martes, 20 de agosto de 2024
ERASE UN PAIS DENTRO DE UN RÍO
sábado, 17 de agosto de 2024
TENER LA PIEL COLOREADA
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«A menudo me he preguntado si el miedo se inscribe en la memoria y el patrimonio genético y se transmite de generación en generación. También me he preguntado si los ancianos no experimentaban el miedo a una realidad aún más sombría, que tenía muy poco que ver con el río y mucho con lo desconocido. O quizás era el miedo acechando desde lo profundo del corazón de un pueblo que vive en un país donde él es la norma, donde le suceden cosas atroces a gente como ellos, como yo, y esas atrocidades pueden suceder en el rio, o en el lado equivocado de la ciudad, o sobre una carretera cualquiera...”
Así describe
Eddy L. Harris, apenas un aspecto (el miedo) del universo insondable de emociones,
sentimientos, instintos y pensamientos que contiene el alma de la gente como él,
quien dice de sí mismo: “Soy escritor, paseante, payaso, viajero. Ser negro no
es sino una de mis facetas”. Eddy Harris, escritor estadounidense nacido en Indianápolis
en 1956 y residente actualmente en Francia (Charente) ha recorrido y vivido en buena
parte de ese mundo que, desde la llegada de los primeros negros al territorio
norteamericano, le ha sido negado a los de su raza.
Pero frente
al miedo auténtico de los “negroamericanos” como los denomina Harris, basado en
causas reales y más que documentadas, existe también el miedo, igualmente
transmitido de generación en generación, de los blancos hacia los negros. Solo que,
en este caso, el miedo es utilizado como excusa e incluido como
causa legal, exenta de penalización, en la legislación de casi todos los
estados del Sur de Estados Unidos, pero también del Norte, para convalidar los
atropellos y violaciones a los derechos civiles y humanos de los negros. Basta con que cualquier blanco aduzca como
causal, haberse “sentido” amenazado (es decir, haber sentido miedo) por la sola
presencia de un negro en su campo de visión, para quedar exento de penalidad,
aun habiendo linchado, colgado, apuñalado o disparado contra ese mismo negro.
Harris
describe admirablemente el universo de sensaciones contradictorias que contiene
el alma de cada persona de su raza, y, sin embargo, pienso que se queda corto.
Ese universo para mi es sencillamente indescriptible, porque va desde el más primitivo
instinto de adaptación al medio, con todo lo que ello implica de resignación,
entrega y renuncia hasta de la propia condición humana, hasta la toma de
consciencia, con toda su carga reveladora y con toda la lucidez que impele a la
acción y la búsqueda de Justicia, y entre ambas, la infinita gama de emociones,
pensamientos y toma de decisiones personales o colectivas que se suceden unas a
otras, incesante y la mayor parte de las veces, contradictoriamente. Porque en
suma la pregunta es ¿Cómo huir del color de tu piel, cuando el mundo que te
rodea te rechaza por ello, por algo que es totalmente azaroso y ante lo cual no
tienes ninguna responsabilidad ni culpa, pero debes sufrirlo porque “otros” ajenos
a ti, lo han definido como indeseable y merecedor de castigo? La respuesta la han dado a lo largo de la
historia, no solo los negros, sino todas las razas percibidas como “diferentes”
por quienes ocupan el Poder y, en consecuencia, han decretado que sean perseguidas
y aniquiladas hasta el exterminio.
Para Harris,
interrogarse sobre su condición de negro, es también interrogarse sobre América.
Es inevitable. Lo admirable y lo que hace único a Harris, es, por sobre todo, su
fidelidad a sí mismo, a lo que siempre quiso ser, desde niño: un explorador del
mundo. Y como consecuencia de ello y gracias a esa fidelidad a si mismo, el haber
tenido el coraje de llevar ese deseo hasta su realización total, venciendo
todos los obstáculos, no solo los inherentes al color de su piel, sino los
propios de la vida misma, hasta llegar a ser la persona que siempre quiso ser. Quizás
ese ha sido su mayor logro: el haberse convertido en “persona”. Que esa persona que es hoy Eddy L. Harris sea escritor,
viajero, conferencista o “pitre”, (como le gusta describirse), son solo añadidos
a lo fundamental, ya que construirse como persona
en América, siendo negro, es un acto heroico.
