jueves, 3 de abril de 2025
LOS SUEÑOS DE LA SIN RAZÓN
jueves, 20 de marzo de 2025
LOS ESTOICOS DEL SIGLO XXI
O, en otras
palabras, la llamada “circularidad del tiempo”, que hace que seamos
apenas la metáfora de la serpiente condenada a morderse eternamente la cola. La
especie humana se ha caracterizado, desde que ella misma inventó la Historia, por
su ambición de cambiar el presente y crear el futuro con sus propias manos,
pero ello no ha excluido la soberbia que, del mismo modo, la ha inducido a creer
que avanza, descubre e innova, cuando en realidad lo que ha hecho casi siempre es
describir círculos sobre su propia andadura. Esto no significa desconocer o
negar los prodigiosos descubrimientos de impacto irreversible que han transformado
el mundo gracias a la originalidad de unas cuantas mentes extra-ordinarias, imbuidas
de genio y visión, sino por el contrario, afirmar que su propia excepcionalidad
hace más notorio el contraste con lo banal, lo artificial, lo malintencionado o
la simple ignorancia que nos quiere
presentar como invento original, descubrimiento o hallazgo, lo que ya ha sido
inventado antes por otros cuya existencia ignorábamos. Es una
historia que se repite sin fin y constantemente. Abundan ejemplos de estos
desmentidos (notablemente en el campo de las ciencias físicas, pero también en
el de las humanidades) y seguirán abundando mientras salgan a la luz las simetrías
y los paralelos históricos, gracias a aquellos que se dedican a rastrear sus huellas
y traerlos al presente, sin lo cual, de paso, no existiría eso que llamamos el rigor científico.
Cuando el
inefable Pablo de Tarso comienza a predicar su propia versión del cristianismo,
anunciando la “novedad” -olvidada desde hacía 50 años- de la Resurrección de un
desconocido llamado Jesús de Nazareth, lo hace en una Grecia que atravesaba por
un periodo menguado y degradante. La
Grecia de Pericles había dejado de existir. 500 años de dominación romana
habían fragilizado una civilización edificada sobre la Filosofía, el culto a un
Ideal de Sabiduría y a los dioses de su mitología. Los griegos, bajo el yugo romano, se habían convertido en un
pueblo esclavizado, frívolo, angustiado y viudo de ideales, que creía en la
magia y en la astrología, lo que explica en parte el relativo éxito inicial del
discurso de Pablo y el interés que el pueblo griego comenzó a manifestar por la
religión de los judíos, que habían conservado intactas sus prácticas dentro de
sus guettos y ejemplificaban el apego
a sus raíces y la fortaleza de sus convicciones.
Los filósofos
griegos, en plena decadencia, ya no tenían nada que aportar a la conducción del
pueblo. Fue entonces cuando se impuso la filosofía estoica, estratégicamente
impulsada por Séneca, el poderoso e influyente tribuno oriundo de España que
tan eficazmente había logrado asentarse en Roma, y que encarnaba como nadie el
conocido lema “haz lo que yo digo, pero no lo que yo hago”, pues era adicto al
poder, a las riquezas y a los privilegios que le otorgaba su posición política
y económica, ya que era riquísimo.
