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| Las Moiras. Version ilustrada de La Eneida. Univ, de Toronto, 1888 |
domingo, 2 de noviembre de 2025
DIVINIDADES
martes, 28 de octubre de 2025
LLUVIAS, PANTANOS Y LODO
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| Dorothea Tanning. El océano blanco |
Hijo de
Mittelhouse, mártir anarquista francés famoso por haber puesto fin a sus días
abriéndose las venas con el mango de una pequeña cuchara cuando fue hecho
prisionero por la inteligencia enemiga durante la Gran Guerra, Joseph Mittel es
un joven de 22 años que se siente fuera de lugar en el mundo. Sin haberlo conocido, ha heredado de su padre
la leyenda que lo persigue como un lastre. Su enigmática historia y su turbio
final poseen una fascinación que se acrecienta con los años en el medio de los
revolucionarios anarquistas franceses del periodo de entre guerras. Para Joseph
es una celda que lo mantiene preso de una herencia que no desea portar sobre
sus hombros pero que sin embargo controla su vida y determina su acontecer.
Joseph se ha
unido a Charlotte, una joven de su misma edad, militante anarquista con quien
mantiene desde hace dos años una relación, cuando súbitamente, un
encadenamiento de hechos lo arroja a las calderas de un carguero que se dirige
a Panamá y a América del Sur, con un cargamento clandestino de armas cuya venta
ya su capitán ha negociado con los revolucionarios que planean un golpe de
estado en Ecuador.
Pareciera que
la herencia no deseada de Joseph actúa como el origen invisible que determina
el curso de las acciones que se suceden unas a otras sin control. Charlotte se
ha involucrado a fondo en el movimiento anarquista. Para obtener fondos que le
permitan al diario Libertaire (1923)
sostenerse por un año, ha decidido pedirle 30 mil francos al gerente del
mercado de Les Halles de Paris, para quien trabaja como doméstica y amante y a
quien ha amenazado con denunciar ante su esposa si no le pagaba un apartamento
propio y mil francos al mes. Ante la negativa de Monsieur Martin, a Charlotte
no le queda otra salida que dispararle, dándole la muerte. Todo deviene en
tragedia, el crimen es denunciado inmediatamente, Charlotte arrastra a Joseph en
su huida y lo conduce al embarcadero donde rápidamente convence al capitán de La Cruz del Norte, de embarcarlos a
bordo, cosa que el capitán acepta de inmediato, (Charlotte ya ha obtenido
información sobre las armas y se vale de ella para “negociar”) pero el azar
interviene de nuevo. Desde que el
capitán conoce a Charlotte, se inicia un curioso y sutil triángulo amoroso, donde
los sentimientos de los dos hombres permanecen soterrados o disimulados, sin
expresarse abiertamente; como la protección y el afecto que el capitán siente por
Joseph, quien podría ser su hijo, confundiéndolo y paralizándolo; sin por ello
dejar de sentir agradecimiento e incluso admiración y respeto por éste. Los
hilos del verdadero poder parecen tejidos por Charlotte, la única que parece
estar en control de sí misma, abandonada al ocio y a la protección que le
ofrece el capitán. Dócil, encantadora e impasible, los desconcierta, los ata a
su suerte y los mantiene alerta, como si ambos presintieran en ella el origen
remoto de desconocidos peligros.
Pero la
verdadera tragedia está por venir. Como en “El
corazón de las tinieblas”, de
Conrad, en esta novela, “Long Cours” (Gallimard,
1923, 2002) Georges Simenon nos sumerge en la pesadilla de la selva tropical
suramericana y su omnipresencia oprobiosa y temible. Tras numerosos acontecimientos y reveses, a
los cuales Joseph sobrevive sin darse cuenta en manos de designios incontrolables
para él, el carguero arriba al canal de Panamá, donde las autoridades francesas
ya han dado la alerta y emitido la orden de arresto de Charlotte. Para ese
momento ya los rebeldes ecuatorianos que habían encargado las armas a Mopps, el
capitán, han sido vencidos por el ejército ecuatoriano y su líder ha sido asesinado.
Para Mopps eso significa la ruina de su empresa, su barco y su vida. Sin embargo,
logra negociar en el puerto con un rico empresario árabe el pago de la multa
que le ha impuesto la French Line
para atravesar el canal y salir de Panamá, pero debe cambiar de rumbo y de
planes. Decide entonces dejar a Joseph y a Charlotte en el puerto de
Buenaventura, Colombia, con pasaportes falsos y con empleo para Joseph en la
compañía de un traficante de oro, para el momento el hombre más rico de
Colombia.
