto mía 

 
Christian Jacq, (Paris, 1847) es mundialmente conocido por sus novelas sobre el antiguo Egipto, que tienen un enorme éxito de popularidad y ventas, y un poco menos por sus ensayos, notablemente entre ellos, “Ces femmes qu’ont fait l’Egypte” y “L’Egypte de grands pharaons” (coronado por la Academia Francesa), entre otros muchos.  Pero Jacq no se detuvo allí, incursionó en la tradición de la novela polar inglesa y su máxima encarnación, Agatha Christie, y respetando maravillosamente los cánones del género, basados en la resolución de casos sin deber nada a las nuevas tecnologías y todo a la sagacidad del investigador, creó la saga conocida como ‘Las investigaciones del Inspector Higgins”.  Aquí se trata de un muy aristocrático inspector que, en detrimento de sus títulos de nobleza, es un reputado miembro de Scotland Yard, conocido por sus exitosas investigaciones de casos particularmente “sensibles”

Después de leer algunas de sus aventuras (no puedo negar que me fascinan las novelas policiales y este personaje es uno de mis preferidos) he terminado por concluir que quizás el secreto de su irreprochable carrera se encuentre en su lado gourmet, -que presumo como una hábil estratagema de Jacq para honrar la reputada gastronomía francesa en Inglaterra, el país de Higgins, cuya gastronomía es, salvo prueba en contrario, no muy digna de mención particular.

En una de las entregas de la saga, Higgins, antes de abordar un caso particularmente difícil, no desdeña sin embargo el placer de una excelente comida, que saborea en su propia residencia, no sin antes ducharse, afeitarse y vestirse con esmero.  La prisa, recordemos, es plebeya y un menú como el que se dispone a rendir honores, amerita una ceremonia pulcra, elegante y respetuosa de los buenos modales. Es una norma que el inspector respeta por encima de cualquier urgencia y que aplica igualmente a los casos que investiga. De ahí que obtenga mejores resultados con su hablar pausado y elegante, pero convincente, en lugar de emplear los desplantes o amenazas que caracterizan su oficio y que, por otra parte, son absolutamente contrarios a su naturaleza y a su educación.  Pero volvamos al menú:  

Entrada: carpaccio de trucha ártica con perifollo. La preparación ha ameritado 24 horas de preparación. La trucha ha sido cortada en lonchas muy finas, marinada con ralladura de limón, melaza, sal marina de primera calidad, pomelo rosado, pimienta auténtica, vainilla, crema de leche de oveja y perifollo de la huerta, finamente deshojado.

Acompaña la entrada con una copa de Bourgogne blanco fresco.

 Plato principal: Ossobuco a las hierbas aromáticas con predominio del romero y la mejorana, acompañada de papas y remolachas finamente cortadas y aderezadas.

Acompaña con un Bourgogne tinto.

Postre: assortiment de dulces consistente en macarons de pistacho, lonjas de naranja confitada, vainilla y panecillos de especias.

Finaliza con café y una copa de cognac.

Una vez dilucidado el caso, identificados los culpables y debidamente entregados a la Justicia después de varios días de trabajo incansable y noches en blanco, el Inspector Higgins se regala el siguiente menú, en el mejor restaurante italiano de Piccadilly Circus:

Entrada: Antipasto de jamón crudo, salami, vegetales al grill, ensalada verde aderezada con aceite de oliva, queso parmesano, aceitunas negras, palitos de pan.

Acompaña con Bitter Campari con hielo.

Primer plato; Rissotto de hinojo con almejas, filetes de anchoa, cebolla dorada y rallada finamente, manojo de perejil, diente de ajo machacado y ralladura de limón.

Acompaña de vino proveniente de los viñedos al pie del Vesubio.

Plato principal: Rotti de ternera con berros y limón, regado con salsa cremosa y papas doradas.

Acompaña con vino del Vesubio.

Postre: Copa de helados de sabor a pistacho, chocolate y frambuesa, adornado con merengue y vino flambeado.