Los estoicos,
con Séneca a la cabeza, invitaban a protegerse del mundo, a hacer de cada quien
una isla y a cultivar virtudes negativas: la apatía, (ausencia de sufrimiento) y la ataraxia (ausencia de agitación). Para los estoicos, solo la
ausencia de deseos procura la tranquilidad del alma (el budismo no está, por
cierto, muy lejos de eso)
Han pasado
dos milenios desde entonces y hoy nos encontramos con masivos modelos de
comportamiento social que responden rigurosamente a prácticas estoicas, sin que
tengamos consciencia de que ellas nos han llegado ya “parametradas” como
decimos hoy, por los antiguos filósofos griegos. Observamos las mismas conductas ante la frustración,
que para los antiguos griegos era evidente y para el hombre actual,
inconsciente: aislamiento, desinterés por el entorno social y comunitario, búsqueda
de la satisfacción inmediata del deseo momentáneo, que al satisfacerse es rápidamente
sustituido por un nuevo deseo que a su vez será insatisfactorio y así hasta el
infinito. En comparación a los estoicos
griegos, no se trata ya de ausencia total de deseo, pero sí de huida de lo que
se percibe como sufrimiento y búsqueda de la inamovilidad. Sobre las
manifestaciones de esa conducta abunda Byund-Chul-Han con sus nociones de
exhibicionismo y narcisismo, notablemente en sus libros “La sociedad de la transparencia”
(2012) e “Infocracia: la digitalización y la crisis de la democracia” (2022). También
lo hace Yuk Hui en “Cosmotécnica”
Pero no hay
que desencantarse ni arrojarse al foso de la fatalidad. A primera vista todo
concuerda y aunque hoy podemos coincidir en la apreciación un poco ligera de
que somos “estoicos” sin saberlo, y de que cada ser humano es una “isla”
conectada individualmente a un dispositivo electrónico, y en que cada quien lo
único que persigue es su propia tranquilidad bajo la condición de no implicarse
en los problemas ni en las mortificaciones ajenas, lo cierto es que ante el
hecho cumplido de esta especie de esclavizaje consentido o condena placentera
que nos impone la era digital, la realización del contacto físico con otros se
ha convertido en una necesidad humana perentoria, tan fundamental como el oxígeno
que nos mantiene en vida y que no dudo en calificar como “Resistencia”, ya que
cada vez que conversamos con otro, estamos
rescatando un arte en vía de extinción, enriqueciendo el lenguaje hablado, trayendo
a la mesa palabras completas y no las meras interjecciones y signos caligráficos
del lenguaje digital. Cada contacto físico e interpersonal nos aleja del
aislamiento al mismo tiempo que nos acerca a nosotros mismos y a nuestros
semejantes en lo que nos es esencialmente humano: la palabra, la mirada y la
risa. Y aunque cada quien se siente cómodo y experimenta una sensación cercana
a la felicidad mientras está conectado a su dispositivo -pues a través de él se
hace la ilusión de obtener “diversión”, “información” habilidades y
conocimientos diversos- ésta no deja de ser momentánea y cuando cesa su efecto,
nos percatamos de que lo que verdaderamente necesitamos no está allí, sino
donde siempre ha estado: en el mundo físico, en el espacio real que nos rodea, en
los objetos queridos, en otros seres humanos, como nosotros. En el fondo se
trata de una lucha entre el hombre y la máquina, entre nuestra propia
naturaleza y lo artificial impuesto.
jueves, 13 de marzo de 2025
HUMOR Y GENIO
No hay
ocasión en que se aborde seriamente el tema del humor, en que éste no conduzca
a filosofar sobre esos sutiles filamentos que lo conectan con nuestra más
profunda interioridad, con nuestra alma y nuestra condición humana. Las reflexiones más sombrías y
descorazonadoras pueden –y de hecho lo hacen- aflorar antes o después de las
situaciones más hilarantes, y coexistir con ellas. Y también se da a la
inversa, que lo que consideramos terminal y trágico, venga sucedido de un
pensamiento cómico irreprimible, que a veces nos coloca en una situación
embarazosa. Una prueba de ello es el humor negro, aunque en realidad si nos
ponemos acuciosos, podríamos comprobar que toda nuestra vida esta signada por
esa dualidad, (la máscara de dos caras) sólo que algunos nacen más dotados para
poner su acento vital sobre la comedia y otros sobre la tragedia. En eso, creo
yo, se basa la diferencia fundamental entre los seres humanos. Tener la
facultad de encontrar el lado risible de cualquier hecho dota a la persona que
la posee, de un arma poderosa para afrontar la misma existencia que desde el
lado de la tragedia, asume como una penitencia y un encadenamiento infinito de
sufrimientos, el que no la posee.
Y aunque el
humor del siglo XXI ha perdido la inocencia y la capacidad de sorprender que
tuvo en la época dorada de Buster Keaton, Charlie Chaplin y los Hermanos Marx,
para solo nombrar a los famosos, cuando uno los observa hoy en día acusa de
inmediato la recepción de una señal imperecedera: algo ha permanecido allí, inmutable
en el tiempo, eternamente conectado a “lo que nos hace reír hasta las lágrimas”,
cuya esencia sigue siendo un enigma, un misterio inexpugnable que ojalá nunca
sea desentrañado, porque pienso que el
hombre de hoy necesita de enigmas y misterios sin descifrar que sirvan de
anclaje, de escudo humano contra el artificio que pretende sustituirnos como
especie. ¿Y qué puede defendernos más eficazmente que atesorar el secreto de la
risa y conservar para nosotros el misterio del mecanismo que activa sus
resortes y su impulso?