Todo aquello
acentuaba la angustia, que nunca había dejado de perseguir a Joseph, sobre su
lugar en el mundo, un mundo donde siempre surgía algo que le impedía actuar según
sus deseos, dejándolo en la mitad de situaciones falsas; donde sentía que nunca
había sido “él”. No teniendo ningún punto en común con el partido anarquista,
era simplemente el hijo de un admirado mártir desconocido para él; tampoco lo tenía
con los feroces libertaires que
rondaban la librería de la calle Montmartre, ni con los antiguos amigos
anarquistas de su padre que se habían vuelto ricos, y mucho menos con los
marineros y estibadores del barco que los había conducido hasta Buenaventura. Pero tampoco tenía tiempo para detenerse en
sus cavilaciones, porque enseguida fue conducido junto a Charlotte a los pantanos
de la selva colombiana, equipado con botas de caucho, pantalones de kaki, un
casco y alojado (o más bien arrojado) a un bungalow
donde estaría bajo las ordenes de un geólogo belga, comisionado por la Compagnie Miniére Anglo-Colombienne para dirigir las operaciones
de extracción del oro de los pantanos, lo que realizaban los indígenas y negros
en condiciones infrahumanas. Y muy
pronto aquel pantano, que ya había conducido a la locura al geólogo belga, se presentó
ante Joseph como la materialización de su infortunio y de todas las
incongruencias de su vida. En plena estación lluviosa, durante meses él y
Charlotte no contemplaron más que su choza enlodada y húmeda donde crecían champiñones
encima de su ropa, maletas y enseres, soportaban una temperatura constante de 40
grados, miraban y le temían a un rio pantanoso, plagado de cocodrilos y todo el
tiempo una lluvia interminable e insidiosa caía de un techo bajo de nubes
grises estacionado sobre sus cabezas. Y así
día tras día. Acosados por nubes de mosquitos, arañas venenosas y ratas (había días
en que Joseph debía matar hasta quince antes de poder dormir), aquellos
pantanos se habían convertido en un infierno donde todos agonizaban esperando
un final que nunca llegaba. Dependían de un solo hombre que los aprovisionaba
una vez al mes y no tenían a nadie con quien hablar porque el geólogo belga había
tomado a Joseph por un espía de la compañía enviado para asesinarlo y no les
hablaba.
El relato continúa:
“Los hombres que trabajaban en los pantanos buscando oro eran seres indolentes
y resignados, producto de una mezcla de razas degeneradas que no tenían ni
siquiera el instinto de independencia. Obedecían como bestias, se protegían la cara
con los brazos como niños cuando veían a un blanco encolerizado, eran feos y
casi todos tenían tuberculosis”.
El delirio
persecutorio de Plumier, el geólogo belga, lo conduce finalmente al suicidio,
cuando ya las cartas que ha hecho llegar a la compañía han atestiguado los horrores
de la explotación minera que se supone ha estado bajo su dirección. Charlotte
queda embarazada y a los pocos meses contrae una enfermedad tropical; su vida y
la del niño corren peligro y ese hecho determina lo que se convierte en una obsesión
para Joseph: escapar.
“Mittel
levanta la mirada hacia la grisura de la montaña, semejante a una nube. A lo
lejos, otras montañas, y valles, y ríos. Un continente inmenso con solo aquí y allá,
separados por barreras, pequeños puñados de humanos: blancos venidos de Europa,
negros traídos de África. ¡Y era allí,
en una de esas minúsculas madrigueras que él, Joseph, que poco tiempo atrás aún
estaba en Paris, iba a tener un hijo!”
