viernes, 2 de mayo de 2025

ACASO SOMOS LO QUE HACEMOS?

 

Obra de Peter Blake

En la década de los sesenta’s, desde la óptica del socialismo, se hablaba de alienación, para referirse a quienes nos hallábamos “sometidos” al sistema capitalista. El término era muy socorrido por quienes se definían a sí mismos como “antisistema”. El capitalismo era concebido como una maquinaria que funciona por sí misma (inhumana) que devora a sus miembros y cuyo único objetivo es la ganancia económica. Dentro del sistema capitalista, todos somos mercancía y por lo tanto, intercambiables de acuerdo a las leyes de la oferta y la demanda. Los humanos somos apenas una pieza de un engranaje que una vez creado, se ha independizado de la voluntad humana y aplica implacable y autónomamente el principio que lo rige, es decir el lucro. Y el fin justifica los medios.

Para contrarrestar la inequidad social y económica, la injusticia legal y restablecer las sociedades sobre principios humanistas, estaba el comunismo bajo su faceta más amable, el socialismo.  Hablo en pasado, obviamente, y “estaba” es la palabra adecuada. No me voy a detener en el recuento de la debacle del ideal comunista y su estrepitoso fracaso en la realidad, prefiero centrarme en aquel entonces, cuando ese ideal encerraba sueños colectivos y apelaba a lo mejor de cada uno, porque ¿quién que no tomara conciencia del funcionamiento de la economía capitalista, podía no adscribirse al socialismo, que predicaba la igualdad de todos y nos devolvía la esperanza en la humanidad?  Y aquí viene el término “alienación” a ofrecernos la explicación y la respuesta: el “alienado” no ha adquirido esa conciencia, y la maquinaria invisible trabaja para que no la adquiera nunca, para que viva “enajenado”, es decir “fuera de sí mismo” y en función del mantenimiento del sistema. El alienado se percibe falsamente feliz dentro de una sociedad que incita al consumo como único leit motiv de la existencia humana. El alienado pacta con el sistema, se encuentra inserto en él sin saberlo y sin sentirse infeliz por eso, al contrario.  La prédica socialista nos advertía sagazmente contra las estratagemas del capitalismo para someternos voluntariamente. La más eficaz era –y evidentemente sigue siendo bajo otras apariencias y potenciada un millón de veces gracias a Internet- el acondicionamiento, es decir, la influencia sobre nuestras mentes a través de mensajes “subliminales” utilizando los Mass Media y la publicidad como transmisores de mensajes al consumidor de un sistema de producción orientado al lucro, que a cambio le ofrece la “libertad” de adquirir lo que quiera y, por ende, la “felicidad”.  No hay que olvidar que, por esos años los análisis de los llamados “Mass media” conocieron su mayor auge: ahí están La aldea global, “el medio es el mensaje”, de Mc Luhan; “Apocalípticos e Integrados” de Umberto Eco, “El hombre unidimensional” de Herbert Marcuse _haciendo la honrosa salvedad de que Marcuse también acusó al sistema comunista de alienar a sus individuos_  como prueba de la importancia de un tema que ha trascendido décadas y que emplaza profundamente los fundamentos éticos de la sociedad occidental.

La película “L’arrangement” (‘El arreglo”) escrita y dirigida por Elia Kazan, en 1969, que recién he vuelto a ver, me retrocedió mentalmente a esos años de polémicas fructíferas.  Después de 56 años, pareciera que las preguntas siguen siendo las mismas. El sistema y sus peligros siguen estando ahí, aunque debo reconocer que la “conciencia” también, a la espera de que vayamos a su encuentro, y exigiendo hoy más valor que nunca para afrontar el brillo de su iluminación, que nos empuja a actuar.  Más valor, sin duda, del que tuvo Eddie Arness (Kirk Douglas en el film), quien quiso “romper” con el sistema _primero en un fallido intento de suicidio y después tratando de destruirlo desde adentro__ para terminar siendo víctima él mismo de sus propias indecisiones, al adoptar conductas erráticas y contradictorias que solo consiguieron unir a todos los “adaptados” en su contra y sellar vergonzosamente su fracaso. La “sociedad” actuando como un ente amorfo de mil cabezas aullando por su sobrevivencia, acaba triunfando y su ensañamiento es tan cruel que por momentos se hace insoportable; sobre todo porque la historia tiene como trasfondo la expresión más extrema del sistema capitalista: Norteamérica. Con el agravante de que Eddie, hasta el instante mismo anterior a su “toma de conciencia”, encarna a una estrella fulgurante del Universo de la Publicidad, lo que no es un dato casual.

Para mí el instante más demoledor, de hecho, el que precede a la debacle final, es el dialogo entre Eddie y su esposa Florence    (magistralmente encarnada por Deborah Kerr) cuando ella intenta hacerlo “comprender”, le ofrece su “ayuda” y le pregunta que es lo que verdaderamente quiere “hacer”. Él le responde que no quiere “hacer” nada.  Solo tirarse en la hierba de cara al sol.  Solo quiere “ser”

A continuación, ella le pregunta, ¿pero... “ser qué”? 

-Nada, sólo “ser”

-Pero ser qué cosa, insiste ella...

-Nada, solo “ser” yo mismo

-Pero ¡tú qué eres!  Solo eres publicista... ¿y mientras tanto de qué vamos a vivir?

domingo, 13 de abril de 2025

EL AZAR Y LA RAZÓN

 

Reading Sociology

Si de algo estoy convencida, es de que el azar histórico existe, y lo que tomamos por hechos inevitables son producto de la casualidad, más que de decisiones.