Finaliza con café y Grappa

viernes, 3 de octubre de 2025

LABERINTO



Leonora Carrington. Y entonces vimos a la hija
del Minotauro

Buscaba regresar a mi casa, que tampoco era mi casa realmente, sino una habitación de hotel o una residencia. Daba vueltas sin encontrarla, bajaba y subía escaleras. Cada puerta me parecía la mía, pero cuando me acercaba veía que no. Descendí varios pisos y llegué a una recepción. Había varias personas esperando. Un hombre estaba a mi lado hablando con un recepcionista y una mujer estaba a mi espalda. Llegó una señorita y pasando la vista y el cuello por sobre mi hombro, le preguntó a la mujer detrás de mí, que qué quería. Entonces yo le dije: “Ah, y yo, estoy pintada en la pared” La señorita se puso a reír y me miró con amabilidad. Me pregunto que qué me pasaba. En ese momento recordé quien era yo y lo que hacia allí. Era una persona mayor y desvalida y me encontraba en una residencia de ancianos. Me sentí aliviada por haberlo recordado. Sabiendo que iba a ser comprendida, le dije a la señorita que no recordaba cual era mi apartamento. Entonces una puerta se abrió detrás de ella y apareció mi amiga Alejandra. Llevaba un manojo de llaves en la mano. Caminamos juntas hacia un ascensor, pero ella no me miraba ni me sonreía. Actuaba como una empleada más. Nos bajamos en un piso y lo recorrimos. A cada puerta que aparecía, yo le decía “éste no es”. Nos dirigimos a otro piso, y seguíamos buscando, pero ahora podíamos ver dentro de los apartamentos. En uno de ellos había un hombre que nos sonreía. No era viejo. En otro había solo bebés recién nacidos, cada uno en una cama pequeña. Noté que cada bebé tenía la cara de un sabio. Uno era Unamuno, el otro, Gandhi. Lo reconocí por el color de su piel su forma de mirar. Yo sabía que todos los demás bebés eran también sabios, pero no podía identificarlos. Comencé a angustiarme. Estaban callados y no parecían felices, pero si bien alimentados. Eran gordos. Se miraban el uno al otro. De pronto, de una de las camitas saltó una gata (yo supe que era una gata) enorme y marrón. Me fijé que había dejado caca en la camita. Alejandra y yo seguimos buscando, pero ahora también nos acompañaba otra persona con actitud amistosa. Yo les dije, “ya sé dónde es, y no es aquí, hay que seguir subiendo”. Nos dirigimos nuevamente al ascensor, pero ahora no lo encontrábamos. Creo que subimos por las escaleras. Aparecieron otras puertas, cada una me parecía la mía, pero todas eran iguales, y me confundían. Yo sabía que sabía identificarla si la viera, pero no podía. Mi angustia creció enormemente. Sentía que me trasladaba por los aires, que las paredes se movían y me envolvían. Sentía ojos mirándome con lastima. Mis amigas seguían acompañándome, pero al mismo tiempo se alejaban, se difuminaban poco a poco en el aire y yo me quedaba cada vez más sola. Todo se volvió luminoso, pero de una claridad amenazante. Al final vi una puerta pintada de azul claro, pero, aunque todas las otras puertas también eran azul claro, ésta me pareció inconfundible y pensé, “aquí vivo, aquí he vivido siempre, todo esto es mío”. Pero en la puerta había señales de descuido, rayas y sucio. Cuando se abrió, vi una cama y algunos peluches en el piso y pensé: “éste es el peluche preferido de la gata”. Y de pronto apareció una gata amarilla. Era enorme y tenía rayas marrones. Se abalanzó sobre el peluche, pero inmediatamente lo rechazó con asco y horror, y se tiró en la cama como a llorar. Yo sabía que lloraba y me coloqué a su lado. Volví a sentir angustia porque no estaba segura de haber encontrado verdaderamente mi lugar. Seguí recorriendo el edificio alucinante, cada vez más brillante y movedizo, pero ahora estaba sola. Mis acompañantes habían desaparecido. Abrí una puerta y en una habitación había una estantería con ídolos cabeza abajo, marrones y verdes que parecían de jade. Fue lo último que vi.

domingo, 28 de septiembre de 2025

CUANDO TU NOMBRE NO ES TU IDENTIDAD

Apellidos de ascendencia sefardi

En el prefacio que Marianne Kohn Baker dedica al libro de Arlette Machado “El judaísmo: una épica del anti-héroe”. (Caracas, Editorial Grijalbo, 1994) aparecido en el último Papel Literario de “El Nacional” (Caracas, septiembre 14-2025) encontramos desmenuzado el propósito del libro y la ruta analítica que lo guía. En esta ruta se examinan las dos vertientes que condujeron a la autora a definir la esencia de lo que ella califica como judeidad, la vertiente histórica y la vertiente doctrinaria. Valiéndose de ellas establece entre distintos creadores y escritores latinoamericanos, su concepto de judeidad como rasgo común que, por encima de su originalidad como creadores, delata su pertenencia a un mismo tronco. 