De las
novelas de Simenon, que disto aun de haber leído todas, sin duda “Long Cours”
debe ser una de las más logradas. Dentro de los cánones de la tragedia clásica griega,
la novela moderna y el género “noir”, moviéndose cómodamente entre ellas, nos
regala un relato sostenido que no decae ni un instante, lleno de matices, sugerencias
estimulantes, intriga, sorpresa, afirmación. Un relato dentro del cual –para no
abandonar el tema marítimo- navegamos con confianza y el placer indescriptible
de sabernos sumergidos en una fascinante travesía.
jueves, 23 de octubre de 2025
LO GOURMAND NO QUITA LO VALIENTE
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| In vino veritas, Foto mía |
Christian Jacq, (Paris, 1847) es mundialmente conocido por sus novelas sobre el antiguo Egipto, que tienen un enorme éxito de popularidad y ventas, y un poco menos por sus ensayos, notablemente entre ellos, “Ces femmes qu’ont fait l’Egypte” y “L’Egypte de grands pharaons” (coronado por la Academia Francesa), entre otros muchos. Pero Jacq no se detuvo allí, incursionó en la tradición de la novela polar inglesa y su máxima encarnación, Agatha Christie, y respetando maravillosamente los cánones del género, basados en la resolución de casos sin deber nada a las nuevas tecnologías y todo a la sagacidad del investigador, creó la saga conocida como ‘Las investigaciones del Inspector Higgins”. Aquí se trata de un muy aristocrático inspector que, en detrimento de sus títulos de nobleza, es un reputado miembro de Scotland Yard, conocido por sus exitosas investigaciones de casos particularmente “sensibles”
Después de
leer algunas de sus aventuras (no puedo negar que me fascinan las novelas
policiales y este personaje es uno de mis preferidos) he terminado por concluir
que quizás el secreto de su irreprochable carrera se encuentre en su lado gourmet, -que presumo como una hábil estratagema
de Jacq para honrar la reputada gastronomía francesa en Inglaterra, el país de
Higgins, cuya gastronomía es, salvo prueba en contrario, no muy digna de
mención particular.
En una de las
entregas de la saga, Higgins, antes de abordar un caso particularmente difícil,
no desdeña sin embargo el placer de una excelente comida, que saborea en su
propia residencia, no sin antes ducharse, afeitarse y vestirse con esmero. La prisa, recordemos, es plebeya y un menú
como el que se dispone a rendir honores, amerita una ceremonia pulcra, elegante
y respetuosa de los buenos modales. Es una norma que el inspector respeta por
encima de cualquier urgencia y que aplica igualmente a los casos que investiga.
De ahí que obtenga mejores resultados con su hablar pausado y elegante, pero
convincente, en lugar de emplear los desplantes o amenazas que caracterizan su
oficio y que, por otra parte, son absolutamente contrarios a su naturaleza y a
su educación. Pero volvamos al menú:
Entrada: carpaccio de trucha ártica con
perifollo. La preparación ha ameritado 24 horas de preparación. La trucha ha
sido cortada en lonchas muy finas, marinada con ralladura de limón, melaza, sal
marina de primera calidad, pomelo rosado, pimienta auténtica, vainilla, crema
de leche de oveja y perifollo de la huerta, finamente deshojado.
Acompaña la
entrada con una copa de Bourgogne blanco
fresco.
Plato principal: Ossobuco a las hierbas
aromáticas con predominio del romero y la mejorana, acompañada de papas y
remolachas finamente cortadas y aderezadas.
Acompaña con
un Bourgogne tinto.
Postre: assortiment de dulces consistente en
macarons de pistacho, lonjas de naranja confitada, vainilla y panecillos de
especias.
Finaliza con
café y una copa de cognac.
Una vez
dilucidado el caso, identificados los culpables y debidamente entregados a la
Justicia después de varios días de trabajo incansable y noches en blanco, el
Inspector Higgins se regala el siguiente menú, en el mejor restaurante italiano
de Piccadilly Circus:
Entrada: Antipasto de jamón crudo, salami, vegetales
al grill, ensalada verde aderezada con aceite de oliva, queso parmesano,
aceitunas negras, palitos de pan.
Acompaña con
Bitter Campari con hielo.
Primer plato;
Rissotto de hinojo con almejas,
filetes de anchoa, cebolla dorada y rallada finamente, manojo de perejil,
diente de ajo machacado y ralladura de limón.
Acompaña de
vino proveniente de los viñedos al pie del Vesubio.
Plato
principal: Rotti de ternera con
berros y limón, regado con salsa cremosa y papas doradas.
Acompaña con
vino del Vesubio.
Postre: Copa de
helados de sabor a pistacho, chocolate y frambuesa, adornado con merengue y
vino flambeado.