Paul Auster establece
esa conexión en sus memorias. Con la eficacia característica de su estilo, nos
abre esa línea paralela entre lo trágico y lo cómico, que le sirve de reflexión
sobre su propia existencia. El punto de apoyo está en la descripción de las
sensaciones que suscitaron en él las películas de Stanley Laurel y Oliver
Hardy, más conocidos como el “Gordo y el Flaco”
Dice Auster:
“Esas
mórbidas cavilaciones constituían una parte de las cosas desagradables que
marcaron esa etapa entre sus seis y ocho años, pero también había cosas
agradables, como ese programa de televisión de cuatro a cinco y media de la
tarde en Canal 11, después de la escuela. 90 minutos (contando la publicidad)
de antiguos films de Laurel y Hardy, que se le revelaron como los mejores, los
más divertidos y agradables que hayan podido filmarse jamás. Se trataba de una
nueva emisión lanzada en el otoño anterior, que Ferguson (es decir, Auster)
encuentra casualmente una tarde de octubre. Él lo ignoraba todo de ese viejo
tándem de cómicos, en la medida en que Laurel y Hardy habían sido ampliamente
olvidados en 1955, sus películas de los años 20 y 30 ya no se exhibían y fue
gracias a la televisión que comenzaron a interesar de nuevo al público joven de
la gran metrópoli (se refiere a Nueva York, donde entonces vivía Auster). ¿Cómo
llego Ferguson a adorar esos dos idiotas, a esos adultos que tenían la mente de
dos niños de seis años desbordantes de entusiasmo y de buena voluntad, siempre peleándose
o mofándose el uno del otro, implicándose en las situaciones más improbables y
peligrosas, sea a punto de ahogarse, o al borde de una explosión, golpeados y
luego aquejados de amnesia, pero logrando a pesar de todo sobrevivir? Pareja
desafortunada, conspiradores lamentables, eternos perdedores que, a pesar de
todos los puñetazos, los pellizcos y las patadas que se propinaban entre sí,
seguían siendo los mejores amigos del mundo, más estrechamente unidos el uno al
otro que cualquier otra pareja del Libro
de la vida terrestre, cada uno de ellos formando la mitad de un solo
organismo humano de dos caras. El Señor Laurel y el Señor Hardy. La idea de que
esos eran los verdaderos nombres de dos personas reales que representabas las
personas imaginarias de Laurel y Hardy en las películas, le encantaba a
Ferguson, ya que Laurel y Hardy seguían siendo Laurel y Hardy en todas las
situaciones en las que se encontraran,
vivieran en América o en cualquier otro país, en el pasado o en el
presente, que sean cargadores en una mudanza, vendedores de pescado o de pinos
de Navidad, marinos, convictos, carpinteros, músicos callejeros, mozos de
cuadra o predicadores en el lejano Oeste, el hecho de que siempre permanecieran
siendo los mismos aun siendo diferentes, los hacia devenir más reales que
ningún otro personaje del cine, ya que si Laurel y Hardy seguían siendo siempre
Laurel y Hardy, se decía Ferguson, eso
significaba que eran eternos.