 Mucha agua ha corrido bajo el puente de la historia judía desde 1994 y la contemporaneidad ofrece hoy un panorama totalmente distinto. No obstante, el aspecto que me interesa señalar aquí enlaza con las persecuciones, el éxodo y la forzosa adaptación del pueblo judío a los distintos países donde se estableció a lo largo de su historia. Aunque hoy no tiene incidencia alguna ni la menor capacidad de modificar los acontecimientos, es una curiosidad para traer al presente, cuando se ha alcanzado la “Tierra Prometida” y de acuerdo a las Escrituras, el pueblo judío ha dado cumplimiento a su Misión, ya que desde hace 77 años, los judíos poseen un Estado y un territorio. 

Me intereso concretamente en la adopción forzosa de nombres ajenos, extraños a su tradición, su historia y sus costumbres, que al comienzo de las persecuciones los judíos debieron realizar, bien voluntariamente o por imposición, para ocultar su origen y por ende, su identidad y conservar así la vida. 

En un principio en España, las primeras comunidades judías convivieron con los romanos, hebreos, visigodos, musulmanes y cristianos, convivencia durante la cual los judíos hicieron aportaciones en medicina, matemáticas y léxico. Mencionaré solo algunas: La Cábala, por ejemplo, nace en Sefarad, de la palabra call (sendero, estrecho) como se emplea actualmente en Cataluña (Call de Barcelona). Los judíos adoptan patronímicos de origen hebreo: Nafmanides (hijo de Ides), Astruc, de origen hebreo-arameo que significa estrella, Alpico, de origen provenzal. Más tarde durante el dominio musulmán que duró 800 años, muchos apellidos sefardíes comenzaron a expresarse en árabe. En 1391 fueron destruidos los templos judíos y en 1492 se produce su expulsión del Reino de España. En esta época sus Kinumas (apellidos) son sustituidos por nombres como Abreu (hebreo), Sábato (sefardí), Pérez, que significa hijo de Pedro, típicamente español. 

 Más tarde aparece la ashkenazion, formada por antiguos miembros del Sacro Imperio Romano-Germánico (Austria, Prusia, varios países de Europa central: polacos, serbios, croatas, rusos). En 1796 Rusia se anexa Polonia y se forma la Mancomunidad Polaco-lituana. Dos millones de judíos que conservaban sus nombres en hebreo se vieron obligados a cambiarlos. En 1804 el Zar de Rusia Alejandro I obliga a los judíos a adoptar un apellido de familia heredado de su fe, o un sobrenombre en alguno de los idiomas regionales, traduciendo sus nombres originales al ruso, polaco o alemán, de ahí que muchos apellidos judíos adoptaran el sufijo “bog “(o boh) de pertenencia eslava, “ov” o “ich”, de ascendencia rusa. Nombres como Kaplan y Singer también de procedencia sajona. 

 En 1808 mediante el Decreto de Bayona, Napoleón Bonaparte reunió en un gran Sanedrín a los principales líderes del judaísmo francés, les devolvió todos sus derechos civiles y religiosos y les permitió reabrir sus sinagogas. Los súbditos debieron adoptar sus nombres al oficializar sus Kinumas. El 80% de los judíos franceses que hasta entonces se llamaban Levy o Neftalí, emigraron a Alsacia y adoptaron nombres o sufijos como Epstein, Mayer, Vaill, Villard, Shauss, Kohn, -trier, (sufijo) Neftalí, Dreyfus, (este último proviene del vocablo Drey fuss que significa tres pies) 

Habría que ver en qué medida, la violencia y el desgarro que significó entonces para cada judío la renuncia a su individualidad y la abjuración de sus raíces para poder continuar existiendo bajo una identidad artificial e impuesta, ha quedado grabada en su ADN como huella indeleble hasta hoy y explicaría algunas de sus conductas vindicativas individuales o colectivas presentes. Yo pienso que algo así supera con creces los destrozos causados por las persecuciones, los continuos éxodos y finalmente, el exterminio del que fueron víctimas, porque cuando se padece como colectivo, el sufrimiento aporta una suerte de consuelo, pero el despojo de una herencia cultural, no por intangible menos poderosa va dirigida al centro mismo del ser. Es más oprobioso sobrevivir como renegado oculto. Preferible es morir como víctima identificada o anti-héroe con tu propio nombre. Por eso resulta casi inconcebible que hayan podido subsistir dignamente a una agresión semejante. Pero lo lograron, atravesando épocas y desafíos. Si pudiera hablar con Arlette Machado hoy, le preguntaría si no es posible aplicar el calificativo de “Épico” a esa sobrevivencia prodigiosa, bajo nombres sin raíces ni significado alguno, que se llevan encima como vergüenza y solo como certificado de vida. Pienso que quizás la única explicación a tal tipo de sobrevivencia para los judíos, la da su creencia en un compromiso místico con su Dios y una responsabilidad moral con su propio pueblo. 