Finaliza con
café y Grappa
viernes, 3 de octubre de 2025
LABERINTO
domingo, 28 de septiembre de 2025
CUANDO TU NOMBRE NO ES TU IDENTIDAD
domingo, 21 de septiembre de 2025
NUESTRO MAR
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| Playa de Morrocoy. Venezuela |
Por pura casualidad comencé a leer un libro del escritor martiniqués Raphael Confiant (1951), titulado "Adéle et la Pacotilleuse” (Mercvre de France, 2005) en momentos nuevamente históricos para el Caribe, cuando una flota de ocho barcos de guerra, treinta helicópteros y alrededor de cuatro mil marines en total, pertenecientes a las fuerzas armadas norteamericanas, se despliega frente a las costas de Venezuela, con el propósito (al menos el declarado) de combatir por medios bélicos el narcotráfico en la zona e impedir su arribo a las costas estadounidenses.
La novela de Confiant
relata las peripecias que le ocurren en pleno siglo XVI, al detective privado
Henry de Montaige durante su investigación del paradero de la hija de Víctor
Hugo, encargo que le ha sido confiado nada menos que por el mismísimo poeta en
persona; y que se desarrolla en un periplo que comienza en Canadá, prosigue por
Carolina del Sur y tiene su punto culminante en las islas del Caribe, entre Granada,
Barbados y Martinica, mientras la señorita Adéle Hugo, presa de su pasión amorosa y sin sospechar que su padre la busca, persigue
a su vez al teniente de la Armada Británica Albert Pinson, de quien se ha
enamorado y con quien según ella, se ha esposado; aunque en su aventura muchos
llegan a considerarla una impostora y a creer que ha perdido la razón. Es
precisamente en uno de los tantos infortunados episodios que le ocurren, que es
rescatada de un intento de violación en el puerto de Barbados, por la pacotilleuse Céline Álvarez Baa,
orgullosa descendiente de padre guineano, abuela andaluza y madre cubana. A partir de ese momento, la suerte de Adéle Hugo
y la de Céline se imbrican en lo que parece ser un dictado sometido a la
voluntad de las potencias espirituales tainas, caribes e incluso hindúes y
africanas que componen el abigarrado mosaico de culturas y creencias que
pueblan nuestro mar interno, su geografía y su historia.
La pacotilleuse (vendedora ambulante de mercancía
que se desplaza entre las islas de las
Antillas menores en frágiles pero veloces embarcaciones) nos previene del error
de imaginar que el Caribe se reduce solo al archipiélago que se abre a medida
que nos aproximamos al Golfo de México, dibujando la ruta de los “Hurakanes”
(nombre otorgado a la cólera del antiguo Dios caribe “Hurakan” hoy en día
olvidado) No, pues el Caribe abarca un vasto tramo de tierra firme que va desde
Cayena, remonta hasta el Lago de Maracaibo, pasando por Georgetown antes de
alcanzar Cartagena de Indias. En el siglo XVI, en que las potencias coloniales
europeas se disputaban la posesión de las riquezas que Cristóbal Colón había
descrito a los Reyes Católicos, el Mar Caribe o Mar de las Antillas, era el
escenario de batallas navales entre bandidos, filibusteros, buscadores de
esmeraldas, réprobos y convictos en fuga, escenario frente al cual la saga
«Piratas del Caribe” (que, por cierto, me encanta) no es más que una graciosa anécdota.
En aquel entonces las pacotilleuses preferían
evitar tales riesgos y abordar Panamá tomando la ruta de la Florida, continuar
hasta Nueva Orleans y descender hasta Yucatán desde donde podían alcanzar el
canal que había construido Ferdinand de Lesseps. Para ellas, como para todo el
comercio antillano, el tiempo era una entidad carente de sentido, “algo” sometido
al humor de los vientos, al estado de las embarcaciones, a la llegada de la mercancía
de Europa y de Estados Unidos y muy raramente, del Levante o de la Extrema
Asia. La ciencia política no se había inventado y la geopolítica la dictaba el
poder económico y militar de las potencias europeas, pero aun ellas estaban
sometidas en ultima instancia, a los designios ignotos de los dioses tainos, africanos y caribes de
poderes insospechados, que habitaban los espíritus de sus habitantes. En todo
caso, el mapa dibujado por las pacotilleuses,
construido sobre la urgencia del día a día y la ausencia de una certitud del mañana,
se batía en el mismo combate de poderes, en un espacio donde el telón de fondo
es la aventura y el riesgo renovado de perderlo todo en un instante.