En la Universidad Central dominaba la izquierda en pensamientos, palabras y obras, y la Escuela de Sociología en la que estudié no era la excepción. No podía serlo, eran los años 60’s.  En la escuela se discutían las tesis de los fundadores de la sociología, desde Comte hasta Parsons y las teorías funcionalistas. Esto lo reconozco hoy con admiración. Los profesores que dictaban esas materias se inmolaban cada día ante el tribunal inapelable del materialismo dialectico, pero no puedo negar que la izquierda estudiaba las teorías del “enemigo” para vencerlo en su terreno, y ciertamente no se evadían los debates con “la derecha” ni a la inversa, lo cual habla muy bien de la universitas que imperaba para la época.  Uno de los autores que estudiamos fue la del italiano nacido en Paris, Wilfredo Pareto (1848-1923) y su tesis de la circulación de las élites, que desde que la conocí hasta ahora, me ha parecido sabia.  De hecho, Pareto fue el responsable de introducir el termino élite en el análisis social. Para decirlo en pocas palabras, Pareto había constatado simplemente, lo que la historia nos ponía delante de los ojos: que las élites se alternaban en el poder, que éste les era negado a aquellos a quienes los políticos llamaban “el pueblo”, e incluso a las élites les daba un nombre: los leones constituyen la élite ilustrada, conservadora, idealista y burocrática. Los zorros cuando ejercen el poder, son calculadores, pensadores y materialistas. No es difícil deducir que los leones simbolizan a la “derecha” y los zorros a la “izquierda”. La izquierda negaba de raíz esta connivencia, odiaba cordialmente a Pareto y nadie se atrevía a insinuar que quizás sería mejor si nos gobernaran los que saben, los mejores, los más preparados, fueran leones o zorros. Yo al menos, nunca me atreví a proclamarlo públicamente, pero las tesis de Pareto me habían hecho un guiño que duraría casi que por siempre. Ya en cierta forma, en el país teníamos nuestras versiones autóctonas de sus tesis, las de Vallenilla Lanz, por ejemplo, y su Despotismo Ilustrado encarnado por Guzmán Blanco y el Gendarme Necesario, muy en la onda “leviatana” de Hobbes.

Y hablo del azar y la casualidad, porque releyendo un poco los antecedentes, no puedo llegar a otra conclusión respecto a cómo _por ejemplo_ conseguimos nuestra “independencia”(palabra que hoy no sé si me hace reír o llorar) ante la duda de si se debió a un conocimiento “elitista” o a la simple casualidad que, en la última década del siglo XX, durante los accidentados episodios que precedieron al golpe de estado de Hugo Chávez, hubiéramos tenido durante un cortísimo periodo, un miembro de la “élite ilustrada” al frente del gobierno: el historiador Ramón J. Velázquez, quien presidió un comité de Notables de cuya eficacia técnica y profesional se esperaba un cambio de timón de 180 grados en la conducción de un país que desde su nacimiento y hasta entonces había estado presidido por dictadores militares, con un breve periodo de cuarenta años de democracia representativa.  

Mi duda parte más de una curiosidad por lo casual, que del lastimoso desenlace del gobierno de Velázquez. Me refiero a si el hecho de llamar Notables a este grupo de hombres (contra quienes el país entero se ensañó con una fiereza, encono y desprecio que no se habían merecido antes ni los más desprestigiados miembros de los muy desprestigiados partidos políticos del momento) de si llamarlos así partió, repito, de la casualidad o del conocimiento histórico. Tratándose del Dr. Velázquez no me queda duda de lo último, aunque sí de que él se haya llamado a sí mismo y a su equipo “Notable” pues era conocida su decencia y humildad. Y la casualidad no está solamente en el apelativo, sino en las consecuencias que sobre toda nuestra historia como país tuvieron hechos que solo el azar pudo tejer de esa manera.

Nuestra rebelión independentista contra la corona española tuvo lugar mientras la península se hallaba desgarrada por la guerra contra la invasión napoleónica. Las ideas de la revolución francesa apenas habían podido traspasar los Pirineos, pero sin embargo penetraron y fueron asimiladas por adeptos libertarios, conocidos como los “Ilustrados”.  Bajo el reinado de José Bonaparte, esas mentes esclarecidas, esos Notables se reunieron en Cádiz bajo la forma de un parlamento, conocido por la historia como Las Cortes de Cádiz, para redactar la primera constitución española, que, inspirada en las ideas de la independencia americana y francesa, proclamó que la soberanía de la nación residía en el pueblo. Corría el mes de agosto de 1812. En ese parlamento se encontraban representantes de los territorios antillanos, americanos e incluso de la lejana Filipinas, que no temieron alzar su voz proclamando que sus países eran más vastos y más ricos que España, a la cual aún se encontraban arbitrariamente sometidos. Anunciaban sus próximas independencias y anunciaban, no la muerte de España, sino el nacimiento de nuevas naciones. 

La constitución de Cádiz representa un fino ejercicio de alta política, un ejemplo de lo que puede lograr la razón humana bajo los preceptos del honor y el respeto a las leyes, y constituyó sin duda alguna en aquel momento, la posibilidad para las colonias españolas de obtener su independencia civilizadamente. Pero los franceses fueron expulsados de España, y el pueblo, diezmado y exhausto del caos y de la guerra, ansioso de paz y orden, aclamó el regreso de Fernando VII, un personaje torvo, neurótico, malvado, obtuso y vengativo que durante su exilio en Francia se dedicó a quemar los libros de Voltaire y Rousseau. Cuando recuperó el trono, una de sus primeras decisiones fue abolir la Constitución de Cádiz y todos los “Ilustrados” y “notables” fueron apresados, junto a actores, periodistas, abogados e incluso aristócratas.  Muerte a las ideas. Viva la Muerte.