 No desconozco ni niego que el actual exterminio perpetrado en Gaza por el Estado de Israel parece contradecir el significado espiritual que los judíos de han adjudicado a sí mismos como pueblo, en gran parte producto del aislamiento y la incomprensión en la que han vivido por siglos. Pero en este punto me parece casi obvio considerar la diferencia entre lo que se ha convertido en el Estado militarista y belicista de Israel y el pueblo judío. El uno no representa necesariamente al otro. En todo caso, este tema amerita una discusión mucho más profunda

domingo, 21 de septiembre de 2025

NUESTRO MAR

 

Playa de Morrocoy. Venezuela


Por pura casualidad comencé a leer un libro del escritor martiniqués Raphael Confiant (1951), titulado "
Adéle et la Pacotilleuse” (Mercvre de France, 2005) en momentos nuevamente históricos para el Caribe, cuando una flota de ocho barcos de guerra, treinta helicópteros y alrededor de cuatro mil marines en total, pertenecientes a las fuerzas armadas norteamericanas, se despliega frente a las costas de Venezuela, con el propósito (al menos el declarado) de combatir por medios bélicos el narcotráfico en la zona e impedir su arribo a las costas estadounidenses.

La novela de Confiant relata las peripecias que le ocurren en pleno siglo XVI, al detective privado Henry de Montaige durante su investigación del paradero de la hija de Víctor Hugo, encargo que le ha sido confiado nada menos que por el mismísimo poeta en persona; y que se desarrolla en un periplo que comienza en Canadá, prosigue por Carolina del Sur y tiene su punto culminante en las islas del Caribe, entre Granada, Barbados y Martinica, mientras la señorita Adéle Hugo, presa de su pasión amorosa  y sin sospechar que su padre la busca, persigue a su vez al teniente de la Armada Británica Albert Pinson, de quien se ha enamorado y con quien según ella, se ha esposado; aunque en su aventura muchos llegan a considerarla una impostora y a creer que ha perdido la razón. Es precisamente en uno de los tantos infortunados episodios que le ocurren, que es rescatada de un intento de violación en el puerto de Barbados, por la pacotilleuse Céline Álvarez Baa, orgullosa descendiente de padre guineano, abuela andaluza y madre cubana.  A partir de ese momento, la suerte de Adéle Hugo y la de Céline se imbrican en lo que parece ser un dictado sometido a la voluntad de las potencias espirituales tainas, caribes e incluso hindúes y africanas que componen el abigarrado mosaico de culturas y creencias que pueblan nuestro mar interno, su geografía y su historia.

La pacotilleuse (vendedora ambulante de mercancía que se desplaza entre las  islas de las Antillas menores en frágiles pero veloces embarcaciones) nos previene del error de imaginar que el Caribe se reduce solo al archipiélago que se abre a medida que nos aproximamos al Golfo de México, dibujando la ruta de los “Hurakanes” (nombre otorgado a la cólera del antiguo Dios caribe “Hurakan” hoy en día olvidado) No, pues el Caribe abarca un vasto tramo de tierra firme que va desde Cayena, remonta hasta el Lago de Maracaibo, pasando por Georgetown antes de alcanzar Cartagena de Indias. En el siglo XVI, en que las potencias coloniales europeas se disputaban la posesión de las riquezas que Cristóbal Colón había descrito a los Reyes Católicos, el Mar Caribe o Mar de las Antillas, era el escenario de batallas navales entre bandidos, filibusteros, buscadores de esmeraldas, réprobos y convictos en fuga, escenario frente al cual la saga «Piratas del Caribe” (que, por cierto, me encanta) no es más que una graciosa anécdota. En aquel entonces las pacotilleuses preferían evitar tales riesgos y abordar Panamá tomando la ruta de la Florida, continuar hasta Nueva Orleans y descender hasta Yucatán desde donde podían alcanzar el canal que había construido Ferdinand de Lesseps. Para ellas, como para todo el comercio antillano, el tiempo era una entidad carente de sentido, “algo” sometido al humor de los vientos, al estado de las embarcaciones, a la llegada de la mercancía de Europa y de Estados Unidos y muy raramente, del Levante o de la Extrema Asia. La ciencia política no se había inventado y la geopolítica la dictaba el poder económico y militar de las potencias europeas, pero aun ellas estaban sometidas en ultima instancia, a los designios ignotos de los dioses tainos, africanos y caribes de poderes insospechados, que habitaban los espíritus de sus habitantes. En todo caso, el mapa dibujado por las pacotilleuses, construido sobre la urgencia del día a día y la ausencia de una certitud del mañana, se batía en el mismo combate de poderes, en un espacio donde el telón de fondo es la aventura y el riesgo renovado de perderlo todo en un instante.