Es inevitable
escudriñar en las raíces de América cuando se habla de la condición de los negros
en Estados Unidos. Dice Harris
“Nada es más
americano que el odio racial. El apple pie
y el baseball le llegan de lejos. Solo las armas y la violencia son casi tan
universales (en América) como el racismo. De una a otra costa, de una frontera
a otra, la obsesión racial domina nuestra psique, sin ella no seriamos lo que
somos. La cuestión racial subyace en nuestros debates nacionales. Ella es
nuestro himno, nuestra pesadilla, nuestra obsesión, nuestro pasatiempo. Ella es
el deporte nacional de América y su plato preferido, y lo será aún más en tanto
pretendamos que no lo es. Somos como alcohólicos en estado de negación”
Más adelante
agrega:
“Me pregunto
a veces si los negros, que han tenido miedo durante tanto tiempo, no han
llegado a creerse lo que dicen de ellos, si no han terminado por integrar la exclusión
y transformar las imposibilidades en prohibiciones, por aprender a limitarse y
a conformarse. No tenemos derecho a… luego no lo hacemos. Si no se podía ir a
la piscina municipal, o a las playas, entonces era inútil aprender a nadar. No teníamos
los medios para pasar una semana en las pendientes de Colorado en invierno, por
lo cual jamás aprendimos a esquiar. El temor a los remos mantuvo legítimamente a
los negros apartados de los bosques, ríos, lagunas, y de situaciones en las
cuales hubiera sido posible probar su identidad, su derecho a encontrarse allí sin
tener que demostrar que no habían robado el bello automóvil que conducían. Pero
ni siquiera lo intentaron. Si uno se inmoviliza por mucho tiempo, pierde el interés,
y si lo pierde el tiempo suficiente, la ausencia deja de ser una pérdida. Uno
se habitúa al vacío. Al final, lo que no tenemos ya no nos falta, y desaparece
de nuestro horizonte. Lo que no
tenemos, lo que no hacemos, se
convierte en norma”
Harris deja
claramente establecida su auto afirmación como persona, en este párrafo, donde
comprendemos claramente su valentía personal y su determinación inquebrantable
de sobreponerse a lo que parece ser una maldición bíblica, una condena perpetua
socialmente insuperable, y comprendemos las claves de su victoria sobre las
circunstancias y los determinantes históricos, geográficos, culturales y
sociales que derivan del hecho de haber nacido negro en los Estados Unidos:
“En la unión está
la fuerza y la protección. Encontramos la seguridad en el seno de la tropa.
Pero, cuando siguiendo al jefe, la tropa salta al precipicio para estrellarse
contra las rocas, la tropa ya no es protectora. A fin de cuentas, lo que se
hace o no se hace, reposa sobre los hombros del individuo y lo que hace, o no. Somos la suma de nuestros actos cuando estamos
solos. Y solos estamos siempre, aun en grupo”
Harris
recorre en dos ocasiones el rio Mississippi, sólo, en canoa, con un intervalo
de treinta años entre ambos viajes y plena consciencia de que nadie se baña dos
veces en el mismo rio, teniendo como meta ir al encuentro de sí mismo, con todo
lo que ello significa, y relatar su experiencia, lo cual realiza en dos magníficos
libros: “Mississippi Solo” (Babelio 1988) y “Mississippi dans la peau” (2021) Ediciones
Liana Levi, Francia.
Además, de
los Estados Unidos Harry no solo visitó sino permaneció por temporadas en
varios países europeos, como Alemania, Italia, España, Republica Checa, Francia,
entre otros, para finalmente establecer su residencia definitiva en Francia.
Al hablar de
su segundo viaje por el Mississippi, reflexiona:
“Que
lamentable hubiera sido haberme privado de este viaje, simplemente porque los
negros no practican el canotaje ni el Kayak, ni acampan en el bosque ni
aprecian la naturaleza, porque el miedo o el temor a arriesgarse lo confinan en
su zona de confort, por inconfortable que esta sea. Que inmensa tristeza si me hubiera
privado de los eventos a los que asistí, de los lugares que visité, de las
actividades que realicé y de todo lo que hice en esta vida, si hubiera dejado
de ir a la ópera porque los negros no lo hacen, si hubiera abandonado mis
caminatas por los Pirineos o la pesca con mosca en Montana.
Es también
por esto que ahora desciendo por el Mississippi en canoa”
lunes, 15 de julio de 2024
PORQUE TENIA FRÍO
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| Mario Abreu. Objeto mágico |
«Me lo puse porque
tenía frio» son las palabras que pronuncia Wladislaw Szpilman, pianista judío polaco,
como explicación del uniforme alemán que lleva puesto cuando la resistencia
polaca lo encuentra, después de haber estado durante un año escondido en un
edificio del barrio alemán de Varsovia.
Antes de ese ‘final
feliz” llevaba ya varios años huyendo junto a su familia, y después de
perderla, sólo, en los innumerables albergues donde pudo refugiarse. Más de
tres años escondido, huyendo, más de siete soportando ultrajes y vejaciones, más
de cuatro de haber perdido a toda su familia en Treblinka.
La frase “porque
tenía frio” es la condensación perfecta de una historia de locura e injusticia:
la historia de la segunda guerra mundial, en este caso aislada del relato
escueto de los hechos, y llevada a la historia personal de quien la vivió y sobrevivió
en carne y hueso. Su simplicidad, su desnudez, su prístina verdad, nos conmueven profundamente por algo que, por su obviedad, no nos detenemos a pensar, y es “porque
son pronunciadas”. Porque para decirlas, había sido preciso conservar la vida, permanecer
entero, poseer la necesaria integridad físico-corpórea que albergara la mente y
el alma de quien tan solo meses antes de ser descubierto y salvado por la resistencia
polaca, había sido salvado por Chopin.