Ellos fueron
sus mejores y más fieles acompañantes durante todo ese año y buena parte del
siguiente (….) Stanley y Oliver, alias
Stan y Ollie, el gordo y el flaco, el estúpido inocente y el tonto imbuido de sí
mismo, que en definitiva no era menos estúpido que el otro. (..) “Lo que amaba
Ferguson por encima de todo, eran los elementos fundamentales que no cambiaban
en nada de una película a otra, para comenzar, la canción sincopada que anunciaba
el regreso de los dos tipos, listos para una nueva aventura… ¿qué iban a hacer esta vez? La mímica ya
familiar de la cual Ferguson no se cansaba jamás: Ollie ajustando su corbata y
lanzando miradas exasperadas a la cámara, los guiños de ojo desconcertados de
Stanley, los sombreros aplastados y los sombreros quemados, los sombreros hundidos
hasta las orejas y los sombreros pateados. Ferguson amaba su propensión a caer
por las alcantarillas, a meter los pies en el fango, a hundirse hasta el cuello
en el mar, su ineptitud para poner en marcha un automóvil, o servirse de una escalera
, hacer funcionar un horno a gas, o un artefacto eléctrico; el refinamiento
fanfarrón de Ollie cuando se dirigía a un extranjero “He aquí mi amigo, el
Señor Laurel” , el absurdo talento de Stan para hacer fuego con su pulgar y de
extraer humo de una pipa imaginaria, sus crisis incontrolables de risa, su
manía de lanzarse a dar pasos de baile improvisados (pero siempre ágiles) y
sobre todo, el perfecto entendimiento que surgía entre ambos en cuanto se
trataba de atacar un adversario, toda disputa y toda discordia olvidada cuando
unían sus fuerzas para saquear la casa de un enemigo o demoler su automóvil,
pero también las variaciones de sus personalidades y la manera como a veces sus
identidades se desbordaban (se salían de sí mismas) e incluso cambiaban
completamente, como en un episodio donde Ollie masajea el pie de Stan pensando
que es el suyo y suspira de alivio y de placer,
y esa manera ingeniosa que ambos tenían de multiplicarse, como cuando
Stan y Ollie adultos, se ocupan de sus bebés,
el pequeño Stan y el pequeño Ollie que eran réplicas en miniatura de sus
padres, porque Stanley y Hardy actuaban ellos mismos todos los roles; o la vez
cuando Stan está casado con una versión femenina de Ollie y Ollie casado con
una versión femenina de Stan, o la vez que encontraron a sus hermanos gemelos
perdidos de vista desde hacía mucho tiempo y que se llamaban, naturalmente,
Laurel y Hardy, o el mejor de todos los
gags, cuando hubo un problema con una transfusión sanguínea y al final de la
película Stan se encuentra con que tiene el bigote y la voz de Ollie y Hardy
encontrando que tenía la cara lampiña, se ponía a dar alaridos como Laurel.
Y aquí Auster
introduce la otra cara de la máscara, la que acentúa la importancia del lado
opuesto, sin la cual ni la una ni la otra serian comprensibles. Dice Auster:
“Pero más que
sus payasadas, lo que Ferguson admiraba en ellos era su perseverancia, porque
en ese aspecto se reconocía en ellos. Los combates de Laurel y Hardy no eran
muy diferentes a los suyos; ellos también erraban de un plan mal concebido a otro,
fracasaban continuamente y cuando, hartos de tanta mala suerte llegaban al
punto de ruptura, la cólera de Hardy se volvía la suya y la estupefacción de
Stanley también, y lo mejor era que en esa sucesión de fracasos que era su vida,
Stanley y Hardy eran aún más incompetentes que él, más estúpidos, más tontos, más
indefensos, pero era precisamente eso lo más gracioso, tan gracioso que lo
hacia reír sin parar, aun cuando se compadecía de ellos, los consideraba sus
hermanos, almas hermanas continuamente derrotados por la vida, sin dejar por
ello no obstante, de levantarse para intentarlo nuevamente y armar otra
estratagema tan desquiciada como las anteriores, que no tardaría en arrojarlos
por tierra una vez más”.
lunes, 3 de marzo de 2025
AMÉRICA Y LOS OTROS
A propósito
del extraordinario film «The Brutalist” que acabo de ver, y releyendo mis
propios textos sobre la obra del escritor norteamericano Eddy L. Harris, que publiqué
el año pasado, encuentro algunas confluencias con la critica que ha recibido la
película. Una de ellas nos dirige a un punto que me pareció una magistral síntesis
dramática de la historia: el hecho de que el arquitecto húngaro László Toth, el
personaje central, exorciza en la realización de su obra de estilo brutalista que un tiempo después de su
llegada a Estados Unidos le encomienda el riquísimo empresario Harrison Van
Buren (el diseño y construcción de un gigantesco centro cultural) el trauma
vivido durante su permanencia en el campo de concentración de Buchenwald,
convirtiendo su propio infierno en una exaltación al poder y la fuerza del espíritu
humano, para sobreponerse a sus demonios, de lo cual él mismo es un ejemplo. Poner el acento de la crítica (o al menos uno
de ellos) en este hecho, me conduce inevitablemente a la ”narrativa” de Eddy L.