Han pasado cuatro siglos desde que España perdiera su control sobre el Caribe y Francia, Inglaterra y Holanda tomaran posesión de ese archipiélago que convive y comparte su suerte con la bomba de tiempo en la que se ha convertido Venezuela desde hace unos días. Guadalupe y Martinica, territorios de ultramar franceses, están siendo patrullados en apoyo a las operaciones militares de vigilancia del tráfico de drogas en la zona, y otros países, desde Trinidad y Guyana hasta Puerto Rico, han declarado su intención de participar en las operaciones. Cuando escribo esto, hace unas horas se acaba de producir un nuevo bombardeo de una embarcación sospechosa de transportar droga. La ciencia política ha avanzado, pero más allá del secreto, lo imponderable sigue reinando sobre los cálculos. Quizás el dios Hurakan este aguardando el momento de desatar su cólera telúrica y cambiar el curso de los acontecimientos.

martes, 2 de septiembre de 2025

ALEGORÍA DEL MIEDO

 

René Magritte. Le faux miroir. 1929

En su novela «Ensayo sobre la ceguera», al interior del asilo de alienados donde han confinado en cuarentena a los ciegos, Saramago (1) pone en boca de un anciano que solo cuenta con un ojo, las siguientes palabras:

Lo último que vi fue un cuadro. Un cuadro -repite el anciano de la banda negra- y dónde estaba. Yo había ido al museo, y había un campo de trigo y había cuervos y cipreses y un sol que parecía formado con partes de otros soles. Debe haber sido pintado por un holandés. Creo que sí, pero había también un perro que se hundía, el pobre ya estaba medio enterrado. En cuanto a éste, no pudo haber sido pintado sino por un español, nadie antes que él había pintado un perro como ese y nadie después de él se ha aventurado tanto. Probablemente, y había una carreta cargada de heno tirada por caballos que atravesaban un rio. Con una casa a la izquierda. Si, entonces es de un inglés. Podría ser, pero no lo creo, pues había también una mujer con un niño en brazos. Mujeres con niños no faltan en la pintura. Es verdad, ya lo había notado. Lo que no comprendo es como pintores tan diferentes y pinturas tan diferentes podrían encontrarse en un solo cuadro. Había hombres que comían. Hay tantos comensales en la historia del arte que es imposible saber con esa sola indicación, quien comía. Los hombres eran trece. Ah, entonces es fácil, continúe. Había también una mujer desnuda de rubia cabellera dentro de una concha que flotaba en el mar y muchas flores alrededor. Italiano, sin duda. Y una batalla. Es como las comidas y las mujeres con niños en brazos, no basta para saber quién es el pintor. Con los muertos y los heridos. Es natural, tarde o temprano todos los niños mueren y los soldados también. Y un caballo aterrorizado. Con ojos que se salían de sus órbitas. Exactamente. Los caballos son así. Y cuales otros cuadros había dentro de su cuadro. No tuve tiempo de descubrirlo. Me volví ciego precisamente en el instante en que miraba al caballo.

En esta novela exhaustivamente celebrada y analizada, el extraordinario acontecimiento que se cierne sobre los habitantes de un país anónimo, la sirve de pretexto a Saramago para elaborar una profunda alegoría sobre el miedo, una alegoría que puede abrirse a otros caminos y uno de ellos es la dimensión del tiempo. En este caso es una epidemia de ceguera, pero podría ser cualquier otra plaga cuyas constantes se reproduzcan en otro tiempo histórico, la que confine a los hombres dentro de sus más recónditos terrores atávicos y se convierta en una amenaza que los hombres no quieren “ver” y menos reconocer. En su confinamiento, los aquejados del “mal blanco” deben aprender a vivir sin tiempo, porque éste ha perdido toda significación para ellos. Ha sido así con todos los flagelos que han aterrorizado al hombre a lo largo de su historia. Lo leímos en el recuento terrible de Camus en “La Peste”, lo hemos leído en los relatos de la llamada gripe española, lo vivimos en la última pandemia decretada, de un origen tan oscuro como el de la ceguera colectiva de la novela de Saramago. La lección es la misma: El miedo nos enceguece; pero “ya estábamos ciegos antes que nos atacara la ceguera” como dice uno de los confinados. “Y el miedo hará que continuemos ciegos después”


(1)   José Saramago:  L’aveuglement” . Editions du Seuil. Fev. 1997