En la película
“El pianista” de Román Polansky, la Ballade
N° 1 en Gm. Op. 23, que el pianista se ve conminado a interpretar en el
desvencijado y polvoriento piano de la habitación, luego de ser descubierto en
su escondite por un oficial alemán de alto rango, la música, como un elemento
puro de la naturaleza, se transmuta en verdadera presencia, una presencia que, paulatina e inexorablemente, penetra
la sensibilidad del oficial alemán, sepultada y aparentemente perdida bajo el
peso de años de perpetración del horror, y lo humaniza.
Lo humaniza hasta
el punto de perdonarle la vida y apaciguar su hambre y su frio, regalándole su
propio abrigo. El mismo abrigo que lleva puesto al momento de la liberación de
Varsovia, cuando, sin percatarse de que lo lleva puesto, sale al encuentro de
sus partisanos, queriendo abrazarlos.
La música.
Solo eso: la música pura y diáfana tal como debió existir en el instante mismo
de la creación, como debe existir aun en
el Reino de lo Indecible, en ese Reino al que solo almas como la de Chopin tienen acceso para traducirla al lamentable, mísero y pequeño mundo de los ignaros, el
que habitamos; esa música, expresión del misterio y de la magia en sí mismos, traspasó
los oídos del oficial alemán, salió por la ventana del edificio en ruinas donde
se encontraban el pianista y él, quizás buscando rozar los muros derruidos de
la ciudad destrozada, con su fulgor y su materia inasible, y su presencia, invisible
pero todopoderosa. En la película, la música desciende hasta la calle, envuelve
la calzada (o lo que queda de ella) donde se ha detenido el automóvil del
oficial alemán y el chofer, que lo espera, también la escucha. Nosotros, que lo
observamos, “sabemos” que la escucha. Lo atrapamos en el gesto fugaz y detenido
de desconcierto, en ese infinitesimal re-encuentro con su propia alma. La música es
el inaudito recuerdo de que hubo una vez inspiración, que esa inspiración está esperándonos,
alta, en otras esferas, y que es posible para nosotros los humanos, alcanzarla.
La música nos recuerda que más allá de la miseria queda un rescoldo de
esperanza en el lado noble de la humanidad.
Pienso que la
imagen puede trasponerse a lo que nos espera a los venezolanos ante la renovada
esperanza que envuelve hoy, en este mismo instante, (15 de julio de 2024), al país.
Lo digo porque,
aunque en Venezuela no hemos sido víctimas de un invasor extranjero y
enloquecido que se ha propuesto exterminarnos por motivos raciales, nos han querido
exterminar de todos modos, real y figuradamente, a causa de una ideología mal
entendida y peor aplicada: la ideología comunista, sobre la que no me voy a
detener porque sus consecuencias son de sobra conocidas en todos los países donde
se ha impuesto o pretendido imponer. En nuestro caso, la agresión nos la han
infligido nuestros propios compatriotas, que se apropiaron del Poder para su propio
beneficio y se han mantenido en él hace más de 20 años, repartiendo las migajas
de lo que no les pertenece, (porque la riqueza del país le pertenece a la nación
y no a quienes poseen cargos en el gobierno) a un pueblo totalmente indefenso.
Indefenso sobre todo de utensilios y herramientas históricas, de educación y auto-determinación, un pueblo que nunca antes se había forjado en
el sufrimiento, ni adquirido la fortaleza que otorga la consciencia de su papel
y sus posibilidades, mas allá de depositar todas sus esperanzas en distintos “Mesías”
que, cada uno en su momento, llenaba las expectativas de milagrosa salvación que
el pueblo esperaba de ellos, y que, como era de esperarse, fueron fugaces y la
Historia, con sus leyes inflexibles, los sobrepasó y los condenó al olvido.
Porque la Historia, para cumplirse como los pueblos la esperan, requiere la acumulación
de experiencias, del aprendizaje, y de la consciencia de ella misma: de la
Historia y de lo que ella significa.
Ahora, en estos
momentos, Venezuela esta imbuida en una ola espiritual. Más allá del análisis de
los “datos objetivos de la realidad” que, de atenerse a ellos, harían la
empresa de liberar al país de la pandilla de gánsteres que la gobierna, (por la via de elecciones democráticas, me refiero) prácticamente
irrealizable, el pueblo venezolano ha decidido obviar esos “datos” y se ha
volcado por entero a la esperanza milagrosa, adoptando un lema por decir lo
menos, inhabitual en el mundo de la política: “Mano, tengo Fe”
Y el candidato
que el régimen aceptó como contendor, proclama su adhesión a lo sobrenatural y
deposita en esa instancia toda su FE, en la confianza de que desde allá vendrá,
no solo la liberación sino la solución de los ingentes problemas que existen en
el país y los que por añadidura le esperan al nuevo gobierno, si el Milagro
esperado se produce.