Harris, porque encuentro un paralelo entre ambas experiencias, -aunque László
Toth es un personaje de ficción y Eddy Harris cuenta su propia historia- lo
cierto es que ambos se enfrentan al mismo monstruo. En el caso de László, su
obra arquitectónica sobrevive al oprobio de su sujeción forzada al poder económico
de Van Buren, entre quienes se ha establecido una relación de amo-esclavo, de
dominante-dominado, no forzosamente debido a sus propias voluntades, (por
momentos parecen tenerse un afecto sincero) sino más bien arrastrados ambos por
la situación imperante, es decir, por la propia Norteamérica de la época “máquina
de moler que se nutre de una inmigración que ella exprime hasta la medula antes
de arrojarla como un deshecho”. La
fuerza de su sujeción se acrecienta hasta convertir a László en la oveja
sacrificada de una farsa trágica, ya que Van Buren ha construido su fortuna
sobre el acero utilizado para el material de guerra enviado a Europa.
En el caso de
Eddy Harris, su victoria final es una acumulación de pequeñas victorias sucesivas
y en escalada, acumuladas con tesón y consciencia de la importancia de defender
y mantener la integridad de su ser. Hechos como asistir a una función de ópera,
tomarse un café en la terraza de un restaurant, escalar una montaña, jugar al
tenis, practicar el Kayak en el rio Mississippi, pero sobre todo y
fundamentalmente, convertirse en escritor, considerados como logros para un
negro norteamericano, son los mismos que para un europeo sería inconcebible
considerar como triunfos. Porque Eddy
Harris, siendo negro, fue venciendo uno a uno obstáculos y prejuicios que, desde
una óptica externa, son vergonzosos para cualquier país, pero cuando se trata
de la primera nación del mundo, se convierten en un crimen de lesa humanidad,
un oprobio, una mancha imposible de borrar en su historia. En ambos casos, para László y para Harris, (uno
judío, el otro negro) discriminados y perseguidos por la historia hasta
pretender su exterminio total, se trata de pelear desde dentro de las entrañas
mismas del monstruo, y vencerlo con sus propias armas. Porque el monstruo es
ambivalente: ofrece la oportunidad en una mano y la posible auto-destrucción en
la otra, y frente a la “posibilidad” de triunfar, es válida cualquier apuesta,
cualquier sacrificio, cualquier inmolación. Esa es la verdadera realidad que
esconde la gran nación en su más profundo interior. Para László y todos los
emigrados judíos al finalizar la guerra, Norteamérica representaba no solo la nación
que al frente de las fuerzas aliadas les había devuelto su libertad, sino la
Libertad misma. László y todos ellos iban al encuentro, a verle el rostro, a
conocer en persona de qué estaba hecho el sueño
americano. Más tarde para László las ilusiones se han traducido en una
frase “América no tiene nada que ver con el cuerno de la abundancia. Uno la
tolera, simplemente”
Harris lo
cuestiona todo: desde el origen de la
historia que Norteamérica se ha contado a sí misma, “una nación sin historia ni
tradiciones propias”, hasta la posibilidad misma de que sea capaz de superar su
peor tara: el racismo que impregna la sociedad transversal y longitudinalmente,
profundamente arraigada en su naturaleza y en sus raíces como nación.
“The
Brutalist” ha sido saludado, además de todos sus otros indudables méritos, por
su oportunidad. Por aparecer en un momento “bisagra” signado por dos
importantes turbulencias, a saber: la segunda administración Trump, con su
carga de promesas improbables e imprevisibles, que intentan imponer al mundo
sus valores personales neoliberales y la de la propia industria cinematográfica
norteamericana, que atraviesa por una frágil convalecencia, que algunos
atribuyen al efecto triple post-Covid, la hegemonía de los blackbusters y el desistimiento de los espectadores.