¿Qué habría ocurrido con nosotros y con nuestra historia, si en lugar del aberrante Fernando VII se hubieran impuesto las ideas de la Ilustración francesa, se hubiera ejecutado la Constitución de Cádiz, y los notables españoles se hubieran alternado en el poder no por su posición partidista sino para el bien del pueblo, como lo anunciaría Pareto 50 años después?  Probablemente nuestra sangrienta, interminable y absurda guerra de independencia, inútil como todas las guerras, o casi todas, no habría tenido lugar, Simón Bolívar hubiera podido dedicarse a viajar y a disfrutar de los placeres de su posición y su fortuna, y 200 años después,  habríamos alcanzado un grado de convivencia civilizada a través de la educación, habríamos valorado a nuestros Notables y no habríamos sido víctimas de un nuevo alzamiento militar que pretendió y lo pretende aun, retroceder la historia para cometer crímenes de lesa patria invocando su nombre.

jueves, 3 de abril de 2025

LOS SUEÑOS DE LA SIN RAZÓN

Francisco de Goya, De la serie Los Caprichos Asta su abuelo

Cada vez que tenía la ocasión, Carlos contaba que su influencia más fuerte como pintor, había sido y seguía siendo Goya. A su regreso a Venezuela, cuando comienza a investigar para su libro “La Mudanza del Encanto” las imágenes de Goya lo orientan y presiden. En la introducción del libro, afirma que los demonios no han abandonado al mundo, que su libro no se trata sólo de episodios de brujería y hechicería ocurridos en el siglo XVI ni de la quema de herejes, ni de los Autos de Fe de la Inquisición en América, sino de reconocer que los demonios siguen acechando al mundo bajo otras formas. Y hoy, 300 años después de Goya y 500 después de la Inquisición, cada vez que veo el mundo que tengo ante mis ojos, recuerdo esos párrafos. El parangón me parece indudable. 

Jamás he olvidado una escena precisa de la película “Goya, el herético”, dirigida por Konrad Wolf en 1971, y que gracias al bendito azar pudimos ver Carlos y yo, en un cine merideño. Es una escena en la que Goya penetra en una iglesia en Cádiz, mientras una gitana canta una saeta. Quizás fue lo último que en verdad escuchó, pues fue ahí precisamente, en Cádiz, donde fue atacado y vencido irremisiblemente por la sordera. Lo que brotó de la garganta de aquella mujer en aquel lugar inconcebible fue sublime y desgarrado, una flecha lanzada al centro mismo del alma de quien no podía permanecer insensible a tan tremenda revelación. Es la España que el artista, a quien la sordera ha privado de comunicación con los otros, encuentra en sus “visiones”. Los conocedores de su obra piensan incluso que su sordera la ayudó a crecer, impulsándolo a buscar en el fondo de sí mismo, en el silencio, imágenes que nadie antes que él, había visto. Su gloria crecía mientras, al mismo tiempo que ejecutaba los retratos que le encargaban, perseguía una búsqueda más personal y secreta en sus grabados y en pinturas que prefería no mostrar a nadie y que en lo esencial, no fueron conocidas sino mucho después de su muerte. Ya en 1799 Goya ha publicado “Los Caprichos” una serie de 80 grabados donde, como él mismo proclama “El sueño de la razón engendra monstruos”. Se ha representado a sí mismo a sus 53 años, el labio inferior grueso, la mirada cansada, los cabellos grises, el mentón doble, lleva un grueso sombrero negro y todo ello posee un aire descuidado e indiferente que parece decir “éste soy yo, así es como luzco y este es el mundo que veo”. En ese mundo se encuentran criaturas graciosas, las “majas”, chicas elegantes y fáciles, finamente calzadas que muestran algo de sus calzones con sus piernas ligeramente abiertas como signo indiscutible de prostitución, “dueñas”, divididas en cuatro, monjes deformados como criaturas coquetas, brujas, gallinas humanas desplumadas, espectros empestando el aire, machos cabríos gigantes, tribunales infames, muertos saliendo de sus tumbas. La razón dormida da lugar a los caprichos. Las imágenes recuerdan a la poderosa Inquisición de años atrás, sorprenden y hasta escandalizan. Los espíritus religiosos no encuentran allí ni la menor traza de piedad, al contrario: curas y monjes no muestran sino el rostro del horror. Toda la España del siglo XVIII se encontraba en “Los Caprichos”: una naturaleza inexorable, un cielo oscuro, sin esperanza, donde la gente sin embargo, no podía renunciar a rezar, una opresión antigua e inaceptable pero constantemente renovada como si renaciera de ella misma, una resignación reprimida y furiosa a la vez, una rareza normal, y siempre, siempre, la presencia de la muerte como miembro de la familia; la certeza tranquilizadora de que la razón no conduce al mundo e incluso, de que la Verdad Suprema es seguramente ella misma, irracional. Los demonios acechan en un rincón, en el pasaje repentino de una sonrisa de mujer a los más negros sueños. Toda la España e incluso mucho más. 