Pero los móviles
que encienden en un pueblo la llama de la esperanza, llámese a ello inspiración,
o ese ‘algo” indefinible, albergue de lo imposible, pertenecen al Universo de la
Magia. Es allí, en ese Reino, el mismo de donde extraen su inspiración los
creadores, los artistas, los músicos, los poetas, donde el sufrido pueblo
venezolano ha ido a buscar su llama de esperanza.
Y nadie
provisto de “lógica histórica’, “racionalidad científica” o métodos cartesianos
de análisis, ha podido nunca, ni podrá jamás, penetrar los misterios de esa conexión
con lo mágico que se Esperanza. produce cuando un pueblo ha decidido apostarlo
todo al Reino de la Esperanza.
lunes, 8 de julio de 2024
AISLADOS PERO INTERCONECTADOS
lunes, 1 de julio de 2024
LA HISTORIA ES UNA MENTIRA
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| Cours de Temple. Limoges. Fotografia mía |
El emblema de la
muy recomendable serie «Da Vinci’s Demons” es: “La historia es una mentira”.
Lema provocativo como ninguno, me ha hecho pensar y tratar de indagar un poco
más a fondo en el significado -más allá
del recuento bélico- de la historia de la segunda guerra mundial. Lo encontré
en varios documentales que actualmente se exhiben en Netflix. Uno de ellos es
“Turning Point”. Magnifico, muy bien documentado y sostenido recuento de los
entresijos del poder mundial durante la Gran Guerra, la Segunda Guerra Mundial,
la Guerra Fría y la actual guerra en Ucrania. El otro es “1939-1945: La
Humanidad en guerra”. A través de ellos, la Historia (¿Verdad o Mentira? ¿o lo
más probable, un poco de ambas?) se me ha revelado lamentablemente viva y todavía
sangrante por sus numerosas heridas aún abiertas, (basta recordar Gaza, Israel
y Palestina al día de hoy) aunque la “banalidad del mal” se haya ocultado tras
el ropaje de positividad y narcicismo avasallante que tanto nos marea en la
actualidad.
En la
invasión a Rusia, un joven soldado alemán recibe la orden de disparar a
quemarropa sobre un soldado ruso. Tras conducirlo por un paraje apartado, el
soldado alemán le confía al soldado ruso “yo nunca he matado a un ser humano, y
no lo voy a hacer ahora”. El joven ruso
escapa. El hecho pasa a la Historia. A la pequeña quizás, pero a la historia,
en fin.
Cuando las
tropas aliadas conquistan Sicilia y continúan avanzando hacia Roma, la
resistencia italiana pasa a la ofensiva y el pueblo se rebela contra Mussolini.
Tras su deposición y posterior aniquilación, los italianos con ayuda de los
aliados, recuperan la ciudad y los prisioneros de guerra alemanes son llevados
a Roma. Al desfilar por la ciudad, recibiendo insultos y golpes de la
población, un soldado alemán distingue entre la muchedumbre a una niña que
corre hacia él. La niña le ofrece un melocotón. El soldado alemán lo toma y se
lo lleva a la boca. Años después confiesa que el sabor de la fruta y el momento
quedaron grabados en su memoria para siempre. La guerra continuó, y el hecho
–también- pasó a la historia, junto con todo lo demás.
Cuando los
americanos liberan las islas del Pacifico del Imperio Japonés, en la guerra de
Iwo Jima, la isla fue bombardeada y asediada por tanques y metralla durante tres
meses. Bajo una cima volcánica, sesenta combatientes nipones continuaban
resistiendo, aun sabiéndose perdidos. A través de un intérprete, las tropas
americanas les solicitan su rendición, les garantizan seguridad y les ofrecen
socorro médico y alimentación. Cuando los japoneses comienzan a salir con las
manos en alto, un soldado americano comenta “no tiene importancia si estás del
lado bueno o del malo. Ellos combaten por su patria con coraje. Yo en su lugar
haría lo mismo”
En apariencia
el poder lo tienen las armas. Pero realmente el Poder lo tienen las ideas. La
“Idea” encandila. Fue lo que hizo Hitler con el pueblo alemán, lo que logró
Stalin sobre el pueblo ruso. La idea lanzada por un líder carismático sobre las
masas cuando éstas se sienten “interpretadas” por él, las fanatiza y enceguece,
o más exactamente: la idea coloca un velo sobre la realidad y la distorsiona.
Pero en el combate sobre el terreno, donde los hombres luchan contra sus
semejantes por su vida, puede haber ocasiones en las que el velo se descorre y entonces
el hombre que está dentro del uniforme logra “ver” al otro que se oculta
también bajo su uniforme y es entonces cuando la “idea” que lo ha llevado hasta
allí se desencarna, se despoja de su ropaje, adquiere toda su naturaleza. O se
hace a un lado frente a la realidad, o la confirma.