Aunque todo
lo anterior puede ser constatable, no soy de la misma opinión, quizás porque
para mí (y espero que también para una buena parte de la población mundial) es
inconcebible la existencia sin la magia del cine.
jueves, 27 de febrero de 2025
EL RETIRO
Hay veces en que lo que has imaginado se hace tangible. De joven adulta, empecé a idealizar cómo y dónde quería pasar mi vejez, y ocurrió que una vez, en Margarita, el hermano de Luis nos llevó a comer pescado frito en playa Manzanillo, donde nos presentó un pescador amigo suyo, que tenía su casa y su lancha al borde mismo del mar. Entiéndase: su casa no estaba en el pueblo, junto a las de los otros pescadores, ni su lancha junto a las demás lanchas, no. Su casa, de una sola pieza, estaba aislada de las otras, y se componía de un fogón, una mesa, varios chinchorros, algunos bancos y sillas extensibles, fotografías de playas en las paredes y una primorosa y amplia ventana que daba al horizonte, donde flambeaba una también primorosa cortina, delatando la intervención de una mano femenina en algún momento del proceso decorativo. A la hora del encuentro, el sol se ponía sobre la playa y el mar atravesaba por uno de esos momentos indescriptibles con palabras, porque ¿qué palabras existen para dar siquiera una somera idea de los colores de un atardecer en una playa margariteña? ¡Simplemente no existen!
El caso es
que mi entusiasmo por la vida de ese pescador, que luego entendí que era un
“navegao”, como llaman los isleños a los caraqueños que se han ido a vivir a
Margarita, un caraqueño o en todo caso, uno de tierra firme que lo había dejado
todo (no quise ni enterarme para no romper el hechizo, y preferí imaginar que
había sido un empleo, un carro, una quinta o un apartamento en alguna ciudad (y
también un tráfico, un estrés, una polución y un ruido horroroso) por aquella
casita, aquella playa y aquel pescado que pescaba él mismo, freía e invitaba a
otros a degustar con yuca o tostones, y cerveza. Mi entusiasmo fue tal que Luis se puso celoso, y los días
subsiguientes, por mucho que insistí, con la complicidad de Alfredo, para que
volviéramos a playa Manzanillo a comer pescado frito y a tomar cerveza helada, más
nunca volvimos. Lo que Luis no entendía es que ese señor no me interesaba en lo
más mínimo, lo que me entusiasmaba era el personaje. Es que él, un ser real,
encarnaba todo lo que yo había idealizado y discutido tantas veces con mis
amigas del trabajo, cuando nos echábamos unos palitos y nos poníamos ocurrentes
y soñadoras.
Hoy terminé
de leer uno de los relatos compilados en la antología dedicada a Georges Simenon
y su personaje estrella, le Commissaire
Maigret, donde me fue difícil elegir
cual me gusto más, porque soy apasionada del roman policier, y especialmente de Simenon. Y no sé si éste al cual
me voy a referir es el mejor, pero sí que encuadra con mis ideas. Se trata de
un caso que Maigret investiga, acuciado por un lema que lo obsesiona y que
puede traducirse un poco como “nunca asesines a quien no tiene nada” o “a
alguien sin importancia”. Es el crimen de un ser perfectamente anodino, un ser
gris y lastimosamente banal, de quien nadie pudiera imaginarse que un día fuera
asesinado premeditadamente. Maigret termina descubriendo al final que ese ser
tan oscuro e insignificante, gerenciaba admirablemente, sin levantar la más
mínima sospecha, cuatro vidas diferentes: en una era un empleado menor y
correcto, que vivía y mantenía a su familia con un salario mínimo, en otra, era
un amante y coleccionista de canarios, en otra era un pescador silencioso y en
otra tenía una amante tan insoportable como su propia esposa. El impepinable olfato de Maigret lo lleva a
desentrañar el misterio, como suele suceder con él, gracias a una frase
pronunciada al azar por su viuda “él no soportaba el ruido”
Huir del
ruido fue el impulso que movió todos sus pasos, el rector de toda su estrategia
de vida, porque la ilusión de pasar sus días pescando en solitario en el Sena, mientras
su familia lo suponía detrás de su escritorio en una oficina a la que no
asistía desde hacía siete años, para regresar a su refugio secreto donde lo
único que se escuchaba era el trinar de sus canarios, sentarse en un banco del
parque en compañía de su amante, a la que nunca invitó a bailar o a cenar,
regalar un par de costosos zarcillos de oro y granate a su hija mayor, o
comprarse los curiosos objetos que adornaban su escueta casa, como una
colección de novelas de aventuras lujosamente
encuadernada o una taza de colección,
esa vida, repito, que se regaló en secreto y en solitario, tuvo un solo
motivo y una sola razón de ser: el culto al silencio y el solaz de su propia
compañía, lejos del ruido. El epilogo
del relato no puede ser más fascinante y no por intuido, más inesperado: este
ser aparentemente inocuo y desapercibido, se había ganado tres millones de
francos hacia siete años en la lotería, que la policía descubrió enterrados en
su propia casa varios años después de su asesinato, que de paso, había sido
cometido por un ser tan banal como él y por un motivo tan fútil como el
despecho: quería vengarse de que su amigo había dejado de invitarlo a pescar
con él en el Sena, ni quería pagarle más sus tragos.