Han pasado
cuatro siglos desde que España perdiera su control sobre el Caribe y Francia,
Inglaterra y Holanda tomaran posesión de ese archipiélago que convive y
comparte su suerte con la bomba de tiempo en la que se ha convertido Venezuela
desde hace unos días. Guadalupe y Martinica, territorios de ultramar franceses,
están siendo patrullados en apoyo a las operaciones militares de vigilancia del
tráfico de drogas en la zona, y otros países, desde Trinidad y Guyana hasta
Puerto Rico, han declarado su intención de participar en las operaciones.
Cuando escribo esto, hace unas horas se acaba de producir un nuevo bombardeo de
una embarcación sospechosa de transportar droga. La ciencia política ha avanzado,
pero más allá del secreto, lo imponderable sigue reinando sobre los cálculos. Quizás
el dios Hurakan este aguardando el momento de desatar su cólera telúrica y
cambiar el curso de los acontecimientos.
martes, 2 de septiembre de 2025
ALEGORÍA DEL MIEDO
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| René Magritte. Le faux miroir. 1929 |
En su novela «Ensayo
sobre la ceguera», al interior del asilo de alienados donde han confinado en
cuarentena a los ciegos, Saramago (1) pone en boca de un anciano que solo cuenta
con un ojo, las siguientes palabras:
Lo último que vi fue un cuadro. Un cuadro -repite el anciano de la banda
negra- y dónde estaba. Yo había ido al museo, y había un campo de trigo y había
cuervos y cipreses y un sol que parecía formado con partes de otros soles. Debe
haber sido pintado por un holandés. Creo que sí, pero había también un perro
que se hundía, el pobre ya estaba medio enterrado. En cuanto a éste, no pudo
haber sido pintado sino por un español, nadie antes que él había pintado un
perro como ese y nadie después de él se ha aventurado tanto. Probablemente, y había
una carreta cargada de heno tirada por caballos que atravesaban un rio. Con una
casa a la izquierda. Si, entonces es de un inglés. Podría ser, pero no lo creo,
pues había también una mujer con un niño en brazos. Mujeres con niños no faltan
en la pintura. Es verdad, ya lo había notado. Lo que no comprendo es como
pintores tan diferentes y pinturas tan diferentes podrían encontrarse en un
solo cuadro. Había hombres que comían. Hay tantos comensales en la historia del
arte que es imposible saber con esa sola indicación, quien comía. Los hombres
eran trece. Ah, entonces es fácil, continúe. Había también una mujer desnuda de
rubia cabellera dentro de una concha que flotaba en el mar y muchas flores
alrededor. Italiano, sin duda. Y una batalla. Es como las comidas y las mujeres
con niños en brazos, no basta para saber quién es el pintor. Con los muertos y
los heridos. Es natural, tarde o temprano todos los niños mueren y los soldados
también. Y un caballo aterrorizado. Con ojos que se salían de sus órbitas. Exactamente.
Los caballos son así. Y cuales otros cuadros había dentro de su cuadro. No tuve
tiempo de descubrirlo. Me volví ciego precisamente en el instante en que miraba
al caballo.
En esta
novela exhaustivamente celebrada y analizada, el extraordinario acontecimiento que
se cierne sobre los habitantes de un país anónimo, la sirve de pretexto a
Saramago para elaborar una profunda alegoría sobre el miedo, una alegoría que
puede abrirse a otros caminos y uno de ellos es la dimensión del tiempo. En
este caso es una epidemia de ceguera, pero podría ser cualquier otra plaga
cuyas constantes se reproduzcan en otro tiempo histórico, la que confine a los
hombres dentro de sus más recónditos terrores atávicos y se convierta en una amenaza
que los hombres no quieren “ver” y menos reconocer. En su confinamiento, los
aquejados del “mal blanco” deben aprender a vivir sin tiempo, porque éste ha
perdido toda significación para ellos. Ha sido así con todos los flagelos que
han aterrorizado al hombre a lo largo de su historia. Lo leímos en el recuento
terrible de Camus en “La Peste”, lo hemos leído en los relatos de la llamada gripe
española, lo vivimos en la última pandemia decretada, de un origen tan oscuro
como el de la ceguera colectiva de la novela de Saramago. La lección es la
misma: El miedo nos enceguece; pero “ya estábamos ciegos antes que nos atacara
la ceguera” como dice uno de los confinados. “Y el miedo hará que continuemos
ciegos después”
(1) José
Saramago: L’aveuglement” . Editions du Seuil.
Fev. 1997