La guerra es
un contrasentido, un absurdo. Es destrucción, avasallamiento, vileza, miseria.
Pero también coraje, heroísmo, amor, nobleza. Lo demostró el soldado alemán al
dejar escapar al soldado ruso, la niña italiana ante el prisionero alemán, la
empatía del soldado americano con el soldado japonés. Cuando Hitler ordena
invadir Rusia, la orden es exterminio total, no solo de la fuerza armada, sino
del pueblo ruso. El ejército alemán
avanza dentro del territorio ruso con la orden de no dejar a nadie con vida, y
eso pasaba por incendiar casas y granjas, incluidas personas y animales.
La reacción del pueblo ruso fue de odio y furia vengativa contra los alemanes, que se cristaliza años después cuando la Armada Rusa entra en territorio alemán a finales de 1944. En confesión de un soldado ruso que formó parte del ataque, los alemanes habían asesinado a toda su familia en 1940; y su único pensamiento desde entonces había sido la venganza. Y lo logró. Tras un ataque despiadado y sin tregua sobre la ciudad y sus habitantes, ese mismo soldado logró clavar la bandera rusa sobre el Reichstag, tras la victoria definitiva sobre los alemanes. No sabemos si su versión es la verdad. Pero lo que simboliza se encuentra mas allá de la Historia y la supera.
Para este
soldado la idea que Stalin había clavado en su mente se volvía carne en el
combate, se volvía “real” al liquidar a todo alemán que se cruzase en su
camino. Era el mismo tipo de odio que sentían los alemanes hacia los rusos.
La idea de
defender la Patria es la más poderosa de todas y cualquier hecho, por
abominable que sea, la justifica. Fue el mismo Churchill quien decidió “acabar
con los civiles alemanes” bajo la premisa de “desalentar el apoyo que le
prestaban a Hitler”, y fue bajo esa premisa que se produjo el bombardeo aliado
sobre Hamburgo, en 1940, que destruyó prácticamente toda la ciudad. Tras el
bombardeo, los espías británicos informaron, sin embargo, que una gran cantidad
de soldados alemanes aún se encontraban escondidos en una Abadía. Roosevelt
había prohibido expresamente bombardear objetivos de importancia histórica o
religiosa y la Abadía no había sido tocada.
Hasta entonces. Pues, aunque luego se comprobó que la información era
falsa y que, en realidad los que se hallaban en la Abadía eran civiles, el
comando aliado decidió bombardearla de todos modos. El fin justificaba los
medios, una vez más. Uno de los pilotos confesó después lo que sintió en aquel
momento, cuando que se vio obligado a hacerlo: “un acto así no se comete en
nombre de la Patria, algo así es solo carnicería”
Las ciudades
alemanas fueron devastadas por los rusos y luego por las tropas aliadas. Cuando
estos últimos entran a Berlin para acabar con la poca defensa alemana que
quedaba, sus obuses, sus tanques y sus metralletas solo añaden más ruinas a las
ruinas, más dolor al dolor, más tragedia a la tragedia.
El pueblo
alemán sufrió pérdidas, destrucción y miseria como los otros pueblos de Europa,
pero ninguno sufrió más que el polaco.
No solo Polonia fue el primer país europeo en ser invadido por Hitler,
sino que además de los campos de concentración y la infamia del Gueto de
Varsovia, tuvo que soportar hasta el final el encarnizamiento personal de
Hitler y el abandono de la Armada Rusa, que los condeno a defenderse solos, y a
tener que llamar a las filas de su resistencia a mujeres, ancianos, escolares y
niños de 13 y 15 años. Dudo que ningún otro pueblo como el polaco haya dado
mayores muestras de valor y coraje ante el tormento.
Ciertamente,
nada comparable al que sufrieron los franceses, cuya capitulación y
colaboración con el nazismo bajo el gobierno de Pétain en Vichy es difícilmente
justificable, aun considerando el heroísmo de Pétain en la Gran Guerra, y viéndolo
bajo la óptica benevolente con que se mira la “Resistencia” francesa y al
General De Gaulle. Basta ver las imágenes de las tropas aliadas entrando en
Berlin, en Hamburgo, en Colonia, para quedar pasmado ante el nivel de
destrucción causado por la guerra dentro del mismo país de Hitler. Basta ver
las imágenes de esas mismas tropas entrando en Paris, para ver la ciudad
esplendente, con sus calles intactas, flores en los balcones y chicas bellas,
bien vestidas y peinadas besando a los soldados. Y algo curioso: el documental
no menciona al gobierno colaboracionista de Vichy, como tampoco el pacto germano-sovietico! ..