Goya se encontraba en Madrid cuando el 1 de mayo de 1808 el pueblo ataca a los mamelucos de Murat y lo paga caro al día siguiente. Sin embargo, no pinta sus famosos “Dos de Mayo” y “Tres de Mayo” sino seis años después de los hechos. Al elevar el acontecimiento por encima de sí mismo, lo inscribía para siempre en todas las memorias, a pesar de rechazar en el momento, mostrarlas al público. 
Casi toda España quería permanecer fiel a su monarquía, a la excepción de unos pocos “ilustrados” que acogían los ideales libertarios de la Revolución Francesa con entusiasmo. Pero eran muy pocos, sin capacidad para luchar contra siglos de aislamiento y atraso e impedir que semejantes cambios les fueran impuestos por la fuerza, que era lo que pretendía Napoleón. A pesar de lo ocurrido en Madrid y al contrario de lo que se le informaba a Napoleón, España no había sido conquistada por los franceses. El pueblo español se opuso con fiereza y coraje a los invasores, sin darles tregua, por todo el territorio, de Madrid hasta las Baleares, calle por calle, casa por casa, en todo lugar y a toda hora. Todo había explotado en Zaragoza, bajo el comando del duque de Palafox y su lema “guerra y cuchillo” que inaugura la guerra de guerrillas. Goya visita su ciudad natal tras los acontecimientos y horrorizado por lo que ve, comienza a esbozar lo que después seria “Los Desastres de la Guerra” hoy en día el catálogo más crudo y exacto jamás concebido por un hombre, sobre la atrocidad que nos habita. 
Solo en ocasiones comentaba que los fantasmas lo acompañaban y se hacían presentes en sus pinturas: “los fantasmas son insistentes -decía- “tenaces y más inflexibles cuando no podemos verlos” … “no sé de donde vienen ni quiénes son, pero mis manos los ven. De pronto están allí, bajo mis dedos y no puedo atraparlos. Nada puedo hacer, es como si sus rostros demoniacos o sus caras angelicales se escondieran en mis manos, de donde saldrán de tiempo en tiempo” 
Decía que pintaba miradas. Una de ellas era la de la Duquesa de Alba: “su mirada era la más fuerte, te traspasaba sin perdonarte nada, pero al mismo tiempo te comprendía y te ayudaba, venia desde encima de ti y se detenía a tu nivel. Era como una gracia. Una de las más bellas miradas que he encontrado” “Nadie se imagina cómo las miradas pueden ayudar a un pintor, pero no solo las de las duquesas. Hay veces en que un mendigo me mira fijamente en la calle, entonces entro a mi casa y la dibujo tratando de reencontrar el brillo que he percibido en sus ojos, pero también en sus manos enfermas, sus dientes podridos, su cuerpo encorvado. Lo mismo puede ocurrirme con un perro”. “Cuando pintaba al rey, al Borbón, no encontraba nada, solo un vacío. Una mirada como de agua sucia, de cabra muerta. Nadie se imagina cuánto padecí”. 
Goya, genio iluminado, atacado por los caprichos del azar, convencido de la existencia de fantasmas y guiado por la certitud de sus visiones, fiel reproductor de su propia imaginación y sin embargo capaz de copiar la realidad y ennoblecerla incluso dentro de la fealdad y el horror, capaz de la tarea imposible de embellecer a la Reina Maria Luisa y de hacer crecer al Conde de Floridablanca. Sordo como Beethoven, guiados ambos en las tinieblas del silencio por la magia de una divinidad ignota. Genio inmortal.

jueves, 20 de marzo de 2025

LOS ESTOICOS DEL SIGLO XXI


O, en otras palabras, la llamada “circularidad del tiempo”, que hace que  seamos apenas la metáfora de la serpiente condenada a morderse eternamente la cola. La especie humana se ha caracterizado, desde que ella misma inventó la Historia, por su ambición de cambiar el presente y crear el futuro con sus propias manos, pero ello no ha excluido la soberbia que, del mismo modo, la ha inducido a creer que avanza, descubre e innova, cuando en realidad lo que ha hecho casi siempre es describir círculos sobre su propia andadura. Esto no significa desconocer o negar los prodigiosos descubrimientos de impacto irreversible que han transformado el mundo gracias a la originalidad de unas cuantas mentes extra-ordinarias, imbuidas de genio y visión, sino por el contrario, afirmar que su propia excepcionalidad hace más notorio el contraste con lo banal, lo artificial, lo malintencionado o la simple  ignorancia que nos quiere presentar como invento original, descubrimiento o hallazgo, lo que ya ha sido inventado antes por otros cuya existencia ignorábamos.   Es una historia que se repite sin fin y constantemente. Abundan ejemplos de estos desmentidos (notablemente en el campo de las ciencias físicas, pero también en el de las humanidades) y seguirán abundando mientras salgan a la luz las simetrías y los paralelos históricos, gracias a aquellos que se dedican a rastrear sus huellas y traerlos al presente, sin lo cual, de paso, no existiría eso que llamamos el rigor científico.

Cuando el inefable Pablo de Tarso comienza a predicar su propia versión del cristianismo, anunciando la “novedad” -olvidada desde hacía 50 años- de la Resurrección de un desconocido llamado Jesús de Nazareth, lo hace en una Grecia que atravesaba por un periodo menguado y degradante.  La Grecia de Pericles había dejado de existir. 500 años de dominación romana habían fragilizado una civilización edificada sobre la Filosofía, el culto a un Ideal de Sabiduría y a los dioses de su mitología. Los griegos, bajo el yugo romano, se habían convertido en un pueblo esclavizado, frívolo, angustiado y viudo de ideales, que creía en la magia y en la astrología, lo que explica en parte el relativo éxito inicial del discurso de Pablo y el interés que el pueblo griego comenzó a manifestar por la religión de los judíos, que habían conservado intactas sus prácticas dentro de sus guettos y ejemplificaban el apego a sus raíces y la fortaleza de sus convicciones.

Los filósofos griegos, en plena decadencia, ya no tenían nada que aportar a la conducción del pueblo. Fue entonces cuando se impuso la filosofía estoica, estratégicamente impulsada por Séneca, el poderoso e influyente tribuno oriundo de España que tan eficazmente había logrado asentarse en Roma, y que encarnaba como nadie el conocido lema “haz lo que yo digo, pero no lo que yo hago”, pues era adicto al poder, a las riquezas y a los privilegios que le otorgaba su posición política y económica, ya que era riquísimo.