Hoy hace ya
por lo menos cuatro años que tengo plena consciencia de haber realizado mi
sueño, sólo que no como lo había imaginado, porque en el fondo, como el
personaje de Simenon, lo que he buscado siempre y he encontrado, ha sido una
cierta paz, un silencio acentuado por ciertos sonidos, como pudiera ser el
canto de unos canarios, valga la comparación. No estoy en una casita frente al mar, pero
estoy en un lugar que considero como mío. Tengo a la mano mis libros, mis
materiales de pintura, mis telas, mis cuadernos, mis objetos encontrados. Tengo
ropa adecuada para el invierno y para el resto de las estaciones, porque me
encuentro a salvo de la tiranía de la moda. Aprovecho lo aprovechable de la
tecnología para consultar a la ‘medio sé, medio no sé” como llama Héctor Abad Faciolince a
Wikipedia, para ver lo poco que me
interesa verdaderamente de Netflix, o cualquiera de ellas, tengo a la mano una biblioteca real, que me
acoge amigablemente y donde me puedo sentar a leer, pensar, imaginar y disfrutar
casi voluptuosamente de libros reales y tangibles, tengo una pequeña ciudad al
alcance de unos cuantos pasos, abastos donde nunca falta lo que deseo o
necesito, un cine-arte a donde puedo ir
caminando, que me ofrece una buena selección de los mejores films, pequeños
cafés y bistrós en los que a veces me detengo a tomar un café y hojear un
periódico o el libro que llevo conmigo, tengo bellas conversaciones con mis
hermanas y mis amigos (as); tengo a mis hijas menos lejos de mí de lo que
estaban antes, que era un océano de por medio. Y en fin no por ultimo menos importante,
tengo una suficiente provisión de buen vino y sublimes chocolates que me colman
de un placer que no me veo obligada a disfrutar en secreto, lejos de todos,
como el personaje de Simenon, sino mirando cara abierta al cielo que entra
generosamente cada día por mi ventana.