Pero, en
definitiva, la guerra asoló al mundo por igual. Entre los rostros de libios,
marroquíes o egipcios, y los rostros de los prisioneros rusos o italianos, de
los ingleses tras los bombardeos, de los japoneses que se rinden ante las
tropas americanas, de las víctimas de las bombas de Hiroshima y Nagasaki, de
los soldados americanos en Pearl Harbor, no hay diferencia en la expresión,
aunque sean de distintas razas. Todos componen uno solo y el mismo rostro: el
de una humanidad librada al desvarío, “no importa de qué lado esté”, al
sometimiento, a la enajenación de si misma. E innegablemente víctima del
sufrimiento, del dolor indecible que surge del desconocimiento de la causa
originaria que –tal vez- justificaría su dolor y su tragedia personal. Su
mirada humillada, a merced del flujo de circunstancias ajenas y lejanas que lo
avasallaron, -aun tratándose de los “vencedores”- nos deja estupefactos y
consternados.
El mundo
sigue en sus vueltas y la Historia con ella. A la Segunda Gran Guerra le
siguieron las guerras “Santas” o la Yihad
Islámica, el ataque a las Torres Gemelas, las epidemias virales, reales o
inventadas, la guerra actual en Ucrania, el ataque de Gaza y el genocidio que
se comete actualmente en Palestina, la Inteligenica Artificial....
También en
las guerras y conflictos actuales se confirma esta apreciación de que las Ideas –o
más propiamente dicho, las ideologías- han fungido y fungen aun, como motor de la Historia. Y como las
ideologías son un velo sobre los ojos, es por eso –creo yo- que en “Da Vinci’s
Demons” se dice que la Historia es una Mentira. Esa y cualquier otra historia.
Como ejemplo vemos que nada mueve con más eficacia el aparato del terror
islámico que la Idea fanática de la supremacía del islam sobre las otras
creencias o religiones. Y que nada mueve con más eficacia a las tropas rusas
que la Idea de Putin de revivir el antiguo Imperio Ruso. Y a partir de
cómo se interpreten los hechos que dan expresión a esas ideas y las concretan,
la Historia –así con mayúsculas- podría ser Verdad o Mentira.
Pareciera que
la Humanidad no termina de aprender a vivir con ella misma.
lunes, 17 de junio de 2024
LO IMMUTABLE
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| Man Ray. Máscara, 1926 |
En esa pequeña
Obra Maestra que es el film «Good Bye Lenin» del realizador alemán Wolfgang
Becker, (2003) su protagonista, Alex Kerner mistifica en un desvencijado aparato de TV
de la antigua República Democrática Alemana, la Utopía en la que todos hemos soñado,
para presentarle a su madre hechos y circunstancias que enmascaran una realidad
que nadie quiere ver. O, para ser más precisos, una realidad que su madre ha
enmascarado bajo ropajes que ella ha asumido como mampara, aunque su conciencia
le conmine sin piedad, a abrir los ojos y “ver” lo que ella se ha negado a ver,
obnubilada por su pertenencia al Partido Socialista Obrero alemán y presa del
terror, imperceptible pero real, del régimen comunista. La paradoja de la
historia está magistralmente tejida, con una sutileza plena de ternura, de amor
incondicional y del más elevado sentido del humor. Durante el colapso de su país,
su madre ha caído en coma profundo, sin llegar a enterarse de los hechos, y en
su condición extremadamente delicada, ha sido preciso ocultarle la verdad, a
riesgo de una fatal recaída. Alex fabrica entonces, solo por amor filial, una
mentira “visual” para que su madre pueda seguir viviendo en la mentira. Una
mentira se superpone a otra, pero no solo en la artificiosidad de los juegos de
imágenes y montajes ficticios que Alex y su amigo fabrican con aparatos que
caducaron tecnológicamente, a minutos apenas de la caída del muro de Berlin,
sino en la realidad, pero significan más que eso: Las falsas imágenes del pasado,
del “ayer” que Alex fabrica sobre el presente (“su” presente y el “hoy” de su país)
nos llevan a interrogarnos continuamente sobre dónde ha estado alojada la “mentira”
y dónde la “verdad”. ¿Acaso en el “Oeste”? ¿En la cuna del capitalismo puro y
duro, con su culto al individualismo, al consumismo alienante, al poder económico
de unos pocos y su desprecio a los más desfavorecidos? ¿O acaso en el “Este” con su vigilancia, su policía
política, su burocracia de partido, su manipuladora ideología del “Bien Común” administrado
por una elite burocrática, de inspiración totalitaria?