Los estoicos, con Séneca a la cabeza, invitaban a protegerse del mundo, a hacer de cada quien una isla y a cultivar virtudes negativas: la apatía, (ausencia de sufrimiento) y la ataraxia (ausencia de agitación). Para los estoicos, solo la ausencia de deseos procura la tranquilidad del alma (el budismo no está, por cierto, muy lejos de eso)

Han pasado dos milenios desde entonces y hoy nos encontramos con masivos modelos de comportamiento social que responden rigurosamente a prácticas estoicas, sin que tengamos consciencia de que ellas nos han llegado ya “parametradas” como decimos hoy, por los antiguos filósofos griegos.  Observamos las mismas conductas ante la frustración, que para los antiguos griegos era evidente y para el hombre actual, inconsciente: aislamiento, desinterés por el entorno social y comunitario, búsqueda de la satisfacción inmediata del deseo momentáneo, que al satisfacerse es rápidamente sustituido por un nuevo deseo que a su vez será insatisfactorio y así hasta el infinito.  En comparación a los estoicos griegos, no se trata ya de ausencia total de deseo, pero sí de huida de lo que se percibe como sufrimiento y búsqueda de la inamovilidad. Sobre las manifestaciones de esa conducta abunda Byund-Chul-Han con sus nociones de exhibicionismo y narcisismo, notablemente en sus libros “La sociedad de la transparencia” (2012) e “Infocracia: la digitalización y la crisis de la democracia” (2022). También lo hace Yuk Hui en “Cosmotécnica”

Pero no hay que desencantarse ni arrojarse al foso de la fatalidad. A primera vista todo concuerda y aunque hoy podemos coincidir en la apreciación un poco ligera de que somos “estoicos” sin saberlo, y de que cada ser humano es una “isla” conectada individualmente a un dispositivo electrónico, y en que cada quien lo único que persigue es su propia tranquilidad bajo la condición de no implicarse en los problemas ni en las mortificaciones ajenas, lo cierto es que ante el hecho cumplido de esta especie de esclavizaje consentido o condena placentera que nos impone la era digital, la realización del contacto físico con otros se ha convertido en una necesidad humana perentoria, tan fundamental como el oxígeno que nos mantiene en vida y que no dudo en calificar como “Resistencia”, ya que cada vez que conversamos con otro, estamos rescatando un arte en vía de extinción, enriqueciendo el lenguaje hablado, trayendo a la mesa palabras completas y no las meras interjecciones y signos caligráficos del lenguaje digital. Cada contacto físico e interpersonal nos aleja del aislamiento al mismo tiempo que nos acerca a nosotros mismos y a nuestros semejantes en lo que nos es esencialmente humano: la palabra, la mirada y la risa. Y aunque cada quien se siente cómodo y experimenta una sensación cercana a la felicidad mientras está conectado a su dispositivo -pues a través de él se hace la ilusión de obtener “diversión”, “información” habilidades y conocimientos diversos- ésta no deja de ser momentánea y cuando cesa su efecto, nos percatamos de que lo que verdaderamente necesitamos no está allí, sino donde siempre ha estado: en el mundo físico, en el espacio real que nos rodea, en los objetos queridos, en otros seres humanos, como nosotros. En el fondo se trata de una lucha entre el hombre y la máquina, entre nuestra propia naturaleza y lo artificial impuesto.

jueves, 13 de marzo de 2025

HUMOR Y GENIO

 


No hay ocasión en que se aborde seriamente el tema del humor, en que éste no conduzca a filosofar sobre esos sutiles filamentos que lo conectan con nuestra más profunda interioridad, con nuestra alma y nuestra condición humana.  Las reflexiones más sombrías y descorazonadoras pueden –y de hecho lo hacen- aflorar antes o después de las situaciones más hilarantes, y coexistir con ellas. Y también se da a la inversa, que lo que consideramos terminal y trágico, venga sucedido de un pensamiento cómico irreprimible, que a veces nos coloca en una situación embarazosa. Una prueba de ello es el humor negro, aunque en realidad si nos ponemos acuciosos, podríamos comprobar que toda nuestra vida esta signada por esa dualidad, (la máscara de dos caras) sólo que algunos nacen más dotados para poner su acento vital sobre la comedia y otros sobre la tragedia. En eso, creo yo, se basa la diferencia fundamental entre los seres humanos. Tener la facultad de encontrar el lado risible de cualquier hecho dota a la persona que la posee, de un arma poderosa para afrontar la misma existencia que desde el lado de la tragedia, asume como una penitencia y un encadenamiento infinito de sufrimientos, el que no la posee.

Y aunque el humor del siglo XXI ha perdido la inocencia y la capacidad de sorprender que tuvo en la época dorada de Buster Keaton, Charlie Chaplin y los Hermanos Marx, para solo nombrar a los famosos, cuando uno los observa hoy en día acusa de inmediato la recepción de una señal imperecedera: algo ha permanecido allí, inmutable en el tiempo, eternamente conectado a “lo que nos hace reír hasta las lágrimas”, cuya esencia sigue siendo un enigma, un misterio inexpugnable que ojalá nunca sea desentrañado, porque pienso que  el hombre de hoy necesita de enigmas y misterios sin descifrar que sirvan de anclaje, de escudo humano contra  el artificio que pretende sustituirnos como especie. ¿Y qué puede defendernos más eficazmente que atesorar el secreto de la risa y conservar para nosotros el misterio del mecanismo que activa sus resortes y su impulso?

Paul Auster establece esa conexión en sus memorias. Con la eficacia característica de su estilo, nos abre esa línea paralela entre lo trágico y lo cómico, que le sirve de reflexión sobre su propia existencia. El punto de apoyo está en la descripción de las sensaciones que suscitaron en él las películas de Stanley Laurel y Oliver Hardy, más conocidos como el “Gordo y el Flaco”

Dice Auster:

“Esas mórbidas cavilaciones constituían una parte de las cosas desagradables que marcaron esa etapa entre sus seis y ocho años, pero también había cosas agradables, como ese programa de televisión de cuatro a cinco y media de la tarde en Canal 11, después de la escuela. 90 minutos (contando la publicidad) de antiguos films de Laurel y Hardy, que se le revelaron como los mejores, los más divertidos y agradables que hayan podido filmarse jamás. Se trataba de una nueva emisión lanzada en el otoño anterior, que Ferguson (es decir, Auster) encuentra casualmente una tarde de octubre. Él lo ignoraba todo de ese viejo tándem de cómicos, en la medida en que Laurel y Hardy habían sido ampliamente olvidados en 1955, sus películas de los años 20 y 30 ya no se exhibían y fue gracias a la televisión que comenzaron a interesar de nuevo al público joven de la gran metrópoli (se refiere a Nueva York, donde entonces vivía Auster). ¿Cómo llego Ferguson a adorar esos dos idiotas, a esos adultos que tenían la mente de dos niños de seis años desbordantes de entusiasmo y de buena voluntad, siempre peleándose o mofándose el uno del otro, implicándose en las situaciones más improbables y peligrosas, sea a punto de ahogarse, o al borde de una explosión, golpeados y luego aquejados de amnesia, pero logrando a pesar de todo sobrevivir? Pareja desafortunada, conspiradores lamentables, eternos perdedores que, a pesar de todos los puñetazos, los pellizcos y las patadas que se propinaban entre sí, seguían siendo los mejores amigos del mundo, más estrechamente unidos el uno al otro que cualquier otra pareja del Libro de la vida terrestre, cada uno de ellos formando la mitad de un solo organismo humano de dos caras. El Señor Laurel y el Señor Hardy. La idea de que esos eran los verdaderos nombres de dos personas reales que representabas las personas imaginarias de Laurel y Hardy en las películas, le encantaba a Ferguson, ya que Laurel y Hardy seguían siendo Laurel y Hardy en todas las situaciones en las que se encontraran,  vivieran en América o en cualquier otro país, en el pasado o en el presente, que sean cargadores en una mudanza, vendedores de pescado o de pinos de Navidad, marinos, convictos, carpinteros, músicos callejeros, mozos de cuadra o predicadores en el lejano Oeste, el hecho de que siempre permanecieran siendo los mismos aun siendo diferentes, los hacia devenir más reales que ningún otro personaje del cine, ya que si Laurel y Hardy seguían siendo siempre Laurel y Hardy, se decía Ferguson,  eso significaba que eran eternos.

Ellos fueron sus mejores y más fieles acompañantes durante todo ese año y buena parte del siguiente (….) Stanley y Oliver, alias Stan y Ollie, el gordo y el flaco, el estúpido inocente y el tonto imbuido de sí mismo, que en definitiva no era menos estúpido que el otro. (..) “Lo que amaba Ferguson por encima de todo, eran los elementos fundamentales que no cambiaban en nada de una película a otra, para comenzar, la canción sincopada que anunciaba el regreso de los dos tipos, listos para una nueva aventura…  ¿qué iban a hacer esta vez? La mímica ya familiar de la cual Ferguson no se cansaba jamás: Ollie ajustando su corbata y lanzando miradas exasperadas a la cámara, los guiños de ojo desconcertados de Stanley, los sombreros aplastados y los sombreros quemados, los sombreros hundidos hasta las orejas y los sombreros pateados. Ferguson amaba su propensión a caer por las alcantarillas, a meter los pies en el fango, a hundirse hasta el cuello en el mar, su ineptitud para poner en marcha un automóvil, o servirse de una escalera , hacer funcionar un horno a gas, o un artefacto eléctrico; el refinamiento fanfarrón de Ollie cuando se dirigía a un extranjero “He aquí mi amigo, el Señor Laurel” , el absurdo talento de Stan para hacer fuego con su pulgar y de extraer humo de una pipa imaginaria, sus crisis incontrolables de risa, su manía de lanzarse a dar pasos de baile improvisados (pero siempre ágiles) y sobre todo, el perfecto entendimiento que surgía entre ambos en cuanto se trataba de atacar un adversario, toda disputa y toda discordia olvidada cuando unían sus fuerzas para saquear la casa de un enemigo o demoler su automóvil, pero también las variaciones de sus personalidades y la manera como a veces sus identidades se desbordaban (se salían de sí mismas) e incluso cambiaban completamente, como en un episodio donde Ollie masajea el pie de Stan pensando que es el suyo y suspira de alivio y de placer,  y esa manera ingeniosa que ambos tenían de multiplicarse, como cuando Stan y Ollie adultos, se ocupan de sus bebés,  el pequeño Stan y el pequeño Ollie que eran réplicas en miniatura de sus padres, porque Stanley y Hardy actuaban ellos mismos todos los roles; o la vez cuando Stan está casado con una versión femenina de Ollie y Ollie casado con una versión femenina de Stan, o la vez que encontraron a sus hermanos gemelos perdidos de vista desde hacía mucho tiempo y que se llamaban, naturalmente, Laurel y Hardy, o el mejor de todos los gags, cuando hubo un problema con una transfusión sanguínea y al final de la película Stan se encuentra con que tiene el bigote y la voz de Ollie y Hardy encontrando que tenía la cara lampiña, se ponía a dar alaridos como Laurel.  

Y aquí Auster introduce la otra cara de la máscara, la que acentúa la importancia del lado opuesto, sin la cual ni la una ni la otra serian comprensibles. Dice Auster:

“Pero más que sus payasadas, lo que Ferguson admiraba en ellos era su perseverancia, porque en ese aspecto se reconocía en ellos. Los combates de Laurel y Hardy no eran muy diferentes a los suyos; ellos también erraban de un plan mal concebido a otro, fracasaban continuamente y cuando, hartos de tanta mala suerte llegaban al punto de ruptura, la cólera de Hardy se volvía la suya y la estupefacción de Stanley también, y lo mejor era que en esa sucesión de fracasos que era su vida, Stanley y Hardy eran aún más incompetentes que él, más estúpidos, más tontos, más indefensos, pero era precisamente eso lo más gracioso, tan gracioso que lo hacia reír sin parar, aun cuando se compadecía de ellos, los consideraba sus hermanos, almas hermanas continuamente derrotados por la vida, sin dejar por ello no obstante, de levantarse para intentarlo nuevamente y armar otra estratagema tan desquiciada como las anteriores, que no tardaría en arrojarlos por tierra una vez más”.

lunes, 3 de marzo de 2025

AMÉRICA Y LOS OTROS

 