jueves, 26 de septiembre de 2024
LA CONFUSION DES SENTIMENTS
![]() |
| Lee Krasner |
LA CONFUSION DE SENTIMENTS » Notes intimes du professeur R. von
D. 1926 Traduit par Tatjana Marwinski. (Extrait)
STEFAN ZWEIG
Je ne peux m’empêcher de retranscrire ici textuellement deux
pages qui ont ébranlé les fibres les plus profondes de mon âme. Les voilà :
« …manifestement l’un des étudiants avait faire l’éloge
de Shakespeare comme d’un phénomène météorologique, mais l’homme juché sur la
table souhaitait ardemment démontrer qu’il n’avait été que l’expression la plus
forte de toute une génération, son témoignage spirituel, l’incarnation même d’une
époque qui se passionnait. D’un trait, il fit l’esquisse de cette heure
extraordinaire qu’i avait connu l’Angleterre, de cette unique seconde d’extase,
comme il en surgit subitement dans la vie de chaque people ou dans celle de
chaque individu, concentrant tous ses forces pour s’élancer avec véhémence sur les
choses éternelles. Tout d’un coup, la terre s’était élargie, un nouveau
continent avait été découverte, tandis que la plus ancienne puissance de l’ancien
continent, la papauté, menaçait de s’effondrer : derrière les mers qui désormais
leur appartiennent, depuis que le vent et les vagues ont fracasse l’Armada espagnole,
des nouvelles occasions se présentent à eux ; brusquement le monde est
devenue plus vaste et instinctivement, l’âme s’applique à l’égaler _elle veut être plus vaste elle aussi_ elle
veut elle aussi, aller jusqu’au but dans le bien et dans le mal : elle
veut, pareille aux conquistadors, découvrir, con querir, elle a besoin d’une
nouvelle langue, d’une force nouvelle. Et du jour au lendemain, ceux qui vont
parler cette langue, les poètes, sont là, cinquante, cent dans une seule décennie,
personnages sauvages et indomptables qui ne cultivent plus les jardins d’Arcadie
et ne mettent plus en verse une mythologie choisie, comme le faisaient avant
eux les poétereaux de cour _ils prennent d’assaut le théâtre, établissent leur
champ de bataille dans ces constructions de planches où se déroulaient
auparavant des combats d’animaux et des jeux sanglants, et es vapeurs chaudes
du sang planent encore sur leurs ouvres, leur drame lui-même est un circus maximus dans lequel les bêtes
fauves du sentiment, férocement affamées se ruent les unes sur les autres.
Semblables à des lions en furie, ces cœurs passionnés, se déchaînent, chacun
cherchant à surpasser l’autre dans la sauvagerie et dans l’outrance ; la représentation
a toutes les licences, tous les droits : inceste, meurtre, forfait, crime :
le tumulte effréné de tous les instincts humains célèbre sa brulante orgie :
comme auparavant les bêtes, affames surgissant de leur cages les passions ivres
se précipitent maintenant, menaçantes et rugissantes, dans l’enceinte en bois
de l’arène. Une seule de ces étincelles suffit à provoquer une explosion qui
irradie encore cinquante ans plus tard, c’est une hémorragie, une éjaculation,
une sauvagerie unique qui étreint et déchire le monde entier, c’est à peine si l’on
distingue l’individualité d’une voix ou d’un personnage dans cette orgie de
forces. On s’embrasse à l’autre, chacun apprend de l’autre, lui vole quelque
chose, chacun se bat pour surpasser, pour dépasser l’autre et pourtant ils sont
tous les gladiateurs intellectuels d’une seule fête, esclaves affranchis de
leurs chaines, fouettés et poussés en-avant pour le génie de l’heure. Il va les
chercher dans les masures biscornues et obscures des faubourgs, aussi bien que
dans les palais. Ben Johnson, petit-fils de maçon, Marlowe, fils de cordonnier,
Massinger, rejeton d’un valet de chambre, Phillip Sidney, homme d’état riche et
savant, mais le tourbillon ardent les rassemble tous : adulés aujourd’hui,
ils crèvent demain, comme Kid, Heywood, dans la misère la plus noire, ou s’effondrent,
morts de faim, comme Spencer dans King Street, existences en marge de la société
bourgeoise, batailleurs, souteneurs, comédiens, escrocs, mais poètes, poètes, poètes,
ils le sont tous. Shakespeare n’est que le centre : « The very
age and body of the time » mais on n’a même pas le temps de le considérer
a part, tant ce tumulte est impétueux, tant est foisonnante la création où une ouvre
succède à la prochaine, une passion à l’autre. Et tout d’un coup, dans un tressaillement
semblable à celui dont elle avait jailli, cette éruption, la plus splendide de
l’humanité, retombe, le drame c’est fini, l’Angleterre est épuisée et pendant
des centaines d’années la grisaille humide et brumeuse de la Tamise pèse sur l’esprit :
en un seul élan, une génération a gravi tous les sommets de la passion et a plongé
dans les abimes, elle a craché l’âme exubérante qui la brulait _maintenant le
pays git là, fatigué, épuisé, un puritanisme vétilleux ferme les théâtres, et
met ainsi fin aux discours passionnés ; la Bible reprend la parole, la
parole divine, là où la plus humaine de toutes les paroles a proféré la confession
la plus ardente de tous le temps ; là ou une génération enflammée a vécu
elle seule pour des meilleurs d’autres »