Los montajes
que Alex y su amigo van confeccionando adquieren con el tiempo, niveles de
excelencia, si no tecnológica, si en el manejo de los recursos y en la transmisión
efectiva del mensaje. El propio Alex lo reconoce cuando, después de una de esas
trasmisiones (que por otra parte no han engañado nunca a su madre) reflexiona
sobre lo que ha hecho: “Poco a poco he convertido a mi país (Alemania del Este)
en lo que yo siempre soñé” Si, porque (y esta es una de las genialidades de su
realizador Wolfang Berger) en la ficción de Alex, son los del Oeste los que añoran
pasar al Este, y no al contrario. Son esos seres humanos, (más allá de que sean
sus compatriotas) hastiados del consumismo egoísta y de su condición alienada,
quienes añoran regresar a una vida sencilla, más humanitaria y solidaria. Alex
ha logrado nada más y nada menos, que transcribir en esa pequeña pantalla de un
televisor antiguo destinado a “engañar” a su madre, la misma, la inmutable, la
eterna Utopía perseguida por el Hombre desde sus inicios, eternamente soñada e
inalcanzable.
Por otra
parte, Alex vive a plenitud la nueva era que se abre ante sus ojos y ante todos
sus sentidos (sabores, olores, colores) en su nuevo país reunificado:
experimenta por primera vez su sexualidad y su avidez de vida se ve plenamente
compensada por el renacer, el despertar explosivo de su país ante las
libertades recientes, tan duramente conquistadas. En un momento, abrumado,
maravillado y retado por el vértigo de los cambios, se dice (palabras más,
palabras menos): “el porvenir era al mismo tiempo incierto y fascinante. Mi país
ocupaba el centro del mundo, el lugar donde todo podía ser posible. Y yo estaba
ahí y quería pertenecer a eso”
La historia
general se entremezcla con la pequeña historia del héroe infantil de Alex: el único cosmonauta alemán de la carrera
espacial de los años 70’s. integrante de la tripulación de la nave espacial rusa
Sojuz13. Alex lo pierde de vista a raíz de la separación de las dos Alemanias y
cree reencontrarlo después en el país reunificado, aunque solo es un chofer de
taxi que se le parece. No obstante, Alex le pide su colaboración para el
montaje final con el que pretende mantener el engaño que con tanto esmero y devoción
ha fabricado para su madre. Es éste uno de los momentos más conmovedores de la película,
porque su madre ya ha visto la estatua de Lenin volar por el cielo transportada
por un helicóptero, como diciéndole Good
Bye, y ha sido advertida por la novia de Alex de todo lo ocurrido en su país
mientras ella estuvo en coma. Pero ocurre que, en el discurso del falso astronauta,
que no es otro que el chofer de taxi que encarna al héroe de la infancia de
Alex, atrapado en un tiempo sin tiempo frente a la pantalla, su madre reconoce
a Alex y toma consciencia de los abnegados esfuerzos de su hijo para mantenerla
en vida mediante el recurso de la ficción y en el fondo, de la poesía. Porque,
en palabras de Alex, nuestro cosmonauta afirma (palabras más palabras menos): “Abogo
por nuestra reunificación como hermanos que somos de un mismo pueblo, porque no
hay Este ni Oeste, ni Norte ni Sur. Desde el espacio he visto la inmensidad de
nuestro planeta, y en él, somos un pequeño punto que apenas se distingue. No
dejemos que nuestras pequeñeces nos separen más”
Han
transcurrido más de 20 años de la realización de este film extraordinario, que
he vuelto a ver regocijada, como si fuera por primera vez. Sí, porque me recuerda que hoy, más que nunca,
es necesario rescatar las antiguas Utopías. Ese compendio de sueños sin el cual
la Humanidad no habría podido sobrevivir y que, en su esencia, permanece
Inmutable.
jueves, 13 de junio de 2024
LA INVENCIÓN DE LA SOLEDAD

Edward Hooper. Sun in a empty room, 1963
LA INVENCION DE LA SOLEDAD
De los que he
leído, “La Invención de la Soledad” (su primer libro) es uno de los de Paul
Auster que más me ha conmovido. Me ha parecido el más honesto, descarnado e
íntimo. Más allá de los recursos literarios usualmente identificables en sus
novelas, he encontrado en ésta una lucha más encarnizada en la valerosa tarea
de llegar al fondo de sí mismo.
Es en la
segunda parte del libro donde se entrega a fondo a esa tarea, y para ello se
apoya en la construcción de los “Libros de memoria”. Para desentrañar (literalmente, para extraer
de sus más profundas entrañas) sus vivencias y explotar su memoria hasta
vaciarla, Auster utiliza un símbolo altamente eficaz: la habitación. Comienza por una cita de Pascal: “Todo el
infortunio de los hombres se origina en una sola cosa: desconocer como
permanecer en reposo dentro de una habitación”. La habitación elegida como ámbito de reclusión voluntaria, sintetiza y
simboliza la essentia de esta
obra: la soledad. Auster lo ejemplifica
en significativas manifestaciones de lo que el mismo llama la “conciencia
solitaria”:
El vientre de
la ballena que alojó a Jonás.