A propósito del extraordinario film «The Brutalist” que acabo de ver, y releyendo mis propios textos sobre la obra del escritor norteamericano Eddy L. Harris, que publiqué el año pasado, encuentro algunas confluencias con la critica que ha recibido la película. Una de ellas nos dirige a un punto que me pareció una magistral síntesis dramática de la historia: el hecho de que el arquitecto húngaro László Toth, el personaje central, exorciza en la realización de su obra de estilo brutalista que un tiempo después de su llegada a Estados Unidos le encomienda el riquísimo empresario Harrison Van Buren (el diseño y construcción de un gigantesco centro cultural) el trauma vivido durante su permanencia en el campo de concentración de Buchenwald, convirtiendo su propio infierno en una exaltación al poder y la fuerza del espíritu humano, para sobreponerse a sus demonios, de lo cual él mismo es un ejemplo.   Poner el acento de la crítica (o al menos uno de ellos) en este hecho, me conduce inevitablemente a la ”narrativa” de Eddy L. Harris, porque encuentro un paralelo entre ambas experiencias, -aunque László Toth es un personaje de ficción y Eddy Harris cuenta su propia historia- lo cierto es que ambos se enfrentan al mismo monstruo. En el caso de László, su obra arquitectónica sobrevive al oprobio de su sujeción forzada al poder económico de Van Buren, entre quienes se ha establecido una relación de amo-esclavo, de dominante-dominado, no forzosamente debido a sus propias voluntades, (por momentos parecen tenerse un afecto sincero) sino más bien arrastrados ambos por la situación imperante, es decir, por la propia Norteamérica de la época “máquina de moler que se nutre de una inmigración que ella exprime hasta la medula antes de arrojarla como un deshecho”.  La fuerza de su sujeción se acrecienta hasta convertir a László en la oveja sacrificada de una farsa trágica, ya que Van Buren ha construido su fortuna sobre el acero utilizado para el material de guerra enviado a Europa.

En el caso de Eddy Harris, su victoria final es una acumulación de pequeñas victorias sucesivas y en escalada, acumuladas con tesón y consciencia de la importancia de defender y mantener la integridad de su ser.  Hechos como asistir a una función de ópera, tomarse un café en la terraza de un restaurant, escalar una montaña, jugar al tenis, practicar el Kayak en el rio Mississippi, pero sobre todo y fundamentalmente, convertirse en escritor, considerados como logros para un negro norteamericano, son los mismos que para un europeo sería inconcebible considerar como triunfos.  Porque Eddy Harris, siendo negro, fue venciendo uno a uno obstáculos y prejuicios que, desde una óptica externa, son vergonzosos para cualquier país, pero cuando se trata de la primera nación del mundo, se convierten en un crimen de lesa humanidad, un oprobio, una mancha imposible de borrar en su historia.  En ambos casos, para László y para Harris, (uno judío, el otro negro) discriminados y perseguidos por la historia hasta pretender su exterminio total, se trata de pelear desde dentro de las entrañas mismas del monstruo, y vencerlo con sus propias armas. Porque el monstruo es ambivalente: ofrece la oportunidad en una mano y la posible auto-destrucción en la otra, y frente a la “posibilidad” de triunfar, es válida cualquier apuesta, cualquier sacrificio, cualquier inmolación. Esa es la verdadera realidad que esconde la gran nación en su más profundo interior. Para László y todos los emigrados judíos al finalizar la guerra, Norteamérica representaba no solo la nación que al frente de las fuerzas aliadas les había devuelto su libertad, sino la Libertad misma. László y todos ellos iban al encuentro, a verle el rostro, a conocer en persona de qué estaba hecho el sueño americano. Más tarde para László las ilusiones se han traducido en una frase “América no tiene nada que ver con el cuerno de la abundancia. Uno la tolera, simplemente”

Harris lo cuestiona todo:  desde el origen de la historia que Norteamérica se ha contado a sí misma, “una nación sin historia ni tradiciones propias”, hasta la posibilidad misma de que sea capaz de superar su peor tara: el racismo que impregna la sociedad transversal y longitudinalmente, profundamente arraigada en su naturaleza y en sus raíces como nación.

“The Brutalist” ha sido saludado, además de todos sus otros indudables méritos, por su oportunidad. Por aparecer en un momento “bisagra” signado por dos importantes turbulencias, a saber: la segunda administración Trump, con su carga de promesas improbables e imprevisibles, que intentan imponer al mundo sus valores personales neoliberales y la de la propia industria cinematográfica norteamericana, que atraviesa por una frágil convalecencia, que algunos atribuyen al efecto triple post-Covid, la hegemonía de los blackbusters y el desistimiento de los espectadores.

Aunque todo lo anterior puede ser constatable, no soy de la misma opinión, quizás porque para mí (y espero que también para una buena parte de la población mundial) es inconcebible la existencia sin la magia del cine.

jueves, 27 de febrero de 2025

EL RETIRO



Hay veces en que lo que has imaginado se hace tangible. De joven adulta, empecé a idealizar cómo y dónde quería pasar mi vejez, y ocurrió que una vez, en Margarita, el hermano de Luis nos llevó a comer pescado frito en playa Manzanillo, donde nos presentó un pescador amigo suyo, que tenía su casa y su lancha al borde mismo del mar. Entiéndase: su casa no estaba en el pueblo, junto a las de los otros pescadores, ni su lancha junto a las demás lanchas, no. Su casa, de una sola pieza, estaba aislada de las otras, y se componía de un fogón, una mesa, varios chinchorros, algunos bancos y sillas extensibles, fotografías de playas en las paredes y una primorosa y amplia ventana que daba al horizonte, donde flambeaba una también primorosa cortina, delatando la intervención de una mano femenina en algún momento del proceso decorativo.  A la hora del encuentro, el sol se ponía sobre la playa y el mar atravesaba por uno de esos momentos indescriptibles con palabras, porque ¿qué palabras existen para dar siquiera una somera idea de los colores de un atardecer en una playa margariteña? ¡Simplemente no existen!