Crusoe en su
Isla
La habitación
donde Anna Frank escribió su diario
Las
anotaciones de San Agustín sobre la memoria
La habitación
de la torre donde vivió Hölderlin durante treinta y seis años tras haber
“perdido la razón”
La habitación
de Van Gogh en Ámsterdam
Como una
estrella de varias puntas, donde cada una de ellas simboliza una cara de la
soledad, la habitación ocupa una de esas puntas, otra está representada por el
azar, la otra por la memoria.
El azar y la
memoria se conjugan en tiempo pasado y presente. A raíz de la muerte de su
padre, y queriendo atrapar una memoria inasible, Auster, aislado voluntariamente
del mundo exterior, se enfrenta a la inevitable hoja en blanco. Entonces recuerda la habitación en la cual vivió
durante varios años en Paris, y, tras hojear en los papeles de su padre, el
azar le revela que tanto él como su padre vivieron en la misma habitación, con
una diferencia de treinta y cuatro años entre ambas estadías. Y esa revelación
le ocurre estando él mismo penando su soledad en una habitación en Nueva
York. Entonces se da cuenta de que el
acto de atrapar la memoria (su memoria) debe comenzar necesariamente por
reconstruir el papel de la habitación como refugio, alojamiento, o escogencia.
Otra
manifestación del azar y la memoria: Recordando su pasada visita a la casa de
Anna Frank en Ámsterdam, Auster se da cuenta de que ella y su hijo nacieron el
mismo día, y anota: “La memoria: espacio dentro del cual un evento se produce
por una segunda vez”. En un encuentro con un amigo, descubre que ambos son
originarios del mismo país europeo y que un tío de su amigo llevaba el mismo
nombre que su propio hijo. Errando por las calles de Ámsterdam reconoce con
clarividencia que las calles circulares de la ciudad representaban (¿debido al
azar?) los círculos del infierno, que quizás el mapa de la ciudad había sido
concebido como una imagen del Reino de los Muertos, sobre la base de alguna
representación clásica. “Y si Ámsterdam era el infierno, el infierno de la
memoria, ello tenia quizás un sentido, aunque él se perdiera en sus calles” (…)
“cortada toda relación con lo que le era familiar, incapaz de percibir el más
mínimo punto de referencia, veía sus propios pasos que no lo conducían a
ninguna parte, llevarlo hacia sí mismo. “Era dentro de sí mismo que erraba y se
perdía” (..) “Y lejos de preocuparlo, esa ausencia de referencias devenía una
fuente de dicha, de exaltación”
El azar
detrás del hecho de que el constructor de la torre que habitó Hölderlin durante
una buena mitad de su vida, se llamase Zimmer,
que en alemán significa “habitación”
El azar
también se convoca a sí mismo en su ejercicio de memoria y se manifiesta en el
vínculo inextricable entre padres e hijos, reinsertándolo por así decirlo, en
el misterio y la potencia del amor filial:
Su relación
con su propio padre
La relación
entre Titus y Rembrandt, su padre, quien lo retrató a lo largo de su vida,
desde 1650 hasta la última tela que se conserva, de 1660, pocos años antes de
su desaparición (Titus precedió a su padre en la muerte)
Sir Walter
Raleigh y su hijo, Wat, quien perdió la vida junto a su padre en las selvas de
Guyana: “Hasta ahora –le escribe Raleigh a su esposa – yo ignoraba el
significado del dolor”
Hölderlin y
la pérdida de su hija Suzette, quien murió antes del confinamiento de su padre
Mallarmé y su
hijo Anatole…
“La memoria:
una habitación, un cráneo, un cráneo que encierra la habitación donde se
asienta un cuerpo”
La habitación
es también el destino elegido por el propio Auster tras la debacle de su
matrimonio luego de la desaparición de su padre.
No obstante
la búsqueda casi obsesiva de la memoria y el deseo de reconstruir su vida a
fuerza de continuas incursiones en el pasado, el presente en forma de “momento”
vivido, toma la delantera y se impone con fuerza arrolladora
“Encuentra
extraordinario, aun dentro de lo ordinario de su existencia cotidiana, sentir
el suelo bajo sus pies, el movimiento de sus pulmones que se expanden y se
contraen en cada respiración, saber que puede, colocando un pie delante del
otro, andar desde donde se encuentra hasta donde quiere ir. Le parece
extraordinario que, en las mañanas, después de despertar, cuando se inclina
para atar los cordones de sus zapatos, le invada una bocanada de felicidad tan
intensa, tan en armonía con el universo, que toma consciencia de estar vivo en
el presente, y ese presente lo envuelve, lo penetra y lo invade súbitamente, sumergiéndolo
en la consciencia de estar vivo. Y la
felicidad que descubre en su interior en ese instante es extraordinaria. Que lo
sea o no, el encuentra esa felicidad extraordinaria”
Como Auster, también encuentro extraordinaria la transcripción de este complejo de sentires, que sintetiza la vida en toda su complejidad, en toda su grandeza y en toda su elementalidad, cuando nos alcanza la súbita consciencia de estar vivos.