El caso es que mi entusiasmo por la vida de ese pescador, que luego entendí que era un “navegao”, como llaman los isleños a los caraqueños que se han ido a vivir a Margarita, un caraqueño o en todo caso, uno de tierra firme que lo había dejado todo (no quise ni enterarme para no romper el hechizo, y preferí imaginar que había sido un empleo, un carro, una quinta o un apartamento en alguna ciudad (y también un tráfico, un estrés, una polución y un ruido horroroso) por aquella casita, aquella playa y aquel pescado que pescaba él mismo, freía e invitaba a otros a degustar con yuca o tostones, y cerveza. Mi entusiasmo fue tal que Luis se puso celoso, y los días subsiguientes, por mucho que insistí, con la complicidad de Alfredo, para que volviéramos a playa Manzanillo a comer pescado frito y a tomar cerveza helada, más nunca volvimos. Lo que Luis no entendía es que ese señor no me interesaba en lo más mínimo, lo que me entusiasmaba era el personaje. Es que él, un ser real, encarnaba todo lo que yo había idealizado y discutido tantas veces con mis amigas del trabajo, cuando nos echábamos unos palitos y nos poníamos ocurrentes y soñadoras.

Hoy terminé de leer uno de los relatos compilados en la antología dedicada a Georges Simenon y su personaje estrella, le Commissaire Maigret, donde me fue difícil elegir cual me gusto más, porque soy apasionada del roman policier, y especialmente de Simenon. Y no sé si éste al cual me voy a referir es el mejor, pero sí que encuadra con mis ideas. Se trata de un caso que Maigret investiga, acuciado por un lema que lo obsesiona y que puede traducirse un poco como “nunca asesines a quien no tiene nada” o “a alguien sin importancia”. Es el crimen de un ser perfectamente anodino, un ser gris y lastimosamente banal, de quien nadie pudiera imaginarse que un día fuera asesinado premeditadamente. Maigret termina descubriendo al final que ese ser tan oscuro e insignificante, gerenciaba admirablemente, sin levantar la más mínima sospecha, cuatro vidas diferentes: en una era un empleado menor y correcto, que vivía y mantenía a su familia con un salario mínimo, en otra, era un amante y coleccionista de canarios, en otra era un pescador silencioso y en otra tenía una amante tan insoportable como su propia esposa.  El impepinable olfato de Maigret lo lleva a desentrañar el misterio, como suele suceder con él, gracias a una frase pronunciada al azar por su viuda “él no soportaba el ruido”

Huir del ruido fue el impulso que movió todos sus pasos, el rector de toda su estrategia de vida, porque la ilusión de pasar sus días pescando en solitario en el Sena, mientras su familia lo suponía detrás de su escritorio en una oficina a la que no asistía desde hacía siete años, para regresar a su refugio secreto donde lo único que se escuchaba era el trinar de sus canarios, sentarse en un banco del parque en compañía de su amante, a la que nunca invitó a bailar o a cenar, regalar un par de costosos zarcillos de oro y granate a su hija mayor, o comprarse los curiosos objetos que adornaban su escueta casa, como una colección de novelas de aventuras  lujosamente encuadernada o una taza de colección,  esa vida, repito, que se regaló en secreto y en solitario, tuvo un solo motivo y una sola razón de ser: el culto al silencio y el solaz de su propia compañía, lejos del ruido. El epilogo del relato no puede ser más fascinante y no por intuido, más inesperado: este ser aparentemente inocuo y desapercibido, se había ganado tres millones de francos hacia siete años en la lotería, que la policía descubrió enterrados en su propia casa varios años después de su asesinato, que de paso, había sido cometido por un ser tan banal como él y por un motivo tan fútil como el despecho: quería vengarse de que su amigo había dejado de invitarlo a pescar con él en el Sena, ni quería pagarle más sus tragos.

Hoy hace ya por lo menos cuatro años que tengo plena consciencia de haber realizado mi sueño, sólo que no como lo había imaginado, porque en el fondo, como el personaje de Simenon, lo que he buscado siempre y he encontrado, ha sido una cierta paz, un silencio acentuado por ciertos sonidos, como pudiera ser el canto de unos canarios, valga la comparación.  No estoy en una casita frente al mar, pero estoy en un lugar que considero como mío. Tengo a la mano mis libros, mis materiales de pintura, mis telas, mis cuadernos, mis objetos encontrados. Tengo ropa adecuada para el invierno y para el resto de las estaciones, porque me encuentro a salvo de la tiranía de la moda. Aprovecho lo aprovechable de la tecnología para consultar a la ‘medio sé, medio no sé” como  llama Héctor Abad Faciolince a Wikipedia,  para ver lo poco que me interesa verdaderamente de Netflix, o cualquiera de ellas,  tengo a la mano una biblioteca real, que me acoge amigablemente y donde me puedo sentar a leer, pensar, imaginar y disfrutar casi voluptuosamente de libros reales y tangibles, tengo una pequeña ciudad al alcance de unos cuantos pasos, abastos donde nunca falta lo que deseo o necesito,  un cine-arte a donde puedo ir caminando, que me ofrece una buena selección de los mejores films, pequeños cafés y bistrós en los que a veces me detengo a tomar un café y hojear un periódico o el libro que llevo conmigo, tengo bellas conversaciones con mis hermanas y mis amigos (as); tengo a mis hijas menos lejos de mí de lo que estaban antes, que era un océano de por medio. Y en fin no por ultimo menos importante, tengo una suficiente provisión de buen vino y sublimes chocolates que me colman de un placer que no me veo obligada a disfrutar en secreto, lejos de todos, como el personaje de Simenon, sino mirando cara abierta al cielo que entra generosamente cada día por mi ventana.